E-Book, Spanisch, 480 Seiten
Reihe: TBR
Durán Tres maneras de decir te quiero
1. Auflage 2025
ISBN: 978-84-19621-82-5
Verlag: TBR Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 480 Seiten
Reihe: TBR
ISBN: 978-84-19621-82-5
Verlag: TBR Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Achilles Barone, sorprendido en actitud cariñosa con un hombre misterioso. Las calles de la capital francesa han sido testigo de un encuentro presuntamente romántico entre el heredero al trono de Trasia y un desconocido. Tras el aparatoso accidente sufrido por el príncipe Achilles hace unas semanas, no se había vuelto a tener noticias sobre su estado de salud. Fuentes fidedignas afirman que su prometida, la princesa Geneviève, le ha estado acompañando en estos difíciles momentos. Resulta llamativo encontrarnos ahora con estas imágenes tan comprometedoras del príncipe y su enigmático acompañante. ¿Habrá roto su compromiso con nuestra querida princesa o se trata de una burda traición? Estaremos atentos para mantener informados a nuestros lectores.
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2
LEVI
La redacción era un caos de gritos y gente corriendo de un lado para otro, pero había una voz que se alzaba por encima de las otras. Margot Dubont siempre había sido una mujer de mecha corta, pero ese día estaba más irritada de lo normal. Y no era para menos.
–¡No me puedo creer...! –gritaba a nadie en concreto. Volvió a vociferar, juró en arameo y luego se giró y me lanzó una mirada que casi me hizo encogerme en la butaca–. Tú –empezó. Dedo acusador en ristre, se acercó a mí–. ¡La exclusiva era nuestra! ¡¿Me puedes explicar por qué coño el L’Écho des Lumières tiene en portada la que iba a ser nuestra primicia?!
–No lo sé.
Margot Dubont perdió el habla. Pequeñas manchas de color rojo le coloreaban la cara.
–¿Qué? –preguntó al fin–. ¿Que no...?
Pude ver cómo, tras la furia que transmitía, la última motita de esperanza que albergaba se desinflaba como un globo.
No, no era una estrategia, y tampoco algo que yo hubiera planeado. El maldito L’Écho nos había adelantado y no tenía ninguna explicación que ofrecer, mucho menos un plan B.
El francés no era mi lengua materna y, sin embargo, entendí todos y cada uno de los insultos que mi jefa lanzó al aire. No eran contra mí, así que decidí que lo mejor era dejarlo estar. En realidad, comprendía el enfado y la rabia que sentía.
Nuestro principal competidor acababa de reventarnos la exclusiva del siglo.
Y no era la primera vez. L’Écho llevaba meses reventándonos las noticias, publicándolas antes que nosotros. Al principio me pareció mala suerte; tal vez una señal de que, quizás, deberíamos replantearnos nuestro método de trabajo. Pero después de esto, ya no tenía ninguna duda.
Nada era casualidad.
Había entrado en la plantilla de Le Monde Éclairé hacía ya tres años. El periódico había sido todo un referente en información política durante el siglo pasado, pero desde el comienzo del nuevo milenio había ido perdiendo su influencia y cada vez eran menos los lectores que se hacían con un ejemplar en los quioscos. La mayoría de las ganancias que generábamos venían gracias a los anuncios de la página web, una estrategia tan volátil que podía estallar en cualquier momento. Nos encontrábamos en la cuerda floja, y solo un milagro podía salvarnos de la quiebra.
Un milagro que yo había encontrado.
Un affaire. El presidente de Francia le estaba poniendo los cuernos a su marido con la cabeza del principal partido de la oposición. Llevaba meses siguiendo pistas, desde aquel soplo que me había llegado al correo electrónico una mañana. Meses recopilando pruebas. Meses de llamadas, de reuniones con mis fuentes, meses de dura investigación que se habían quedado en... nada.
Apenas le había hablado a nadie de la bomba que me traía entre manos. Era imposible que L’Écho hubiera llevado una investigación paralela y se nos hubiera adelantado. Imposible.
Joder, ¿cómo no iba a comprender el enfado de Dubont? Era un fiel reflejo del mío.
–¿J-jefa? –preguntó una voz. Era el nuevo becario, un joven con muchas ideas pero poca iniciativa. Se encontraba en el umbral del despacho, como si le aterrara la posibilidad de cruzar y enfrentarse cara a cara con la ira de su jefa. Cuando nuestra atención se centró en él, su rostro oscuro empalideció. Casi me dio pena–. Tiene una llamada. B-bueno, varias, en realidad. Son algunos periodistas y... –echó una rápida ojeada al cuadernito que traía entre manos– políticos. De todos los colores, me refiero. Quieren saber cómo es posible que...
–¡Luego! –gritó Margot. El becario pegó un pequeño brinco. Asintió varias veces, repitió «Sí, sí, por supuesto» como un poseso y cerró la puerta.
Entonces se hizo el silencio. Margot Dubont se apretó con fuerza el puente de la nariz y se dirigió hacia el minibar. No le hizo falta preguntar. Sirvió dos copas de whisky y me ofreció una de ellas.
–Estamos jodidos.
Ahí estaba. La derrota.
Margot Dubont se apoyó en el escritorio y se bebió la copa de un solo trago.
No contesté. Moví el vaso, haciendo tintinear los hielos.
–Tenemos un topo –sentencié.
Hijo de puta.
Las desgracias nunca vienen solas. Y, si pueden hacerlo cuando ya estás teniendo un mal día, mejor.
Tras horas de largos interrogatorios, aún no habíamos averiguado quién era el topo. Margot y yo quedábamos descartados, y tampoco creíamos que fuera el becario porque no tenía acceso a la información más delicada, pero eso no hacía las cosas más fáciles. Sin contarnos a nosotros, había un total de quince empleados más. Quince potenciales sospechosos. Imposible acabar con todos en un solo día, y eso que Margot le había puesto mucho empeño.
Al final, a eso de las ocho de la tarde, se había cansado de hacer las mismas preguntas, pero mi jornada laboral no había terminado ahí. Antes de volver a casa, Dubont y yo nos habíamos sentado a responder los correos y mensajes que habíamos estado ignorando durante la mañana, así que, al final, había salido de la redacción a las diez de la noche. En fin, un maravilloso día de trabajo de más de doce horas.
Pillar el metro siempre me ponía de mal humor. Mi madre solía decir que era tontería tener coche si vives París y yo, que soy imbécil, le había hecho caso y había dejado el mío en Londres. Por si fuera poco, estaba subiendo las escaleras del portal cuando recordé que hacía solo un par de semanas desde que me había mudado y aún tenía la nevera vacía. Podía echarle la culpa al exceso de trabajo, a la falta de tiempo o a no estar acostumbrado a vivir solo, qué más daba. El caso era que no me había quedado más remedio que dar marcha atrás, pasar por un supermercado veinticuatro horas a comprar algo con lo que llenar el estómago y volver cargado de bolsas a casa.
Por supuesto que mi apartamento no tenía ascensor. Y yo vivía en la buhardilla.
La misma buhardilla que me había parecido una ganga cuando estaba ojeando pisos para una rápida mudanza. Ahora entendía por qué llevaba meses sin inquilino.
Para cuando abrí la puerta de casa, ya eran las once de la noche y tenía las pilas bajo mínimos. Mi plan inicial era sentarme frente a la televisión, cenar e irme a la cama cuanto antes, pero a la vida le gusta jugar a las cartas y, al parecer, a mí me había tocado la peor mano.
El gato había estado jugando con el rollo de papel y tenía la casa hecha un desastre. También se había peleado con el gato del vecino y parecía que había perdido la pelea, porque cojeaba un poco y tenía una herida en la única de sus orejas. Gatástrofe había sido la mascota de mi hermanastra hasta que se dio cuenta de que a su hijo le daba alergia y me lo había encasquetado. No nos llevábamos bien, y empezaba a sospechar que jamás lo haríamos. Nuestra relación era puramente profesional: yo le daba de comer y le ofrecía un techo bajo el que vivir a cambio de que él me llenara la ropa de pelos y cazara alguna que otra mosca.
Curar las heridas de un bicho que te odia es una putada, pero si ese ser en cuestión tiene garras y dientes con los que atacar, la experiencia acaba siendo hasta traumática.
Sin embargo, la peor de todas las desgracias del día me estaba esperando en la encimera, junto a las bolsas sin vaciar del supermercado. Un sobre certificado que había recogido el portero y que me había entregado de malas maneras a pesar de verme con las manos ocupadas.
Sabía que tenía que llegar tarde o temprano, pero supongo que uno nunca está preparado para ver el convenio regulador de divorcio que pone fin a tu matrimonio.
–¿Y qué hago? ¿Lo firmo, así, sin más? ¿Sin reunirnos antes para hablar las cosas?
Jemima suspiró. Llevaba una mascarilla de color verde que le daba el aspecto de un ogro. Mi mejor amiga, que tenía un gusto exquisito a la hora de vestir y solía combinar la montura de sus gafas (sí, es bastante miope) con el modelito que vestía, en ese momento estaba en pijama y a punto de irse a la cama. Bizqueaba un poco, tratando de enfocar la pantalla del teléfono.
–Bebé –me dijo con la voz cansada de la cantidad de veces que había repetido las mismas palabras–, fuiste tú quien decidió desvincularse del divorcio, ¿recuerdas? Lo lógico es que ella se haya buscado un abogado y que haya dado el primer paso.
–Sí, pero...
–Pero ¿qué? –Jemima se incorporó sobre el colchón y me lanzó una mirada incriminadora–. Dime que no estabas pensando en arreglar las cosas con Ruby.
–No, no –dije, sin dudar ni un segundo.
–¿Seguro?
Esta vez sí que vacilé. Me pasé la mano por la cara y estiré las piernas hacia atrás.
Llevaba quince minutos despotricando contra la demanda de divorcio y el amor en general, y estaba empezando a dolerme el cuerpo. El apartamento aún estaba sin arreglar. Sin contar la cocina y el sofá, todavía tenía muebles bajo plástico y cajas por todas partes. Gatástrofe estaba durmiendo en un cojín y, después de nuestro encontronazo, no quería acercarme a molestarlo, así que mientras él era dueño absoluto del sofá, a mí no me había quedado más remedio que pararme junto a la encimera, con el móvil apoyado en un vaso, una ensalada a medio comer y los ojos de Jemima escrutando hasta la más mínima arruga de mi cara.
–No quiero volver con Ruby...




