E-Book, Spanisch, 344 Seiten
Reihe: Ensayo
Dunbar-Ortiz La historia indígena de Estados Unidos
1. Auflage 2020
ISBN: 978-84-121914-4-8
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 344 Seiten
Reihe: Ensayo
ISBN: 978-84-121914-4-8
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Roxanne Dunbar-Ortiz San Antonio (EE.UU.), 1939 Creció en una zona rural de Oklahoma, hija de un granjero arrendatario y de una mujer de ascendencia india. Ha participado en el movimiento indígena internacional durante más de cuatro décadas y es conocida por su fuerte compromiso con los problemas de justicia social nacionales e internacionales. Dunbar-Ortiz se graduó en el San Francisco State College en 1963, especializándose en Historia. Comenzó sus estudios de posgrado en el departamento de Historia de la Universidad de California en Berkeley, pero se trasladó a la Universidad de California en Los Ángeles para completar su doctorado en Historia en 1974. Además de este, obtuvo el diploma de Derecho Internacional de los Derechos Humanos en el Instituto Internacional de Derechos Humanos de Estrasburgo, en 1983; así como un máster de Escritura Creativa en el Mills College en 1993. También fue profesora en el recién establecido programa de Estudios Indígenas de la Universidad Estatal de California en Hayward, y ayudó a fundar los departamentos de Estudios Étnicos y Estudios de la Mujer. Su libro de 1977, The Great Sioux Nation, fue el documento fundamental de lo que sería la primera conferencia internacional sobre pueblos indígenas de las Américas, que fue celebrada en la sede de las Naciones Unidas en Ginebra. Dunbar-Ortiz es también autora o editora de otros siete libros. Actualmente vive en San Francisco.
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INTRODUCCIÓN
Esta tierra
Estamos aquí para educar, no para perdonar.
Estamos aquí para iluminar, no para acusar.
WILLIE JOHNS,
Reserva Seminola Brighton, Florida[2]
Bajo la corteza de esa porción de tierra llamada Estados Unidos de América —«desde California […] a las aguas de la corriente del Golfo», como reza la canción— están sepultados los huesos, las aldeas, los campos y los objetos sagrados de los indígenas estadounidenses.[3] Claman para que se escuchen sus historias a través de sus descendientes, que llevan consigo los recuerdos de cómo se ha fundado el país y de cómo llegó a ser lo que es hoy.
No deberían haberse destruido deliberadamente las grandes civilizaciones del hemisferio occidental, evidencia misma de su existencia, ni debería haberse interrumpido la progresión gradual de la humanidad para colocarla sobre un camino de codicia y destrucción.[4] Se tomaron decisiones que forjaron ese camino hacia la destrucción de la vida: hacia el momento en el que hoy vivimos y morimos mientras el planeta se marchita, recalentado. Conocer y aprender esta historia es, al mismo tiempo, una necesidad y una responsabilidad para con los ancestros y descendientes de todas las partes involucradas.
Lo que ha escrito el historiador David Chang sobre el pedazo de tierra que luego se convertiría en el estado de Oklahoma es válido para la totalidad de Estados Unidos: «Nación, raza y clase convergían en la tierra».[5] En Estados Unidos todo se reduce a la tierra: quién la supervisaba y cultivaba, quién pescaba en sus aguas y conservaba su vida silvestre; quién la invadió y la robó; cómo se convirtió en una mercancia («bienes raíces»), dividida en porciones, con fines de compra y venta en el mercado.
Si bien las políticas y acciones de Estados Unidos hacia los pueblos indígenas suelen describirse como «racistas» o «discriminatorias», rara vez se las presenta por lo que son: típicos casos de imperialismo y de una forma particular de colonialismo, el colonialismo de asentamiento. Como explica el antropólogo Patrick Wolfe: «La cuestión del genocidio nunca está muy desvinculada de los debates sobre el colonialismo de asentamiento. La tierra es vida o, como mínimo, la tierra es necesaria para la vida».[6]
La historia de Estados Unidos es una historia de colonialismo de asentamiento: la fundación de un Estado sobre la base ideológica de la supremacía blanca; la práctica extendida del comercio de africanos esclavizados y una política de genocidio y robo de tierras. Quienes busquen una historia con final feliz, de redención y reconciliación, pueden observar a su alrededor y comprobar que tal conclusión aún no está a la vista, ni siquiera en sueños utópicos de una sociedad mejor.
Escribir la historia de Estados Unidos desde la perspectiva de los pueblos indígenas obliga a repensar la narrativa nacional consensuada. Esta es errónea o deficiente no en sus hechos, fechas ni detalles, sino en su esencia. La aceptación del colonialismo de asentamiento y del genocidio es inherente al mito que nos han enseñado. Un mito que persiste no por falta de libertad de expresión ni escasez de información, sino por una falta de voluntad para formular preguntas que cuestionen el núcleo mismo de esa narrativa teledirigida acerca del origen de la nación. ¿De qué manera reconocer la realidad histórica de Estados Unidos puede servir para transformar la sociedad? Esa es la pregunta central que pretende responder este libro.
En mis clases sobre los pueblos indígenas de Estados Unidos siempre comienzo con un ejercicio simple. Pido a los estudiantes que dibujen un mapa muy básico del país en el momento de independizarse de Inglaterra. Casi siempre, la mayoría dibuja la forma aproximada que tiene el país en la actualidad, desde el Atlántico al Pacífico, es decir, el territorio continental que no se apropió sino hasta un siglo después de la independencia. Lo que se independizó en 1783 fueron las trece colonias británicas que abrazaban la costa atlántica. Cuando se los corrige, se avergüenzan porque en realidad lo saben. Yo les aseguro que no son los únicos. A ese ejercicio lo llamo «el test Rorschach del destino manifiesto», doctrina inserta en casi todas las mentes del país y del mundo. El test refleja la aparente inevitabilidad de la extensión y el poderío de Estados Unidos, su destino y el supuesto implícito de que el territorio era en el pasado terra nullius, tierra sin personas.
La canción de Woody Guthrie «This Land Is Your Land» [Esta tierra es tu tierra] celebra que la tierra pertenezca a todos, y así refleja el destino manifiesto inconsciente con el que vivimos. Pero que Estados Unidos se extienda «de un radiante mar al otro» fue intención y creación de los fundadores del país. Tierra «libre» fue el imán que atrajo a los colonos europeos; muchos eran dueños de esclavos y buscaban tierras sin límites para sus rentables cultivos comerciales. Después de la guerra por la independencia, pero antes de que se redactara la Constitución estadounidense, el Congreso Continental emitió la Ordenanza del Noroeste. Fue la primera ley de la incipiente república y revelaba el móvil de quienes deseaban la independencia. Fue el borrador que permitió engullir el Territorio Indio protegido por Inglaterra («Territorio del Ohio»), ubicado al otro lado de los montes Apalaches y Allegheny. Inglaterra había ilegalizado los asentamientos en esa zona mediante la Proclamación de 1763.
En 1801, el presidente Jefferson dio una descripción acertada de las intenciones de expansión continental horizontal y vertical del nuevo Estado colonizador: «Aunque los intereses actuales nos confinen a nuestros propios límites, es imposible no ansiar tiempos futuros en los que nuestra rápida multiplicación se extenderá más allá de esos límites y cubrirá todo el norte, si no el sur, del continente, con un pueblo que hable el mismo idioma, gobernado de manera similar por leyes similares». Esta visión del destino manifiesto tomó forma años después en la doctrina Monroe, en la que se anunciaba la intención de anexar o dominar los antiguos territorios coloniales de España en las Américas y el Pacífico, intención que se pondría en práctica durante el resto del siglo.
Las narrativas sobre el origen de una nación conforman el núcleo vital de la identidad aglutinadora de un pueblo y de los valores que lo guían. En Estados Unidos, la fundación y el desarrollo del Estado de colonos angloestadounidense implican una narrativa según la cual los colonos puritanos tenían un pacto con Dios para ocupar la tierra. Esa parte de la historia sobre el origen se ve respaldada y reforzada por el mito de Colón y la doctrina del descubrimiento. Mediante una serie de bulas papales de fines del siglo XV, las naciones europeas adquirieron titularidad sobre las tierras que «descubrieron», y los habitantes indígenas perdieron su derecho natural a ellas después de que los europeos llegaran y las reclamaran.[7] Como señala el profesor Robert A. Williams respecto de la doctrina del descubrimiento:
En respuesta a los requisitos de una era paradójica de Renacimiento e Inquisición, los primeros discursos modernos occidentales sobre la conquista articulaban una visión de una humanidad unida por un estado de derecho que era posible descubrir únicamente a través de la razón. Para desgracia del indígena americano, el primer intento del oeste por realizar esta noble visión de una Ley de Naciones incluyó el mandato de que Europa subyugara a todos los pueblos cuyas divergencias radicales de las normas de conducta adecuadas derivadas de Europa hicieran necesarias su conquista y regeneración.[8]
Según el mito de Colón, a partir de la independencia de Estados Unidos los colonos se vieron a sí mismos como parte de un sistema mundial de colonización. «Columbia», el nombre poético y latinizado que designa a Estados Unidos desde su fundación y a lo largo del siglo XIX, deriva del nombre de Cristóbal Colón. La «Tierra de Colón» se representaba —y aún es así— mediante la imagen de una mujer en esculturas y pinturas, mediante instituciones, como la Universidad de Columbia, y en innumerables topónimos, entre ellos, el de la capital nacional, el Distrito de Columbia.[9] El himno de 1789, «Hail, Columbia», fue el himno nacional en los comienzos y ahora se utiliza cada vez que el vicepresidente hace una intervención pública; el Día de Colón es fiesta nacional todavía en nuestros días, a pesar de que el mentado nunca puso un pie en el continente que reclamó Estados Unidos.
Tradicionalmente, los historiadores del país que ansiaban tener trayectorias exitosas en la academia y escribir libros de texto escolares que dieran buenas ganancias se convertían en protectores de este mito sobre el origen. Luego, con el revuelo cultural que se dio en el mundo académico durante la década de 1960, hijo del movimiento por los derechos civiles y del activismo estudiantil, los historiadores llegaron a exigir objetividad y equidad en la revisión de las interpretaciones de la historia estadounidense. Alertaron contra la...




