E-Book, Spanisch, 60 Seiten
Reihe: Cuadernos Bíblicos
Dreuille Lectio divina
1. Auflage 2014
ISBN: 978-84-9073-023-2
Verlag: Editorial Verbo Divino
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Un camino para orar la Palabra de Dios. Cuaderno Bíblico 164
E-Book, Spanisch, 60 Seiten
Reihe: Cuadernos Bíblicos
ISBN: 978-84-9073-023-2
Verlag: Editorial Verbo Divino
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Las recomendaciones del Concilio Vaticano II fueron decisivas para hacer que la lectio divina (lectura orante de la Palabra de Dios) saliera de los claustros, que la habían conservado preciosamente, y permitir apropiársela a un gran número de creyentes. La expresión, no obstante, abarca prácticas diversas. Frente al apasionamiento actual conviene informarse mejor sobre esta 'pedagogía divina', que es menos un método que un camino, un progreso jalonado por etapas precisas con características profundamente bíblicas.
Autoren/Hrsg.
Weitere Infos & Material
II – Pedagogía de
la lectio divina
La lectio divina no es primeramente un método, sino una pedagogía divina, un proceso que, bajo la guía del Espíritu Santo, permite a la Palabra de Dios sembrada en el corazón de los creyentes dar fruto. Los métodos son múltiples y están adaptados a la diversidad de situaciones y épocas. Pero todos consisten en poner en práctica de una manera u otra la misma pedagogía, cuyas grandes líneas están inscritas en la propia revelación bíblica. Antes de entrar en el detalle de su progreso, precisemos algunas características principales de esta pedagogía, tal como se ha desplegado en la Escritura y ha sido sintetizada por la Tradición cristiana.
Acoger la gracia del tiempo
Lo mismo que no se puede descubrir una pieza musical en un instante, sino que necesariamente hay que someterse al tiempo y tener la experiencia de su duración para seguir su movimiento y disfrutar de su plenitud, así también sucede con la Palabra de Dios. Su acogida no puede inscribirse más que en el tiempo. La revelación bíblica afirma, contra la concepción que el hombre se hace espontáneamente de ella, la gracia del tiempo, su valor positivo. Este ya no se soporta, según la concepción antigua de un tiempo circular. A partir de ahora hay que acogerlo como un don de Dios, como el marco necesario y la condición inevitable del progreso del hombre y de su florecimiento. La dimensión cuantitativa del tiempo cede así el lugar a su valor cualitativo. Esta enseñanza constante de la revelación es esencial para entrar en la dinámica de la vida espiritual y comprender la pedagogía de la lectio divina. Nos invita a varios desplazamientos.
De la búsqueda de la eficacia
a la acogida de la fecundidad
La temática bíblica que da una mejor cuenta de ello es la del grano sembrado en la tierra. La misteriosa ley de la germinación integra el tiempo como la condición necesaria para el desarrollo fructífero de la Palabra de Dios en los corazones. Implica igualmente que el hombre no es señor de ese proceso. Simplemente le corresponde –aunque no es poca cosa– ser la tierra buena, disponible, como enseña la parábola del sembrador (Mt 13,3-23 y //). Esto implica igualmente una gran confianza en ese poder de la Palabra de Dios. Es lo que nos enseña la actitud del campesino de la pequeña parábola propia del evangelio según san Marcos: «Ya duerma, ya se levante, noche y día, la semilla germina y crece sin que sepa cómo» (cf. Mc 4,26-29).
La asociación de estas dos parábolas agrícolas enseña una doble actitud frente a la Palabra de Dios: trabajar activamente el terreno para acoger la Palabra y después dejar que el poder de esa Palabra se despliegue conforme a su ritmo y a su gusto, sin dominar el proceso. La pedagogía divina de la lectio divina nos advierte así contra la tentación de apoderarnos de la Palabra, de convertirnos en sus dueños, de querer plegarla a nuestros intereses, a nuestra voluntad. Tenemos que acogerla tal como se nos da, con una gran confianza.
Esta fecundidad de la Palabra está igualmente subrayada, de otra manera, en el Segundo Isaías. El profeta, desde el capítulo 40, ofrece al pueblo exiliado este punto de apoyo inquebrantable: la Palabra de nuestro Dios que «subsiste por siempre» (Is 40,8). Al final de su enseñanza vuelve sobre la importancia vital de la acogida de la Palabra (cf. Is 55,2-3); entonces precisa el papel de esa Palabra y el proceso de su fecundidad. Aquí ya no es la imagen de la semilla la que se emplea, sino la de la lluvia benéfica, insistiendo en su origen divino. Esta agua celestial empapa la tierra para permitir que dé su fruto antes de volver al Señor (cf. Is 55,10-1).
De la impaciencia a la perseverancia
Allí donde la eficacia técnica se dirige al beneficio más inmediato y el dominio cada vez más afinado de los procesos, la aceptación del lento crecimiento y de la progresiva fecundidad nos hace integrar la dimensión del tiempo. Es la realidad probablemente más difícil de aceptar en nuestras sociedades de consumo, obnubiladas por la rapidez y la inmediatez de los resultados. En la parábola del sembrador, tal como la refiere san Lucas, Jesús precisa que es necesaria la constancia (hypomoné en griego) para que el grano dé fruto (Lc 8,15; cf. también Lc 21,19). Para san Pablo, que emplea frecuentemente el término y lo pone en relación con la esperanza, la constancia o la perseverancia, es una de las principales características de la vida cristiana. En efecto, esta está inscrita no solo en el instante de la acogida de la salvación, sino en el transcurso necesario para su florecimiento. Los Padres de la Iglesia se apoyarán frecuentemente en Mt 10,22, recordando que: «No se salvará el que ha comenzado, sino el que ha perseverado».
Aceptar un camino
La aceptación del tiempo nos hace capaces de progreso. Desde Abrahán, que se pone en camino «por la palabra del Señor» (Gn 12,4), hasta los discípulos de Emaús, cuyo corazón ardía cuando Jesús, por el camino, les explicaba las Escrituras (Lc 24,32), el desplazamiento físico es señal de un camino interior. Las promesas de la Escritura abren al hombre una perspectiva nueva y le invitan a ponerse en camino para crecer en la relación con Dios. Jesús invita a los hombres a convertirse en discípulos suyos caminando tras él. Este camino adquiere su sentido último cuando Jesús se revela siendo él mismo el camino que conduce al Padre (cf. Jn 14,6).
Así pues, el creyente ya no es un vagabundo, se convierte en un viajero que avanza hacia la meta que debe alcanzar, e incluso un peregrino guiado a lo largo de su camino, de etapa en etapa. En efecto, este camino supone etapas. Es una ruta señalizada que hará progresar al que se deje conducir por el Señor. Este había guiado antaño a su pueblo en su camino por el desierto, indicándole el camino y las etapas (cf. Ex 13,21-22; 40,36-38; Dt 1,31-33).
La temática de la fecundidad, que ya hemos desarrollado, subraya igualmente este progreso jalonado por varias fases. El grano sembrado se convierte primero en hierba, después en espiga, y finalmente «la espiga se llena de trigo» (Mc 4,28); la lluvia que baja del cielo empieza por regar la tierra, después la fecunda, la hace germinar, y acaba por «dar semilla al sembrador y pan para comer» (Is 55,10). La pedagogía de la lectio divina desarrollará este progreso y las etapas de este camino.
La gracia del ahora
Según la concepción bíblica de un tiempo lineal, conducido por el proyecto de Dios y tendente hacia un cumplimiento, el pasado y el futuro reciben un nuevo significado. No nos acordamos del pasado por nostalgia o bajo el peso del remordimiento, sino para hacer memoria de lo que el Señor ya ha manifestado y revelado. El futuro no se considera con la inquietud de aquel que trata de descubrir el destino implacable cuyo resultado ignora, sino como ese camino que se nos abre mediante las promesas. Ahora bien, así es como debemos acoger la Palabra de Dios, haciendo memoria y acogiendo la promesa.
La novedad de la revelación es aún mayor si tenemos en cuenta el «ahora». Ya no es solo el «instante presente» desconectado de la historia y el tiempo, que da la ilusión de escapar a la implacable ley de un tiempo que pasa, sino un momento que permite al creyente tener la experiencia, en el centro de su existencia, del encuentro con el Señor; un momento que recoge todo lo que ya ha sido vivido y abre la esperanza del pleno desarrollo de lo que es así gustado. Ya el salmista recomendaba: «Escuchad hoy su voz» (Sal 95,7). La carta a los Hebreos comenta: «Animaos, por el contrario, los unos a los otros, cada día, mientras dure este hoy» (Heb 3,13), para poder entrar en el lugar del descanso, la verdadera tierra prometida, que es la intimidad con Dios. San Pablo, por su parte, exclama: «Este es el momento favorable, ahora es el día de la salvación» (2 Cor 6,2). Mediante la lectio divina veremos cómo el Espíritu Santo permite a los textos bíblicos transmitirnos la Palabra de Dios viva y actual, tener la experiencia de la presencia de aquel que está con nosotros para siempre (cf. Mt 28,20) y comprometernos plenamente en la misión que se nos ha confiado.
La escala santa
de Guigo el Cartujo
La Tradición cristiana no ha dejado de meditar en las etapas de la lectio divina. La síntesis más notable le corresponde a un monje, Guigo II, muerto hacia 1188. Este prior de la Cartuja redactó un texto titulado Carta sobre la vida contemplativa, llamado también La escala de los monjes, del que reproducimos más adelante algunos fragmentos (cf. pp. 22-25). Este breve tratado sobre la vida espiritual es de una precisión, un equilibrio y una claridad inigualados. Sigue siendo hasta nuestros días la referencia más importante sobre la pedagogía de la lectio divina.
Guigo escogió la imagen de la escala en referencia al sueño de Jacob en Betel (cf. Gn 28,12; cf. también la relectura que hace de ello Jesús en Jn 1,51). Ella le permite designar el movimiento y el término de la vida espiritual –la comunión con el Padre– y sobre todo trazar las etapas de este progreso. Precisemos su propósito, sobre el que apoyaremos nuestras reflexiones.
Unir el cielo y la tierra
Al elegir la temática de la escala, Guigo bebe en la herencia patrística, que tenía la costumbre de detallar las etapas del progreso del alma hacia Dios. Sin embargo, aquí no se trata de una simple escala de perfección, midiendo el grado de progreso por el...




