E-Book, Spanisch, Band 69, 304 Seiten
Reihe: Narrativas Gallo Nero
Dubus Vuelos separados
1. Auflage 2023
ISBN: 978-84-19168-29-0
Verlag: Gallo Nero
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, Band 69, 304 Seiten
Reihe: Narrativas Gallo Nero
ISBN: 978-84-19168-29-0
Verlag: Gallo Nero
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Andre Dubus (Luisiana, 1936-Massachusetts, 1999) es uno de los narradores norteamericanos más refinados del siglo XX y maestro indiscutible del relato corto. Amigo y discípulo de Kurt Vonnegut, admirado por Stephen King, John Irving o Elmore Leonard, Dubus fue también ensayista, biógrafo y guionista. Recibió muchos reconocimientos literarios, entre los que figuran el Pen New England Award y el Pen Malamud Award, y fue asimismo finalista del Premio Pulitzer. En 1986 fue víctima de un accidente de coche que lo confinó a una silla de ruedas. Dancing after hours es su última recopilación de relatos, y la primera que publicó después del accidente.
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Al monte
1
Tenía la mano pequeña. Él se la acariciaba dulce, protectoramente, encima del regazo, rozando el brocado de seda del kimono con el dorso de la mano y, con la palma, la piel suave, delicada y tierna. La miró a la cara, no más grande que la de una niña, y la muchacha sonrió.
—¿Tú invita otra copa? —dijo.
—Por supuesto.
Le hizo una seña al barman, que rellenó el vasito de la chica con algo que se suponía que era whisky, aunque Gale sabía que no y le daba igual, y a continuación mezcló bourbon y agua para él, usando para ello la botella de Old Crow con la que Gale había entrado en el bar tres horas antes.
—Vuelvo enseguida —le dijo a la chica.
Ella asintió y él le soltó la mano y se bajó del taburete.
—No te muevas de aquí —dijo.
—No muevo.
Caminó con paso indeciso entre los reservados donde las muchachas japonesas bebían con los marineros. Cerró la puerta del hediondo retrete tamaño armario y orinó mientras leía los nombres de los marineros y los barcos escritos en las paredes, algunos de ellos acompañados de obscenidades garabateadas por una mano distinta y más tardía. El techo estaba intacto. Se encaramó en el inodoro, estiró los brazos y, tensando las costuras de las axilas y la parte baja del abrigo, se puso a escribir con un bolígrafo, parando de vez en cuando para agitar la tinta: «Gale Castete, Sol. usmc, Destacamento de Marines, USS Vanguard, Dic. 1961». Se quedó encima del inodoro con una mano apoyada en la puerta, leyendo su nombre. Entonces pensó en la cara de ella echada para atrás, en las raíces castañas de la frente cuando a su pelo le hacía falta tinte y el resto de la cabellera rubia derramada sobre la cabeza, los ojos cerrados, la boca entreabierta, los dientes a la vista, solo que ahora quien veía todo eso no era él... Levantó los brazos furioso para escribir una grosería detrás de su nombre, pero se contuvo; y es que al volver a leerlo sintió el suave aguijón de la inmortalidad, tenue como el susurrante aliento de una muchacha junto al oído. Se bajó, lo invadió una náusea repentina y salió del retrete en dirección al callejón de detrás del bar, donde se apoyó en una pared, se aflojó la corbata y el cuello, y levantó la cara al viento frío. Dos jóvenes japonesas salieron al callejón por una puerta situada a su izquierda y pasaron junto a él como si no estuviera, los brazos doblados y las manos dentro de las mangas del kimono, la cabeza gacha y cuchicheando de forma extraña, como un par de gaviotas.
Se sacó la billetera, deformada por el bulto de los yenes doblados, e intentó contarlos sin éxito en la oscuridad. Pensó que tenía que haber unos treinta y seis mil, ya que la noche anterior —en el mar— había recibido la carta y esa mañana al atracar en Yokosuka había retirado ciento cincuenta dólares, que era lo que llevaba ahorrado desde que se embarcara en agosto, porque ella quería un estéreo japonés (y porcelana y cristalería y sedas y lana y suéteres de cachemira y una radio transistor) y, con un par de pagas más, ya habría sido suyo. Esa noche había abandonado el barco con el dinero y dos objetivos inmediatos: agarrar una cogorza descomunal, escandalosa, y pegar un polvo, dos cosas que no había hecho en toda la travesía porque tenía motivos para no hacerlas; o eso creía. Pero primero había llamado a casa —a Luisiana— para oír de su boca lo que su madre le había dicho en la carta, y las vagas respuestas de la muchacha le habían costado treinta dólares. Después de eso se había comprado el Old Crow, había entrado en un bar y la más linda de las azafatas se le había acercado y se había quedado de pie a su lado, con la cara a la altura de su pecho, a pesar de que él estaba sentado en uno de los taburetes de la barra, le había puesto una mano en el muslo y le había dicho «¿Puedo sentar?», y él había dicho «Sí, ¿te apetece una copa?», y ella «Sí, gracias», y se había sentado y le había hecho una seña al barman y había dicho «Mi nombre Betty-san», y él «¿Y tú nombre japonés?». La muchacha se lo había dicho, pero él había sido incapaz de repetirlo, y entonces ella se había echado a reír y le había dicho «Llama a mí Betty-san», a lo que él había respondido que de acuerdo, «Yo me llamo Gale». «¿Gale-san? Es nombre de mujer.» «No —había dicho él—, es de hombre.»
Gale se abotonó el cuello, se arregló el nudo de la corbata y volvió adentro.
—Tú ido mucho tiempo —dijo ella—. Yo pienso que tú vuelve a barco.
—No. Demasiado skoshi. Creo que no voy a volver al barco.
—Tú vuelve. Te ponen en casa para mono.
—Podría ser.
Gale levantó el vaso en dirección al barman y le hizo un gesto con la cabeza a Betty, luego se miró la bocamanga, donde lucía el distintivo rojo indicativo de que llevaba cuatro años alistado sin haber subido de rango —tres años en el Ejército y dieciocho meses en los Marines—, a pesar de que ocho meses antes era soldado de primera y abrigaba esperanzas de que pronto lo ascendieran a cabo; sin embargo, una noche, mientras volvía al barco en Alameda, dos marineros le faltaron al uniforme y se armó una pelea y al día siguiente lo degradaron a soldado. Tenía veinticuatro años.
—Pienso que tú hombre con esposa —dijo Betty.
—¿Por qué lo piensas?
—Tú todo tiempo callado. Todo tiempo piensa, piensa, piensa.
Lo imitó poniendo cara de concentración y luego se echó a reír tapándose vergonzosamente la cara con ambas manos.
—Mi mujer meretriz, furcia —dijo él.
—¿Verdad?
Gale asintió con la cabeza.
—¿Mientras tú en Japón ella furcia?
—Sí.
—¿Cómo tú sabe?
—Mi mamá-san me lo ha dicho en una carta.
—Eso mucha pena.
—Creo que hoy pasaré la noche contigo, ¿te parece bien?
—Veremos.
—¿Cuándo?
—Bar cierra pronto.
—Eres muy bonita.
—¿Verdad tú cree?
—De verdad.
La muchacha se llevó las manos a la cara y se tocó los ojos con las yemas de los dedos.
—¿Tú gusta chica japonesa?
—Sí —dijo él—. Mucho.
2
Ahora no podía dormir y deseó que no se hubieran ido a la cama tan temprano, ya que al menos mientras caminaban a paso ligero por aquellas extrañas y sinuosas calles repentinamente silenciosas no pensaba más que en Betty y en la pasión que llevaba cuatro meses y medio reprimiendo; sin embargo, ahora estaba acostado fumando, consciente apenas del pie de la muchacha en contacto con su pierna y convencido de que el cabo de guardia habría reparado ya en su ausencia; se sentía impotente ante las caprichosas fuerzas que gobernaban su vida.
Se llamaba Dana. Se había casado con ella en junio, dos meses antes de zarpar, y la transición del cortejo al matrimonio comportó tan solo la adopción de ciertas responsabilidades económicas y la modificación de determinados hábitos relativos a la comida, el sueño y el uso del cuarto de baño, ya que llevaban haciendo el amor desde la tercera cita, cuando descubrió que él no solo no era el primero, sino que probablemente ni siquiera era el cuarto o el quinto. Aquella falta de inocencia no se convirtió, por sí sola, en motivo de preocupación. Sus valores morales eran una mezcla entre el calvinismo (muy atenuado desde que se había ido de casa cuatro años y medio antes), las necesidades prácticas de la vida militar y su capacidad para no razonar demasiado en términos de bien y mal. Por lo demás, tampoco se hacía excesivas ilusiones con respecto a las chicas, motivo por el cual aquella tercera cita tampoco le causó ningún sobresalto. Las preocupaciones llegaron más tarde. Aunque a menudo se atormentaba imaginando escenas del pasado de Dana, nunca hizo preguntas ni supo jamás cuántos años o chicos, luego hombres, abarcaba; aun así, tenía la impresión de que durante los últimos dos o tres o incluso cuatro años (ella tenía diecinueve) Dana lo había estado engañando de algún modo, como si la propiedad que ostentaba sobre ella fuera retroactiva. También temía las comparaciones. Pero lo que más lo reconcomía era su mundana indiferencia: el hecho de que esa primera vez se le hubiera entregado con la misma facilidad con la que, años antes, las muchachas del colegio concedían un beso, y de que aparentemente diera por hecho que Gale no esperaba ni un largo galanteo ni que ella fuera virgen. Aquellos pensamientos tenían una cualidad infecciosa, inexorable, lo hacían sentirse mayor y más sabio, como si hubiera alcanzado el final de una prolongada infancia. Al mismo tiempo, Gale presentía su propia destrucción y, en determinados momentos, la miraba a los ojos con temor.
Eran azules. Cuando se enfadaba se tornaban repentinamente duros, los ojos más duros que Gale hubiera visto, y al mirarlos siempre terminaba capitulando por miedo a que, de lo contrario, Dana le gritara aquellas cosas terribles y silenciosas que él veía en ellos. Los recuerdos de los últimos días antes de zarpar —el trayecto de California a Luisiana en el viejo Plymouth, la falta de intimidad en la casa de sus padres— abundaban en imágenes de aquellos ojos y de sus reacciones al calor y al polvo o a un mechero sin piedra o a la incapacidad de Gale para permitirse una entrada de cine o una noche de cervezas.
Se la había llevado a Luisiana porque Dana, en Alameda, vivía con su hermana y su cuñado (no tenía padres: según ella, habían muerto en un accidente de tráfico...




