E-Book, Spanisch, 285 Seiten
Delevigne La tentación
1. Auflage 2022
ISBN: 978-84-18491-69-6
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 285 Seiten
ISBN: 978-84-18491-69-6
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Es el pseudónimo que utilizo para escribir novelas románticas eróticas. Nací en Sevilla en 1995, en plena primavera. Desde muy pequeña he pasado la mayor parte de mi tiempo leyendo libros que me transportaban a otros lugares, hasta que, a los dieciocho años, llegué a la conclusión de que quería crear mis propias historias, donde los protagonistas viviesen intensas historias de amor. Para mí, los ingredientes fundamentales para una buena novela romántica son el erotismo, las aventuras y un buen final feliz. Cuando no escribo, veo una película, leo o doy largos paseos junto a mi perro, Melón.
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1
Aquel cóctel que le había servido el barman, un Blue Hawaii, no estaba resultando ser tan bueno como Sadie había pensado en un primer momento. El sabor era fuerte y, cada vez que daba un trago, sentía que una bola de fuego laceraba su garganta. Se replanteaba dejarlo y pedir otro. Después de todo, no merecía la pena beber aquel cóctel azul solo porque le hubiese resultado llamativo.
El motivo que la había hecho ir a ese pub no era la gran variedad de bebidas que ofrecían. Tampoco, que la alta clase social de Las Vegas, la ciudad más grande del estado de Nevada, se reuniera allí.
No. Lo que la había llevado a acudir a aquel pub caro y prestigioso era la despedida de soltera de Natalie.
Cada una de sus amigas había aportado una sustanciosa cantidad de dinero para pasar una noche llena de diversión, que incluía strippers, visitas a casinos y una limusina alquilada que las recogía cada vez que deseaban cambiar de lugar.
Aquel era el último destino, el exterior del casino que se encontraba al lado del hotel Bellagio, donde pasarían una noche…
Y menos mal, pensó Sadie con una sonrisa. Había ahorrado durante meses el dinero suficiente como para ir a Japón y a Corea del Sur. Sin embargo, cuando su grupo de amigas había insistido en pasar una noche alocada para celebrar la despedida de soltera de Natalie, Sadie había sido incapaz de negarse.
Así pues, había gastado lo que había ahorrado para viajar a Asia en aquella pequeña aventura.
Natalie era demasiado dulce y buena como para negarse a ir a una simple despedida de soltera que incluyera hombres semidesnudos, bebidas, karaokes y casinos, y eso la llevaba a cuestionarse si su amiga había tomado la decisión correcta a la hora de aceptar la proposición de matrimonio de Christian.
Dove, otra de sus amigas, fue hasta ella y le rodeó los hombros con un brazo.
—¿Y esa cara? ¿Por qué sigues en la barra? Ya tienes tu bebida.
Sadie se encogió de hombros y alejó de ella su consumición.
—Sabe fatal. Es como tragar gasolina.
—¿Puedo probarla? —le preguntó Dove, que ya había cogido la copa.
—Toda tuya. Yo me pediré otra.
Dove le dio un trago y crispó los labios en una mueca. Tardó unos segundos en hablar.
—Fuerte. Fresca. Ácida. Como yo. Me gusta.
Sadie contuvo una sonrisa.
—Pues llévatela. A mí no me apetece quedarme sin garganta por tener el capricho de una bebida azul.
—Tienen que gustarte las emociones fuertes para tomarla —le señaló Dove, guiñándole un ojo.
Sadie puso los ojos en blanco.
—No me van las emociones fuertes.
—Mentirosa. En lo más profundo de tu ser, eres la peor de todas nosotras —soltó Dove con fingida inocencia antes de marcharse con la copa hacia una de las mesas de juego.
Dove, con su melena rubia y rizada, ocupó un asiento al lado de un hombre trajeado al que parecía irle bastante bien en una partida de Black Jack. Su amiga le guiñó un ojo a Sadie, inició la conversación con el desconocido y se acercó la bebida de forma seductora a los labios. Su lengua rosada asomó cuando lamió una gota que se había deslizado por el cristal.
Bingo. Lo tenía en el bote.
Cómo no…
La eterna soltera que disfrutaba de la compañía de los hombres más atractivos de Nevada. Delgada y menuda, llamaba la atención en cualquier sitio al que fuese. Trabajaba en la misma empresa que ella, al igual que Natalie, donde se habían conocido las tres.
Mientras que Dove era abogada, Natalie formaba parte de Recursos Humanos. Llevaban un par de años más que ella trabajando en la empresa McKay, dedicada a la industria motriz.
No era un secreto que, tras la muerte de su fundador, Robert McKay, sus hijos habían sido incapaces de mantener al alza los buenos datos que su fundador había dejado. Eso había sucedido apenas tres años atrás, cuando de la noche a la mañana Taylor convocó una reunión urgente con los asesores y demás altos cargos de la empresa. El trabajo de la plantilla había conseguido a duras penas solventar todos los problemas que habían aparecido a lo largo de tres años, desde falta de liquidez hasta perder parte del predominio que había ganado con Robert McKay.
De ser la primera empresa motriz en vender vehículos en Estados Unidos, habían bajado varios puestos y dejado de ser una referencia en el mercado.
Sadie había conocido a Robert en el primer año de trabajo, cuando su proyecto para aumentar las ventas le había resultado lo suficientemente atractivo como para hacerla fija y elegirla entre los treinta aspirantes presentados y escogidos previamente entre cientos y cientos. Ella, una chica recién salida de la facultad, con aspiraciones y sueños alimentados por su abuela Carmen.
El futuro no parecía tan prometedor como cuando Robert McKay vivía, pero su actitud positiva y el apoyo de su abuela y de sus amigas eran suficientes para tirar hacia delante… Especialmente en esos momentos, cuando McKay había sido absorbida por la empresa noruega Larsen.
Decidida a no pensar más en el trabajo, suspiró y se colocó un mechón de la melena detrás de la oreja.
Sadie esbozó una sonrisa, apoyó el codo en la barra barnizada y miró en dirección a Natalie.
Su amiga, junto con Olivia, la prima de Natalie, se había unido a Dove.
Quizá debía dejar de pensar en el trabajo e ir con ellas. La empresa no era suya, no la había fundado. Hiperresponsabilizarse era uno de sus grandes errores.
Sadie levantó la mano para llamar al barman.
—Disculpa, ¿puedes ponerme algo que no lleve alcohol? Lo que sea.
El atractivo barman asintió.
—Ahora mismo.
Unos minutos más tarde, Sadie se había alejado de la barra para acercarse a sus amigas. Habían conseguido una mesa apartada que ofrecía una buena vista del lujoso interior. No pudo evitar fijarse en el barnizado suelo de parqué, impoluto y sin un solo rayón. O en la lámpara que colgaba del techo, con miles de cristales multicolores, que le otorgaba el toque elegante que enfriaba la ostentosa decoración.
Sadie estaba dándole un trago a su copa cuando Dove apareció con muchos chupitos. El camarero de un rato antes la ayudó a dejar otros sobre la mesa antes de marcharse.
Natalie alzó una ceja.
—Yo dejé de emborracharme cuando acabé la universidad.
—¡Anda ya! Dentro de una semana te casas. Dejarás de ser una sexy solterona para convertirte en una devota esposa, así que vas a desmelenarte en los días que te quedan libres.
Sadie ocultó una sonrisa tras su copa. Dove entornó los ojos.
—Y ni se te ocurra pensar que tú no vas a participar —le dijo Dove a Sadie—. Todas vamos a emborracharnos.
—No sé… Me sienta fatal el alcohol y hago cosas de las que luego no me acuerdo —protestó Sadie.
Natalie encontró la excusa perfecta para no participar.
—Si Sadie se echa para atrás, yo también.
Dove fulminó a ambas con la mirada. Sadie suspiró y asintió.
—De acuerdo.
—¡Bien! Se me ha ocurrido un juego muy divertido mientras ese sexy barman me tiraba los trastos. Vamos a ir por turnos. A la que le toque, tiene que hacer el reto que una de nosotras le imponga. Si no, tiene que beber un chupito.
Sadie pensó que, después de todo, no iba a ser un juego tan extremo como había pensado en un primer momento.
Olivia se frotó las manos con ansiedad.
—Me encantan estos juegos.
—¡Bien! Decidamos a pares y nones quién es la primera —dijo Dove.
Sadie, a sabiendas de su mala suerte, se aclaró la garganta.
—¿No debería comenzar Natalie? Al fin y al cabo, es ella la que se va a casar.
La aludida la fulminó con la mirada, y Dove asintió.
—Sí, tienes toda la razón. Y por vender a tu amiga, tú serás la siguiente, Sadie.
Las rondas fueron sucediéndose a lo largo de la noche. Se intercambiaban los turnos para que Dove no fuera la única en establecer los retos. En uno de ellos, Dove tuvo que acercarse a la barra para pedirle al barman su número de teléfono, que, por cierto, se lo dio; Natalie se colocó en medio de la pista de baile para gritar que se casaba; Sadie tuvo que entrar en el baño de los hombres y girar tres veces sobre sí misma, y Olivia fue a pedirle el número de teléfono a un atractivo desconocido…, aunque su esposa apareció a última hora y estuvo a punto de sacarle los ojos.
Con el alcohol fluyendo por sus venas y más envalentonada, Dove la señaló con el dedo. Sus ojos azules refulgían de maldad.
Ella se estremeció.
—Sadie, vamos a subir el tono de tus retos. Después de todo, no te has expuesto tanto como las demás.
—¡Cómo que no! —se quejó, golpeando con el puño en la mesa—. He tenido que entrar en el cuarto de baño de los hombres.
—¡Estaba vacío! —añadió Natalie, cuyos ojos castaños lucían divertidos. Parecía haberle cogido cierto gusto al juego—. Vamos, Sadie. Desmelénate. De todas formas, no vas a volver a ver a nadie de este casino.
Tras reflexionar durante unos segundos, Sadie asintió con resignación.
Eso era cierto.
Aquello era lo bueno de Las Vegas: era tan condenadamente grande que resultaba casi imposible encontrarte a la misma persona dos veces. Había sido una ventaja cuando su expareja decidió darle una patada en el culo e irse con su compañera de trabajo, una rubia bastante guapa llamada Britney. No...




