D'Ors / Bañeras / García Campayo | Sabiduría perenne | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, 248 Seiten

D'Ors / Bañeras / García Campayo Sabiduría perenne

8 miradas hacia la contemplación
1. Auflage 2024
ISBN: 978-84-10179-31-8
Verlag: Editorial Siglantana
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

8 miradas hacia la contemplación

E-Book, Spanisch, 248 Seiten

ISBN: 978-84-10179-31-8
Verlag: Editorial Siglantana
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



En un mundo inundado de ruido, Sabiduría Perenne surge como una luz guía para quienes buscan claridad y profundad. De la mano de ocho autores en el campo de la espiritualidad y la filosofía -Pablo D'Ors, Nacho Bañeras, Javier G. Campayo, Mardía Herrero, Halil Bárcena, Jorge Rodríguez Ariza y Anna Caixach- este libro nos ofrece un refugio donde la belleza, la bondad, el alma, las imágenes y los sueños nos reconectan con lo esencial de nuestro ser. Sabiduría Perenne te invita a explorar más allá del caos cotidiano, ofreciéndote un mosaico de inspiraciones, visiones y herramientas únicas para una vida más rica y plena. Estas páginas son un puente hacia un bienestar integral, un manual para el alma que busca no solo sobrevivir, sino florecer en el moderno maremágnum de la vida moderna. Con los autores: Pablo D'Ors, Nacho Bañeras, Javier G. Campayo, Mardía Herrero, Halil Bárcena, Jorge Rodríguez Ariza y Anna Caixach.

Pablo d'Ors, nacido en Madrid en 1963, es un sacerdote y escritor formado en filosofía y teología en Europa. Fundador de 'Amigos del Desierto', promueve la contemplación cristiana y ha ganado reconocimiento como novelista con obras como la Trilogía del silencio. Actualmente, lidera una red de meditación.
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FRANZ JALICS Y LA REDENCIÓN DE LA CONCIENCIA


DE PABLO D'ORS

EPISODIOS TRASCENDENTES DE UNA BIOGRAFÍA


Antes de resumir la aportación teórica de Franz Jalics a la práctica de la meditación silenciosa, creo importante que se tengan en cuenta algunos datos sobre su biografía, de modo que el lector pueda hacerse cargo de la envergadura humana, moral y espiritual de su figura. A este efecto, lo más pertinente me ha parecido dejarle hablar a él mismo, para lo que he seleccionado, de sus Ejercicios de contemplación, sin duda su obra más ambiciosa e importante, tres pasajes que transcribo aquí literalmente, obviando solo alguna repetición o detalle insignificante. Son no tengo duda sus tres experiencias fundamentales: la de la madre, que le enseña a perdonar cuando regresan a un Budapest destruido por la guerra; la del bombardeo de Núremberg, momento en que Franz escucha de forma irrefutable la llamada de Dios; y, en fin, la experiencia de la tortura que padeció en los llamados escuadrones de la muerte, trabajando como misionero en Argentina, en la que descubre el trabajo interior de la contemplación, al que luego se consagrará completamente.

Antes de dejarle hablar a él, solo una observación más: el estilo de Jalics es antiliterario, en el sentido de que rehúye todo trabajo con las palabras que embellezca o haga más expresivo el mensaje. Esta voluntad comunicativa ajena a cualquier otra intención, otorga a estos testimonios, en mi opinión, una particular, y yo diría que inconfundible, fuerza expresiva.

PRIMERA EXPERIENCIA:
LA VUELTA AL HOGAR Y EL DESCUBRIMIENTO DEL PERDÓN


“Mi padre era hacendado y vivíamos en un hermoso castillo. Fue oficial durante todo el periodo que duró la Primera Guerra Mundial y volvió a vestir el uniforme en la segunda. Mi hermano Jorge y yo cursábamos la escuela militar.

En casa quedaba mi madre con mis cinco hermanas y dos hermanitos más pequeños. Se aproximaban los rusos. Mis padres no querían que mis cinco hermanas cayeran en manos de los soldados rusos y decidieron huir a Occidente. En nuestra aldea, Gyál, en las afueras de Budapest, se libraban intensas batallas con la correspondiente destrucción. Durante semanas enteras, el fuego de artillería hizo blanco en nuestro hogar, dañándolo seriamente. Concluida la guerra, debió pasar todo un año hasta que pudimos regresar.

Primero volvió mi hermano Jorge. La devastación era terrible. Los comunistas habían estatizado el fundo, no dejando más que una pequeña parte para nosotros. Lo que la guerra no había destruido fue objeto de rapiña. Las maquinarias e instalaciones agrícolas habían desaparecido, al igual que los muebles, las hojas de las ventanas, las tejas. Solo quedaban escombros. Mi hermano contó sesenta marcos de puertas; las hojas correspondientes habían desaparecido. Luego descubrimos mucho de esto en el vecindario. La casa había estado abandonada durante varios meses y dio motivo a que muchos pensaran que no volveríamos.

Cuando regresamos del oeste en marzo de 1946, mi padre fue arrestado en la frontera por ser oficial y hacendado. Aunque el tribunal lo absolvió, no fue liberado, sino llevado a la temida sede de la policía política, Andrássy út 60, y envenenado. Al poco tiempo murió.

Después de cruzar la frontera, acompañé a mi abuela, que había estado con nosotros en Occidente, a casa de una tía. Así pues, no estuve presente cuando mi madre entró en su hogar con mis hermanos, que a la sazón ya eran ocho. En el sótano había medio metro de escombros, pero era el único lugar en que podían establecerse, ya que las otras partes de la casa estaban inhabitables. Habían llegado con su mísera carga de ropa, colchones y lo que habían podido salvar en el año en que anduvieron fugitivos. Mi abuela paterna, que desde hacía algunos meses vivía en el sótano, les había preparado la cena. La alegría del rencuentro fue grande, pero era deprimente el estado en que se hallaba la casa paterna. Inspeccionaron todo, devoraron la cena y luego arrojaron los colchones en el suelo para dormir. Entonces mi madre los reunió a todos. La familia entera se arrodilló sobre los colchones y dijo sus oraciones vespertinas. Mi madre los hizo rezar por todos los que habían sufrido o provocado daños en la casa y los alrededores. Fue su primera reacción ante la destrucción. Como dijo luego, no quería que se arraigase odio o rencor en el corazón de mis hermanos. También fue ella la que más tarde nos enseñó a perdonar. No recuerdo haber percibido nunca sentimientos de odio o venganza en nuestra familia. Yo, por mi parte, era más propenso a la ira y al rencor. Dios me envió a esta escuela para aprender a perdonar. El ejemplo de mis padres me marcó profundamente. Aprendí lo que es la reconciliación".

SEGUNDA EXPERIENCIA:
EL BOMBARDEO DE NÚREMBERG Y LA LLAMADA DE DIOS


“Cuando tenía diecisiete años, me encontré en una oportunidad frente a la muerte. Fue a finales de la Segunda Guerra Mundial, en enero o febrero de 1945. Yo era aspirante a oficial húngaro y fui enviado a Alemania para adiestrarme en el uso de carros de combate. Me alojé, junto a unos cincuenta camaradas, en Erlangen, en el actual cuartel de las guerras norteamericanas. Era la época de los grandes bombardeos sobre Núremberg. Por precaución, debíamos salir al aire libre cada vez que sonaba la alarma aérea. Desde allí podíamos contemplar los infernales incendios que ardían por doquier. Después de los bombardeos, la ciudad entera se hallaba en llamas. Los diversos destacamentos de las inmediaciones eran enviados a Núremberg para salvar a las personas y extinguir los incendios.

Un día, después de haber estado contemplando hasta la medianoche el cuadro dantesco que presentaba Núremberg, nos despertaron a las cuatro de la mañana para que lleváramos a cabo las ya mencionadas tareas de salvamento. Debíamos viajar en un tren hasta Núremberg, pero no llegamos más que hasta Fürth. A partir de allí los rieles estaban destruidos, de modo que debimos seguir a pie. En aquel entonces ya no conocía la ciudad, pero aún recuerdo que en nuestro cambio atravesamos la estación central de Núremberg y llegamos al sector por un túnel subterráneo. Aún ardían algunas casas. Por todos lados se veían edificios derruidos, bajo cuyos escombros la gente buscaba a sus seres queridos. También recuerdo a dos personas en trance de retirar un cadáver de las ruinas.

Aún nos encontrábamos en las cercanías de la estación cuando, sin interrumpir la marcha, nuestros oficiales nos comunicaron que habíamos llegado al sector en el que debían comenzar nuestras tareas de salvamento. Eran las nueve y media de la mañana. Todavía estábamos marchando cuando oímos nuevamente las sirenas. Después de unos minutos cayeron las primeras bombas. Nos encontrábamos en medio del distrito que había sido bombardeado la víspera. Nos dimos cuenta, entonces, de que se trataba de la continuación del bombardeo.

Debimos refugiarnos en los sótanos. Ya estábamos a punto de entrar en una vivienda de dos plantas, cuando nos decidimos por otra, de cuatro, que se levantaba en la acera de enfrente. Cuando salimos a la luz del día después del primer bombardeo, en el lugar que ocupaba la vivienda de dos plantas se abría un pozo de cinco metros. Si alguien vivía allí, seguro que habría muerto.

Apenas habíamos empezado a apagar el fuego, cuando sobrevino el segundo bombardeo. A toda prisa volvimos a refugiarnos en el sótano. Nunca antes había vivido algo semejante. Una verdadera lluvia de bombas descargaron sobre las calles. El sótano temblaba. Cuando volvíamos a tener fuerzas para salir, la calle nos resultó irreconocible.

Lo que deseo relatarles es lo que viví en el sótano: oíamos las detonaciones de las bombas y todo el sótano vibraba. Nos pareció que pasaban horas, pese a que no debieron ser más de diez o quince minutos. Al comenzar el Infierno, fui presa de un pánico indescriptible. La muerte estaba al alcance de mi mano. Era joven y no quería morir. Mi impotencia me hacía sentir una ira irrefrenable, puesto que no podía defenderme ni tampoco huir, y no me quedaba otra salida que ver llegar la muerte sin poderlo remediar. Me rebelaba con toda mi fuerza vital contra el hecho de caer en la nada. Se trataba de una lucha impotente y desesperada contra la muerte. De pronto, mientras me debatía entre la ira y el miedo, me inundó un sentimiento de infinita paz. Supe de la presencia de Dios. Sentí que carecía de importancia el hecho de que fuera a morir o no, pues las cosas están bien así como están. Nada verdaderamente importante puede suceder con la muerte.

No se trataba de un pensamiento, sino de una súbita certeza de la que fluía la paz, la seguridad, el sentimiento de hallarse protegido. Si bien exteriormente nada había cambiado, la presencia de Dios se me manifestaba como una certidumbre indubitable. Tan patente se me hizo la existencia de Dios, que me hubiese sido más fácil creer que yo mismo no existía antes que dudar de su presencia. Era una evidencia absoluta. Pero yo tenía diecisiete años y, por ende, no elaboré mayormente esta experiencia. Tampoco me preguntaba si esta presencia era evidente para todos o no.

Al abandonar el sótano noté un cambio en mí. En medio de las ruinas, los escombros y la ceniza, en medio de la apatía, la depresión y el nerviosismo generalizados, me sentía feliz y dispuesto a ayudar. De tal modo que pude participar con todas mis fuerzas y mi amor en las tareas de salvamento.

La experiencia fue muy...



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