Earhart | El último vuelo | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 224 Seiten

Earhart El último vuelo

Diario de la aventura que la convirtió en leyenda
1. Auflage 2024
ISBN: 978-84-10243-06-4
Verlag: Plataforma
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

Diario de la aventura que la convirtió en leyenda

E-Book, Spanisch, 224 Seiten

ISBN: 978-84-10243-06-4
Verlag: Plataforma
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En 1937, Amelia Earhart se propuso ser la primera mujer en dar la vuelta al mundo en avión. El último vuelo es la reconstrucción de los diarios, cables y mensajes que envió a su esposo durante las distintas etapas de su viaje con el objetivo de publicar la crónica de su aventura una vez que su avión aterrizara nuevamente en California. No consiguió llegar a la meta. La última señal por radio recibida la situó cerca de la isla de Howland, en el Pacífico, tras un vuelo de diez horas desde Lae, Nueva Guinea. Su desaparición en el mar, y el hecho de que nunca se encontraran sus restos, dio lugar a todo tipo de teorías e hizo aún más grande su leyenda. Esta es la historia de una mujer que se negó a ver el mundo con la mirada de su época y se convirtió en una fuente de inspiración para las generaciones venideras.

Amelia Earhart nació en Atchison, Kansas, el 24 de julio de 1897, y desapareció el 2 de julio de 1937. Profesora, conferenciante y pionera de la aviación estadounidense, fue una de las primeras en promover los viajes aéreos comerciales y tuvo un papel fundamental en la formación de The Ninety-Nines, una organización para mujeres pilotos. Publicó dos libros en los que relata sus experiencias como piloto: 20 horas 40 minutos (1928) y Por el placer de hacerlo (1932). El último vuelo se publicó el mismo año de su desaparición, en 1937. Fue declarada muerta el 5 de enero de 1939.
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La formación de una aviadora


Los aviadores siempre tienen un sueño.

El mío, tener un avión de varios motores, probablemente cobró forma en mayo de 1935 por primera vez durante un vuelo sin escalas entre Ciudad de México y Nueva York.

El trayecto en línea recta de Tampico a Nueva Orleans me llevó a volar mil cien kilómetros por encima del golfo de México. Al no haber nubes el mar era muy visible. Me pareció una cantidad de agua inmensa. Ya había cruzado por aire con anterioridad el Atlántico Norte y había volado de Hawái a California. Los tres vuelos transcurrieron principalmente durante la noche y con densas nubes durante casi todas las horas de luz diurna. De los aproximadamente diez mil kilómetros que llevaba recorridos sobre el océano, apenas lo había visto.

Como era de día y había buena visibilidad el golfo de México se veía grandioso. Empecé a darle vueltas en mi imaginación a lo que ocurriría si el único motor de mi Vega Lockheed fallara. Mi fiel motor Wasp no me había fallado nunca, ni siquiera había emitido la menor protesta, pero aun así la maquinaria más perfecta podría sufrir una indigestión.

Así pues, en aquella soleada mañana sin tierra a la vista, fue cuando le prometí a mi bonito y rojo Vega que no volvería a hacerlo volar sobre agua. También me prometí a mí misma que mis próximos vuelos oceánicos los realizaría en un aparato de más de un motor y capaz de mantenerse en el aire con uno solo, por si acaso.

Desde mi punto de vista esto supuso, en cierta manera, el inicio del proyecto del vuelo alrededor del mundo. Ignoraba dónde se hallaba el árbol en que crecen estos carísimos aviones, pero tenía claro lo que quería: un Lockheed Electra, el hermano mayor de mi Vega, por así decirlo, también con motores Wasp, por supuesto.

La confiada simplicidad de los pensamientos de un piloto hacía que me pareciera que, de una manera u otra, mi sueño se cumpliría. Una vez que tuviera en mano mi premio, el vuelo que más me apetecía intentar, la circunnavegación del planeta lo más cerca del ecuador posible, sería posible.

Antes de ponerme a escribir sobre la preparación del vuelo y el viaje en sí mismo, creo que es necesario resumir brevemente la carrera de esta muchacha que creció entusiasmada por la aviación: el quién, el cuándo y el porqué de esta piloto en particular.

La primera vez que vi un avión tenía diez años. Estaba en un recinto parcialmente cerrado de la Feria Estatal de Iowa, en Des Moines. Era un cacharro de metal oxidado y madera aparentemente carente de interés alguno. Uno de los adultos que me acompañaban me dijo: «Mira, cariño, vuela», y miré hacia donde me señalaba, aunque debo confesar que estaba mucho más interesada por el absurdo sombrero, hecho con un cesto para melocotones dado la vuelta, que por los quince centavos que me acababan de regalar. A la luz de mi conducta a lo largo de los años desconozco a qué conclusiones llegarían hoy los psicoanalistas, pues no soporto los sombreros, me los quito a los pocos minutos de llevarlos y, además, estoy segura de que ahora sería incapaz de fijarme en el modelo de sombrero más elegante y sofisticado si cerca hubiera un avión.

La siguiente vez que un aeroplano me llamó la atención fue tras el final de la Gran Guerra. Me hallaba otra vez en una feria: la gran exposición de Toronto, Canadá. Había ido con una amiga a ver una exhibición de vuelo acrobático que iba a realizar un destacado piloto recién llegado de la guerra. Aquellos hombres eran los héroes del momento y se les contrataba para eventos sociales con el fin de entretener a los asistentes con sus acrobacias. Los aviones que pilotaban con tanta valentía eran tan singulares como ellos; la aviación estaba dando sus primeros pasos por aquel entonces. Las opciones laborales que tenían esos pilotos era volar con acompañantes tan temerarios como ellos, enseñar a volar a alumnos aún más temerarios o dedicarse a los vuelos de exhibición. No cabía en la cabeza de nadie la posibilidad de que los aviones pudieran convertirse en medio de transporte, como ocurre hoy en día. Mi amiga y yo nos situamos en un claro para ver el espectáculo. Contemplamos un pequeño avión que describía giros y rizos en el aire, una silueta negra recortada contra el cielo excepto cuando el sol de la tarde teñía el rojo escarlata de sus alas. Al cabo de unos quince minutos el piloto inició su descenso hacia la multitud.

Hoy recuerdo ese momento desde la perspectiva de una aviadora experimentada y creo comprender por qué lo hizo: ya estaba más que aburrido. Había agotado su repertorio de tirabuzones, piruetas y toneles y no le quedaba más trucos por hacer que observar cómo la gente huía despavorida mientras él pretendía precipitarse contra el suelo.

En 1918, para aliviar la monotonía de no poder volar a ningún sitio, los pilotos hacían deslizar las ruedas de sus trenes de aterrizaje sobre vagones de trenes en movimiento, sobrevolaban barcos a tan baja altura que los tripulantes se tumbaban boca abajo en la cubierta aterrorizados y descendían en picado sobre gente que estaba en la playa o que habían salido de comida campestre. Hoy en día este comportamiento sería sancionado con la pérdida de licencia del piloto que hiciera travesuras parecidas.

Estoy segura de que dos mujeres solas en campo abierto eran una tentación. Apostaría a que se dijo a sí mismo: «¡Mirad cómo las hago salir por piernas!». Tras varios intentos una de ellas sí salió corriendo, pero la otra permaneció donde estaba. Recuerdo, con la misma mezcla de miedo y placer que me invadió, cómo contemplé aquel pequeño aeroplano en su punto máximo de descenso hacia tierra. Mi sentido común me advertía de que si algo fallaba en el motor o el piloto perdía el control, nos convertiríamos ambos en una bola de fuego. En aquel momento no lo capté, pero creo que aquel pequeño aeroplano rojo me dijo algo al pasar zumbando junto a mí.

Durante la guerra trabajé en un hospital. Aquella experiencia me hizo decidir que lo que más me interesaba era la medicina. Tanto si esta me necesitaba como si no, me matriculé en la Universidad de Columbia, en Nueva York, y empecé a hacer las cosas raras que hacen los futuros médicos tales como dar zumo de naranja a ratones o disecar cucarachas. Esas eran las primeras cucarachas que veía, solo recuerdo que tenían un cerebro muy grande.

Unas vacaciones de verano fui a California. Ahí descubrí algo distinto a las exhibiciones acrobáticas de la posguerra: las reuniones aéreas. Asistí a todas las que pude hasta que un día tuve la oportunidad de volar. Fue Frank Hawks el primero que me llevó en avión. Por aquel entonces era ya un aviador famoso que iba de población en población por la Costa Oeste ofreciendo vuelos de exhibición.

Supe inmediatamente, suspendida a sesenta o noventa metros del suelo, que iba a ser aviadora. Estoy segura de que mi madre supo incluso antes que yo lo importante que serían los aviones para mí, puesto que me ayudó a comprar el primero. Era un aeroplano ligero desarrollado en Estados Unidos, de segunda mano y pintado de un brillante color amarillo. El motor era tan rudimentario y tosco que los pies se me quedaron dormidos en la palanca del timón a los pocos minutos. Con mi salario apenas tenía suficiente para pagar el hangar, pero se me ocurrió alquilar el aparato para exhibiciones a cambio de tener garaje gratis.

Un año después de comprar el aeroplano, mi vuelo más largo consistió en seis kilómetros desde Long Beach a Pasadena. A pesar de ello, estaba impaciente por intentar atravesar el continente por aire. Como no podía comprar la gasolina por mi misma, me avine a compartir el coche con mi madre. Si mi plan original hubiera funcionado, estoy segura de que no estaría aquí para contarlo.

Durante el año siguiente volé todo lo que mi presupuesto me permitió. Entonces apareció el Friendship. Por aquel entonces trabajaba en Boston de asistente social en Denison House, una de las instituciones benéficas más antiguas de Estados Unidos.

—Una llamada para usted, señorita Earhart.

—Dígales que estoy ocupada —en aquel preciso instante me hallaba en medio de un torbellino de niños del vecindario, sirios y chinos, que acudían en masa para recibir clases y para jugar.

—Dicen que es importante.

Ante la insistencia, me excusé y me puse al teléfono. Una voz masculina me preguntó si estaba dispuesta a hacer algo arriesgado en el aire. Al principio creí que era una broma y así se lo dije. En varias ocasiones me habían abordado contrabandistas de licor prometiéndome grandes beneficios sin correr ningún riesgo: «Y usted no correrá ningún peligro, señorita».

La franqueza con que mencionó el riesgo me llamó la atención y despertó mi curiosidad. Pedí referencias y mi interlocutor me las dio. Eran buenas.

—¿Le gustaría hacer un vuelo transatlántico? —me preguntó.

—Sí —respondí sin ninguna vacilación—. Siempre y cuando el equipo sea el adecuado y la tripulación esté capacitada. —Nueve años atrás los vuelos transatlánticos no eran tan habituales y frecuentes como hoy en día; mi experiencia como piloto se limitaba a unos cientos de horas en los pequeños aviones que mi trabajo y mi situación económica me permitían.

Así pues, me fui a Nueva York para conocer al hombre al que le habían ofrecido la peregrina misión de hallar una mujer dispuesta a cruzar el Atlántico en avión.

Me dio a entender que la candidata tenía que ser una piloto con cierta distinción social, educada, encantadora y, a poder ser, guapa.

Su...



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