E-Book, Spanisch, 290 Seiten
Delevigne Noches de tormenta
1. Auflage 2024
ISBN: 978-84-10070-15-8
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 290 Seiten
ISBN: 978-84-10070-15-8
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Es el seudónimo que utilizo para escribir novelas románticas eróticas. Nací en Sevilla en 1995, en plena primavera. Desde muy pequeña he pasado la mayor parte de mi tiempo leyendo libros que me transportaban a otros lugares, hasta que, a los dieciocho años, llegué a la conclusión de que quería crear mis propias historias, donde los protagonistas viviesen intensas historias de amor. Para mí, los ingredientes fundamentales para una buena novela romántica son el erotismo, las aventuras y un buen final feliz. Cuando no escribo, veo una película, leo o doy largos paseos junto a mis perros, Melón y Gazpacho, o voy a montar con mi yegua, Luna. Noches de tormenta es mi última novela con Phoebe, después de Una sola noche y Sin límites en 2021, La tentación y El pacto en 2022 y El cielo en llamas, Mi guardián y Las noches que te debo en 2023.
Autoren/Hrsg.
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1
Storm
«Recuento de fin de año.
-Salud: Bastante buena. No me puedo quejar.
-Sexo: mejor no contestar. No recuerdo la última vez.
-Amor: Mucho. Estoy enamorada de mi sobrina Erin».
Terminé de completar el cuestionario de la revista y solté un suspiro. La verdad era que lo único bueno que me había pasado últimamente era el nacimiento de mi sobrina, Erin. Por lo demás, mi vida era sencillamente plana, monótona y… triste.
Triste desde que mi madre había fallecido y un insondable vacío se había instalado en mi pecho. Cada vez que pensaba en el hecho de que era huérfana, de que mi madre se había marchado para siempre, unas terribles ganas de llorar florecían. Quizá no ayudaba el hecho de que siguiese en la casa familiar y de que cada rincón me recordara a ella. Quizá tampoco lo hacía el que mi hermana viviese con Zack y que el insoportable silencio de la casa me engullera todas las noches.
Comenzaba a estar cansada de la rutina que seguía día tras día. Me levantaba, desayunaba, abría las ventanas para que el aire fresco, cargado de un intenso olor a césped y lluvia, inundara la casa y luego comenzaba a limpiar. Terminaba pintando un nuevo cuadro o retocando alguno de los que tenía a medias para luego tumbarme en el sofá y soportar de la mejor forma posible el ensordecedor silencio. Me encantaba mi oficio de pintora, aunque tenía que reconocer que siempre necesitaba de otros trabajos aparte para complementarlo, ya que no era suficiente para pagar las facturas.
Guardé el bolígrafo en mi bolso y me incorporé de la silla que había ocupado cuando mi hermana salió de la consulta del pediatra. La pequeña Erin me dirigió una enorme sonrisa al verme y mi corazón se derritió.
—¿Ya has terminado?
Mi hermana asintió.
—Erin está perfecta. Y se ha portado muy bien.
Fui hasta el carrito y la liberé de todos los enganches que la mantenían en su sillita. Luego la cargué en brazos y la pegué a mi pecho para inspirar su olor a bebé.
Dios, cómo amaba a mi sobrina.
Tenerla a mi lado provocaba que la tristeza que me embargaba al pensar en mi madre se borrara un tanto.
—¿Nos tomamos un café? Es temprano —pregunté. No quería despedirme todavía de Erin.
Mi hermana, Rain, contuvo una sonrisa y asintió.
—Sí, vamos.
Caminamos hasta el centro del pueblo, donde había una cafetería bastante grande y famosa por los estupendos cafés que servían. Las navidades ya habían pasado, y habían retirado la decoración que había iluminado las calles. Sentía que ya podía respirar con tranquilidad. Ver tantas familias felices y unidas me recordaba lo sola que me sentía y la gran ausencia que nuestra madre había dejado tras su marcha. Rain había estado cada uno de los días de navidad en casa, trayéndome a Erin y sacándome a comer junto con Zack, su pareja, que también ponía gran empeño en animarme.
Yo fingía, pero lo que ni mi hermana ni Zack podían entender era lo unida que yo había estado a mi madre. Sabía que Rain también lo estaba pasando mal, pero ella había vivido alejada de nosotras durante diez años. Diez años en los que yo me había dedicado en cuerpo y alma a cuidar de nuestra madre, a entenderla y a centrarme en ella. No había existido nadie más para mí.
Rain se había marchado de Nantucket al morir nuestro padre, cuando ella solo tenía quince años. Habían tenido juntos un accidente en barco, en el que nuestro padre había fallecido. Rain se culpó desde el principio de su muerte, y con esa carga huyó un año después del suceso. Tuvieron que pasar diez años para que regresara a Nantucket, donde yo había permanecido cuidando de nuestra madre, quien, tras faltar nuestro padre, nunca volvió a ser la misma. Afortunadamente, la vuelta de Rain, a pesar de que fue difícil, sobre todo porque yo le guardaba mucho rencor por habernos abandonado a nuestra madre y a mí, al final solo trajo cosas buenas, tanto para ella como para mí misma: ella se liberó de su complejo de culpa y yo olvidé ese rencor que le había guardado por abandonar el hogar familiar. Además, Rain había encontrado el amor con Zack, y juntos habían tenido a su preciosa hija.
Volviendo al presente después de recordar toda la historia con Rain, me puse a pensar en lo perdida que me encontraba en ese momento.
No sabía qué hacer ni cómo comportarme en la mayoría de las ocasiones. Me sentía casi siempre fuera de lugar.
Al llegar a la cafetería, encontramos una mesa libre en el interior del local, cerca de la ventana. La ocupamos con rapidez y pedimos un par de lattes.
Puse a Erin sobre mis piernas y dejé que jugueteara con algunos mechones de mi oscuro pelo.
—¿Qué tal vas? —preguntó mi hermana de repente.
La miré.
—¿A qué te refieres?
—Ha pasado un año desde la muerte de mamá.
Apreté los dientes y cogí aire.
—No me apetece hablar de ello.
—Te entiendo, de verdad. Yo también la echo de menos, pero creo que deberías comenzar a salir, conocer gente… Estar encerrada en casa no es bueno para ti. Ni tampoco es lo que mamá querría…
Sentí una súbita oleada de ira. ¿Por qué no podía dejar el tema a un lado? No estaba preparada para hablarlo. Necesitaba que pasara el tiempo, necesitaba curar mis heridas y aceptar que nunca más volvería a sentirme como me había sentido al tener a mi madre a mi lado. Siempre viviría con la sensación de que me faltaba algo, de que la vida se había cebado con nosotras y que, después de arrebatarnos todo, esperaba que sonriéramos y siguiéramos como si nada hubiera pasado.
Que se joda la vida, que se joda todo…
—¿Storm?
Suspiré y acaricié los cortos mechones de Erin.
—¿Qué?
—¿Puedes al menos intentarlo?
—¿Intentar el qué? —pregunté con desgana. ¿Cuándo demonios iba a llegar la camarera con nuestros lattes?
—Ya te lo he dicho. Salir. Conocer gente.
—Ya salgo.
—No cuenta que sea conmigo o con Rosie.
Puse los ojos en blanco.
—¿Y por qué no?
—Porque eres joven. Porque tienes que vivir. ¿Cuándo fue la última vez que saliste con un hombre?
Hice el mayor de los esfuerzos para que no se reflejase lo mucho que me afectaba su pregunta. Si era honesta conmigo misma, desde que mi hermana se había marchado tantos años atrás, mi vida se había centrado en cuidar de mi madre. Había dejado mis necesidades y mis deseos apartados para asegurarme de que atendía a mi madre como se merecía.
Y, ahora que se ha ido, me siento perdida.
Me había olvidado de mis sueños, de qué quería hacer con mi vida y de lo que había hecho antes de imponerme el rol de cuidadora. Habían sido muchos años sintiéndome así, siguiendo una misma tónica, y ahora me estaba resultando muy difícil cambiar todo eso.
Me sentía náufraga y huérfana.
—No lo recuerdo —admití.
—Entonces es que te hace falta salir. ¿Sabes que Rosie ha quedado hoy con Penelope, la chica que me sustituye en el Donna’s? Van a ir a un pub. Voy a escribir a Rosie ahora mismo para decirle que vas con ellas.
Puse los ojos en blanco y suspiré. Cuando a mi hermana se le metía algo en la cabeza, no había forma de hacerle cambiar de opinión. Pensé que quizá podía estar con Rosie y Penelope un par de horas y luego irme a casa.
Asentí y vi que una sonrisa surcaba el rostro de Rain.
—De acuerdo —claudiqué.
—¡Bien! —Rain aplaudió—. ¿Ves, Erin? Tu tía también hace caso a mamá.
Pasamos el resto de la mañana dando una pequeña vuelta por varias tiendas después de terminarnos nuestros lattes en la cafetería. En una tienda de ropa infantil por la que siempre pasábamos en nuestros ratos de paseo terminé por comprarle a Erin un pijama con pinta de ser muy calentito, con dibujos de conejos, y un peluche a juego. Me encantaba consentir a mi sobrina. Me resultaba sorprendente el poder que tenía sobre mí. Aunque hubiera tenido un día terrible, mi mal humor desaparecía con tan solo mirarla.
Cuando me despedí de ellas cogí un autobús. Me senté en el único asiento libre que quedaba y observé el cielo. A pesar de haber amanecido despejado, algunas nubes pesadas y gruesas comenzaban a oscurecerlo. Lamenté no tener en ese momento un lienzo sobre el que pintar. Luego recordé que tenía el móvil, así que pensé en hacer una foto para dibujarlo después.
Busqué el teléfono en el interior de mi bolso y lo alcé para capturar el hermoso paisaje.
Tomé un par de fotos y las contemplé con ojo crítico. Me fijé en los haces de luz, en la forma en la que las nubes se erizaban al estar cerca del mar o en cómo el verde de los árboles contrastaba con los tonos grisáceos del pavimento. Vivir en Nantucket era un privilegio. Un gran privilegio. Por ese mismo motivo me había costado tanto entender por qué mi hermana se había marchado en el pasado. No fue hasta que nos sentamos a hablar, un par de años atrás, que fui consciente del peso que se había echado sobre sus jóvenes hombros al culparse de la muerte de nuestro padre. Recordé cómo Rain me contó cómo había ocurrido: había sido ella, que tan solo era una niña, quien había insistido a nuestro padre ese fatídico día para salir a navegar, cuando el cielo amenazaba tormenta, si bien nada presagiaba que fuera a ser tan terrible como finalmente fue. Por supuesto que...




