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Ihr Team von Sack Fachmedien
E-Book, Spanisch, Band 143, 484 Seiten
Reihe: Las Tres Edades
Dragt Los secretos del bosque salvaje
1. Auflage 2010
ISBN: 978-84-9841-547-6
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, Band 143, 484 Seiten
Reihe: Las Tres Edades
ISBN: 978-84-9841-547-6
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Tonke Dragt (Yakarta,1930 - La Haya, 2024) pasó en Indonesia la mayor parte de su juventud. En 1941 se desencadenó la guerra en el Este, Japón invadió la India neerlandesa y Dragt, con 12 años, fue a parar a un campamento japonés con su madre y sus dos hermanas pequeñas. Allí, inspirada por Jules Verne, escribe su primer «libro». Acabada la guerra en 1945, se traslada junto con su familia a los Países Bajos y estudia en la Academia de Bellas Artes de La Haya, convirtiéndose en profesora de dibujo. En 1961 apareció su primer libro: Aventuras de dos gemelos diferentes. Un año después llegó Carta al rey, que fue elegido Mejor libro juvenil del año y en 2004 recibió en su país el Griffel der Griffels («Premio de los Premios») reconociéndolo como el mejor libro juvenil de los últimos cincuenta años. En 1976 Tonke fue premiada por el conjunto de su obra con el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil.
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2. Llegada al castillo de Ristridín
Tiuri cabalgaba a lo largo del río Gris montado, por supuesto, en Ardanwen, el caballo negro cuyo nombre significaba «Viento de la Noche» en la antigua lengua del reino de Unauwen. El joven caballero llevaba puesto un casco, una espada colgaba de su cinto y la túnica que llevaba sobre su armadura era azul y oro, los colores de Tehuri.Su escudo era blanco, como los escudos de los caballeros del oeste. Tiuri se sentía orgulloso de ese escudo y por eso lo había llevado con él.
Piak iba a su lado,montado en un caballo que era igual de castaño que su pelo. Quien lo hubiera conocido antes, cuando aún vivía en las montañas, apenas lo reconocería así, vestido de escudero.
El viejo Waldo tenía razón: el tiempo seguía siendo frío y no les facilitaba el viaje. Pero su destino ya no estaba lejos. Veían castillos y fortalezas a ambos lados del río, «vigilándose y espiándose mutuamente», tal y como lo expresó Piak.Sólo el agua les separaba de Eviellan, el país del que procedían los hostiles Caballeros Rojos y donde los caballeros llevaban escudos negros o rojos. Pero no habían visto a los habitantes de Eviellan.
–Ni siquiera se fijan en nosotros –les contó un caballero cuando pernoctaron en un castillo–.Eviellan sólo mira al reino de Unauwen. He oído rumores sobre una gran batalla que se ha librado allí,pero no sé cómo ha terminado.
Tiuri había preguntado si se sabía algo del caballero Ristridín. ¿Habría regresado ya a su castillo? Pero el caballero,al igual que todos los demás, no había sabido responder a esa pregunta.
–Enseguida lo sabremos –dijo Piak al ver en la lejanía las torres de un castillo que no podía ser otro que el de Ristridín–. Cuánto se parecen todos estos castillos,¿no te parece? Todos son grandes y de piedra, con gruesos muros y almenas. En realidad no me gustan mucho, aunque por dentro sean acogedores –soltó un momento las riendas y se frotó las manos azules por el frío. Poco después exclamó–: Allá lejos veo algo más. ¡Montañas!
Sí, frente a ellos, en la lejanía, podían ver las vagas cumbres de la Gran Cordillera del oeste, apenas distinguibles por las nubes grises que las cubrían.
–Estamos cabalgando por el Tercer Gran Camino hacia el oeste –dijo Tiuri–. Discurre por el paso que lleva al reino de Unauwen.
–El año pasado recorrimos un trecho por el Primer Gran Camino, pasando por el castillo de Mistrinaut –comentó Piak–.Pero ¿dónde está el Segundo Gran Camino?
–El Segundo Gran Camino prácticamente ha desaparecido, engullido por el Bosque Salvaje.
–También veo bosque. ¿Será aquello el Bosque Salvaje?
–No creo. He oído que está más hacia el oeste.
–Tal vez luego nos cuente algo el caballero Ristridín –dijo Piak–. ¿Sabes que tengo la sensación de que le conozco? Aunque no le haya visto en mi vida. Me has hablado tanto de ellos; de Ristridín y de Bendú, de Arwaut y Ewain. Fíjate, conozco perfectamente sus nombres.
–Y además conoceremos al caballero Arturin, el hermano de Ristridín. Yo tampoco le conozco, aunque será nuestro anfitrión.
Llegaron al castillo antes de que anocheciera. El vigía de una de las torres había anunciado ya su llegada con toque de trompeta. El puente levadizo bajó chirriando y cuando pasaron por él una de las puertas del paso se abrió lentamente apareciendo tras ella un cuarteto de guardias armados.
–Aquí no permiten la entrada a los invitados así como así –susurró Piak a Tiuri.
Éste saludó a los guardias.
–Venimos en calidad de amigos, y pedimos hospitalidad. Somos el caballero Tiuri y Piak, su escudero.
–¿El caballero Tiuri? –repitió uno de los guardias–. ¿Entonces no viene usted del oeste? Lleva escudo blanco como haría un caballero de Unauwen y es mucho más joven de como imaginaba a Tiuri el Valiente.
–Soy su hijo. Tiuri del Escudo Blanco. El caballero Ristridín me ha invitado.
–¡El caballero Ristridín! –exclamó el guardia–.¿Tiene noticias de él?
–No. ¿Es que aún no ha regresado?
–Todavía no –contestó el guardia.
–¿No debía volver en primavera?
–Así es –dijo el guardia–, pero aún no ha venido. El caballero Bendú también le está esperando. Llegó antes de ayer. Pero entre. Anunciaré su llegada al caballero Arturin, Tiuri hijo de Tiuri.
Un poco después los amigos estuvieron frente a Arturin, el señor del castillo, que los saludó afectuosamente.
–Bienvenido,caballero Tiuri –dijo–, y tú también, escudero. El fuego arde en el hogar y la cena está lista. Le doy la bienvenida también en nombre de mi hermano que fue quien le invitó según he oído.
El caballero Arturin no se parecía a Ristridín, opinó Tiuri. Era más bajo que el caballero errante y mucho menos delgado. Sólo tenía el mismo pelo rizado.
En ese momento otra persona se acercó a los amigos: un hombre robusto, moreno y barbudo.
–¡Caballero Bendú! –exclamó Tiuri.
–El mismo –contestó éste estrechándole la mano–. Es un placer volver a verte, Tiuri. Y tal y como te dije una vez, ya eres caballero como debe ser –se dirigió a Piak que se sentía algo cohibido–. ¿Quién eres tú? –preguntó.
–Es Piak, mi mejor amigo –contestó Tiuri–. Fue mi guía en las montañas y compañero de viaje en el reino de Unauwen. Ahora es mi escudero.
Bendú también estrechó la mano de Piak con tanta fuerza que le hizo parpadear un poco.
–¿Tienes alguna noticia que contar sobre Ristridín? –preguntó entonces a Tiuri.
–Le vi hace meses. Poco antes de que fuese al Bosque Salvaje.
–Oh –exclamó Bendú decepcionado.
–Como puede ver, aún no ha llegado –dijo el caballero Arturin–. Pero tampoco está ya en el Bosque Salvaje.
–¿Ah no? –preguntó Tiuri algo sorprendido–. ¿Y entonces dónde está? ¿Y qué le ha sucedido en el bosque?
–No sabemos gran cosa al respecto –contestó Arturin–. Y no tenemos ni idea de dónde está ahora. Abandonó el Bosque Salvaje en invierno. Eso es lo que vino a contarme un mensajero de Islán. El castillo de Islán está cerca del bosque, como tal vez sepas. Ristridín pasó por allí y le pidió al señor del castillo que nos informara al rey Dagonaut y a mí.Pretendía ir a otra región en la que hubiera más cosas que ver. Los caminos del Bosque Salvaje, según dijo, se cortan o conducen a casas en ruinas abandonadas hace mucho tiempo.
–Puede que sea así –dijo Bendú–, pero sigo pensando que podía haber contado adónde pretendía ir. ¿Será cierto que el señor de Islán no sabe nada más?
–Le escribí una carta –contó el caballero Arturin–. Me respondió que no sabía nada más. Ristridín ni siquiera estuvo en su castillo. Tenía prisa y cabalgó hacia el este.
Calló y frunció el ceño.
–¿Y por qué no al sur? –dijo Bendú–. Allí también tenía una misión que cumplir.
–¿Una misión? –repitió Tiuri. Entonces comprendió. Ristridín, al igual que Bendú, había jurado castigar al Caballero Negro (el Caballero Negro del Escudo Rojo, capitán de los Caballeros Rojos) que había asesinado a su amigo Edwinem. Luchó con la visera bajada; nadie sabía quién era ni cuál era su aspecto–. ¿Acaba de regresar de Eviellan? –preguntó–. ¡Cuénteme! ¿Encontró al Caballero del Escudo Rojo?
–¿Que si lo encontré? ¡No sé la cantidad de ellos que encontré! –contestó Bendú gruñendo–. Eviellan está lleno de caballeros.La mayoría llevan armadura negra y casi todos tienen escudos rojos. Pedí responsabilidades por la muerte de Edwinem a todo el que encontré con esas características, pero todos negaron incluso saber algo de ello. Tuve doce duelos, pero, si no me equivoco, aún no he derrotado a aquel al que buscaba.
–En Eviellan no debe serles muy simpático –dijo el caballero Arturin algo burlón.
–Preferían verme ir que venir. Pero eso no me impedirá seguir buscando a ese caballero infame. Ahora estoy aquí porque es lo que acordé con Ristridín, y espero que en breve me acompañe al sur.Dos tienen más oportunidad de encontrar a ese asesino que uno solo.
–Nunca lo conseguirá –dijo Arturin–. El monarca de Eviellan volverá a expulsarle de su país como extraño indeseado.Al menos eso es lo que haría yo si estuviese en su lugar. ¿Por qué tiene que vengar la muerte de Edwinem? Ésa es misión de los hombres del oeste.¿Acaso no era Edwinem un caballero de Unauwen? Que sea el rey Unauwen quien castigue a su asesino.
–No me gusta en absoluto lo que ha dicho –dijo Bendú enfadado–. Edwinem de Foresterra era mi amigo. Que fuese de otro país es para mí algo secundario. Ristridín, Arwaut, Ewain y yo juramos vengar su muerte y, en lo que a mí respecta, pienso atenerme a ello.
–Como quiera –dijo Arturin encogiéndose de hombros–. Pero tal vez sea el único que aún no haya olvidado ese juramento o,mejor dicho, que no ve la inutilidad del mismo.Hace...




