E-Book, Spanisch, 295 Seiten
Delevigne El cielo en llamas
1. Auflage 2023
ISBN: 978-84-19301-47-5
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 295 Seiten
ISBN: 978-84-19301-47-5
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Es el pseudónimo que utilizo para escribir novelas románticas eróticas. Nací en Sevilla en 1995, en plena primavera. Desde muy pequeña he pasado la mayor parte de mi tiempo leyendo libros que me transportaban a otros lugares, hasta que, a los dieciocho años, llegué a la conclusión de que quería crear mis propias historias, donde los protagonistas viviesen intensas historias de amor. Para mí, los ingredientes fundamentales para una buena novela romántica son el erotismo, las aventuras y un buen final feliz. Cuando no escribo, veo una película, leo o doy largos paseos junto a mis perros, Melón y Gazpacho. El cielo en llamas es mi última novela con Phoebe, después de Una sola noche y Sin límites en 2021 y La tentación y El pacto en 2022.
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2
Una semana más tarde Imogen contemplaba lo guapa que estaba su hermana al entrar en la iglesia del brazo de su abuelo. Su pelo rubio estaba suelto, corto y ondulado, con unas flores silvestres decorando su cabeza. Sus grandes ojos azules miraban con adoración a Henry, que la esperaba junto al padre Thomas. Resultaba fascinante la felicidad que había en los ojos de Daisy, que no veía a nadie más que a quien era su futuro esposo. Y eso asustó a Imogen. Mientras en Daisy brillaba el amor y el deseo de estar junto a él, en Henry había algo diferente. Más oscuro. Desconocido. Supo que no era la única en notarlo, pues su abuelo le dirigió una mirada cargada de significado.
Imogen tenía la sensación de que Hershel la estaba llevando a la boca del lobo al entregarla. Apretando los puños a ambos lados de su cuerpo, observó con auténtico pavor cómo la ceremonia transcurría con rapidez. Cuando se besaron, los pocos invitados que había aplaudieron con felicidad, celebrando la nueva unión. En cambio, ella no puedo hacerlo. Contempló la forma en la que su hermana se agarraba al brazo de su nuevo esposo, radiante de felicidad.
—Felicidades, Imogen. Estarás contenta —dijo Allison, que apareció a su lado rodeada por sus tres hijos y su esposo.
—Ella lo ha querido así —dijo con dificultad, incapaz de añadir nada más.
—¿Mañana puedes venir a casa? Samuel y yo tenemos que hacer unos recados.
—Claro. —Imogen miraba a su hermana, quien no paraba de sonreír y dar las gracias a los que se acercaban a felicitarla. Tenía el corazón en un puño, y el extraño presentimiento de que aquella superficial felicidad no iba a durar demasiado—. Estaré allí. A la hora de siempre.
—Muy bien, querida. Ahora, si me disculpas, voy a ir a felicitar a tu hermana.
Imogen asintió, y creyó que se había quedado sola hasta que alguien tiró de la falda de su vestido. Mirando hacia abajo, se encontró a Mariah, una de las hijas de Allison. Sus ojos verdes estaban entrecerrados y su pequeño puño pálido seguía agarrado a ella.
—Oh, hola, Mariah. No te he visto antes. ¿Qué tal?
—Bien. ¿Por qué estás tan triste?
Imogen alzó una ceja, sorprendida por la perspicacia de la niña, que no pasaba de los seis años. Llevaba un vestido celeste que le sentaba de maravilla. Al contrario que el resto de sus hermanos, Mariah era observadora y bastante seria. De hecho, gran parte de su encanto residía en su honestidad.
—No estoy triste.
—Lo parecías. Mirabas a tu hermana como si te estuvieses despidiendo de ella.
Estupefacta, se quedó sin palabras. Nadie le había leído tan bien los pensamientos como aquella niña. Supuso que disponer de mucho tiempo libre la ayudaba a observar a los demás.
—Se va a ir a vivir con su marido —le explicó, agachándose a su lado.
—Pero puedes ir a verla cuando quieras, ¿no?
—¡Por supuesto! —dijo con fingida alegría.
—Henry no me gusta —soltó Mariah de repente—. Sus ojos son parecidos a los de un tejón. Siempre alerta. Siempre tramando algo.
Ambas miraron a la persona en cuestión. Imogen sintió un escalofrío en la espalda. Esperaba que la inteligencia de su hermana pequeña fuera suficiente para mantenerla a flote, porque pensaba con total seguridad que aquella efímera felicidad que mostraba no iba a durar mucho tiempo. De hecho, fuera de la iglesia había algunas de las mujeres que lo habían acusado de ser el padre de sus hijos, expectantes ante el «sí, quiero» de Henry. A Daisy no parecía importarle en absoluto, pero su abuelo también estaba incómodo.
Se fijó en lo guapo que este se había puesto aquella mañana, con el pelo blanco peinado hacia atrás y la barba recortada. Por primera vez le había permitido cortarle todo lo que sobraba. Parecía más joven, incluso entrañable. Sin embargo, sus ojos reflejaban preocupación.
—¡Mariah, ven aquí! —llamó Allison a su hija, haciendo un gesto con la mano.
La niña le echó una mirada furtiva a imagen antes de marcharse, haciendo volar la falda celeste de su vestido.
A pesar de hacer una temperatura primaveral, Imogen sintió un frío sudor en las manos al mismo tiempo que un asfixiante calor la invadía. Su mirada se empañó; se quedó momentáneamente ciega y sufrió un repentino mareo. Sin esperar un segundo más, decidió dirigirse a la puerta de la iglesia del pueblo de Jackson para que le diera el aire. Comparado con su rancho, que estaba ubicado en Jackson Hole, en el pueblo había mucha vida. Siempre había alguien por las tiendas y calles, aunque en ese momento la mayoría estuviese concentrada en la iglesia. Todos querían ver a la mujer que había conseguido capturar a Henry Anderson.
La mayoría pensaba que habría sido a causa de su belleza, pues Daisy era espectacular. Sin embargo, Imogen presentía que se debía a algo más.
Una vez estuvo en el exterior, cerró los ojos y apoyó la espalda en la pared.
—Señorita, ¿necesita que la ayuden?
Antes siquiera de abrir los ojos, el corazón de Imogen dio un vuelco. Reconocía esa voz, le era familiar.
Abriendo los ojos, se encontró a aquel desconocido que la había ayudado con Nieve cuando se había escapado en plena tormenta. La sensación que le causó verlo le asustó, pues era parecida a la satisfacción de ver a alguien que admirabas en secreto, a hurtadillas, disfrutándolo desde la distancia.
Imogen se permitió estudiarlo a conciencia, pues el primer día que lo había visto había sido bajo el crepúsculo y las sombras. Sus ojos, de un intenso color azul horizonte, seguían siendo igual de atractivos y atrayentes, con una línea dorada que rodeaba el iris. A su vez, unas pestañas densas y oscuras los enmarcaban, contrastando con el color. Su nariz era recta, sus pómulos altos y pronunciados, y tenía unos carnosos labios que estaban curvados sutilmente hacia arriba. Su piel era más oscura que la de ella, de un tono tostado y dorado, como si, además de ser así, le hubiese estado dando el sol durante horas. El pelo negro, muy corto y rizado, estaba oculto bajo un sombrero.
Era tan guapo y masculino que le arrebató el aliento, y no pudo sino retirar la mirada de su rostro.
A juzgar por su altura, debe de medir un metro ochenta, aproximadamente, pensó Imogen. A sabiendas de que llevaba ya un rato mirándolo a conciencia, se aclaró la garganta y recordó sus últimas palabras.
—Eeeh, sí, estoy bien, gracias. Solo necesitaba que me diese el aire. Las bodas me… aturden.
—La entiendo —dijo él, esbozando una cálida y amistosa sonrisa. Sin embargo, para ella fue como un rayo de sol que iluminó su mente y despejó todos los pensamientos negativos que había tenido.
—Usted era… ¿Harvey? Me ayudó con Nieve, la yegua que se escapó del rancho —dijo, soltando una risita nerviosa. Al darse cuenta de su actitud, se obligó a coger aire y a tranquilizarse.
—El mismo, Harvey Brown. Pero no me ha dicho usted su nombre.
—Imogen —dijo ella con rapidez. Le temblaban las manos y, aunque desconocía el porqué, le tendió una—. Imogen Phillips.
Harvey se la estrechó con seguridad y firmeza, deslizando sus largos y callosos dedos entre los de ella, mucho más menudos. Por su áspero tacto, Imogen pudo saber que trabajaba duro, quizás con ganado, o en la tierra. La calidez que él desprendía contrastaba con el frío que ella sentía.
—¿Es tu hermana la que se casa? —preguntó él antes de retirar la mano.
Ella lamentó la pérdida de su contacto, aunque disfrutó contemplándolo mientras él miraba el interior de la iglesia.
—Sí, Daisy.
—¿Puedo saber el nombre de su marido?
—Es Henry. Henry Anderson —dijo ella con tranquilidad, escondiendo el veneno que le producía decir ese nombre. Vio que algo cruzaba el rostro de Harvey, oscureciéndolo. No supo si fue incertidumbre o recelo. Ella le preguntó—: ¿Lo conoce?
Harvey negó con la cabeza, cruzando sus fuertes brazos sobre el pecho. La complexión atlética que mostraba afirmaba una vez más que debía de trabajar con ganado o algo parecido. Si no, no tenía sentido que su cuerpo pareciese tan ágil y firme.
—¿Quiere venir? Hemos preparado una comida bastante simple y humilde, pero hay de sobra.
—No, aunque se lo agradezco. —Harvey clavó sus ojos en ella, como un águila que hubiese fijado su objetivo—. Tengo que marcharme. A mi hermana le encantaban las bodas. Solo he venido para asomarme. Ha sido un placer, señorita…
—Imogen —le recordó ella, estrechando la mano que le ofrecía.
Una brisa se levantó cuando algunas nubes despejaron el sol, que volvió a iluminar el pueblo. Gracias a esa brisa, el olor de Harvey llegó hasta ella y la embriagó; era masculino, salvaje y limpio, con una pizca de campo y lo que esto conllevaba: tierra fresca, bosque y lluvia. Aparte, había algo más, junto con su propia esencia mezclada con todos aquellos factores, que hacía que pareciera ajeno al pueblo.
—Pues felicidades, Imogen. Y hasta la próxima.
Imogen esbozó una sonrisa cuando él hizo un gesto con la cabeza en señal de despedida. Luego se dirigió hacia aquel semental que había visto el día de la tormenta, completamente negro y de grandes músculos. Vio que muchas personas lo miraban con desconfianza, cuchicheando y murmurando las palabras «mestizo» o «mulato». La rabia que sintió Imogen hizo que mirara, desafiante, a...




