E-Book, Spanisch, 305 Seiten
Delevigne Sin límites
1. Auflage 2021
ISBN: 978-84-18491-53-5
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 305 Seiten
ISBN: 978-84-18491-53-5
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Es el pseudónimo que utilizo para escribir novelas románticas eróticas. Nací en Sevilla en 1995, en plena primavera. Desde muy pequeña he pasado la mayor parte de mi tiempo leyendo libros que me transportaban a otros lugares, hasta que, a los dieciocho años, llegué a la conclusión de que quería crear mis propias historias, donde los protagonistas viviesen intensas historias de amor. Para mí, los ingredientes fundamentales para una buena novela romántica son el erotismo, las aventuras y un buen final feliz. Cuando no escribo, veo una película, leo o doy largos paseos junto a mi perro, Melón.
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1
—¡Oh, vamos! Alegra esa cara, Bella. Tampoco es para tanto, ¿no? Estoy segura de que encontrarás otro puesto de trabajo que se ajuste a tus características —le dijo su tía Luisa antes de girarse hacia su hija con orgullo.
Bella notó que la sonrisa que había forzado durante los diez últimos minutos comenzaba a flaquearle. Era incapaz de entender cómo su familia se alegraba tanto de que hubiese perdido la oportunidad de trabajar en uno de los mejores colegios de Sevilla, con un currículo casi impecable y mucho dinero invertido. Incluso sus padres parecían alegrarse.
Excepto su abuela Eleonora, que alzaba una ceja en un sutil gesto de desprecio.
Sin embargo, Bella repasaba todos y cada uno de sus pasos, aquellos que habían provocado que la entrevista de trabajo no fuera fructífera. La había hecho en francés, vestida con una de las faldas de su abuela y entrando en el colegio con el pie derecho. Sí, con el pie derecho. Según Eleonora, de esa forma era imposible que le fuera mal.
Y al parecer no le podía haber ido peor.
Por más que analizara meticulosamente sus acciones, no encontraba ningún fallo que hubiese llevado al entrevistador a elegir a su prima antes que a ella. Y pensar en la horrible falda que había usado para que le diera suerte, la de su abuela, no hizo más que aumentar su bochorno.
Bella observó a Lía, que aceptaba las felicitaciones de los miembros de su familia. Los abrazaba mientras una enorme sonrisa decoraba su bello rostro. Sabía que debía acercarse y felicitarla, pero sentía que su boca estaba llena de veneno, y se negaba a mostrar lo mucho que le dolía que todos hubiesen preferido que le diesen el puesto a Lía antes que a ella.
La bella Lía, de cabello rubio dorado y ojos azules, cuya altura sobrepasaba el metro setenta, parecía más una modelo que una profesora de francés, mientras que Bella había tenido la mala suerte de heredar el metro sesenta de su abuela. La más baja de la familia.
Sin embargo, aquello no había sido lo único malo que le había sucedido.
No, ni mucho menos.
Cuando había cogido el coche para ir a comprar al supermercado, otro vehículo le dio por detrás, en el parachoques trasero, y eliminó toda la pintura de su vehículo en la zona golpeada. Al salir para comprobar los daños, se percató de que la carrocería de esa parte estaba hundida.
Bella había cogido aire, en un fallido intento por calmar la ira y la desesperación que ardían en su interior. Se repitió varias veces que todo se debía a las obras de la calle y no a su mala suerte.
Tras haber rellenado los papeles junto a la otra conductora, con alguna que otra queja por su parte, regresó a su piso. Allí descubrió que su pez, Felipe, había fallecido después de acompañarla cerca de diez años.
Experimentó tanta tristeza que se había derrumbado en la entrada de su hogar, con las bolsas de comida a ambos lados de su cuerpo, los papeles del coche y el pequeño cuerpo de Felipe flotando en la pecera.
Y ahí estaba en ese momento, en casa de su tía Luisa. Deseaba marcharse y lamerse las heridas en la intimidad, donde no tuviese que fingir más.
Su abuela se acercó hasta donde ella estaba y le dio un suave codazo en las costillas.
—Esto es el colmo. ¿Por qué no te vas a casa?
—Creo que debería acercarme —susurró Bella, cansada—. Pero no me apetece. Aunque Lía no me ha hecho nada.
—No, no directamente. Solo seguir tus pasos cuando no sabía qué hacer.
Bella giró la cabeza para mirar a su abuela, cuyos ojos castaños brillaban de enojo y rabia.
—No es ilícito.
—A ti te ha pasado algo más; tienes los hombros hundidos y los ojos húmedos.
—Me han dado en la parte trasera del coche y Felipe ha muerto.
—Vaya…
Bella asintió con tristeza.
—Me temo que tus consejos no me han ayudado mucho —le musitó con un hilo de voz al ver que las arrugas de la frente de su abuela se acentuaban—. Ni entrar con el pie derecho ni ponerme tu falda de mil colores.
—Necesitas una limpieza de aura, cariño. Te ha mirado un tuerto —dijo su abuela con convicción.
Suspirando, Bella sacudió la cabeza.
—Creo que por ahora paso.
—Pues no deberías. Percibo tu aura un poco manchada; ¿por qué no vienes esta tarde a mi casa? Te prepararé galletas.
Alzando una ceja, Bella sintió que parte de su tristeza desaparecía al pensar en las deliciosas galletas de su abuela. Aún recordaba cuando su abuela las hacía tanto para Lía como para ella cuando regresaban de gimnasia rítmica. De pequeñas las dos primas habían estado unidas, o al menos la distancia entre ambas no era tan pronunciada.
Tras asentir, se inclinó para darle un beso en la arrugada mejilla.
—De acuerdo, pero tengo que irme pronto. He quedado con Alberto; hoy es jueves, y sabes que siempre nos vemos un rato.
—Ese chico va detrás de ti.
—¡Abuela! Es mi mejor amigo, y el año pasado babeaba por Lía, así que no lo creo. Tenemos los límites muy bien definidos.
—No sé si será suficiente con una limpieza de aura, quizá…
Antes de que su abuela prosiguiera, Bella cogió una profunda bocanada de aire y fue hasta su prima. Contempló dolida las miradas de su madre, Rosario, y del resto de su familia, brillantes de gozo y satisfacción mientras una muy feliz Lía no paraba de sonreír, triunfante y con un nuevo empleo que le permitiría mudarse a una de las mejores zonas de Sevilla.
No, la vida no era justa. Fue Bella quien encontró esa oferta de trabajo. Se lo había contado a su madre por la noche, con una nueva esperanza anidada en el pecho y una nueva motivación que diese un vuelco a su monótona vida. Sin embargo, al día siguiente su madre había ido con la buena noticia a Luisa, quien indudablemente la hizo llegar hasta Lía.
La traición que había sentido era similar a la de un cuchillo partiéndola en dos, dejándola fría y desamparada, con una herida sangrante que supuraba cada vez que veía a su familia.
Con un suspiro, Bella estuvo tentada de salir corriendo cuando los ojos azules de Lía cayeron sobre ella. Fingió la mejor de las sonrisas e ignoró las súplicas de su cuerpo por alejarse de allí.
Felicitó a la nueva trabajadora del colegio privado más exclusivo de Sevilla.
—Tienes mala cara. ¿Necesitas un abrazo?
Bella levantó la mirada del vaso de chocolate que tenía entre las manos y miró a Alberto. El calor de la bebida la alejaba del frío, que la sumía en una profunda desazón. Ni siquiera su abuela había conseguido restaurar parte de esa paz interior que siempre la había acompañado, y que era como un bálsamo en sus peores días.
Pues aquella tarde era inútil. Nada la calmaba, nada la sanaba. La ira, la injusticia y la tristeza le impedían avanzar, y la ahogaban en un llanto silencioso.
—No he tenido un buen día —musitó Bella con un hilo de voz. Contempló los árboles del parque de María Luisa, teñidos de tonos otoñales.
—Creo que, si te desahogas, aliviarás parte de tu carga.
Bella bajó la vista hasta su chocolate, huyendo de la mirada verde de Alberto. Temía que la suave brisa que se había levantado terminara por hacerla llorar.
—No me han cogido para la oferta de trabajo de la que te hablé.
—¿Ese colegio esnob?
—Ese mismo.
—¿Y por qué? Tienes un buen currículo, no consigo comprenderlo.
Eso mismo se decía ella cada vez que no accedía a un buen puesto de trabajo. ¿De qué servía tener un currículo impecable si se quedaba a las puertas? Siempre había alguien mejor que ella, más preparado y habilidoso.
—Han escogido a Lía —murmuró con voz ponzoñosa.
Alberto abrió los ojos de par en par.
—¿A Lía? ¿Ves? Te dije que no le dijeras nada a tu madre.
—¡Pero es mi madre! —saltó ella sin demasiada energía; luego contempló a un par de pájaros posados en una de las ramas más altas del árbol—. Quería compartirlo con alguien. Necesitaba compartirlo.
—Y te ha salido el tiro por la culata.
—Nunca mejor dicho —susurró Bella. Dejó el vaso del chocolate a un lado, apoyado en el banco—. No sé qué me ha dolido más: no ser escogida o ver la mirada de satisfacción de mis padres por lo de Lía.
—Es algo que nunca comprenderé —dijo Alberto antes de terminarse su café y tirarlo a la papelera más cercana—. Quizá fuese la falda de tu abuela. ¿Entraste con el pie derecho?
—Hice todo lo que ella me aconsejó, y nada ha servido.
—¿Qué es esta flor que tienes en el pelo? —Alberto le retiró una pequeña florecilla y algunos pétalos que había sueltos por su cabello.
—Antes de quedar contigo he ido a visitar a mi abuela. Me ha hecho una limpieza de aura. Cree que me ha mirado un tuerto.
—Oh, ¿te encuentras mejor?
—La verdad es que no —se sinceró Bella, hipando al batallar contra las lágrimas, que exigían derramarse—. Felipe ha muerto.
—¿Tu pez?
—Y eso no es todo: me han golpeado en la parte trasera del coche.
—Demonios, quizá sea cierto que te ha mirado un tuerto, Bella.
Tras asentir, Bella contempló el sol, que poco a poco parecía querer ocultarse entre los edificios. Era octubre y anochecía con premura, lo que a Bella le dejaba una sensación de desasosiego que la asfixiaba por las noches. A veces llegaba a la triste conclusión de que estaba sola, de que no tenía a...




