Dick | El fantasma y la señora Muir | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, Band 219, 224 Seiten

Reihe: Impedimenta

Dick El fantasma y la señora Muir


1. Auflage 2020
ISBN: 978-84-17553-81-4
Verlag: Editorial Impedimenta SL
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, Band 219, 224 Seiten

Reihe: Impedimenta

ISBN: 978-84-17553-81-4
Verlag: Editorial Impedimenta SL
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



Lucy Muir es una joven viuda a la que todo el mundo considera 'muy poca cosa' a pesar de que ella se tiene por una mujer muy decidida. Agobiada por las deudas tras la muerte de su marido, decide mudarse a Gull Cottage, una casita ubicada en un pintoresco pueblo costero inglés llamado Whitecliff. Según los rumores que corren por la zona, la casa está embrujada, y el espíritu del atractivo y arisco capitán Daniel Gregg, antiguo dueño de la casa, vaga por el lugar importunando a todos los que osan alterar su descanso. Inmune a las advertencias, Lucy se plantea descubrir por sí misma si esas historias son ciertas. La relación estrambótica y a la vez sumamente tierna que establece con el capitán Gregg se convertirá en un refugio para ella y en un amor que desafiará todas las leyes de la lógica. Publicada en 1945, y germen de la célebre película de Joseph L. Mankiewicz, El fantasma y la señora Muir es una comedia romántica, deliciosa y refrescante sobre la capacidad del amor para romper cualquier frontera no solo en la vida, sino también más allá de esta.

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I


La señora Muir era una mujer menuda. En eso estaban todos de acuerdo. Así, mientras otras recibían meramente el tratamiento de señora Brown o señora Smith, de ella se hablaba siempre como «la pequeña señora Muir» o «nuestra querida pequeña señora Muir» y, ya de un tiempo a esta parte, como «la pobre pequeña señora Muir», dado que su marido, aquel rectísimo miembro de la Iglesia, a la par que arquitecto del montón, había fallecido de forma repentina, dejándola con dos criaturas y una renta insuficiente. Tan insuficiente, de hecho, que se vio obligada a vender la casa de estilo pseudo- isabelino que él le construyera como regalo de boda, con el fin de hacer frente a las deudas nada desdeñables que le llovían de todas partes y que amenazaban con dejarla con el agua al cuello y sin los hitos familiares de su vida de casada. La arrolló entonces un torrente de consejos contradictorios, recetados por su familia política y sus amistades, que zarandeaban su futuro de aquí para allá, situándola ora en pisos de tres habitaciones, ora en casitas pareadas, ora en sombrererías o en salones de té y ora como ama de llaves de caballeros solteros, mientras que todos los escenarios posibles contemplaban sin excepción su separación de los niños, que le eran arrebatados para acabar en escuelas de beneficencia, hospicios o incluso dados en adopción.

—No puede ser… —se dijo la pequeña señora Muir una mañana, cuando un rayo de sol de marzo que se colaba por la ventana la despertó pegándole de lleno en la cara—. Esto tiene que acabar. Tengo que arreglar las cosas por mí misma.

Y como para animarla en su rapto de independencia, el canto valiente de un mirlo, cargado de primavera y nuevos comienzos, se elevó hasta sus oídos desde el jardín de abajo.

—Me iré de Whitchester —sentenció en voz alta y, sentándose en la cama y apartando las sábanas de forma repentina, se dijo de nuevo—: ¡me iré de Whitchester, vaya que sí! ¡Cómo no se me ha ocurrido antes! Es la única solución.

La sensación de libertad que la poseyó fue tal que también ella se puso a cantar mientras se vestía; trozos de melodías que no había entonado desde que era una jovencita de diecisiete años y Edwin Muir se presentó en la casa campestre de su padre para reconstruir el ala de la biblioteca y se quedó para cortejarla. En Nether-Whitley no había jóvenes casaderos que le convinieran, y ella se encontraba leyendo por entonces una novela en la que el héroe lucía un bonito rizo de pelo sobre la frente. A Edwin el cabello le crecía de la misma manera, y su padre, siempre abstraído e instalado en el pasado, mayoritariamente entre los poetas griegos, no era hombre versado en cortes de pelo. La novela terminaba con un beso en el jardín de rosas y con las palabras mágicas «y vivieron felices para siempre», y Lucy Muir, habiendo sido besada en el huerto, no pudo contemplar otro final para su propio romance. Pero el héroe de aquel libro no había sido un hijo único con una madre viuda y dos hermanas de armas tomar que vivieran casi casi en el umbral de casa. No es que su vida hubiese sido infeliz, es que sencillamente no había sido suya en modo alguno. Había sido la vida de la vieja señora Muir, repleta de armarios de medicamentos, y emulsiones con las que frotar el pecho de Edwin por si este carraspeara aclarándose la garganta, y tónicos que debían dispensarse tres veces al día después de las comidas por si él pareciera un poco pálido, y camisetas interiores de franela roja y calcetines de lana rosas para llevar en la cama. Había sido la vida de Helen Gould, y Helen, la hermana pequeña de Edwin, la arrastró para que se uniera a todos los clubes de la ciudad; clubes de bádminton, clubes de cróquet, clubes de arco, clubes de cartas; y había sido la vida de Eva Muir, con grupos de coro, sociedades de teatro y círculos literarios. Lo que quedaba después de todas estas actividades y sus obligaciones caseras le había pertenecido a Edwin. Incluso sus noches habían sido todas de él, y no suyas, en la enorme cama de matrimonio donde el desafortunado hábito que tenía su marido de roncar había sometido los sueños de ella al ritmo de la respiración de él. No le habían dejado nada propio. Le escogían los sirvientes, los vestidos, los sombreros, las lecturas, los placeres, hasta las enfermedades. «Nuestra querida pequeña Lucy parece un poco pálida, que beba una copita de borgoña» y «Nuestra pequeña Lucy, pobrecita, parece que está perdiendo peso, que tome aceite de ricino». Lucy, que detestaba los ruidos, las discusiones y la violencia, les dejaba hacer las cosas a su manera, incluso cuando se trataba de sus hijos, Cyril y Anna. Claro que tampoco es que hubiera tenido hasta entonces tiempo para pensar en que no era así como ella haría las cosas; solo ahora, en la soledad que le brindaba el alejamiento de toda actividad social, y que sus cuñadas le consentían por razón del duelo, empezaba a darse cuenta de que existían otras maneras de vivir que quizá se acomodaran mejor a su forma de ser.

Tan pronto como terminó su desayuno, antes de que cualquier intruso pudiera llegar a pisotear su nuevo jardín de independencia, se puso el conjunto de largas vestiduras negras, que Helen había escogido para ella, y se marchó apresuradamente a la estación.

—¿Destino, por favor? —preguntó el taquillero mientras ella vacilaba al otro lado de la ventanilla.

—Al mar —respondió Lucy de manera impulsiva.

Sería toda una novedad vivir junto al mar, y buenísimo para los niños. Se divertirían de lo lindo construyendo castillos en la arena, remando, bañándose, sin niñeras ni institutrices ni tías…

—¿A Whitecliff? —preguntó el encargado pacientemente y por segunda vez.

—Sí, gracias, a Whitecliff —contestó Lucy.

Hacía uno de esos días encrespados y soleados de marzo, con enormes nubes blancas que surcaban el cielo azul como galeones a toda vela, y un viento que arrancaba las tejas de las cubiertas y los sombreros de las cabezas y aporreaba las puertas y golpeaba las ventanas. En Whitecliff, el grosero y tosco día sacó en volandas a Lucy Muir de la estación intentando en vano sujetarse el sombrero, el bolso, el velo y las faldas con sus dos manos enguantadas de negro; la arrastró a través de la plaza hasta la esquina con la calle principal y, de ahí, al interior de Itchen, Boles y Coombe, agentes inmobiliarios, con tal ímpetu que lo único que pudo hacer fue sentarse sin resuello en la silla de cuero rojo y apoyarse en el ancho escritorio que la separaba del señor Coombe, socio joven, mirándolo con impotencia, sin aliento para hablar.

—¿Es una casa lo que desea? —preguntó cortésmente el señor Coombe, observándola a través de sus gafas de culo de botella.

Lucy Muir asintió con la cabeza. Ella tenía en mente un pisito, pero en ese momento no tenía forma de decírselo.

—¡Ah! —dijo el señor Coombe, y arrastrando un grueso libro azul hacia sí, empezó a pasar páginas a todo ritmo, declamando los particulares de casas, mansiones y aparentes palacios a tal velocidad que Lucy, aunque ya se encontraba en posición de hablar, fue incapaz de hallar una pausa en la que intercalar siquiera una palabra.

—Gull Cottage… tres dormitorios… dos salones… baño… cocina completa con antecocina… gas… abastecimiento de agua pública… pequeño jardín… bonita ubicación… bien situada cerca de la línea de autobús a las tiendas en una selecta carretera de acantilado… próxima a la iglesia y los colegios… amueblada… cincuenta y dos libras al año —dijo el señor Coombe y se detuvo en seco.

—¡Cincuenta y dos libras por una casa amueblada! —repitió Lucy—. Es una cantidad ínfima, desde luego… ¡Solo una libra a la semana!

—Es un precio absurdo —dijo el señor Coombe muy enfadado, y cerró el libro de golpe.

Amueblada, pensó Lucy rápidamente, vaya, eso me permitiría ahorrarme el gasto de una enorme mudanza, y podría vender todos esos pesados muebles de caoba y todas esas espantosas camas de latón, y las palmeras y las aspidistras, y los jarrones chinos esos tan gigantescos y…

—Laburnum Mount quizá le encaje, o Beau Sejour —dijo el señor Coombe mientras abría un cajón y sacaba un par de modernas llaves Yale.

—Me gustaría echarle un vistazo a Gull Cottage —dijo Lucy.

—Esa seguro que no le gusta nada —dijo el señor Coombe de manera tajante—, iremos a Beau Sejour primero…

—Deseo ver Gull Cottage —dijo Lucy sonrojándose—. Lo que necesito es justo de ese tamaño y precio, aunque me da la sensación de que debe tener algún defecto para que la alquilen tan barata. ¿Son las cañerías?

El señor Coombe se quedó mirándola fijamente unos momentos sin responder. Se diría que en su mente se libraba una batalla. Al cabo, alcanzó por fin, si no una decisión, sí un armisticio al menos.

—No —dijo—, las cañerías se encuentran en perfecto estado. El dueño vive en Sudamérica y está ansioso por alquilarla y quitársela de encima.

—Iremos a Gull Cottage primero —dijo Lucy.

El señor Coombe la miró con los ojos más abiertos e intensos aún. Ella casi podía ver sus pensamientos tratando de nadar hasta ella como pálidos pececitos rojos desde detrás de sus gafas, como si él tratase de introducirle a la fuerza alguna información en su cabeza por otro medio que no fueran las palabras.

—He preguntado en la estación y me han dicho que hay otras dos oficinas de agentes inmobiliarios —dijo Lucy un poco nerviosa por su osadía, pero si...



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