Dubus | No hay épocas tan malas | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, Band 99, 224 Seiten

Reihe: Narrativas

Dubus No hay épocas tan malas


1. Auflage 2025
ISBN: 978-84-19168-72-6
Verlag: Gallo Nero
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, Band 99, 224 Seiten

Reihe: Narrativas

ISBN: 978-84-19168-72-6
Verlag: Gallo Nero
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



«Por la mañana me desperté sintiéndome como si la tierra estuviera bendecida, como si estuviéramos en un lugar sagrado. Tenía veintidós años y pensé en morir; todavía parecía que faltaban muchos años, pero me sentía más cerca, como si pudiera ver el resto de mi vida en esa tienda mientras Polly dormía, y no me hubiera importado morir.» Hay algo especial en la forma de escribir de Dubus; a menudo, sus historias pueden parecer banales, pero, según avanza la narración, lo que parece simple y común acaba iluminando las zonas grises del alma. Sus personajes se sienten culpables, lo esconden, actúan o no actúan, se avergu?enzan de sí mismos, tienen miedo de su familia y de sus amantes, de su Dios, de ellos mismos, pero siempre intentan, con todas sus fuerzas, tener una buena vida con lo que se les da. Las acciones y los sentimientos de los protagonistas casi nunca van de la mano: experimentan miedo, ira, pérdida, pero también son capaces de conmoverse ante ciertos gestos sencillos, ciertas miradas, ciertos abrazos. Dubus escribe con una precisión y una tensión emocional que nunca decaen, con un poso duradero que deja al lector sumido en el extrañamiento y la indefensión.

Andre Dubus (Luisiana, 1936-Massachusetts, 1999) es uno de los narradores norteamericanos más refinados del siglo XX y maestro indiscutible del relato corto. Amigo y discípulo de Kurt Vonnegut, admirado por Stephen King, John Irving o Elmore Leonard, Dubus fue también ensayista, biógrafo y guionista. Recibió muchos reconocimientos literarios, entre los que figuran el Pen New England Award y el Pen Malamud Award, y fue asimismo finalista del Premio Pulitzer. En 1986 fue víctima de un accidente de coche que finalmente lo confinó a una silla de ruedas. Dancing after hours es su última recopilación de relatos, y la primera que publicó después del accidente.
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Bendíceme, padre


Durante las vacaciones de Pascua, Jackie descubrió que su padre estaba cometiendo adulterio, y cuatro días después —incapaz casi de pensar en otra cosa— le escribió una carta. Jackie era una muchacha morena y atractiva cuyos ojos pardos eran grandes y muy brillantes. Pronto cumpliría diecinueve años, estaba a punto de terminar su primer curso en la Universidad de Iowa, y sabía, no sin orgullo, que sus ojos habían perdido parte de su inocencia. Había ocurrido de la mejor manera posible: en realidad, no había hecho nada nuevo, pero había estado expuesta a personas nuevas, como Fran, su compañera de cuarto, que era una no virgen practicante. El novio de Fran estudiaba teatro, y a veces Jackie quedaba con ellos y algún chico, e iban a fiestas donde la gente salía a fumar marihuana. Jackie también había bebido bourbon con ginger-ale en los partidos de fútbol y mantenía una relación con Gary Nolan. El hecho de salir con Gary no interfería con su estado de gracia; todos los domingos iba a la misa folk en la capilla, y por regla general se acercaba al comulgatorio a recibir la comunión al son de las guitarras. Había sido un buen año para madurar: siete meses antes era tan ingenua que nunca habría pillado a su padre, y mucho menos le habría escrito una carta.

Antes de escribirla, habló con Fran y luego con Gary. La noche en que volvió de vacaciones se lo contó a Fran; hablaron hasta las dos, llenando la habitación de humo, frunciendo los labios, gesticulando con las manos. Pese a ser tan sofisticada, Fran coincidía con Jackie en que su padre había obrado mal, en que el matrimonio de sus padres corría peligro y en que había que librar a su madre de la amenaza de aquel dolor terrible y gratuito. Una y otra vez suspiraban y decían, con voz melancólica y desencantada, aunque firme, que algo había que hacer. A la noche siguiente habló con Gary. Él quería ir a ver una película, pero ella le preguntó si podían ir a tomar una cerveza. Tengo que hablar contigo, le dijo.

Se sentaron cara a cara en un reservado de la parte trasera, donde la luz era tenue, y tomaron cerveza utilizando un par de carnés falsos, y Jackie vio en sus ojos el reflejo del desconsuelo y la pena de los suyos. La historia duró tres cervezas; luego, cuando dijo que pensaba escribirle una carta a su padre, su tono cambió. Parecía determinada, capaz, combativa. El cambio sorprendió a Gary con la guardia baja, y a punto estuvo de estropearle la velada. Le gustaba más cuando parecía necesitar claramente su consuelo. Al final asintió con la cabeza y admitió que quizá lo de la carta era lo mejor, aunque la miró con compasión, dándole a entender que la comprendía muy bien, que no estaba tan entera como aparentaba, y que aquella carta nunca aliviaría el dolor que sentía en su corazón. Luego se la llevó al coche, condujo hasta el estadio, aparcó a su sombra y la consoló tanto que, al sábado siguiente, Jackie fue a confesarse y le dijo al cura que había incurrido en tocamientos una vez.

Para entonces, ya había escrito y enviado la carta. Tenía siete páginas a doble cara, y le había leído el primer borrador a Fran, y luego había escrito otro. Cinco días después, todavía no había recibido respuesta. Al enviar la carta, había pensado que solo cabían dos posibilidades: o bien que su padre rompiera con la mujer y volviera a serle fiel a su madre, o bien que hiciera caso omiso de la carta (aunque tal cosa parecía imposible: la carta estaba en su oficina, ella sabía lo que había pasado, y —sobre todo— él lo sabía también; resultaba imposible ignorar todo eso). Al cabo de una semana, empezó a sentir miedo: se le ocurrieron nuevas posibilidades, más perversas incluso que la aventura en sí. A lo mejor, al verse entre la espada y la pared, le daba por confesar la verdad y pedir el divorcio. O por huir: podía dimitir del banco y fugarse con la otra a California o a México, abandonar a su madre a su suerte, humillada y herida, en Chicago. Pensó en los terribles bumeranes de la vida, en cómo la carta —escrita para salvar la familia— podía derivar en un escándalo que la dejase medio huérfana; y al ser la pequeña y no estar casada, se vio a sí misma como una hija coraje que se desvive por dar paz a su madre, llevándosela de viaje para sacarla de esa casa encantadora, ahora vacía, resonante, plagada de fantasmas.

Finalmente, a las siete de la mañana de un miércoles, justo una semana después de enviar la carta, su padre llamó por teléfono. La despertó. Para cuando estuvo lo bastante despabilada como para decir que no, ya había dicho que sí. A continuación encendió un cigarrillo y volvió a meterse en la cama. Desde la otra cama, Fran preguntó quién había llamado.

—Mi padre. Va a venir a comer.

—Dios mío.

Cuando llegó al colegio mayor, ella ya lo estaba esperando en los escalones de la entrada, pues hacía un día cálido y luminoso. Su padre se acercó con las gafas de sol puestas y sonriendo tranquilamente, como si —tuvieran o no un problema— se alegrase de verla. Era un hombre menudo que a primer golpe de vista parecía gordo, hasta que uno caía en la cuenta de que simplemente era redondo, ya que el pecho y las caderas estaban separados por una cintura muy corta; se mantenía en forma, pues nadaba todos los días en la piscina cubierta de casa, y de hecho todavía podía hacer más series que ella. Jackie se levantó y bajó los escalones. Cuando él se inclinó para besarla, ella giró la mejilla y recibió sus labios a un par de centímetros de los suyos.

La siguió hasta el Lincoln, le abrió la puerta y Jackie le indicó cómo llegar al restaurante donde ella y Gary habían estado hablando, y una vez ahí se dirigió al mismo reservado, oscuro incluso por la tarde, donde las caras resultaban indistinguibles a menos que alguien pasara por su lado. A él le apetecía una copa antes de comer, y Jackie pidió un té helado.

—¿No quieres algo más cargado? —preguntó él.

—No me lo servirán.

Jackie pensó que su padre esperaría hasta que llegara su whisky.

—Dices que la viste en la estación —comentó.

Ella asintió y puso el bolso sobre la mesa y le ofreció un cigarrillo; él dijo que no, que eran con filtro, y ella encendió uno y lanzó una mirada por encima del hombro.

—Cuando me bajé, te vi saludar con la cabeza a alguien, así que miré y la vi subiéndose a un taxi. —Tras decir esto intentó mirarlo a los ojos, pero no consiguió pasar de la boca—. Es rubia —añadió.

—Hoy en día hay muchas rubias. Cuando yo era pequeño (antes de que hubiera televisión, quiero decir), las rubias de las películas siempre eran malas. Si una mujer era rubia y fumaba, sabías que era la mala.

Llegaron las bebidas y Jackie le dijo al camarero que quería una hamburguesa completa sin cebolla; su padre pidió una ensalada y, guiñando un ojo, se tocó la barriga, y ella se lo imaginó desnudo con esa rubia a la que vería para siempre con aquel abrigo negro montándose en un taxi.

—Después me oíste hablando por teléfono. El Sábado Santo, decías.

Ella asintió y dio un sorbo al té. Fumaba a toda máquina, inhalando hondo, sabiendo que necesitaría otro en cuanto terminara el que tenía encendido, mientras que él estaba ahí sentado tan plácidamente, tomándose su trago sin fumar, y de repente pensó que a lo mejor era un hombre corrupto y sin escrúpulos. Intentó recordar la última vez que había comulgado. Por Pascua, claro está, se había quedado en el banco mientras ella y su madre se acercaban al comulgatorio; Jackie había regresado al banco sin levantar la cabeza, con la esperanza de que su padre lo notase. En Navidad no sabía lo que había hecho, porque sus padres habían ido a la misa del gallo mientras ella estaba en una cita. En cuanto al domingo de las vacaciones de Acción de Gracias, no se acordaba, aunque estaba segura de que el verano anterior había comulgado de rodillas a su lado. En apariencia, pues, no había perdido la fe, y aun así, ahí estaba, sentado tan tranquilo, encerrando un corazón mortal, a un año de cumplir los cincuenta: la década de la muerte súbita, cuando los hombres deben velar no solo por el cuerpo, sino también por el alma. Jackie empezó a sacar otro cigarrillo de la cajetilla.

—¿Cuánto estás fumando? —preguntó.

—Un paquete.

Era una mentira que se decía también a sí misma.

—Debería haberte pagado para que no fumases, como hacen algunos padres.

—O dar ejemplo —se apresuró a decir, pero al punto se sonrojó y agachó los ojos. No estaba lista para la confrontación y, mientras miraba el vaso de té, pensó que si algún día su marido le era infiel, preferiría no saberlo.

—Supongo que eso sería lo mejor —dijo él—. ¿Y si estuvieras equivocada?

—¿Lo estoy?

—No, solo quería ver si estarías decepcionada.

—Es asqueroso —dijo ella—. Eso es lo que es.

—Imagínate que tu madre hubiera visto esa carta.

—Te la envié al banco.

—Cualquiera puede ver una carta. Imagínate que me hubiera puesto enfermo o lo que sea y que la hubieran reenviado a casa.

—Cualquiera puede oír también una conversación por teléfono.

—Correcto, así es. Como ese día que mi voz parecía... espera un segundo. —Sacó la carta y las gafas del bolsillo interior del abrigo, se puso las gafas y buscó entre las páginas—. Aquí está: «Esa voz que tenías por teléfono no era la tuya. Si he de ser sincera, sonaba como la...



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