E-Book, Spanisch, Band 5, 315 Seiten
Reihe: Kingcaid Billionaires
Delaney Seducida por ti
1. Auflage 2025
ISBN: 979-13-8778704-2
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, Band 5, 315 Seiten
Reihe: Kingcaid Billionaires
ISBN: 979-13-8778704-2
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Tracie Delaney es una autora «All Star» de Kindle Unlimited con más de veinticinco novelas de romance contemporáneo que escribe desde su despacho en el gélido noroeste de Inglaterra. Antes, el despacho era un garaje, pero necesitaba un lugar tranquilo para escribir, así que se lo robó a su pobre y afligido marido, que todavía sigue lamentándose por haber terminado en el cobertizo. Lectora ávida desde que tiene uso de razón, Tracie era además un trasto de pequeña. Solía trepar por los árboles con sus queridos libros de Enid Blyton para leer durante horas, y regresaba a casa solo cuando estaba a punto de oscurecer con el culo dormido y unas cuantas astillas clavadas. Los libros de Tracie suelen contar con mujeres que demuestran que la verdadera fuerza se manifiesta de maneras distintas, y con machos alfa que dan mucha guerra (¡aunque la acaban perdiendo!). Por las noches, le gusta acurrucarse en el sofá con sus dos westies, Murphy y Cooper, y hacer maratones de series de Netflix. Es posible que haya vino de por medio. Seducida por ti es la quinta novela de Tracie en Phoebe tras el arrollador éxito de Cautivada por ti, Consumida por ti (2024) y Destrozada por ti y Hechizada por ti (2025).
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2
Kadon
¿Una peluca? ¿Cómo es que no se me había ocurrido antes?
—No digas ni una maldita palabra más. —Levanté la mano y le lancé una mirada fulminante. Ese no era el día de meterse conmigo. Sin embargo, la reacción de Lee no cambió. Era la última persona que podría tener miedo de mí, como demostraban esas carcajadas que resonaban por toda la habitación.
—Joder. Mi pobre Sansón. —Se dejó caer en la silla que había frente a mi mesa, se apartó el pelo color lavanda del hombro, apoyó los codos sobre la superficie pulida de roble y batió las pestañas—. ¿Has perdido toda la fuerza junto con tus voluptuosos rizos?
Me empujé la cara interna de la mejilla con la lengua y solté el aire con lentitud.
—No estoy de broma, Lee. No me hace maldita gracia.
Adoraba mi pelo largo. Era parte de mi identidad. Lo había llevado así durante años, y nunca había imaginado que me lo cortaría.
Hasta que mi madre, la feroz Sandrine Kingcaid, intervino y entonces, adiós a mi precioso pelo y hola, estúpidos laterales y nuca cortos. Y todo por la boda de mi hermano. A Nolen no le habría importado una mierda lo largo que llevara el pelo en su boda, ni en ningún otro lugar, ya puestos, pero mamá… siguió insistiendo, y aparecieron las tijeras. Mis hermanos y yo habíamos aprendido hacía mucho que no se discutía con nuestra madre. Solo habría un ganador.
Alerta de spoiler: nunca era ninguno de nosotros.
Al menos, me había dejado llevarlo largo por arriba. Además, volvería a crecer. Algún día.
Pero eso no significaba que no estuviera enfadado. Si a eso le añadíamos una escala no programada en Nueva York y una diferencia horaria de nueve horas, el adjetivo «gruñón» no se acercaba ni de lejos a describir la manera en la que me encontraba esa mañana.
—¿Qué ha pasado? —Lee no pudo evitar torcer los labios, ni siquiera cuando fruncí más el ceño.
—Mi madre. Eso es lo que ha pasado. No quería que estropeara las fotos de la boda —refunfuñé.
—Creo que me gusta. —Entrecerró sus ojos color gris platino y me estudió como si fuera un objeto en una subasta—. Te queda bien.
Su comentario me sacó una sonrisa. Si a Lee le gustaba corto, quizá lo conservara así durante más tiempo. Quizá para siempre. Me pasaba la mayor parte de las horas en que estaba despierto tratando de averiguar cómo conseguir que me considerara algo más que un amigo. Y seguía esperando. Todo por culpa de ese imbécil inglés. El cabrón infiel la había hecho huir de los hombres de manera indefinida. No sería así para siempre —o eso esperaba yo—, y cuando decidiera que ya había llegado el momento de salir con alguien, mi menda se aseguraría de estar justo ahí, el primero de la fila.
Tampoco es que la mereciera. No estaba seguro de merecer a nadie después de lo que había hecho, pero sobre todo a Lee. Ella era buena. Por dentro y por fuera. Había sido una de las mejores modelos durante años, siempre rodeada de aduladores que le decían lo perfecta y maravillosa que era, y, a pesar de eso, tenía una perspectiva humilde de la vida que yo admiraba de cojones.
¿No merecía a alguien mejor que yo? ¿Alguien que no cargara con un contenedor del tamaño de un buque, cargado de remordimientos, culpa y horror por lo que era capaz de hacer? Solo sabíamos dónde estaban nuestros límites cuando los sobrepasábamos. Si no fuera por mi padre y su poder…
Sentí que los dedos de la depresión trepaban por mi cuerpo, ahogándome, pero antes de dejar que me atraparan con fuerza, mi terapeuta me había sugerido que pensara en algo agradable. Elegí la boda de mi hermano, el recuerdo de lo feliz que estaba mientras pronunciaba sus votos, y tras unos segundos, aquellos pensamientos oscuros quedaron relegados a una esquina de mi mente. No desaparecerían del todo. Y nunca lo harían. Habían pasado nueve malditos años, y todavía me despertaba en mitad de la noche bañado en sudor y sin poder respirar.
—¿De verdad? —pregunté—. ¿Te gusta?
—No. —Volvió a reírse—. Creo que deberías ponerte una peluca hasta que te crezca el tuyo.
Una peluca. ¿Por qué no se me había ocurrido antes? Debería haberle dicho a mi madre que me pondría una maldita peluca.
—Genial. Casi me has engañado.
—Oh… pobrecito. —Se levantó de la silla, se colocó a mi espalda y me abrazó por los hombros. Yo contuve un gemido y cerré los ojos, fingiendo durante un breve instante que todo aquello era real. Solía fantasear demasiado con tener los brazos de Lee abrazándome, además de muchas otras cosas bastante más obscenas que un simple abrazo.
Y seguirían quedándose allí, en mis fantasías. Lee me había relegado a la zona de amigos, y por lo visto, debía ir haciéndome a la idea.
Incluso el mes anterior, cuando le mencioné que tenía una cita con una actriz que llevaba semanas queriendo ligar conmigo, me había dado unas palmaditas en la espalda y me había dicho que lo pasara bien.
Lo pasé fatal, aunque debí de ser mejor actor que mi cita, porque esta perdió los estribos cuando rechacé sus nada sutiles insinuaciones de irnos a la cama.
Nueve meses antes tenía más citas haciendo cola que días de la semana había, y mi libreta negra echaba chispas de tantos números de mujeres guapas que pasaban por Saint Tropez. Pero entonces conocí a Lee, y todo aquello se acabó.
El corazón sabía muy bien lo que quería, y el mío la había elegido a ella.
El suyo… había elegido a un imbécil llamado Benedict que le había retorcido el corazón hasta hacerlo desaparecer.
Odiaba a ese cabrón. Ojalá su nueva mujer le pusiera los cuernos y le pegara ladillas. O la sífilis. O ladillas y la sífilis juntos. Ojalá las pelotas se le pusieran negras y se le cayera la polla al suelo.
¿Vengativo? ¿Yo? Para nada.
Lee me soltó y volvió a su silla. Se sentó de nuevo y estiró la mano por encima de mi escritorio para robarme mi taza de café francés de nuestra cafetería favorita.
—¿Qué tal la boda? Aparte de los rizos esquilados, claro.
Sus labios se curvaron hacia arriba. Yo me rasqué la sien con el dedo corazón. Se echó a reír y levantó las manos a modo de rendición.
—Vale. Esa era mi última broma, lo prometo.
—Más te vale —me quejé—. La boda fue genial. Nunca había visto a dos personas más felices. Una lástima que les haya costado diez malditos años entrar en razón.
Ella se encogió de hombros.
—A veces la gente tarda un poco en darse cuenta de lo que tiene justo delante de sus narices.
Madre mía. A mí me lo vas a contar.
—También ha sido estupendo volver a ver a la familia. Hacía la tira.
Lee arrugó la nariz.
—Esa expresión tan poco británica me confunde. A ver, ¿la tira de qué? ¿La tira de mucho? ¿De poco? ¿De meses? «Ha pasado un tiempo» tiene mucho más sentido. ¿Por qué «la tira»?
—No tengo ni puñetera idea. Siempre lo he dicho. Tú también dices cosas raras a veces.
—Ah, ¿sí? ¿Como qué?
Me froté la barbilla, sopesando su pregunta. Mierda…
—Bueno… Ahora mismo no se me ocurre nada, pero…
—¡Aja! Te he pillado.
—No. Ya se me ocurrirá algo.
Fingió limarse las uñas.
—Estaré aquí, esperando ansiosa en el borde de la silla.
El sarcasmo de Lee era una de las primeras cosas de las que me había enamorado. Estaba claro que tenía mucha más sangre inglesa corriendo por las venas que francesa. Seguramente ayudó que fuera a un colegio inglés. Su acento francés era tan leve que tenía que esforzarme para captarlo.
Me eché a reír.
—¿Qué tal las cosas por aquí?
—Ah, el viejo truco para cambiar de tema. Todo ha ido bien. Sin dramas. Casi como si no hubieras hecho falta.
—Tú sí que me echas de menos si no estoy.
—Sí, claro, como un grano en el culo.
—Todo mentira.
Se acabó el resto de mi café y lanzó el vaso a la papelera. Por supuesto, acertó.
—¡Canasta! Sí que te he echado de menos. —Sonrió, y los ojos le brillaron. Señales de que no había acabado todavía. Esperé, arqueando una ceja—. He tenido que comprarme yo misma mi café.
—Ahí lo tienes. —Levanté las manos al aire—. Eres muy predecible.
—Que sigas creyendo que soy predecible terminará por llevarte a la ruina. Aunque tengo una historia divertida que contarte sobre la recepcionista temporal, si te interesa.
—¿Todavía no ha vuelto Brigitte?
Brigitte era mi recepcionista a tiempo completo. Se había dado de baja por enfermedad antes de que me fuera a la boda de Nolen a Las Vegas. Todavía no había conocido a su sustituta. Lee se había encargado de contratarla, aunque en realidad no era su trabajo. Podía ser que tuviera el puesto de directora de Operaciones Vip, pero se encargaba de muchas cosas más que de nuestros vip.
Ojalá se «encargara» también de mí.
—No. Hablé con ella el jueves. Su voz sonaba horrible.
—Le enviaré unas flores y una tarjeta de regalo para un spa o algo parecido.
—Ya lo he hecho yo.
—Eres un as. —Le hice un gesto con la mano—. Ahora háblame de la sustituta.
—Se llama Claudine, y es superdulce, pero está un poco… verde. En fin, ayer estaba revisando las reservas del próximo fin de...




