Duncan | La construcción multiétnica del pueblo de Costa Rica | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, 344 Seiten

Reihe: Debates del Bicentenario

Duncan La construcción multiétnica del pueblo de Costa Rica

Mestizaje, pluricultura y diversidades
1. Auflage 2021
ISBN: 978-9930-58-083-7
Verlag: Editorial Costa Rica
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

Mestizaje, pluricultura y diversidades

E-Book, Spanisch, 344 Seiten

Reihe: Debates del Bicentenario

ISBN: 978-9930-58-083-7
Verlag: Editorial Costa Rica
Format: EPUB
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Esta obra es multiétnica y pluricultural, tanto en su contenido como en su autoría, en la medida en que fue escrita en su gran mayoría por los descendientes de poblaciones migrantes.

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Capítulo 2


El afrodescendiente en Guanacaste


Ronal Vargas Araya

1. Autopercepción del guanacasteco:


La cultura y el folclor costarricense le deben mucho de su expresividad típica a las tradiciones guanacastecas, pues precisamente por ser una de las provincias más empobrecidas del país, sus ciudadanos han tenido que migrar como sabaneros errantes por todo el territorio nacional en busca de mejores alternativas laborales y económicas, dejando aquí sus familias y fundando nuevos núcleos familiares a lo largo y ancho de los 51 mil kilómetros cuadrados que separan las fronteras entre Panamá y Nicaragua, con lo cual se siente el guanacasteco no solo un tico más donde quiera que viva, sino un tico distinto, un tico original, un tico con tradiciones propias de las que siente un gran orgullo manifestarlas públicamente con el sonido profundo de las marimbas, los alegres bailes folclóricos, el fuerte grito guanacasteco, las divertidas bombas, las entretenidas retahílas y otras expresiones orales y culinarias que le identifican como hijo de la pampa.

Pero en medio de este orgullo regionalista que caracteriza al guanacasteco, ha existido un resentimiento histórico contra “los cartagos”[2] que no dejan de considerarlos “nicas regalados”, y se refieren a los hijos de esta provincia como “guanacos” que se asemejan más, en el habla, con los vecinos pinoleros del norte que con los ticos[3] del sur, y que hasta en sus bebidas y comidas tienen un mayor parentesco con el arte culinario nicaragüense. Tal situación no es una acusación fortuita, pues obedece a la hermandad histórica que ha caracterizado a guanacastecos y nicaragüenses por siglos, pues ambas poblaciones tienen la común raíz chorotega que las une desde que conformaron La Gran Nicoya y ha sido el resultado de muchas migraciones de los vecinos del norte desde el siglo XIX, generadas por motivos bélicos, políticos o económicos. Por eso en Guanacaste son comunes no solo los apellidos de origen nicaragüense sino también otros elementos propios de aquel país, particularmente en los cantones de Liberia y La Cruz, donde sinnúmero de familias tienen ascendencia rivense o granadina.

Pero en esa visión de Guanacaste, se ha invisibilizado la herencia afrodescendiente presente en muchos pobladores de todos los cantones de la provincia, particularmente de Santa Cruz, Cañas y Bagaces, ciudades que desde hace más de 250 años se caracterizaban por tener el mayor porcentaje de su población de origen afro mestiza (mulata), por encima de las poblaciones blanca (europea) e indígena (chorotega o corobicí). Salvo algunas excepciones recientes, la manera como se ha escrito la historia de Guanacaste no siempre coincide con esta realidad demográfica, pues se ha invisibilizado el aporte de la población afrodescendiente, reduciendo las tradiciones y comportamientos de sus habitantes a la herencia hispana e indígena, con lo cual se niegan los orígenes étnicos afro. Esta raíz afro presente en la cultura y en la manera de ser del guanacasteco ha sido poco estudiada por los historiadores; no se enseña en los centros escolares, no es reconocida en los aportes de grandes personajes de color y desapareció casi por completo en muchas leyendas, poesías, cantos e himnos regionales, donde solo se reconoce el origen genético hispano (europeo), chorotega y nicaragüense de nuestra actual población guanacasteca, algo similar a lo que sucede en la autopercepción del resto de la población nacional.

La identidad costarricense construida en el contexto de la formación de la nación costarricense al final del siglo XIX se basaba en la imagen de una nación blanca, homogénea, pacífica, democrática y campesina (…) Esta imagen recalcaba la singularidad de la nación costarricense en el contexto regional mesoamericano –como la nación más europea– y la diferenciaba de las demás naciones mesoamericanas (…) Es por la primacía dada a la característica de la “blanquitud” en particular que esta construcción a la vez que excluye “otros externos” también creó “otros internos” y limitó a la nación costarricense a la población del Valle Central (Molina, 2008).

Los grupos que no calzaban en el estereotipo de la “blanquitud” fueron marginados y excluidos del discurso de nacionalidad costarricense. Son grupos que mayoritariamente se localizaban fuera de la Región Central del país. Tales fueron los casos de indígenas, afrodescendientes y guanacastecos, percibidos como nicaragüenses e indígena (Molina, 2015).

Es así como la marginación histórica del tico hacia el guanacasteco ha propiciado el orgullo de las raíces chorotegas en este último, a pesar de que es más evidente la herencia afrodescendiente, la cual se procura a toda costa ocultar, excusándose en un desconocimiento histórico-cultural.

2. Los orígenes antiguos de la población afrocaribeña en Guanacaste


No faltan los historiadores que afirmen que mucho antes de Cristóbal Colón, la etnia negra ya estaba aquí, en tierras americanas, levantando la economía y mezclándose con la cultura aborigen; sin embargo, no hay pruebas históricas contundentes que demuestren tan aventurada hipótesis. Lo que sí podemos afirmar con más exactitud es que el conquistador Pedro de Alvarado trajo a Centroamérica, en 1524, las primeras personas esclavizadas negras para avanzar en las labores de colonización de Guatemala y El Salvador, y que en la expedición de Juan de Cavallón y el cura Estrada Rávago, iniciada en 1560, ya se contaba con una rica diversidad cultural en el grupo de conquistadores que avanzaron desde Nicaragua hacia el interior de Costa Rica, entre los cuales “no faltaban algunos negros esclavos, expertos en las minas, diestros en la localización de depósitos de metales preciosos” (Solórzano-Quirós, 2006). A un importante sector de las personas negras y mulatas se les integró a “las milicias llamadas a defender la región de los ataques de piratas, y como mano de obra para las labores en las haciendas” (Gudmunson, 1978), y se convirtieron de alguna manera en la población de reemplazo. En el caso de Costa Rica, documentos en el Archivo Nacional sitúan la llegada de los africanos coloniales entre los años 1600 y 1770.

La primera presencia en nuestras tierras de esclavizados negros visualizó su desempeño como soldados en las expediciones de los españoles y en el mantenimiento de sus embarcaciones.

Una vez los europeos establecidos en tierra firme, los esclavos negros fueron destinados en diferentes faenas, como la agricultura de subsistencia, el acarreo de productos, la producción ganadera bovina y caballar, también en labores domésticas, (…) la extracción de maderas, la ganadería, el trasiego de mercancía (Olivares, 2010).

La ubicación de estas poblaciones facilitó la mezcla de personas indígenas y negras. A esa población zamba y mulata, mayoritaria en Guanacaste, se les dio el nombre genérico de “cholos”.

La presencia de africanos en considerables proporciones se explica por la exportación de gran cantidad de los pobladores de Nicoya a lo largo del siglo XVI para que apoyaran a los españoles en la conquista y trabajaran en la explotación minera del Perú. Esto vino a sumarse a la catástrofe demográfica y a otros factores como las enfermedades y la guerra. Este hecho, un siglo después, redujo al mínimo la población nativa chorotega y dio auge a otra introducción de la población afrodescendiente.

En el siglo XVI y parte del siglo XVII la población negra todavía era pequeña en la pampa, y, por el contrario, sobresalía la chorotega. Sin embargo, conforme esta población originaria fue sucumbiendo por las enfermedades, pestes, epidemias, el maltrato y el viaje sin retorno a las explotaciones mineras de Perú, los hacendados debieron recurrir cada vez más a los africanos para el trabajo agrícola, ganadero, pesquero y maderero de las grandes haciendas, y posteriormente en las actividades mineras y de construcción.

Uno de los documentos más antiguos que se han encontrado sobre un esclavo en Nicoya, es del año de 1603 con la declaración de Juan Biafara negro esclavo, quien trabajaba en una estancia cerca del astillero de Santa Catalina de Nandayuri (también antiguo puerto de Nicoya en el actual cantón de Nandayure) en labores mixtas junto a indígenas, también en el año de 1623 cuatro esclavos angolas son mencionados en el testamento de Juan Martin de Montalvo constructor de barcos, estos vivían en la casa de su amo muy cerca también del astillero de Santa Catalina de Nandayuri (…) Los cuatro esclavos angolas que Montalvo poseía llamados Pedro, Francisco, Juan y María (Cabrera, 2018).

Un buen número de africanos llegó a Nicoya en el siglo XVII. Según el obispo Thiel, para 1611 había allí unas 200 personas de origen africano, los cuales eran de la región central del continente negro, originalmente del Reino del Congo, la mayoría, y de Angola. Estos africanos se integraron al trabajo, junto a indígenas y mestizos.

La siguiente cita ilustra sobre su presencia y los roles en la actividad económica del momento. En 1624:

Juan y Pablo de Almeida, esclavos de Antonio Almeida, venden unas tablas a Lorenzo de Goa Vizcaíno en 23 pesos los cuales pagaron al Cacique Don Blas de Contreras Sindico del convento de la Asunción de Nicoya para el rezo y misas por el alma de su amo difunto, también trabajaron en este astillero negros libres como Pablo Corzo supervisor de proyectos de construcción en 1674 (Cabrera,...



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