E-Book, Spanisch, 140 Seiten
Delevigne Una chica mala para Dorek
1. Auflage 2024
ISBN: 978-84-10070-21-9
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 140 Seiten
ISBN: 978-84-10070-21-9
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Es el seudónimo que utilizo para escribir novelas románticas eróticas. Nací en Sevilla en 1995, en plena primavera. Desde muy pequeña he pasado la mayor parte de mi tiempo leyendo libros que me transportaban a otros lugares, hasta que, a los dieciocho años, llegué a la conclusión de que quería crear mis propias historias, donde los protagonistas viviesen intensas historias de amor. Para mí, los ingredientes fundamentales para una buena novela romántica son el erotismo, las aventuras y un buen final feliz. Cuando no escribo, veo una película, leo o doy largos paseos junto a mis perros, Melón y Gazpacho, o voy a montar con mi yegua, Luna. Una chica mala para Dorek es mi última novela con Phoebe, después de Una sola noche y Sin límites en 2021; La tentación, El pacto, Siempre fuiste tú y Al final era él en 2022; El cielo en llamas, Mi guardián, Las tres reglas de mi jefe y Las noches que te debo en 2023 y A solas con mi jefe, Adicta a Scott, Noches de tormenta y Devórame, Kevin en 2024.
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1
—Descríbeme en dos palabras cómo es tu vida, Irina Maxwell.
Irina miró detenidamente a la periodista que le hacía la entrevista, cuyo cabello oscuro parecía dibujado por un experto dibujante. Si hubiese tenido que ser sincera, habría dicho que su vida era «simple» y «aburrida», pero eso no era lo que deseaban de ella. Irina, como modelo internacional que era, tenía que proyectar una gran imagen de sí misma. Independiente pero no demasiado, fría pero no tan distante y solidaria, aunque evitando pronunciarse políticamente. Y seguridad. Mucha seguridad.
Deseaba soltarse, dejar de ir tantas horas al gimnasio, de tener demasiados viajes, dietas estrictas o de intentar ser perfecta.
De todas formas, pensaba retirarse. Era demasiado joven —aún no tenía los treinta—, pero aquel mundo de la moda la estaba consumiendo, tanto que a veces apenas disfrutaba de tiempo libre. Necesitaba no tenerlo todo planeado, necesitaba la imprevisión en su vida, la irregularidad.
Forzando una sonrisa, se echó su oscuro pelo hacia atrás.
—Se me vienen muchas palabras a la cabeza, pero creo que escogería «felicidad» y «libertad». Estoy en uno de los mejores momentos de mi vida —dijo escuetamente.
—Gracias por todo, Irina.
—A vosotros.
Salió del gran edificio con rapidez y se puso las gafas de sol. No, seguramente no la reconocerían, pero siempre había tenido los ojos muy sensibles a la luz. Miró el reloj de su muñeca y fue lo más rápido que pudo a La cafetería de Tay, donde había quedado con sus amigas. Aquella cafetería pertenecía a una de sus mejores amigas, Taylor, y habían decidido quedar allí.
El negocio de Taylor iba tan bien que la joven había contratado personal suficiente como para no tener que estar metida allí todo el día. Además, en su sexto mes de embarazo, Kevin, su novio, tampoco quería que se esforzara mucho. Hoy les diría a todas si se trataba de un niño o niña, aunque Taylor ya decía que estaba segura de que era niña. Por otra parte, la boda de Andrea, la otra mejor amiga de Irina, sería en apenas un mes. La había adelantado para que Taylor pudiese estar en ella lo más cómoda posible.
Andrea estaba luchando frenéticamente por coordinar todo. Con una sonrisa, Irina pensó en el futuro tan brillante que le esperaba a su amiga. Al menos le quedaban la rubia y elegante Violette y la singular Grace, las nuevas amigas que se habían unido al grupo que en un principio formaban Irina, Andrea y Taylor. La independiente y fría Grace no deseaba a nadie en su vida. Para ella, los sentimientos no conseguían más que traer problemas, y ella deseaba tener una vida muy tranquila. Por su parte, Violette era un alma sencilla, y estaba locamente enamorada de su marido, Duncan. Este último, al igual que Kevin, el novio de Taylor, y Scott, el prometido de Andrea, eran marines, y amigos además. El grupo de amigos marines lo completaban Bryan y Dorek. Dorek…, con quien Irina había tenido algún acercamiento que no había llegado a más.
Cruzó un paso de cebra y las vio sentadas en la terraza del local, tomando algo y charlando animadamente. Taylor fue la primera en verla.
Alzó una mano.
—¡Ira, estamos aquí!
Todas se giraron y sonrieron. Violette tenía a Pearl, su perrita chihuahua, entre sus piernas, quien ladró de forma muy esporádica al verla también.
Llegó hasta ellas y se sentó entre Andrea y Taylor. Dejó su bolso al lado, en una silla libre, y suspiró.
—Ya estoy aquí. Perdonad la tardanza.
—No te preocupes, cariño. Hemos pedido ya. Para ti, un latte.
Irina asintió con una sonrisa.
—Estupendo, gracias.
—¿Qué tal ha ido la entrevista? —Andrea dejó un pequeño cuaderno sobre la mesa, cerrándolo—. ¿Ha sido muy pesada?
—Para nada, ha ido más rápido de lo que pensaba. La campaña de trajes de baños y complementos está yendo genial. Además, no me han preguntado sobre mi vida personal, por lo que… —Sonrió a Andrea y señaló el cuaderno—. ¿Qué es?
—Oh, ¿esto? Los contactos para mi boda. Peluquero, flores… Es una locura todo lo que hay que preparar.
—Puedo darte el número de Anthony. —Violette dio un sorbo a su té—. Él fue el que preparó la mía. Con él no tendrás que preocuparte de nada, aunque… cobra algo caro. ¿Quieres el número? Eso sí, no creo que tu boda quede mejor que la mía —dijo seriamente.
Taylor puso los ojos en blanco.
—Creo que sobrevivirá.
—Le diré que vas de mi parte, así te hará un descuento. —La elegante rubia le guiñó un ojo—. Soy una clienta exclusiva.
Andrea aguantaba la risa, intentando parecer seria.
—Muchas gracias, Violette. Lo llamaré mañana entonces.
—Por cierto, ¿soy la única que está tan mal con la alergia? —Grace habló por primera vez, luciendo unos ojos lacrimosos—. Estoy asqueada con el polvo y el polen. Las pastillas no hacen efecto. Cambiando de tema, me gustaría deciros que en unos meses voy a hacer la presentación de mi nuevo libro; ¿vendríais alguna?
Irina la miró con los ojos como platos.
—¡Por supuesto! No nos habías dicho nada.
—¿Qué guarrada has escrito ahora? —Taylor sonreía—. Oh, no me digas, un bombero cañón con problemas para apagar un fuego…
—Buena idea, pero no. —Grace sonreía con picardía, mordiendo la pajita de su batido de helado de chocolate—. Marines.
—¿Marines? —Violette la miró fijamente durante unos segundos—. ¿En serio?
—Sí, porque a las mujeres nos encantan los hombres con uniformes, a casi todas. Y los marines son como los orgasmos. Poco duraderos pero muy satisfactorios. —Grace abrió su bolso cuando el móvil comenzó a sonar—. Perdonadme; espero una llamada de mi padre.
—Por supuesto. —Andrea asintió.
Al alejarse, Taylor la contempló con una ceja alzada mientras se acariciaba la barriga, que había aumentado bastante en dos semanas. Llevaba una camiseta blanca de premamá y unos vaqueros que acentuaban sus nuevas curvas. Según ella, una de las muchas cosas buenas del embarazo eran el aumento de los pechos y las caderas, y a Taylor, de por sí delgada, le encantaba estar más rellenita. Lo que Irina no le había dicho era que los pechos se quedaban muy estropeados y que no volvían a ser los mismos. No, definitivamente no.
No quería echar a perder su espléndido momento.
—¿Sabéis qué? Algo me dice que hay gato encerrado con Grace.
—¿Gato encerrado? —preguntó Violette.
—Creo que entre ella y Bryan ha habido… algo.
—¿Algo?
Taylor soltó una maldición que hizo girar todas las caras hacia ellas. Había perdido la paciencia.
—¡Demonios! ¿Cómo voy a hablar bien si no me entiendes?
—Lo estás haciendo genial, cariño. —Andrea sonrió—. Sigue.
—Han follado. Lo sé. Lo huelo.
—Yo no huelo a nada. —Violette parecía enfadada. Su perrita ladró antes de cerrar los ojos y quedarse dormida—. ¿Soy la única?
Suspirando, la embarazada continuó.
—Cuando Kevin y los demás se fueron a la última misión, le pregunté a Grace si echaba de menos a Bryan.
—¿Y qué dijo? —Irina, sin poder contener su curiosidad, se acercó más a ella.
—Que no, que no está enamorada. Pero lo dijo de verdad, como si todo le diese igual.
—Bueno, es que no todo el mundo se quiere enamorar, Tay. —Andrea llamó al camarero con la mano—. Está centrada en su carrera como escritora.
—¿Y tanto gana como para poder vivir de ello?
—Suele estar en altas posiciones de ventas. —Andrea se encogió de hombros—. Podríamos preguntarle.
Grace volvió en ese mismo momento, sonriendo plácidamente. Ese día se había rizado el pelo, y, echándoselo hacia atrás, las miró entrecerrando los ojos. Cualquiera que la hubiese visto habría dicho que había estado tomando el sol o sesiones de rayos ultravioleta. Su olivácea piel brillaba bajo los rayos del sol.
—Esta noche trabajo hasta tarde. Pensaba quedarme durmiendo en casa, pero bueno…
—Yo debería irme —dijo Irina de repente mientras dejaba atropelladamente unos cuantos billetes sobre la mesa—. Tengo que recoger a Amy.
—¿Tan pronto? —Andrea bufó—. Pensaba que comeríamos todas juntas.
—Prometo apuntarme la próxima vez. —Sonriendo, dio un beso a todas sus amigas. Luego miró nuevamente el reloj de muñeca—. Lo siento de verdad.
Irina se fue con rapidez sin mirar atrás, cruzando un semáforo en rojo para los peatones, lo que fue seguido por el pitido de un coche que había tenido que frenar. Sentía la mirada de sus amigas en la espalda, pero la cosa era que había visto a un grupo de hombres altos, casi todos morenos menos uno de ellos, y estaba segura de quién se trataba…
Se comportaba como una niña. Lo sabía. Pero la mejor forma de seguir con su tranquila vida era mantenerse alejada de Dorek. Oh… Dorek, aquel marine de ascendencia polaca. Con su cálida mirada siempre siguiéndola a todas partes. O su pelo rubio, tan brillante que muchos modelos masculinos matarían por tenerlo… O sus fuertes brazos cubiertos de aquel vello arena… O su ancha espalda… Dorek era su tentación personalizada. Y no había nada que ella pudiese hacer para evitarlo.
Bueno, sí… Correr.
Lo que estaba haciendo en ese momento.
Las cosas no podían ser tan fáciles como él quería hacerlas parecer. Irina llevaba...




