Dickens / Collins | Los perezosos | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, 152 Seiten

Dickens / Collins Los perezosos


1. Auflage 2019
ISBN: 978-84-17109-43-1
Verlag: Gatopardo ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, 152 Seiten

ISBN: 978-84-17109-43-1
Verlag: Gatopardo ediciones
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En 1857, Charles Dickens y Wilkie Collins se pusieron a escribir una historia a cuatro manos. El resultado fue esta divertida novela protagonizada por dos profesionales del ocio, dos amigos cuya holgazanería constituye un paradójico acto de rebeldía en una Inglaterra victoriana que ensalzaba la diligencia y la productividad como virtudes rectoras. Como el Bartleby de Herman Melville, el dúo cómico formado por Thomas Idle y Francis Goodchild preferiría no hacer nada, o al menos nada que comporte un esfuerzo demasiado oneroso. Aun así, hilarantes aunque modestas aventuras les salen al paso en sus viajes por los pueblos de Inglaterra. La ascensión de una montaña, un día en las carreras de caballos, un partido de críquet, un trayecto en ferrocarril o la visita a un balneario; hasta la actividad más anodina puede propiciar el encuentro con personajes pintorescos y situaciones disparatadas que acabarán por reafirmar a Thomas Idle en su resolución de «no volver a ser activo nunca más, bajo ningún pretexto y por todo el tiempo que le quedara de vida». Esta deliciosa novela de espíritu cervantino da rienda suelta, a través de digresiones e historias intercaladas, a lo mejor de cada autor: el realismo lírico y la sátira social de Dickens, el misterio y el suspense que con tanto éxito cultivó Collins.

(1812-1870) fue el escritor inglés más popular del siglo xix. A los doce años, tras el encarcelamiento de su padre por deudas, se puso a trabajar en una fábrica de betún. También aprendió taquigrafía, trabajó como ayudante en el bufete de un abogado y fue corresponsal parlamentario. Sus artículos, recogidos en Escenas de la vida de Londres por «Boz» (1836-1837), y su primera novela, Los papeles póstumos del club Pickwick (1837), le granjearon un éxito inmenso. De su vasta obra narrativa cabe destacar Oliver Twist (1837), David Copperfield (1849), Casa Desolada (1852-1853) y Grandes esperanzas (1860).
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Capítulo 1

En el ya otoñal mes de septiembre de 1857, época en que se inician estos acontecimientos, dos aprendices holgazanes, exhaustos por el largo y caluroso verano y por el largo y caluroso trabajo que el verano les había deparado, desertaron de sus obligaciones. Ambos estaban al servicio de una dama de altos méritos (llamada Literatura), cuyo amplio crédito y sólida reputación, sin embargo, y ello debe reconocerse, no gozan en la City londinense de la elevada estima que en justicia les correspondería. El hecho es más notable todavía si se tiene en cuenta que en aquel distrito nada hay en contra de la citada dama, sino más bien lo contrario, pues su familia ha prestado eminentes servicios a muchos vecinos de Londres hoy famosos. Bastaría con mencionar a sir William Walworth, lord mayor durante el reinado de Ricardo II, en la época de la insurrección de Wat Tyler, y a sir Richard Whittington,1 distinguido caballero y magistrado que contrajo una deuda indudable con la familia de la dama por el regalo de su célebre gato. Existen incluso poderosas razones para suponer que el personal de Highgate hizo sonar con sus propias manos las campanas por él.

Los descarriados jóvenes que de aquel modo eludieron sus deberes hacia la señora cuyos múltiples favores habían recibido, actuaban movidos por la vil idea de emprender un viaje realmente ocioso a cualquier parte. No tenían intención de dirigirse a ningún sitio en particular; no querían ver nada, no querían conocer nada, no querían aprender nada, no querían hacer nada. Lo único que querían era permanecer ociosos.

Tomaron los nombres de Thomas Idle y Francis Goodchild inspirados en las viñetas de Hogarth; pero no existía entre ellos ni un ápice de diferencia moral, y ambos eran holgazanes en grado sumo.

Lo que, sin embargo, sí había entre Francis y Thomas era la siguiente diferencia de carácter: Goodchild era laboriosamente perezoso, y habría afrontado toda clase de penas y fatigas para demostrarse a sí mismo su propia holgazanería; en definitiva, no tenía otra idea mejor de la ociosidad sino la de que era una laboriosidad inútil. Thomas Idle, por su parte, era un holgazán al más puro estilo irlandés o napolitano; un holgazán pasivo, un holgazán innato, un holgazán consecuente, que practicaba lo que habría predicado de no haber sido demasiado holgazán para predicar; un completo y perfecto crisólito de holgazanería.

Los dos aprendices holgazanes se encontraron, a las pocas horas de su escapada, caminando por el norte de Inglaterra. Es decir, Thomas estaba tendido en un prado, viendo pasar los trenes por un distante viaducto, lo cual respondía a su idea de lo que significaba caminar hacia el norte; mientras que Francis había caminado apresuradamente una milla en dirección sur, que era su idea de caminar hacia el norte. Entre una cosa y otra se les fue el día y los hitos previstos quedaron sin conquistar.

—Tom —dijo Goodchild—, el sol está muy bajo. ¡Levántate! ¡Sigamos!

—¡Ni hablar! —replicó Thomas Idle—. No he terminado todavía con mi «Annie Laurie».

Y procedió a cantar la ociosa pero popular balada así titulada, según la cual, por la amable doncella de tal nombre, uno se dejaría morir.

—¡Menudo estúpido era ese sujeto! —exclamó Goodchild, con el amargo énfasis del desdén.

—¿Qué sujeto? —preguntó Thomas Idle.

—El sujeto de tu canción. ¡Dejarse morir! ¡Qué bien quedaría ante la muchacha si hiciera eso! ¡Un pobre llorón! ¿Por qué no salir a golpearle la cabeza a alguien?

—¿A quién? —inquirió Thomas Idle.

—A cualquiera. ¡Cualquiera sería mejor que nadie! Si yo cayese en un estado mental así por causa de una muchacha, ¿crees tú que me dejaría morir? No, señor —prosiguió Goodchild, expresando su menosprecio al estilo escocés—: saldría por ahí y golpearía a alguien. ¿Tú no?

—Yo no querría saber nada de ella —bostezó Thomas Idle—. ¿Por qué buscarse tantas complicaciones?

—Enamorarse no es buscarse complicaciones, Tom —dijo Goodchild sacudiendo la cabeza.

—Ya es suficiente molestia salir del lío una vez que te has metido en él —replicó Tom—, de modo que lo que yo hago es mantenerme siempre fuera. Y sería mejor para ti que hicieras lo mismo.

El señor Goodchild, que siempre está enamorado de alguien, y con no poca frecuencia de varias mujeres a la vez, se abstuvo de contestar. Exhaló un suspiro del tipo que la clase baja llama «golpe de fuelle», y a continuación, poniendo en pie al señor Idle (que estaba muy lejos de la pesadumbre que el suspiro de su amigo había expresado), le instigó a seguir camino hacia el norte.

Ambos habían despachado por tren su equipaje personal: sólo se quedaron con una mochila cada uno. Idle se dedicaba ahora a lamentarse constantemente de no haber tomado ellos mismos el tren, cuyo recorrido seguía en las intrincadas páginas de la Guía Bradshaw, comprobando dónde estaría ahora, y dónde más adelante, y dónde después, y preguntando qué sentido tenía caminar cuando se podía viajar a una velocidad como aquélla. ¿Se trataba de ver el paisaje? Si ése era el propósito, bastaba con mirar por las ventanillas del vagón. Había mucho más que ver desde allí que desde aquí. Por otra parte, ¿quién quería ver el paisaje? Nadie. Y además, ¿quién caminaba de verdad? Nadie. Los tipos que presumían de caminar nunca llegaban a hacerlo. Regresaban y decían que sí, que habían caminado, pero no era cierto. Entonces, ¿por qué tenía que caminar él? No daría un paso más. Lo juraba por el último mojón que habían alcanzado.

Este mojón era el quinto desde que salieron de Londres: no habían llegado más allá en su viaje al norte. Por lo tanto, cediendo ante la poderosa cadena de argumentos, Goodchild propuso regresar a la metrópoli y hacer una excursión hasta la estación terminal de Euston Square. Thomas asintió con entusiasmo, y en consecuencia su viaje al norte se efectuó en el expreso de la mañana siguiente, con las mochilas en el furgón de equipajes.

El expreso era como todos, como es y debe ser cada expreso. Se adentraba en la cultivada campiña, dejando en el aire un olor como el de los días de gran colada y una agresiva expulsión de vapor, a la manera de una tetera gigante. Siendo la mayor potencia de la naturaleza y el arte combinados, se deslizaba sin embargo por peligrosas alturas a la vista de la gente que lo contemplaba desde campos y caminos, tan ligero e irreal como un juguete en miniatura. Ahora, la máquina lanzaba chillidos histéricos de tal intensidad que parecía deseable que los hombres a cuyo cargo estaba le cogiesen los pies, le palmeasen las manos para retenerla; luego se adentraba en los túneles con una energía tenaz y reservada, tan desconcertante que el tren parecía precipitarse en leguas y leguas de tinieblas. Aquí, el expreso engullía estación tras estación sin detenerse; allá, se abalanzaba sobre las estaciones como una descarga de artillería y se llevaba por delante a cuatro campesinos cargados de verduras y a tres comerciantes con sus maletas, y volvía a abrir fuego, ¡bang, bang, bang! Separadas por largos intervalos, había incómodas cantinas, más incómodas si cabe por el menosprecio de la Bella hacia la Bestia, o sea, el público (al cual, sin embargo, nunca amansaba y enternecía, como la Bella hacía en el cuento con la otra Bestia), lugares donde los estómagos dolientes eran llenados con una solicitud displicente que no ocasionaba más que indigestiones. Aquí, de nuevo, había estaciones donde nada se movía, excepto una campana, y maravillosas navajas de madera colocadas en lo alto de grandes postes que afeitaban el aire. En los campos, los caballos, las ovejas y las vacas estaban perfectamente habituados al retumbante meteoro y no se inmutaban a su paso; más allá, retozaban todos juntos y los seguía una piara de cerdos. Aquel paisaje pastoral se oscurecía, se tiznaba de carbón, se cubría de humo, se hacía infernal, mejoraba, empeoraba, volvía a mejorar, adquiría un carácter lúgubre, luego un carácter romántico; había un bosque, un río, una cadena de colinas, un desfiladero, una laguna, una ciudad con una catedral, una plaza fuerte, un páramo. Ahora eran miserables viviendas negras, un canal negro, las mórbidas torres negras de unas chimeneas; ahora, un cuidado jardín, donde las flores eran brillantes y lozanas; después, una desolación de horrendos altares llameantes; más allá, los húmedos prados con sus recintos feriales; más allá todavía, los sucios descampados de las afueras de una ciudad inactiva, con el espacio vacío donde estuvo emplazado un circo la semana anterior. La temperatura cambiaba, el dialecto cambiaba, la gente cambiaba, las caras se hacían más angulosas, los modales empeoraban, las miradas eran más duras y desconfiadas; y todo ello sucedía tan deprisa que en el mismo intervalo un atildado guardia londinense no habría tenido tiempo de arrugar el cuello de su uniforme, entregar la mitad de los despachos contenidos en su reluciente valija, o leer el periódico.

¡Carlisle! Idle y Goodchild habían llegado a Carlisle. Parecía un lugar amable y placenteramente ocioso. El mes anterior se habían celebrado allí ciertas fiestas públicas, y algo más iba a ocurrir antes de Navidad; y mientras tanto se pronunciaría una conferencia sobre la India para quienes estuvieran interesados, que no era precisamente el caso de Idle y Goodchild. Asimismo, para quienes gustasen de ellos, podían adquirirse anodinos periódicos y...



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