E-Book, Spanisch, 305 Seiten
Delevigne Mi guardián
1. Auflage 2023
ISBN: 978-84-19301-53-6
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 305 Seiten
ISBN: 978-84-19301-53-6
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Es el pseudónimo que utilizo para escribir novelas románticas eróticas. Nací en Sevilla en 1995, en plena primavera. Desde muy pequeña he pasado la mayor parte de mi tiempo leyendo libros que me transportaban a otros lugares, hasta que, a los dieciocho años, llegué a la conclusión de que quería crear mis propias historias, donde los protagonistas viviesen intensas historias de amor. Para mí, los ingredientes fundamentales para una buena novela romántica son el erotismo, las aventuras y un buen final feliz. Cuando no escribo, veo una película, leo o doy largos paseos junto a mis perros, Melón y Gazpacho. Mi guardián es mi última novela con Phoebe, después de Una sola noche y Sin límites en 2021, La tentación y El pacto en 2022 y El cielo en llamas en 2023.
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4
Violet
Regresaba a casa de las clases de ballet casi corriendo. Por algún motivo que me cuestionaba en esos momentos, había decidido que aquel día iba a ir a pie para disfrutar del frescor de la noche y calmar el ajetreo de mi cuerpo, que ardía tras el baile. Diez minutos más tarde, había comenzado a llover con fuerza. Una suave niebla cubría la ciudad y tapaba las estrellas y la luna. Empeñada en no volver a casa tan temprano, había seguido caminando hasta que la lluvia me sorprendió.
En vez de pararme bajo algún edificio, decidí aligerar el paso y saltarme algún que otro paso de peatones. Las bocinas de los coches me habían sobresaltado, al igual que la luz de sus faros. Me dije que, si quería llevar viva a casa, o me calmaba o me atropellaban.
Así que eso fue lo que hice: dejé de ir como alma que llevaba el diablo y acepté que iba a llegar empapada. Tenía los mechones del cabello pegados a la cara y gotas de lluvia en mis oscuras pestañas.
Pasé por delante de la embajada de Francia y cogí la siguiente calle a la derecha.
Ya estaba en la entrada de la urbanización privada donde vivía.
Saludé a un par de vecinos que aparcaban sus enormes y caros vehículos en el interior de sus propiedades antes de dar un esprint y abrir la cancela de mi casa. Cerré tras de mí y avancé el camino de piedra sin pisar la hierba, que con total seguridad debía de estar repleta de charcos.
Fui a meter el código para que la puerta se abriese cuando María lo hizo.
Sus ojos oscuros se entrecerraron.
—¡Madre del amor hermoso! ¿Se puede saber por qué estás mojada?
Esbocé una sonrisa culpable.
—¿Por la lluvia?
María me agarró de la muñeca y me hizo entrar con premura. Me quité las botas negras mientras la escuchaba maldecir e ir hacia uno de los cuartos de baño para coger una toalla. Unos segundos más tarde, me secaba las manos.
—Vas a resfriarte —musitó preocupada.
—No te preocupes. Me cambiaré de ropa y…
Mi padre apareció en ese momento. Sus ojos azules me miraron con reprobación, y no pude por menos que agachar la cabeza.
—¿Qué haces con estas pintas, Violet? ¿Qué edad tienes? ¿Cinco años?
Me sonrojé.
—Me ha cogido la lluvia por sorpresa.
Él bufó.
—¿Por qué no has venido en taxi? ¿O por qué no me has llamado? Habría ido a por ti. O habría mandado a alguien.
Me encogí de hombros. No tenía excusas. Solo me había apetecido dar una vuelta, pero a mi padre no iba a entrarle en la cabeza mi respuesta, y era perder el tiempo. Así que suspiré.
—Lo siento. No volverá a ocurrir.
Mi padre asintió.
—Necesito que vayas a mi despacho.
Sentí que el alma se me caía a los pies. ¿Era para zanjar el asunto y firmar un contrato para trabajar en la empresa? Cada vez que íbamos a su despacho era para tomar una decisión y dejar de darle tantas vueltas. Porque eso era lo que hacía yo. Cuando mi padre me proponía algo, yo solo intentaba posponerlo hasta lo inevitable.
Era incapaz de hablar y alzar la voz.
—De acuerdo —dije.
—Pero antes cámbiate de ropa. Tenemos un invitado —señaló antes de darse la vuelta y dirigirse hacia el despacho, que se encontraba cruzando todo el pasillo, en la primera planta.
Miré a María con curiosidad.
—¿De quién se trata?
—No lo sé —respondió sin mirarme. Me dejó la toalla en las manos y me empujó con suavidad hacia las escaleras—. Ve a cambiarte.
Supe por la forma en la que evadía la pregunta que se olía algo.
Subí las escaleras con rapidez para no hacer esperar a mi padre ni a su invitado. Al llegar a mi habitación, me encontré a Olimpia. Estaba en mi cama, tumbada. Vino corriendo hacia la puerta y me agaché para abrazarla.
—Voy a solucionar una cosa y vuelvo para soltarte por la parte trasera de la casa, ¿de acuerdo?
Le di un beso en la cabeza grisácea antes de incorporarme e ir hacia el armario. Mientras me desnudaba, eché un rápido vistazo a mi ropa. Siendo ya de noche, podía ponerme una sudadera gris y unas mallas negras. Cogí unas deportivas que había en el mueble donde estaban todos mis zapatos y me dirigí hacia las escaleras con rapidez.
Bajaba los escalones de mármol cuando decidí soltarme el pelo y peinarme con los dedos. Cuando mis padres tenían invitados, me avisaban con antelación. Supuse que, si no lo habían hecho esa vez, se debía a alguna razón importante.
Enfrente de la puerta del despacho tomé una enorme bocanada de aire para inflar mis pulmones y llamé a la puerta con los nudillos.
—Pasa.
Era la voz de mi padre.
Entré y cerré tras de mí. Al darme la vuelta para estar cara a cara con mi padre, unos ojos azules eléctricos, fríos e impenetrables me hicieron dar un respingo. Es como mirar a los ojos al diablo, pensé, asustada ante tal intensidad. Nunca había visto tan poca humanidad en la mirada de nadie. Retrocedí un paso de manera instintiva. De hecho, habría retrocedido unos cuantos más si no hubiese sido porque tenía la puerta de madera pegada a la espalda.
Él me observaba, y yo, a pesar de lo mucho que me intimidaba, era incapaz de apartar los ojos de él.
—Violet, te presento a Bruno Schoenaerts. —Mi padre me hizo un ademán con la mano para que me acercara—. A partir de ahora será tu guardaespaldas.
Espera, ¿qué…?
Mis labios se abrieron para soltar una protesta cuando mi padre alzó una ceja.
—Violet. Sé educada —dijo con voz tirante.
Recordé mis modales de inmediato. Sacudí la cabeza y volví a concentrarme en aquella mirada azul hielo. Estiré una mano.
—Encantada, señor Scho… Schoe…
—Schoenaerts —completó por mí con un acento que no pude ubicar. Su voz, ronca y masculina, era suave como el terciopelo—. Es un placer, señorita Stonehouse.
Cuando su mano grande y pálida cubrió la mía por completo, un escalofrío salió disparado de donde nos tocábamos hasta el resto de mi cuerpo. Antes de que pudiese analizar lo que había pasado, aquel enorme hombre me soltó. Mi mano cayó inerte y me aseguré de pegarla a mi cuerpo. Apreté los puños y noté el calor que aún había en ellos.
Miré a mi padre, extrañada, mientras intentaba organizar toda la información. ¿Había dicho guardaespaldas?
—¿Has dicho guardaespaldas? —pregunté en voz baja.
Mi padre soltó el aire que había estado reteniendo.
—Siéntate, Violet.
Hice lo que me pidió. Pasé al lado de aquel enorme hombre y ocupé la silla que había justo enfrente de mi padre. Coloqué las manos sobre los muslos y apreté los dedos hasta convertirlos en puños. ¿Dónde estaba mi madre? ¿Por qué teníamos aquella reunión a esas horas de la noche? No entendía nada de nada.
Mi padre debió de notar mi turbación, ya que me dirigió una mirada tranquilizadora.
—Tranquila, Violet. Respira.
Volví a hacerle caso e inspiré. Hasta ese momento no me había dado cuenta de que había estado conteniendo la respiración. Mi corazón golpeaba contra mi pecho de forma errática y desenfrenada, como si fuese capaz de anticipar lo que iba a suceder.
—¿Qué sucede, papá? ¿Por qué necesito un guardaespaldas?
—Cariño, sabes que hemos estado recibiendo amenazas de muerte, ¿verdad?
—Sí —dije—. Y también sé que todo está en manos de la policía —le recordé, como si de aquella forma pudiese hacerle ver que no necesitaba un guardaespaldas.
—Las amenazas han aumentado, y he recibido en diferentes oficinas de Londres pequeñas advertencias que me han hecho tomar esta decisión. Creo que nos están siguiendo, Violet. Y esta decisión de última hora ha sido para garantizar tu bienestar.
Miré a mi padre, consternada. ¿Habíamos recibido más amenazas? ¿Y por qué no me lo habían dicho? Una repentina preocupación por la seguridad de mis padres me golpeó el pecho con violencia. ¿Estaban en peligro? Sabía que ellos tenían su propio cuerpo de seguridad contratado cada vez que viajaban, por lo que no entendía por qué me habían puesto a aquel trozo de hielo como guardaespaldas.
—Pero yo estoy con vosotros —musité—. No me hace falta un guardaespaldas.
—Hoy has venido sola desde el estudio de ballet, ¿no es verdad?
Me sonrojé y asentí.
—Sí —musité—. Pero no volverá a pasar.
—Eso no es todo, Violet.
Mi padre se incorporó de su asiento con gracilidad y dio la vuelta al caro escritorio hasta sentarse en una de las esquinas. Me sonrió con cariño antes de coger una de mis manos y apretarla entre las suyas.
—Ya ha llegado el momento.
Todo mi cuerpo se tensó.
—¿Qué momento? —pregunté con voz temblorosa.
—Te dije que te decidieras, Violet. O el ballet o la empresa familiar.
Mis ojos se llenaron repentinamente de lágrimas y parpadeé con violencia para apartarlas y esconderlas.
No, no puede ser, pensé aterrorizada. El miedo dio paso a la tristeza, y noté que hasta ahí llegaban mis pequeños e inútiles intentos por alejarme de la tesitura. Me sentía como un pez fuera del agua revolviéndose inútilmente. Al final mi padre había decidido dar un paso adelante sin la presencia de mi madre y acorralarme allí para hacerme firmar un maldito contrato.
Agaché la cabeza y saqué mi mano de entre las...




