E-Book, Spanisch, 135 Seiten
Delevigne Al final era él
1. Auflage 2022
ISBN: 978-84-19301-39-0
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 135 Seiten
ISBN: 978-84-19301-39-0
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Es el pseudónimo que utilizo para escribir novelas románticas eróticas. Nací en Sevilla en 1995, en plena primavera. Desde muy pequeña he pasado la mayor parte de mi tiempo leyendo libros que me transportaban a otros lugares, hasta que, a los dieciocho años, llegué a la conclusión de que quería crear mis propias historias, donde los protagonistas viviesen intensas historias de amor. Para mí, los ingredientes fundamentales para una buena novela romántica son el erotismo, las aventuras y un buen final feliz. Cuando no escribo, veo una película, leo o doy largos paseos junto a mis perros, Melón y Gazpacho. Al final era él es mi última novela con Phoebe, después de Una sola noche y Sin límites en 2021 y La tentación, Siempre fuiste tú y El pacto en 2022.
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1
La luz del autobús titilaba como si de un intermitente se tratara. La escasa iluminación del interior me permitía ver con total facilidad la decoración navideña. Era increíble cómo un pueblo podía cambiar por completo con tan solo adornarlo con unas cuantas guirnaldas, bolas y trineos. «Es la magia de la navidad», solía decir mi mejor amiga, Susana.
Yo, sin embargo, lo veía más como un disfraz que ocultaba la fealdad del pueblo. Al final de las fiestas, cuando lo quitaran todo, tendría la sensación de que estaba en un lugar completamente diferente y me sentiría estafada.
De repente mis ojos se enfocaron en el reflejo que me devolvía el cristal de la ventana del autobús, que era el de una chica de veintiocho años de ojos azules y pelo negro.
Al escuchar el nombre de la próxima parada, donde yo me bajaba, me levanté de mi asiento y me coloqué cerca de las puertas de cristal. Hacía tanto frío que, al suspirar, una columna de vaho se escapó de mis labios. Odiaba el frío con todas mis fuerzas. Aún más cuando llevaba capas y capas de ropa para que mis dedos de los pies entraran en calor.
Me sujeté a la barra que había a mi izquierda y enrosqué los dedos en ella.
Joder. Estaba tiritando, y no precisamente porque llevara poca ropa.
En cuanto las puertas de cristal se abrieron, la helada brisa nocturna me golpeó el rostro. Enmudecí y tardé un par de segundos en reaccionar a la persona que me empujaba por detrás para que saliera de una vez.
En cuanto bajé los tres escalones del autobús y me hice a un lado, vi que se trataba de un hombre mayor de unos setenta años. Me fulminó con la mirada antes de continuar con su camino. El autobús se marchó y dejó tras de sí una nube de humo que olía horriblemente.
Agité la mano para alejarlo de mi cara y comencé a andar hacia el restaurante donde había quedado con mis amigas.
Las farolas que se extendían más allá de mi vista estaban decoradas con luces de colores. Y, para qué mentir, para una persona tan huraña como yo, este año eran bastante bonitas. Se trataba de tres líneas de un tono turquesa verdoso con tres estrellas, cada una de un color diferente: amarillo, rojo y verde.
Alcé los hombros para que la bufanda me tapara la parte superior del cuello y la barbilla.
Había muchísimas personas en la calle. Se notaba que estábamos en diciembre y que la gente quería disfrutar de la hermosa decoración y del buen ambiente. No pude evitar recordar lo bien que me lo había pasado yo siendo una niña cada vez que bajaba las escaleras para ver mi árbol de navidad hasta arriba de regalos. Mis padres se lo habían currado muchísimo: ponían tres vasos de leche para los Reyes Magos, tres cuencos de agua para los camellos, un trozo de carbón para asustarme y recordarme que mis prontos debían de ser controlados y unos dulces por si sus majestades querían comer antes de irse.
Sí. Definitivamente, había tenido mucha suerte de tener una familia tan implicada como la mía.
Crucé un paso de peatones antes de seguir recto unos diez metros más. Allí vi el restaurante chino donde Susana me había propuesto quedar junto con las demás.
Al llegar a la puerta, con grandes columnas de color dorado y un dragón en una de ellas que me miraba con expectación y seguridad sobre sí mismo, me quité la bufanda y entré en el restaurante.
Estaba lleno, no había ni un solo hueco libre.
Barrí el lugar con la mirada antes de ver que alguien alzaba una mano.
Esa era Susana.
Me quité el grueso gorro que llevaba y fui hasta ellas.
Era increíble cómo los dueños del local se habían encargado de decorar el restaurante. No había una esquina que no rezumara un aire chino propio de las películas a las que tanto me había aficionado el último año. Una música relajante sonaba por los altavoces, y pensé que no estaba nada mal quedar con ellas allí, a pesar de haber intentado con todas mis fuerzas no pisar aquel pueblo de Sevilla que tan cerca estaba de la capital.
Porque él podría estar allí.
Pensarlo provocó que un escalofrío me recorriera la parte baja de la espalda.
—¡Pero mira a quién tenemos aquí! —exclamó Paula—. ¡Nada más y nada menos que a la famosa Daniela Prada! ¿Cuándo fue la última vez que saliste de tu madriguera? ¿El año pasado?
Solté una carcajada seca antes de darle un abrazo.
—Sigues siendo un incordio, ¿eh?
—Nada ha cambiado —dijo ella antes de guiñarme un ojo—. Me alegro de verte.
Susana se levantó y me rodeó con sus brazos antes de darme un sonoro beso en la mejilla.
—No sabes lo feliz que estoy de que hayas decidido venir.
—Podríamos haber quedado en otro sitio, la verdad —musité, más para mí misma que para ellas.
Ellas no parecieron escucharme, ya que una chica a la que no conocía de nada vino hacia mí para presentarse.
—Tú debes de ser Daniela. Yo soy Mónica. Encantada.
Saludé a la tal Mónica con dos besos antes de sentarme en mi sitio y quitarme el abrigo. Lo coloqué en el respaldo de mi silla y apoyé los codos sobre la mesa. Sí, definitivamente me encantaba la decoración del restaurante. Tomares era un pueblo bastante bonito, muy bien cuidado y sin ningún papel por el suelo. Me pregunté a qué clases cívicas iban sus habitantes para perpetuar ese perfecto orden que existía.
—¿Cómo te ha ido todo, Dani? Llevamos cuatro meses sin vernos —dijo Paula, cuyos ojos verdes me miraban con curiosidad.
Me rebullí, incómoda, en mi silla.
—Bien. No ha ido mal, la verdad.
—¿Sigues trabajando en esa empresa de válvulas?
—¿Válvulas? —preguntó Mónica, extrañada y con curiosidad.
—Nuestra chica es ingeniera química —soltó Susana con orgullo. Estiró una mano y cogió la mía para darle un apretón—. Trabaja en una empresa privada donde venden válvulas por toda Europa.
—Guau… Vaya. Eso es increíble —musitó Mónica.
—Gracias. La verdad es que está bastante bien. Ahora tengo unos cuantos días de vacaciones, así que aprovecharé para descansar —dije.
—Normal. —Paula bufó—. ¿Cuánto tiempo te has tirado sin coger vacaciones? ¿Dos años?
Mónica abrió los ojos de par en par, y no pude evitar sentirme algo rara.
—Sí. Dos años.
—No te habrán puesto ningún pero, ¿verdad? —Susana le dio un trago a su copa de vino, lo que me hizo darme cuenta de la sed que tenía.
—No. Nada. De hecho, mi jefe insistió bastante en que me tomara unos cuantos días libres. —Alcé la mano para llamar la atención de la camarera—. Por cierto, ¿habéis pedido ya de comer?
—No. —Paula negó con la cabeza—. Te estábamos esperando. ¿Es que no has estado nunca en un restaurante chino?
Susana supo justo el momento en el que esa pregunta me rasgaba como un arma blanca que me abría el pecho de garganta hasta el ombligo. Paula hizo un gesto con los labios que expresaba lo mucho que se arrepentía de haber abierto la boca.
Pero era demasiado tarde. El dolor había vuelto a aparecer, y tuve que llevarme una mano al pecho cuando sentí que mi corazón latía desbocado. La boca se me secó, y noté que una sensación helada me recorría todo el cuerpo. Pensar en la última vez que había ido a un restaurante chino y con quién… me desgarraba.
La imagen de sus ojos marrones me golpeó con fuerza.
Me obligué a coger aire y asentí.
—Sí, ¿no te acuerdas? Hace justo un año.
Mi voz sonó ronca y raspada, como si me hubiese estado fumando un paquete entero de tabaco.
Paula también asintió, de forma casi imperceptible.
Mónica, sin saber qué acababa de pasar, aunque consciente de la incomodad que se había instalado entre nosotras, se humedeció los labios y cambió de tema.
—¿Tú también vives en Tomares, Daniela?
—No. —Negué con la cabeza y me rasqué el brazo en un gesto nervioso—. Vivo en Sevilla. Por la Macarena.
—Es una zona preciosa —dijo Mónica.
—Lo es. Sí.
El camarero vino para tomarnos nota, y aproveché para pedirle también mi bebida. Decidí pedirme rollitos de primavera, bolitas fritas y pollo al curry. Sí, pensaba darme un buen atracón. Siempre me habían gustado los restaurantes de comida asiática. Me encantaba cómo el sabor de las especias y las salsas se mezclaban en mi paladar y me hacían viajar lejos de donde me encontraba.
Sin embargo, después de él, no había vuelto a comer en uno. Quizá porque todos me recordaban los momentos tan felices que habíamos pasado. Quizá porque me dolía demasiado seguir viéndolo en cada esquina. A pesar de haber transcurrido un año desde aquel fatídico día, un 15 de diciembre, seguía atada a él. A sus besos, a sus manos recorriéndome el cuerpo, a sus palabras musitadas contra mis labios.
Sacudí la cabeza.
—¿Qué tal vas en la librería? ¿Te gusta? —le pregunté a Susana.
—Me encanta. —Sus ojos brillaron—. No sabes lo mucho que disfruto el trabajar rodeada de libros y personas que me piden libros. Me vuelve loca ver sus rostros cuando recogen el pedido que me han hecho.
Una sonrisa sincera surcó mi rostro.
—Tiene que ser genial.
—Lo es —coincidió Susana.
—¿Adónde vamos a ir cuando acabemos de cenar?...




