Delval | El mono inmaduro | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 129 Seiten

Reihe: Psicología y psicoanálisis

Delval El mono inmaduro

El desarrollo psicológico humano
1. Auflage 2014
ISBN: 978-607-03-0510-8
Verlag: Siglo XXI Editores México
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

El desarrollo psicológico humano

E-Book, Spanisch, 129 Seiten

Reihe: Psicología y psicoanálisis

ISBN: 978-607-03-0510-8
Verlag: Siglo XXI Editores México
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



El desarrollo de los seres humanos es un fenómeno fascinante que todos podemos observar, pero que se aprecia mejor si tenemos algunos elementos para entenderlo. Se trata de un proceso que tiene una gran importancia pues es el que nos permite construir una naturaleza social sobre nuestra naturaleza animal. El desarrollo humano presenta bastantes semejanzas, pero también importantes diferencias, con el de otros animales por lo que es muy ilustrativo relacionarlo con él. Una de nuestras características destacadas es que nacemos inmaduros, como sin terminar, lo que nos hace más dependientes pero al mismo tiempo nos permite llegar más lejos. Somos más inmaduros que otros primates y de adultos continuamos manifestando conductas que en otras especies son infantiles, como seguir jugando o mantener la curiosidad por aprender cosas nuevas. Por eso podemos decir que somos un primate inmaduro.

Juan Delval es catedrático de Psicología evolutiva y de la Educación en la Universidad Nacional de Educación a Distancia y antes en la Universidad Complutense y la Autónoma de Madrid. Desde su inicio en el trabajo de investigación con Jean Piaget en la Universidad de Ginebra a mediados de los años sesenta ha estudiado el desarrollo cognitivo y especialmente la construcción de las ideas sobre el mundo social. se ha interesado por las aplicaciones del conocimiento de los alumnos a la organización de la actividad escolar, y a partir de ello por las reformas educativas. Es autor de 200 artículos sobre temas de su especialidad.
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1. UN ANIMAL EXTRAÑO


Los seres humanos nos hemos extendido de tal forma sobre la Tierra, sometiendo a otras especies animales bajo nuestro dominio, que nos sentimos los reyes de la creación. El hombre ha modificado la superficie del planeta construyendo ciudades, carreteras, presas, desviando el curso de los ríos, suprimiendo la vegetación, estableciendo cultivos, domesticando animales, de tal manera que parece que la Tierra es nuestro jardín privado. De este modo alteramos la vida de otras especies animales o vegetales, y mientras a unas las favorecemos o las modificamos, a otras las llevamos a su extinción. Nos desplazamos a gran velocidad sobre la superficie del planeta, hasta poder encontrarnos en pocas horas a miles de kilómetros, o conseguimos comunicarnos casi instantáneamente con otros hombres que viven muy alejados. Nos sentimos, en definitiva, los dueños de la Tierra y quizá, con el tiempo, del universo más próximo que hemos comenzado a explorar.

No cabe duda de que los seres humanos somos animales como otros millones de especies que pueblan la Tierra. Sin embargo, presentamos una característica muy especial que probablemente nos diferencia de otros animales, y es que tenemos conciencia (Moreno, 1989; Tarricone, 2011); es decir, no sólo somos capaces de actuar sino que sabemos que estamos actuando, y podemos anticipar el curso de nuestras acciones.

Un animal que tiene hambre trata de comer, aunque le tenga que quitar la comida a un congénere, pero nosotros somos capaces de plantearnos si nos conviene quitar la comida o si eso puede provocar consecuencias negativas en el futuro. El hecho de tener conciencia y disponer de grandes capacidades mentales está en el origen de muchas características peculiares de los seres humanos y es lo que nos permite construir representaciones muy precisas del mundo. En relación con ello tenemos una capacidad notable de registrar experiencias pasadas a través de lo que llamamos memoria, y eso nos permite vivir no sólo en el presente sino también en el pasado y el futuro. Ahí radica una de las grandezas y de las miserias de la condición humana, pues nos podemos mover en el tiempo hacia adelante y hacia atrás, recordando nuestro pasado, arrepintiéndonos o alegrándonos por lo que hicimos y anticipando nuestro final. A una rana o a un ciempiés no les pasa lo mismo.

Al ser capaces de reflexionar sobre nuestras acciones y sobre sus consecuencias nos hemos considerado seres excepcionales dentro de la naturaleza, sintiéndonos no sólo por encima de los restantes seres vivos, sino diferentes y únicos. Nuestra conciencia y la reflexión sobre lo que somos nos ha llevado a crear dioses a nuestra imagen y semejanza, atribuyéndoles lo que consideramos nuestras mejores cualidades, y dando por supuesto que tenemos con ellos relaciones especiales, distintas de las de los otros animales. Las tradiciones religiosas de casi todos los pueblos sostienen que el hombre ha sido creado de forma especial para dominar sobre la naturaleza. Así, el Génesis, el libro primero de la Biblia, que recoge la tradición judaica, explica la creación del hombre de este modo: “Díjose entonces Dios: ‘Hagamos al hombre a nuestra imagen y a nuestra semejanza, para que domine sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo, sobre los ganados y sobre todas las bestias de la tierra y sobre cuantos animales se mueven sobre ella’. Y creó Dios al hombre a imagen suya” (Génesis, 1, 26).1

En las tradiciones religiosas de muchas culturas, la creación del hombre y la de los animales son hechos claramente diferenciados, y sólo el hombre tiene alma, lo que lo coloca a una distancia insalvable de los restantes animales.

Pero en el siglo XIX el descubrimiento de la evolución de las especies, sobre todo por obra del naturalista inglés Charles Darwin (1809-1882), puso de manifiesto el parentesco del hombre con otros animales, y desde entonces la ciencia no ha hecho más que acumular datos mostrando nuestra relación estrecha con los demás seres vivos, lo cual ha ayudado enormemente a comprender por qué somos así. Sin embargo, estamos tan acostumbrados a concebir la naturaleza como algo que está a nuestro servicio y que depende de nosotros que frecuentemente seguimos olvidando que sólo somos una parte de ella, sometidos a las leyes que la rigen, y por tanto que somos objetos entre los objetos y seres vivos entre los seres vivos. No siempre tenemos presente que no constituimos más que una especie animal entre otras muchas. Pero sólo puede entenderse la naturaleza humana si tenemos presente que el hombre es un animal más de los que pueblan la Tierra. Quizás éste sea el conocimiento más importante que debe tener presente todo el que estudia el desarrollo psicológico humano y trata de entender cómo se forma la conducta y en qué consiste nuestra naturaleza.

Sin duda, somos una especie animal muy particular porque en un periodo de tiempo relativamente corto, sobre todo si lo comparamos con la historia de la Tierra, hemos conseguido extendernos de manera prodigiosa sobre ella e influir de forma premeditada sobre el curso de los acontecimientos naturales en mucha mayor medida que ningún otro ser vivo.


RASGOS ANCESTRALES EN LOS SERES HUMANOS

Aunque la vida en sociedad y la cultura han introducido enormes cambios en la vida humana, nos quedan muchas cosas de nuestros antepasados que hoy no parecen ser de mucha utilidad. Por ejemplo, nacemos con una serie de reflejos que no sabemos muy bien para qué sirven (véase más adelante) y que posiblemente son restos de nuestro pasado (reflejos de reptación, natación, subir escaleras, prensión plantar, de Moro, etc.). La expresión de nuestras emociones también nos retrotrae a nuestra evolución.
Pero donde posiblemente se encuentran más restos de nuestro pasado es en algunas formas de satisfacción de nuestras necesidades elementales, como la alimentación o la sexualidad. De este modo, seguimos teniendo un gusto desmesurado por lo dulce o por las grasas, que eran muy importantes en épocas remotas, cuando la alimentación era escasa, pero que hoy nos conducen a la obesidad. Respecto a la sexualidad, que hasta una época reciente estaba asociada con la reproducción, pero que se ha separado de ella, podemos encontrar en la conducta de mujeres y hombres muchos rasgos que hoy no tienen significación. Seguimos manteniendo, en definitiva, muchos restos de nuestro pasado cuya utilidad hoy resulta dudosa.


Pero esto no ha sido siempre así, y aunque los antepasados más directos del hombre tienen una antigüedad de unos cuatro millones de años y hace ya un millón y medio de años apareció el homo erectus, con una capacidad cerebral semejante a la de los hombres actuales, la acción verdaderamente transformadora del hombre sobre la Tierra es mucho más reciente, de tan sólo unos miles o en todo caso decenas de miles de años. Sin embargo, en este corto periodo no se han producido cambios sustanciales en las características físicas del hombre, por lo que no podemos atribuir a ellas las modificaciones que han tenido lugar en nuestra conducta y forma de vida. Por tanto, tenemos que buscar por otro lado las causas de nuestra especificidad.

¿Cómo hemos conseguido esto?, ¿cómo ha sido posible que un ser físicamente débil, que en tanto que individuo aislado tiene capacidades inferiores a otras especies animales cuyos individuos pueden acabar rápidamente con él, pues corre mucho más despacio que un caballo, un tigre o un conejo, tiene menos fuerza que un elefante, apenas consigue sostenerse en el agua y nadar, no puede volar por sus propios medios, y tiene tantas limitaciones, se haya convertido en el ser que domina la naturaleza y somete a los demás animales?


LA INMADUREZ


Si comparamos el desarrollo de un ser humano que tengamos próximo, de nuestra hija o de un sobrino, con el desarrollo de un pollito o de un perro, podemos apreciar fácilmente algunas diferencias importantes, y posiblemente la más llamativa de todas ellas sea que los seres humanos nacen muy desvalidos y con pocas de las características que llegarán a tener de adultos. Esto supone que durante un largo periodo estamos necesitados continuamente de la atención de los mayores, generalmente de nuestros padres. Por el contrario, algunos animales a los pocos minutos de haber nacido son capaces de procurarse la comida y pueden sobrevivir por sí mismos sin la ayuda de los progenitores.

Así, pues, una de las características de los seres humanos es tener una infancia muy prolongada. Por eso algunos autores han señalado que nacemos como sin terminar, que nacemos prematuros y que deberíamos permanecer más tiempo en el útero. Esto podría verse como una desventaja pero, sin embargo, nos proporciona una gran...



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