Dorey | Elogio de la ebriedad | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, Band 90, 168 Seiten

Reihe: Biblioteca de Ensayo / Serie menor

Dorey Elogio de la ebriedad


1. Auflage 2025
ISBN: 979-13-8768802-8
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, Band 90, 168 Seiten

Reihe: Biblioteca de Ensayo / Serie menor

ISBN: 979-13-8768802-8
Verlag: Siruela
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Un chispeante y seductor ensayo sobre el mundo del vino y sus placeres. En este atractivo ensayo, Alicia Dorey nos invita a celebrar todas las formas de ebriedad como medio de autoconocimiento. Porque es innegable que existe en nosotros un misterioso magnetismo por los alcoholes, que brindan a los viajes la posibilidad de convertirse en aventura, que dan al cuerpo y al amor una divina aureola y al tiempo una dimensión más profunda. A partir de su experiencia como especialista en vinos de un destacado diario nacional, la autora reflexiona con humor y desenfado sobre ese símbolo del «arte de vivir», sobre esa fuente inagotable de historias, sobre ese espejo de nuestra sociedad que, sin duda, es la ebriedad. Una estimulante y seductora reflexión sobre el mundo del vino y sus placeres.

Alicia Dorey es periodista experta en vinos y gastronomía, directora editorial de Le Figaro Vin y presentadora del pódcast Au goulot. Elogio de la ebriedad, su primer libro, fue galardonado con el Premio Jean Carmet 2023.
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Capítulo II

LA EBRIEDAD Y EL CUERPO


«Es una muñeca, que dice no, no, no, no.
Nadie le enseñó nunca que se puede decir sí».

MICHEL POLNAREFF, La poupée qui fait non

No siempre recordamos nuestras primeras veces. Pero algunas, más que otras, tienen la oportunidad de perdurar. «¿Cuándo fue tu primera vez?» es una pregunta que no deja dudas sobre su propósito, a menos que hayas crecido entre mormones. Viene a romper una forma de pudor, elevando la relación varios puntos en la escala de intimidad. Impone una forma de desnudamiento e implica también una especie de mentira. Algunas personas tendrán tendencia a exagerar el trazo, otras a omitir ciertos detalles. Cada vez, se trata de historias falsamente anecdóticas que provocan en el diálogo un punto de inflexión tras el cual se teje una nueva complicidad. De todas las confidencias, creo que esta es la que hace más fácil decir «algo sobre uno mismo» sin tener que tumbarse en un diván, aunque ambas cosas no sean incompatibles.

Una tarde de abril de 2004, hacía el amor por primera vez en mi vida. No fue un gran acontecimiento —oso infligir tamaña afrenta a aquel primer implicado, ya que en mi recuerdo no tenía especial interés en los asuntos literarios y es muy probable que nunca lea estas líneas—. Contrariamente a lo que sugerían las cartas de las lectoras de la revista Jeune & Jolie, no me sentí abrumada ni investida de una nueva feminidad, y no me arrepiento especialmente de ello. Si todos nuestros actos crearan sistemáticamente un efecto sorpresa, nos pasaríamos la vida de sobresalto en sobresalto.

Por el contrario, no puedo recordar mi primera copa (y reto a cualquiera a que recuerde la suya con exactitud), aunque la primera borrachera de verdad siempre es objeto de un relato más o menos jocoso. Las primeras ebriedades rara vez terminan con un paseo al fresco por un campo de amapolas, sino más a menudo sobre un inodoro, al menos para los más veloces. Sin embargo, guardamos por ellas cierto afecto, incluso las aureolamos de una cierta gloria porque marcan nuestra entrada en el mundo de los adultos. Creo que más allá de lo anecdótico, tienen una influencia duradera en nuestra relación con el alcohol durante los años siguientes, dejándonos aunque sea un mínimo disgusto por la bebida culpable de la misma; y es sin duda a ellas a quienes debemos la feliz desaparición de las botellas de pipermín Get 27 de nuestras bodegas después de los treinta años.

La primera vez que me emborraché estaba en primero, y no era precisamente la primera de mi clase, así que el acto carecía de la bizarría que habría tenido en tal caso. Siempre es difícil describir, años después, un recuerdo de juventud sin que la memoria, el ego y la experiencia lo distorsionen insidiosamente, pero el hecho es que ese día, un chico del colegio me invitó a «tomar algo», lo que en aquel momento me pareció tan aterrador como repetir curso, a lo que respondí con una, por supuesto, bien calculada despreocupación. Fue en Lyon, en un bar cualquiera del distrito V con su tranquilizador olor a cuero viejo, orina tibia y tabaco frío. No sé cuántas copas cayeron aquella noche. Solo recuerdo que me emborraché casi de inmediato, y no solo de remordimientos. Pero también recuerdo descubrir un estado físico desconocido hasta entonces, esa extraña sensación de calor que teje una fina lana en tu interior, ese torrente de palabras que te convence de que eres el genio de la lámpara, y, lo más asombroso de todo, esa sensación de haber sido propulsada al interior de un lienzo cubista. Poco a poco, las paredes y los rostros perdieron toda simetría mientras que los colores parecían fundirse unos en otros. En aquel momento no entendía nada de pintura, y lo único que conservo de aquella velada es un santo horror por la Heineken y por Picasso.

Solo mucho más tarde descubrí la verdadera ebriedad del vino. Debía de tener veinticinco años y estaba saliendo despacio de un período de absoluta negación física, durante el cual había intentado no ser más que puro espíritu, en vano, como solo más tarde comprendería. Me había volcado por completo en el trabajo, convencida de que el sexo, la fiesta y los largos domingos se habían inventado para los depravados y los cansados de nacimiento. El alcohol no tenía cabida en mi agenda, salvo en raras ocasiones, y no había nada que me vinculara con ningún tipo de placer. Mi cuerpo estaba seco y experimentaba incluso una vaga repugnancia ante la palabra líquido. Odiaba desbarrar. La ebriedad no era una opción.

El origen de esta desconfianza se remonta a 2005, cuando me fui a vivir a una conservadora población del Medio Oeste, donde el consumo de alcohol en menores de veintiún años se consideraba un ultraje a la nación, y, en el caso de una extranjera, era sinónimo de devolución al remitente en un vuelo chárter. Digamos que sin tener a priori las maneras de una Sue Ellen sacada directamente de un episodio de Dallas, no empecé mi relación con la bebida bajo los mejores auspicios. Solía asociarla con unos cuantos rednecks de mejillas arreboladas merodeando en torno a las estaciones de servicio, atiborrándose de Budweiser hasta acabar arrastrados como cowboys de rodeo, o con esas heroínas de las series de la tele que se esconden en el cuarto de la lavadora para echarse al coleto copas de «char-don-nay» hasta acabar con el brushing y el lifting del revés. A estos se sumaban una cohorte de tabúes y prohibiciones enarbolados como estandarte por un segmento de la sociedad estadounidense cuyos valores puritanos no podían de ningún modo ser cuestionados. Esas prohibiciones adolescentes me inculcaron una forma de aversión por todo lo que pudiera relacionarse con la pérdida de control. Cuando regresé a Francia un año después, me encontré enfrentada a la posibilidad de recuperar mi retraso o perseverar en una sobriedad extrema. Elegí la segunda opción, a pesar de algunos derrapes. Como la muñeca de la canción de Polnareff, me pasaba el tiempo diciendo que no. No solo a la ebriedad, sino también a todo lo demás. Como resultado, durante largos años, tanto en la cama como en la vida, fui tan fría como un mes de diciembre. Pero quizás es que, simplemente, soy Sagitario.

Tras casi una década «sin mi cuerpo», o casi, durante la cual las ocasiones de recordármelo fueron más bien fugaces, descubrí la ebriedad del vino tal y como hoy la conozco y, sin querer sonar como una iluminada, tengo que admitir que viví ese episodio como una verdadera revelación. De repente, el vino me hizo darme cuenta de esta obviedad: podía sentirme físicamente sobrepasada. Me encantó su calor progresivo, esa tibia envoltura con la que te va arropando, más o menos bienvenida según la hora del día o la estación del año. La ebriedad que me ofrecía estaba llena de olas y matices, y es aquella epifanía iniciática la que aún me invita, si no a beberlo todo, al menos a probarlo todo con una determinación que siempre va acompañada de un deseo más oscuro que escapa a cualquier intento de racionalización.

Con los años, he descubierto que existen varias clases de ebriedad, a las que ahora me tomo el tiempo de dar nombre como si fueran objetos en sí mismas: están por ejemplo la roja, la blanca y la rosada, que asocio con sensaciones físicas muy precisas, y que repaso como una especie de íntimo muestrario de colores según una lógica que solo me pertenece a mí. De todas ellas, la más sensual es la que llamo «cristalina», la del sake, sin duda porque viene envuelta en toda una panoplia de recuerdos, y en la que cada vez vuelvo a encontrar esa delicada laxitud de las flores casi muertas, esa armonía a la vez simple y compleja que te sumerge en un estado de flotación y dulce melancolía. La dentellada de los alcoholes fuertes sigue siendo, sin embargo, una que siempre mantengo a distancia, con un temor casi infantil, como si fuera algo demasiado viril, y porque conocí a alguien que buscaba en las cervezas diurnas una forma de suavizar la violencia de los whiskies nocturnos, como una especie de remedio que él adornaba con una frase, siempre la misma, que permanece grabada en mi memoria: «Acaricio al perro que me mordió ayer».



Tome la próxima salida



«Está abandonando una zona de control».

WAZE


Además de volver tu cuerpo del revés, la ebriedad genera la ilusión de estar fuera de uno mismo, lo que autoriza incluso a los más estirados a dejarse deslizar hacia una especie de negligencia: copa tras copa, vas estando desenfadadamente despeinado, un poco desaliñado, a veces torpe, más divertido o más locuaz. Se entabla entonces entre tú y el mundo exterior una especie de batalla líquida: en un bando los alcoholes y en el otro lo orgánico —transpiración, saliva, orina y, en el peor de los casos, vómito—. La ebriedad saca a flote lo que durante la sobriedad aparece corregido, maquillado y perfumado. Con una notoria injusticia en términos de cantidad, ya que el volumen de lo que sale es, en general, mayor que el de lo que entra. Y no somos directamente responsables de ello.

Poco a poco, la frontera entre el yo y el personaje social que nos inventamos es cada vez menos nítida, como si la distancia entre la intimidad del cuerpo y la del pensamiento quedara abolida. Te encuentras berreando cosas que juraste guardarte para ti hasta el día de tu muerte. La conversación entre los cuerpos también se transforma. Se vuelve más directa, más brutal, y va más allá de las palabras, de los códigos, de la modestia y demás formas de corrección. ¿Cuántas declaraciones...



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