E-Book, Spanisch, 200 Seiten
Reihe: Otras Latitudes
Dickens Estampas de Italia
1. Auflage 2012
ISBN: 978-84-15564-38-6
Verlag: Nórdica Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 200 Seiten
Reihe: Otras Latitudes
ISBN: 978-84-15564-38-6
Verlag: Nórdica Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Charles Dickens (Portsmouth, 1812-Gad's Hill, 1870). Escritor británico. En 1822, su familia se trasladó de Kent a Londres, y dos años más tarde su padre fue encarcelado por deudas. El futuro escritor entró a trabajar entonces en una fábrica de calzados, donde conoció las duras condiciones de vida de las clases más humildes, a cuya denuncia dedicó gran parte de su obra. En 1827 se casó con Catherine Hogarth, hija del director del Morning Chronicle, el periódico que difundió, entre 1836 y 1837, Los papeles póstumos del Club Pickwick, así como los posteriores Oliver Twist y Nicholas Nickleby. La publicación por entregas de prácticamente todas sus novelas creó una relación especial con su público, sobre el cual llegó a ejercer una importante influencia, y en sus novelas se pronunció de manera más o menos directa sobre los asuntos de su tiempo.
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Capítulo I
A través de Francia
Una hermosa mañana de domingo, en pleno verano del 1844, amigo mío —no te asustes, no fue cuando dos viajeros aparecieron lentamente cubriendo su marcha a través de ese pintoresco y quebrado paisaje que siempre aparece en el primer capítulo de toda novela ambientada en la Edad Media—, fue cuando apareció un coche de caballos inglés, de dimensiones considerables, recién salido de los umbríos talleres del Pantechnicon,2 cerca de la Belgrave Square de Londres. Un soldado francés muy bajo fue quien lo vio salir —pues yo lo vi mirarlo—, atento a cómo el carruaje emergía de la cancela del Hotel Meurice en la Rue Rivoli de París.
No me siento más obligado a explicar por qué esa familia inglesa que viajaba en el carruaje, tanto dentro como fuera de él, había emprendido camino en dirección a Italia una mañana de domingo, después de una maravillosa semana, que lo que me siento obligado a explicar por qué en Francia los hombres de pequeña estatura se hacen soldados, mientras que los hombres altos y grandes son postillones: una ley que siempre se cumple. Volviendo a la familia: tenían razones para hacer lo que estaban haciendo, sin duda alguna; y sus razones para estar allí eran, como ya sabes, que iban a pasar un año entero en la hermosa Génova y el cabeza de familia, en ese momento, tenía la intención de dar un paseo allí donde le llevara su infatigable disposición de espíritu.
Me habría servido de alivio, aunque tampoco mucho, el hecho de haber explicado al pueblo de París, a grandes rasgos, que el cabeza de familia y el responsable de esta era yo, que no lo era ese radiante buen humor hecho cuerpo en la persona del Courier francés que estaba sentado a mi lado, el mejor de los funcionarios y la sonrisa más radiante que se pudiera encontrar. Lo cierto es que su aspecto era mucho más patriarcal que el mío: yo, ensombrecido por su corpulenta presencia, iba empequeñeciéndome poco a poco hasta la desaparición.
París, huelga decirlo —según traqueteaba el coche cerca de la lúgubre morgue y cruzaba el Pont Neuf— no resultaba tan atractiva como para reprocharnos que saliéramos un domingo por la mañana. Las tabernas —segundas residencias de la gente— comenzaban su rugiente andadura; se desplegaban los toldos y se iban acomodando las sillas y las mesas en las terrazas de los cafés: momento preparatorio de los helados y los refrescos que serían comidos y bebidos a lo largo del día. En los puentes se concentraban los limpiabotas, muy ocupados; se abrían las tiendas y los carros y vagonetas comenzaban a transitar de un lado para otro. Las calles, como embudos al lado del río, estrechas y empinadas, ofrecían apretadas perspectivas de gentío y trajín; gorras de cuadros, pipas de tabaco, blusones, botas altas, pelos desgreñados. A esa hora nada remitía a un día de descanso, a no ser las familias que, aquí y allí, estaban de celebración, hacinadas en un coche pesado, grande y viejo; o algunos contemplativos vacacionales, vestidos de la manera más relajada y despreocupada, asomados a las ventanas de las buhardillas, observando —los caballeros— cómo se secaban en el poyete de fuera sus zapatos, recién cepillados, o —las señoras— cómo se aireaban sus medias en el sol, todo ello con esa calma que da la previsión.
Una vez libres del inolvidable o imperdonable adoquinado que cubre París y sus alrededores, los primeros tres días de viaje hacia Marsella fueron bastante tranquilos, e incluso monótonos: Sens, Avallon, Chalons. Un mero apunte de un solo día bastaría para describir cualquiera de los otros dos: aquí va.
Tenemos cuatro caballos y un postillón, con un látigo muy largo y que conduce el carruaje como si fuera el correo de San Petersburgo en el circo de Astley o Franconi:3 solo que sentado sobre su caballo en lugar de puesto en pie. Las enormes botas que calzan estos postillones tienen a veces uno o dos siglos de antigüedad. Disparatadamente desproporcionadas en relación a los pies del jinete, las espuela, situada en el lugar en el que aparece el tobillo, termina a mitad de la caña de la botas. Generalmente el hombre sale del establo con el látigo en las manos y los zapatos puestos y saca, en las manos, el par de botas y las planta en el suelo junto al caballo, con una profunda gravedad, hasta que todo está listo. Cuando consigue dejarlo todo preparado —y ¡santo Dios! la importancia que le dan— se planta dentro de las botas, con zapatos y todo, o un par de amigos lo levantan y lo meten dentro de ellas. Luego ajusta el arnés, estampado con las obras de las incontables palomas que hay en el establo. Hace que los caballos coceen y luego, enloquecido, descarga el látigo sobre los caballos, grita «¡En ruta! ¡Vamos allá!» y ahí que nos vamos. Está seguro de que tendrá una riña con su caballo antes de que hayamos llegado muy lejos: le llama ladrón, sinvergüenza, cerdo y lo que no recuerdo y le golpea la cabeza como si fuera de madera.
Durante los dos primeros días, aparece poco más que una ligera variación en el paisaje. Una avenida interminable sucede a una planicie inmensa a la que, a su vez, sucede otra interminable avenida. Los campos abiertos están repletos de viñedos, cepas no muy altas y sin emparrados, sino con rodrigones enhiestos. Por todas partes hay mendigos, pero la población es escasa y es el lugar con menos niños que me haya encontrado jamás. No creo que viéramos cien niños entre París y Chalons. Extrañas ciudades antiguas, puentes levadizos y murallas, con torreones muy raros en las esquinas, como rostros grotescos, como si la muralla se hubiera puesto una máscara y los torreones fueran ojos dirigidos hacia el foso. Hay otras torres muy peculiares, en jardines y campos, en callejones y granjas: solas y redondas, con sus tejados en punta y prácticamente sin cometido. Los edificios en ruinas están por todas partes: a veces el ayuntamiento, otras los cuarteles, las viviendas, algún castillo con un jardín exuberante, repleto de dientes de león y protegido por torretas semejantes a extintores y pequeñas ventanas de bisagras: todos ellos son presencias que se repiten continuamente. A veces pasamos por una posada, con un muro casi derrumbado adosado a ella, y detrás de él unos cobertizos perfectos. En la entrada hay un cartel que dice: «Establo para sesenta caballos». Y aunque es verdad que debe de haber sitio para sesenta, no hay ni caballos en el establo, ni gente descansando dentro, ni nada más que una parra, señal de que hay vino dentro: el viento con pereza sacude las hojas, en la misma pereza que mantiene todo lo demás. Nunca nada está en el verdor de la juventud, tampoco en una vejez que dé señales de decadencia absoluta. Durante todo el día pasan tintineando unos extraños carros, estrechos, en hileras de seis u ocho que traen queso desde Suiza. Generalmente lleva la fila un hombre, o un muchacho, que muchas veces va dando cabezadas en el primero de ellos. Los caballos llevan las campanillas colgadas del arnés y miran como si estuvieran pensando —seguro que es así— que la enorme manta de lana azul que llevan encima, muy pesada y gruesa, no es muy conveniente para el calor del verano.
Luego está la diligencia, que pasa dos o tres veces por día, con el polvo en las cortinas azules exteriores, como las de las carnicerías, y el tapizado blanco en el interior, que parece un gorro de dormir. En el techo una baca, moviendo arriba y abajo la cabeza, como si fuera la cabeza de un tonto. Los jóvenes pasajeros franceses miran por la ventana. Las barbas les llegan hasta la cintura y llevan unos anteojos de cristales azules que ensombrecen terriblemente sus ojos, de por sí belicosos. Portan palos enormes que blanden a la manera nacional. También el correo, la Malle Poste, que lleva solo a un par de pasajeros, temerariamente y a gran velocidad, pasa y desaparece en un instante. Viejos curas viajan a trompicones, por aquí y por allá, en coches tan desvencijados, oxidados, mohosos y con tales traqueteos que ningún inglés se lo creería. Mujeres huesudas, atareadas en lugares solitarios, sujetan las sogas de las vacas mientras pacen, o cavan, hacen surcos con la azada u otras tareas del campo más laboriosas, o dan cuenta de una imagen real de lo que son las pastoras y sus rebaños: para hacerse una idea adecuada del trabajo y del modo de quien lo desempeña, en cualquier país, no hace falta más que tomar cualquier poema pastoril o pintura e imaginarse que es justo lo opuesto a las descripciones que estos contienen.
Uno ha estado viajando, con cierta necedad, como generalmente sucede al final de la jornada. Las noventa y seis campanillas de los caballos —veinticuatro por animal— han colaborado en el adormilamiento, repiqueteando en tus oídos por espacio de media hora, más o menos. El trote se vuelve monótono, algo cansino, y uno se queda absorto en sus pensamientos sobre la cena que se obtendrá en la siguiente parada. Cuando, al final de la larga avenida de árboles que se está cruzando, se encuentra la primera señal de un pueblo, bajo la forma de unas granjas dispersas, el carruaje comienza a traquetear según rueda por el adoquinado, horriblemente desnivelado. Como si se tratara de fuegos artificiales, prendidos a la vista del humo de una de las chimeneas de las granjas, al punto comienzan los estruendos y chisporroteos, como si fuera el mismo diablo quien anduviera por allí dentro: crack, crack, crack, crack. Crack, crack, crack, crack. Crick-crack. Crick-crack. ¡Hola! ¡Vamos! ¡Ladrón! ¡Bribón! ¡Hey, hey, hey! ¡Eeeeeen marcha! Látigo, ruedas, conductor, piedras, mendigos, niños, crack, crack, crack. ¡Hola! ¡Hola! ¡Caridad por el amor de...




