E-Book, Spanisch, 300 Seiten
Delevigne El pacto
1. Auflage 2022
ISBN: 978-84-19301-35-2
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 300 Seiten
ISBN: 978-84-19301-35-2
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Es el pseudónimo que utilizo para escribir novelas románticas eróticas. Nací en Sevilla en 1995, en plena primavera. Desde muy pequeña he pasado la mayor parte de mi tiempo leyendo libros que me transportaban a otros lugares, hasta que, a los dieciocho años, llegué a la conclusión de que quería crear mis propias historias, donde los protagonistas viviesen intensas historias de amor. Para mí, los ingredientes fundamentales para una buena novela romántica son el erotismo, las aventuras y un buen final feliz. Cuando no escribo, veo una película, leo o doy largos paseos junto a mis perros, Melón y Gazpacho. El pacto es mi última novela con Phoebe, después de Una sola noche y Sin límites en 2021 y La tentación en 2022.
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1
Poppy
Contemplé con ojo crítico la estela de colores pastel del tejado de mi óleo. Vi aquella gama de rosas, naranjas, blancos… que se degradaba a medida que un sol en su cénit iluminaba el paisaje de un claro.
No era mi mejor obra, pero, por alguna razón que desconocía, me aportaba paz.
Quizá porque aquel lienzo de una casa en mitad de la naturaleza era tan diferente al paisaje de Nueva York: rascacielos, constantes luces que imposibilitaban disfrutar de las estrellas, un ensordecedor sonido proveniente de discotecas y otros pubs, el olor de la gasolina… Llevaba diez años viviendo en la Gran Manzana, y, a pesar de todo el encanto de la ciudad, en mi corazón seguía anidada la idea de volver algún día a Japón.
Hasta que recordaba a mis estrictos padres, esperando ansiosos a que yo mostrara un resquicio de debilidad para transformarme en la hija que ellos querían.
Tan solo pensarlo provocó que me estremeciera de disgusto.
Alcancé un trapo que había a mi derecha y me limpié los restos de pintura. Luego lo tiré a su rincón y me dirigí a la cocina para coger un vaso de agua.
Era verano, agosto, y, como solía suceder, me moría de calor. No ganaba lo suficiente como para tener aire acondicionado. Las facturas que descansaban sobre mi mesita de noche eran un constante recordatorio de que o bien me buscaba otro trabajo o terminarían por quitarme la luz.
Sí, provenía de una familia con bastante dinero, bien posicionada, pero mi libertad tenía un precio: mis padres no me ayudarían bajo ninguna circunstancia si no volvía al camino que ellos habían elegido para mí.
Mi hermano Kiyoshi lo tenía más fácil. Era abogado y trabajaba en un prestigioso bufete neoyorquino.
En ese momento, el timbre sonó.
Me dirigí hasta el telefonillo y reconocí la silueta de mi amiga Chelsea.
—Sube —dije antes de pulsar el botón que abría el portal. Luego abrí la puerta de mi apartamento y volví a la habitación donde descansaba mi óleo.
Me senté en el suelo y esperé a mi amiga. Mientras tanto, decidí recogerme el pelo en una rápida trenza.
Chelsea apareció en ese momento. Sin esperar ninguna invitación, se dejó caer a mi lado. Por el largo silencio que siguió, supe que evaluaba lo que acababa de terminar de pintar. La pintura aún estaba fresca, y el reflejo de la luz no ayudaba mucho para ver el dibujo con claridad.
—Es muy bonito.
—Gracias.
—¿Vas a exponerlo en la galería de Thomas?
—Pues eso había pensado —murmuré sin mucha convicción—. Quizá algún alma caritativa se apiade de mí y me lo compre.
—Puede ser… —Chelsea apoyó la cabeza en mi hombro—. ¿Qué vas a hacer?
Supe perfectamente a qué se refería: a mi necesidad de encontrar un trabajo estable de una vez. Para ser sincera, ya me estaba cansando de sobrevivir con el poco dinero que obtenía de mis cuadros. Necesitaba vivir con estabilidad económica o acabaría por ir a casa de mis padres…
Aquella posibilidad provocó que me estremeciera.
—¿Tienes alguna idea?
—Bueno… Trabajar en una funeraria está descartado. Solo duré una semana.
—Ni en la floristería de la esquina.
—Cierto. —Asentí con lentitud—. Ni cuidando niños.
Chelsea levantó la cabeza con brusquedad y me miró con espanto.
—Eso ni lo menciones. Tuviste suerte de que la anterior familia no te denunciara.
Nos miramos fijamente durante unos segundos antes de estallar en carcajadas.
—¡Tampoco fue para tanto! —Intenté defenderme.
—¡Oh, claro que no! Dejar que una niña de cinco años se ponga un tinte negro mientras tú le pintabas las uñas de los pies…
Me encogí de hombros.
—No fue para tanto. Ella me lo pidió —me excusé.
—Se suponía que la adulta eras tú.
—Lloraba mucho cuando le decía que no a algo. —Suspiré, derrotada. Por mucho que quisiera justificarme, sabía que no lo tenía—. De acuerdo. No tomé la mejor decisión.
—Bien. Ahora pensemos en qué puedes trabajar para que no te corten la luz.
No sé cuánto tiempo estuvimos en silencio. Horas, minutos… Pero no fue hasta que una ambulancia pasó por enfrente de mi bloque de pisos que ambas dimos un pequeño salto.
—Pensaré en algo —terminó por decir Chelsea—. No sé, quizá pueda hablar con mi tía y pedirle que te dé trabajo en su cafetería. Aunque sea media jornada…
Preferí quedarme callada. Ambas sabíamos que un trabajo a media jornada no era la solución. Quizá el problema estuviese en mí, y no es que no pusiera todo mi empeño y mis mejores intenciones. Simplemente no daba la talla, o mis ideas para intentar ganarme a mi jefe terminaban por hacer justo lo contrario.
—No te desanimes. —Chelsea llevó mi cabeza a su pecho—. Eres una tía diez.
—Gracias, cariño.
—¿Por qué no te vienes esta noche conmigo a una fiesta que organiza Elsa? Es una compañera del trabajo. Habrá comida, vino, una buena conversación… Quizá allí expandas tu red de contactos.
Supe que mi amiga solo hacía el mayor de los esfuerzos por ayudarme, pero la verdad era que no me apetecía nada salir. Me imaginaba en mi pequeño piso viendo una película mientras comía unos fideos chinos.
Iba a negarme cuando ella insistió.
—¡Venga, vamos! ¿Qué prefieres hacer? ¿Quedarte aquí viendo una película y gastando luz cuando podrías estar allí conmigo? —Chelsea se levantó de un salto—. No digas nada. Vendré a recogerte a las ocho.
—Tengo coche —protesté.
—Pues ahorra gasolina. Vendré yo a por ti.
Esbocé una pequeña sonrisa y asentí.
—De acuerdo. Estaré lista a las ocho.
—Bien. Ahora desayunemos algo o bajemos a la cafetería. Es sábado, y te recuerdo que todos los sábados toca…
—… desayunar fuera —terminé por ella, levantándome.
Miré mi ropa y pensé que aquel peto vaquero que llevaba no era la mejor opción. En aquella calle me conocían por ir con pintura en el rostro y en la ropa. Estaba segura de que tenían de mí la imagen de una chica rebelde que malvivía por no oír a sus padres. Quizá pensaran que era una hippie que no terminaba de encontrar su lugar en el mundo y vendía cuadros a apenas cincuenta dólares.
Tampoco estaban muy equivocados.
—Déjame que me cambie la ropa y me arregle un poco. Baja tú y coge sitio. Siempre nos cuesta trabajo encontrar una mesa.
—Muy bien. —Asintió y me dio un beso en la mejilla—. No tardes. Estás preciosa.
No fue hasta que escuché que Chelsea cerraba la puerta que suspiré. A pesar de querer ocultar lo mucho que me afectaba no tener un buen trabajo, a veces sentía una presión en el pecho que me dificultaba respirar.
O quizá fuera la cruda realidad que se ocultaba ante el hecho de estar parada.
Quizá mis padres tuvieran razón.
Quizá todo había sido un error.
Murmuré una maldición por lo bajo y me encaminé hacia mi pequeño baño.
Me miré en el espejo y fruncí el ceño. A pesar de tener veintiocho años, aparentaba muchos menos. Y lo odiaba. Odiaba que me pidiesen el carnet de identidad siempre que iba a comprar cerveza o vino. Quizá se debiese a mis ojos grises, demasiados grandes para un rostro tan pálido y fino. O a la anchura de mis cejas, de un rubio oscuro que contrastaba con el de mi cabello, casi blanco de tan rubio. O quizá fuese mi nariz, delgada, fina y puntiaguda como la de un duende, la que me diese ese toque infantil.
Me deshice la trenza que llevaba y estiré la mano para alcanzar el cepillo. Luego me lo pasé varias veces por el cabello hasta dejarlo domado y volví a mirarme.
Necesitaba algo de color en el rostro.
Estaba tan pálida que parecía un maldito fantasma.
Cogí un lápiz negro y me delineé los ojos como solía hacer cada vez que pretendía esconder mis inseguridades.
Volví a mirarme.
Suspiré.
—Suficiente por hoy.
Solté el lápiz y me desnudé. Lancé la ropa por el suelo y, una vez en mi habitación, abrí mi viejo armario de par en par.
Elegí una camiseta negra y una falda blanca. Me vestí con rapidez y salí pitando del piso con mi mochila de siempre. Apenas llevaba cosas dentro, por lo que iba vacía la mayor parte del tiempo: llaves, cartera y móvil. A veces metía un cuaderno y un lápiz, por si alguna idea me iluminaba la mente para un nuevo cuadro.
Iba bajando las escaleras cuando mi teléfono comenzó a sonar.
Metí la mano en la mochila y sonreí.
Era Kiyoshi.
—¡Pero bueno! Si es mi querido hermano…
—¿Se puede saber por qué no contestaste ayer mi llamada? —preguntó con la fría tranquilidad que lo caracterizaba.
—¡Relájate! Estamos en agosto. ¿No tienes vacaciones?
—No, no cojo vacaciones —dijo con rigidez. Luego suspiró—. Mamá me ha llamado.
Paré bruscamente.
—No me digas…
—No pongas los ojos en blanco, Poppy.
Poppy.
Dios, odiaba mi nombre. ¿Se podía tener un nombre más feo?
Era ridículamente inglés. Y mis padres eran japoneses. ¿Por qué no me podían haber puesto «Hannah»? Era mucho mejor que Poppy. Me sonaba a florecilla de campo que necesitaba urgentemente el amparo del viento. Demasiado delicado y fino para mí.
A veces había contemplado la posibilidad de...




