E-Book, Spanisch, 300 Seiten
Delevigne Una sola noche
1. Auflage 2021
ISBN: 978-84-18491-41-2
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 300 Seiten
ISBN: 978-84-18491-41-2
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Emily Delevigne es el seudónimo que utilizo para escribir novelas románticas eróticas. Nací en Sevilla en 1995, en plena primavera. Desde muy pequeña he pasado la mayor parte de mi tiempo leyendo libros que me transportaban a otros lugares, hasta que, a los dieciocho años, llegué a la conclusión de que quería crear mis propias historias, donde los protagonistas viviesen intensas historias de amor. Para mí, los ingredientes fundamentales para una buena novela romántica son el erotismo, las aventuras y un buen final feliz. Cuando no escribo, veo una película, leo o doy largos paseos junto a mi perro, Melón.
Autoren/Hrsg.
Weitere Infos & Material
1
Diez años atrás
Universidad de la ciudad de Nueva Jersey
No podía dejar de mirarla. Era incapaz.
Sus ojos se negaban a despegarse de la pantalla del móvil mientras sus dedos se movían para pasar de una foto a otra. Apenas se centraba en aquellas que mostraban paisajes o suculentos platos de comida. Le importaban una mierda.
No, lo que a él le gustaba ver era el drástico cambio que su mejor amiga, o mejor dicho ex mejor amiga, había sufrido con el transcurso de los años. Poco quedaba de la niña con la que él había vivido los mejores años de su vida, de la única persona que lo había comprendido y apoyado.
Los rasgos de su rostro eran más sensuales y maduros. La inocencia había desaparecido de aquel par de ojos color canela. Aun así, seguía siendo ella. Su Sally, la única razón que lo ataba al pasado y hacía que el remordimiento ardiera en sus entrañas.
Siendo apenas un adolescente, se había marchado de Valley’s Moon, Pensilvania, para mudarse al estado de Nueva Jersey. Su madre había encontrado un buen trabajo como dependienta que posibilitaba que pasara más tiempo junto a su nuevo novio. Phylox no lo conocía, ni quería. Apenas durarían más de un mes.
Así de frágiles eran las relaciones de su madre con otros hombres. Demasiado fría para amar a nadie, demasiado orgullosa como para permanecer sola mucho tiempo.
Phylox pasó a otra foto y suspiró.
Sally sonreía junto a una chica rubia de ojos azules. Ambas llevaban un sombrero de cowboy, y parecían pasárselo bastante bien. Desconocía dónde se encontraba, pero debía de ser un centro comercial. Se veían tiendas al fondo y bastante gente pasear por una avenida. Se fijó en los carnosos labios que poseía y en los relucientes dientes blancos que mostraba.
Tan guapa que lo aturdía.
Y feliz, como si ella no se acordara de él. Como si no fuera más que un lejano recuerdo. O quizá ni siquiera lo fuera.
Phylox apretó los dientes. ¿Qué demonios se esperaba? Él había decidido mantenerse alejado de ella.
Cada dos meses, su madre iba a Pensilvania para echarle un vistazo a la casa. El polvo se acumulaba y los recuerdos se volvían más y más dolorosos. Por eso él no regresaba. El fantasma de su padre lo seguía como una segunda sombra. Le aterraba ir y encontrárselo allí, a pesar de ser imposible, pues estaba muerto.
Phylox contuvo un gruñido al recordar una de las últimas veces que lo vio.
Su perdida y opaca mirada clavada en él, con los labios fruncidos en un rictus amargo mientras fumaba. El pelo se le pegaba al rostro debido al sudor y un intenso olor a alcohol salía despedido de su piel. Siempre perdido en sus pensamientos, alejado de la realidad.
Y de su propio hijo, que había aprendido con el tiempo que captar su atención era misión imposible.
Durante toda su infancia, Phylox había echado en falta una figura paterna. Su madre tampoco se lo había puesto fácil, pues nunca hizo nada por aliviar el acoso que recibía en el colegio. Según ella, eran oportunidades que la vida le ofrecía para fortalecerlo. Repitió algún que otro curso hasta que ese año llegó.
El año que cambió su vida.
Cuando conoció a Sally Stewart.
Phylox pasó las fotos hasta que vio otra de ella, junto a un enorme árbol de navidad. Las miles de lucecitas de colores que decoraban el árbol se reflejaban en su rostro. Su melena castaña estaba recogida en dos trenzas y llevaba un gorro de Papá Noel en la cabeza.
Una involuntaria sonrisa curvó sus labios antes de que un amargo recuerdo llegara hasta él.
En la última visita de su madre a Valley’s Moon, y coincidiendo con la época navideña, Sally se le había acercado. Según Odette, preguntó por Phylox, por cómo le iba, y si era posible contactar con él.
Su madre, cuya hostilidad hacia Sally siempre fue palpable, ni siquiera le contestó antes de continuar su camino.
Pobre Sally, siempre preocupándose por los demás y nunca siendo correspondida…
Fue ese momento cuando Phylox se sintió como el mayor gilipollas de todos. Mientras él se dedicaba a espiarla en las redes sociales, él mismo le impedía saber sobre su vida. Fue egoísta, y seguía siéndolo, pero Sally era la única que podía hacerlo volver al pueblo.
Y él no estaba preparado.
No, todavía no.
Necesitaba tiempo. Necesitaba acabar la universidad y cerrar aquel capítulo de su vida.
—¿Todavía sigues ahí? —le preguntó Max, que apareció en la habitación junto a Julie, una chica rubia de ojos azules.
Phylox alzó una ceja antes de encogerse de hombros.
—Ya estoy vestido.
—Hola, Phylox —le saludó Julie con una tímida sonrisa. Llevaba un corto vestido plateado que acentuaba las curvas de su cuerpo.
—Hola —le respondió antes de echar otra ojeada a la foto de Sally.
En un principio, la rubia se mostró interesada en Phylox. Más de una vez había intentado invitarlo a salir, a dar una vuelta o incluso a estudiar juntos. Sin embargo, al percatarse de que Phylox nunca le prestaría atención, había decidido centrarse en Max.
Este, cuyo ego era alimentado por la cantidad de universitarias a las que se tiraba, se dejaba llevar. No le importaba cómo fueran; solo le importaba que estuvieran disponibles y no esperaran mucho de él.
Max suspiró.
—¿Otra vez viendo fotos de esa tal Sally?
—¿Sally? ¿Quién es esa? —preguntó Julie con el ceño fruncido.
Phylox fulminó a su amigo con la mirada. Sabía lo poco que le gustaba compartir su vida personal, sobre todo si tenía que ver con Sally Stewart.
Así de posesivo era con ella, a pesar de no formar parte de su vida.
—Cariño, ¿por qué no me esperas fuera? Dame cinco minutos.
Julie asintió sin estar del todo convencida. Cerró la puerta y desapareció.
Max se sentó en el borde de la cama de Phylox y le arrebató el móvil. Phylox permaneció impasible. Él, y su otro amigo, Joaquín, lo sabían casi todo sobre él.
A veces se arrepentía de haberse abierto tanto, aunque Phylox también conocía sus secretos más oscuros. Aun así, ninguno de los dos era tan patético como para espiar a una chica a través de las redes sociales.
—¿Te la ibas a cascar mientras mirabas sus fotos?
—¡No! —gruñó Phylox antes de arrancarle el móvil. Lo bloqueó para que no pudiese hacer nada—. ¿Has venido a molestarme o quieres algo?
—Vamos a la fiesta de Jina, ¿recuerdas?
—Sí, sí que me acuerdo. —Phylox se levantó de la cama y estiró la mano para meterse la cartera en el bolsillo del pantalón trasero—. Estoy listo.
Se dirigió hacia la puerta cuando notó que Max no se movía del borde de su cama. Lo miró con extrañeza.
—¿Pasa algo?
—¿Por qué sigues espiando a esa chica?
Phylox hizo el mayor de los esfuerzos por no sonrojarse. No pensaba bajo ningún concepto tocar ese tema. Además, ni siquiera él estaba seguro de cuál sería la respuesta.
—Levántate, nos vamos.
—Hay muchísimas mujeres que se mueren de ganas por follar contigo.
—Y follo con ellas —fue la escueta respuesta de Phylox.
—Pero todas se parecen a esa tal Sally. Si tanto te gusta, ¿por qué no hablas con ella? ¿Tiene novio?
—No.
—¿Ves? La espías.
Phylox estuvo a punto de gruñir. ¿Por qué demonios le apetecía tanto hablar aquella noche? De los tres, Joaquín era el más parlanchín. Estaba deseando que llegara y los interrumpiera.
—¿Y a ti qué te importa?
—Me importa porque eres mi amigo, y casi todas las noches te pones a ver sus fotos. —Max se levantó de la cama—. ¿Quieres que te recuerde esa noche que bebiste y…?
—Cállate —le gruñó antes de abrir la puerta de la habitación—. Sal. Julie te espera.
Max entornó los ojos y perdió parte de la bravuconería que había mostrado al principio.
—Esa chica no me deja en paz.
—Haberlo pensado mejor antes de acostarte con ella.
—¡Está buena!
—Que sepas que en la fiesta de Jina estarán Alice y Stephanie.
Los ojos azules se Max se abrieron por completo antes de negar con la cabeza y retroceder un paso. Phylox contuvo una sonrisa. Su amigo parecía bastante aterrado. Eso le pasaba por acostarse con todas las mujeres que conocía, sin importarle si eran amigas o conocidas entre ellas. Ver la posible situación que se desarrollaría en la fiesta era una de las grandes razones que lo motivaban a asistir.
—¿Por qué no me has avisado antes? Ni de coña voy allí.
—No puedes negarte; Julie está esperándote.
En ese momento, alguien llamó a la puerta de la habitación. Phylox le sostuvo la mirada a Max antes de abrir.
Era Joaquín.
Vio que tenía la camisa blanca manchada de una salsa que olía especialmente fuerte. Unos vaqueros claros complementaban su apariencia y contrastaban con el tono tostado de su piel.
—¿Y a ti qué te ha pasado? —preguntó Max antes de señalarle con la mano.
El aludido se encogió de hombros.
—Venía comiéndome una empanada. Phylox, ¿me dejas una camisa?
—Te va a quedar enorme —señaló Max—. Phylox es el doble que tú.
Phylox suspiró y fue hasta el armario. Cogió la primera camisa que vio y se la tendió.
—Toma.
—Gracias, tío. Tenía muchísima hambre. Y en las fiestas...




