Delevigne | Un millón de recuerdos | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, 475 Seiten

Delevigne Un millón de recuerdos


1. Auflage 2025
ISBN: 978-84-10070-97-4
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, 475 Seiten

ISBN: 978-84-10070-97-4
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



Sofía regresa a su pueblo natal para asistir al funeral de su abuela Linda. Cuando su padre le comunica que ha heredado una misteriosa caja, Sofía apenas le presta atención: hacía años que apenas tenía relación con ella. Cinco años después, vuelve para pasar el verano con su padre, quien le recuerda la existencia de aquella caja olvidada. Al fin decide abrirla, sin imaginar que descubrirá los secretos de una vida apasionante que cambiarán su percepción de Linda para siempre. Lo que Sofía tampoco espera es cruzarse con Colton, un hombre tan irresistible como exasperante, que pronto se convierte en su mayor dolor de cabeza... y en su mayor tentación. Entre encontronazos, sarcasmos y una química imposible de ignorar, Sofía se verá atrapada en un torbellino de emociones que la harán replantearse su estancia más de una vez. Pero en medio de la confusión descubrirá que a veces el mayor enemigo puede ser también el mejor aliado... y quizá algo más.

Es el seudónimo que utilizo para escribir novelas románticas eróticas. Nací en Sevilla en 1995, en plena primavera. Desde muy pequeña he pasado la mayor parte de mi tiempo leyendo libros que me transportaban a otros lugares, hasta que, a los dieciocho años, llegué a la conclusión de que quería crear mis propias historias, donde los protagonistas viviesen intensas historias de amor. Para mí, los ingredientes fundamentales para una buena novela romántica son el erotismo, las aventuras y un buen final feliz. Cuando no escribo, veo una película, leo o doy largos paseos junto a mis perros, Melón y Gazpacho, o voy a montar con mi yegua, Luna. Un millón de recuerdos es mi última novela con Phoebe, después de Una sola noche y Sin límites en 2021; La tentación, El pacto, Siempre fuiste tú y Al final era él en 2022; El cielo en llamas, Mi guardián, Las tres reglas de mi jefe y Las noches que te debo en 2023 y A solas con mi jefe, Adicta a Scott, Noches de tormenta, Devórame, Kevin; Una chica mala para Dorek y Promesas al anochecer en 2024.
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1


Cinco años atrás

—¿Te encuentras bien, cariño? —preguntó mi madre, mientras me miraba con aquellos grandes ojos azules, apretándome un hombro con calidez.

Incluso antes de pensar la respuesta, solté un escueto «Sí». No estaba segura siquiera de haber oído su pregunta, simplemente pensaba en lo culpable que me sentía por no haber visitado a mi abuela antes de su muerte. El dolor que se había instalado en mi pecho me dificultaba respirar, pero me dije que montar una escena en su entierro no era una buena idea.

Alcé la cabeza y vi el demacrado rostro de mi padre arrugado por el dolor. El hecho de que nuestra relación fuese lejana y un tanto extraña había sido una de las razones por la que había cancelado mi última visita a Coria del Río, Sevilla, pueblo de mi abuela y de mi padre. Mi madre no parecía especialmente afectada, aunque tampoco podía culparla. Estaba allí sólo para mostrar respeto hacia la madre del que había sido su marido durante quince años, y supongo que en parte por mí.

La vista se me nubló de forma momentánea cuando un rayo de sol se coló por unos de los ventanales e impactó en mi rostro. La calidez que noté en la piel ahuyentó el frío que sentía, a pesar de encontrarnos a mitad de junio en Sevilla. En otras palabras, hacía mucho calor, pero yo me sentía como si estuviese envuelta en una capa de plástico que me aislaba de todo.

Una vez más, supuse que se debía al sentimiento de culpa.

—Vamos —susurró una voz familiar.

Di un respingo cuando mi madre me empujó suavemente. La misa había terminado. Salimos de la parroquia de San José poco a poco, porque todas las personas que habían acudido al funeral de mi abuela se movían con lentitud, intentando llegar hasta mi padre. ¿Debía colocarme a su lado y aceptar el pésame de todos ellos? Mi madre debió de notar mi incomodidad, porque me cogió de la mano y me arrastró hacia el exterior, donde esperé con ella apoyada en una de las paredes de la iglesia a que mi padre saliera.

—Lo siento, chicas, me habían llamado del trabajo.

Carlos, el último novio de mi madre, vino a nuestro lado. Sus ojos verdes se centraron en mí antes de volver a hablar.

—Espero tener la oportunidad de darle el pésame a tu padre… Demonios, este calor es insufrible.

—Lo es —acordó mi madre, pasándose una mano por el cuello—. Estoy deseando darme una ducha. Pero antes comeremos algo; dicen que hay un restaurante japonés cerca de aquí, en este pueblo. Es bastante conocido.

Dejé de oír a mi madre justo en el mismo instante en que vi la oscura coronilla de mi padre asomar por las puertas de la parroquia, seguido por un enorme grupo de personas que le decían una y otra vez lo mucho que sentían la muerte de mi abuela Linda. Algo en su rostro me dejó entrever que deseaba largarse de allí, de todo ese tumulto, e irse a su casa. Bajo sus oscuros ojos, unas ojeras violetas comenzaban a hundir su mirada y hacerla mucho más vieja y triste.

Oí que mi madre me llamaba, pero conseguí apartar a algunos de los presentes hasta llegar a mi padre. Su boca, casi siempre un amargo rictus, se curvó hacia arriba.

—Sofía…

—Sofía, cielo. —Una mujer de pelo canoso y ojos verdes me cogió las manos, obligándome a darme la vuelta—. Lamento mucho lo de tu abuela Linda… Era una mujer maravillosa.

—Sí —respondí, esbozando una educada sonrisa—. Todos la echaremos de menos.

—Hablaba tanto de ti… Decía que te parecías mucho a ella cuando era joven, y tenía toda la razón.

—Es María, una de las vecinas de tu abuela —me informó mi padre.

Se lo agradecí con un gesto e intenté hablar con él para saber cómo se encontraba, pero nuevamente María parecía tener otros planes. Sus huesudas manos cogieron las mías y me las apretó. Las noté húmedas por el calor y me esforcé todo lo que pude para no mostrar lo contrariada que me sentía.

—Si algún día te pasas por aquí y quieres oír alguna de nuestras aventuras de jóvenes, no dudes en visitarme. Vivo en la calle paralela a la de ella.

—De acuerdo, gracias.

Miré a mi padre con una mueca cuando otra mujer mayor, esta con el pelo teñido de azul y unos grandes ojos castaños, se colocó entre mi progenitor y yo. Me dije que era normal, que en los pueblos la gente está más unida que en las ciudades y que sólo intentaban calmar mi dolor por la muerte de un ser querido. Lo que ellos no sabían era lo mucho que me agobiaba que me besaran y tocaran desconocidos. Al fin y al cabo, eso eran para mí. Quizá ellos tuviesen recuerdos de mi infancia, de cuando mis padres aún no se habían separado y éramos una familia feliz, pero yo no.

Resignada, acepté el pésame de todos ellos, apoyándome con cierta desgana contra el delgado tronco de un pequeño naranjo que se encontraba a mi espalda. El olor de este llegó hasta mí, fresco y ácido, y me devolvió a la asfixiante situación en la que me encontraba.

Una última familia se acercó a nosotros y repitió, casi con las mismas palabras, lo que habían dicho las anteriores. Dejé que me cogieran las manos, que me las estrujaran y me dijesen lo mucho que me parecía a mi abuela. Cansada, paseé la mirada por la plaza que teníamos delante y vi a mi madre y a su pareja hablando en voz baja y a vecinos mirándonos desde las ventanas de sus casas. Iba a centrarme nuevamente en la conversación cuando distinguí unas sombras oscuras bajo otro naranjo, observándonos. No podía ver sus rostros, pero eran dos hombres, uno de ellos muy bajito y encorvado. Por el contrario, el otro era alto y más esbelto.

Entrecerré los ojos y vi que se daban la vuelta hasta quedar expuestos a la luz del mediodía. Sí, eran dos hombres; uno de ellos tenía el pelo negro y el otro era canoso. El más bajito era un hombre mayor, aunque, al no ver su rostro, no pude saber qué edad tenía. ¿Serían vecinos del pueblo? Aproveché que la última familia ya se había ido para preguntarle a mi padre.

—¿Quiénes son? —Y señalé con la cabeza en dirección a los dos hombres.

—Son Yoshio y su sobrino Colton —respondió él, haciéndose visera con la mano y mirando en su dirección—. Vinieron desde Japón hace años. Yoshio era… muy amigo de tu abuela.

El mayor de los dos hombres era claramente japonés. El más joven era bastante alto y tenía un aspecto más occidental, si bien sí mostraba algunos rasgos asiáticos, como los ojos levemente rasgados. Aunque desconocía a qué país pertenecían, me extrañó que estuviesen en un pueblo como Coria del Río. Doblaron una calle y terminé por perderlos de vista, aunque no aparté la mirada.

—No nos han dado el pésame.

—Sí que lo han hecho, pero tú estabas con tu madre. Me han dicho que te lo diera.

—Fran, ¿cómo estás? Lamento mucho lo de tu madre.

—Gracias, Carlos. —Mi padre le estrechó la mano.

—Habíamos pensado ir a comer a un restaurante japonés que hay cerca de aquí; ¿te gustaría venir?

La suave voz de mi madre me estremeció. Mi padre debió de sentir algo parecido, ya que apretó los labios hasta convertirlos en una tensa línea. Nadie, excepto yo, era consciente de lo mucho que aún le afectaba verla. A veces me preguntaba qué había pasado entre ellos para que acabaran separados. Sí, Carlos era guapo, pero mi padre lo era aún más, y tenía un porte regio y elegante del que el actual novio de mi madre carecía. Además, los valores que tenía mi padre eran diferentes a los de él. Por ejemplo, mi padre habría sido incapaz de salir de una misa por una llamada de teléfono. Eran pequeños detalles que, deduje, para mi madre no suponían nada.

Aún estábamos cerca del naranjo, y sus hojas se movieron a causa de una cálida brisa, dejando pasar los calurosos rayos del sol, que iluminaron los oscuros ojos de mi padre durante unos segundos. Castaño cálido, como un café solo, en contraste con los fríos aunque hermosos ojos de Carlos.

—No, gracias, quiero marcharme a casa —respondió mi padre.

—¿Estás seguro? Podemos ir a otro sitio o…

—No, de hecho, os recomiendo que vayáis. Tienen la mejor comida japonesa que haya probado nunca. Yoshio tiene una mano increíble para la cocina.

Luego guardó un intenso silencio antes de aclararse la garganta. Lo comprendí: quería despedirse de mí, pero no sabía cómo. Me acerqué a él y le di un torpe abrazo, al que él respondió de la misma forma. Debíamos de dar una imagen un tanto rara y desacompasada. Aun así, su abrazo consiguió en cierta forma calentar mis heladas manos.

—Demonios, Sofía, con el calor que hace y estás helada.

—En eso me parezco a la abuela, papá —respondí con una tenue sonrisa.

Él asintió.

—Es verdad, siempre frías. Por cierto… —Parecía nervioso, tenso. Pasaba el peso de un pie a otro con la mirada perdida. Transcurrieron unos segundos antes de que se decidiera a soltar lo que quería decirme—. Yo… Si algún día te apetece quedarte un fin de semana aquí, sólo tienes que decírmelo. Puedo recogerte. Tu abuela Linda… te dejó algo. No sé muy bien de qué se trata; es una caja, y supongo que contiene muchos trastos… Pero si quieres venir a verlo un día…

Para ser sincera, el posible contenido de aquella caja me llamó la atención. No por lo que fuera, sino por el hecho de que mi abuela se hubiese acordado de mí. Después de todo, había tenido relación con ella siendo pequeña, no adulta, y la primera etapa de mi vida era borrosa: apenas...



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