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E-Book, Spanisch, 416 Seiten

Edgar Creados y creadores

Una teología bíblica de la cultura
1. Auflage 2019
ISBN: 978-84-121236-2-3
Verlag: Andamio Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

Una teología bíblica de la cultura

E-Book, Spanisch, 416 Seiten

ISBN: 978-84-121236-2-3
Verlag: Andamio Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



El evangelio de Jesucristo está inserto siempre dentro de un contexto cultural específico. Pero, ¿cómo debemos abordar los cristianos la compleja relación entre nuestra fe y la cultura que nos rodea? ¿Debemos limitarnos a apartarnos de nuestra cultura? ¿Debemos identificarnos con sus prácticas y su cosmovisión? ¿Hasta qué punto es importante que participemos en ella? ¿Y cómo podemos hacer eso con discernimiento y fidelidad? William Edgar nos ofrece una rica teología bíblica que tiene en cuenta nuestra cultura contemporánea, una teología que afirma que los cristianos deberíamos (de hecho, debemos) participar de la cultura que nos rodea. Al analizar lo que tiene que decir la Escritura sobre el papel de la cultura y extrayendo conclusiones de obras de diversos teólogos (incluyendo a Abraham Kuyper, T. S. Eliot, H. Richard Niebuhr y C. S. Lewis), Edgar sostiene que la participación cultural es un aspecto fundamental de la existencia humana. No rehúye aquellos pasajes que subrayan la distinción entre los cristianos y el mundo, pero al recurrir al testimonio bíblico descubre nítidas evidencias que respaldan una sólida defensa del mandamiento cultural 'fructificad y multiplicaos, llenad la tierra y sojuzgadla' (Gn. 1:28). Edgar arguye, con claridad y sabiduría, que cuando participamos en la creación de cultura es cuando somos más fieles a nuestro llamamiento como criaturas de Dios.

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Introducción

Al hablar de cultura, me refiero a un repertorio de ideas, transmitidas socialmente e intrageneracionalmente, que versan sobre cómo vivir y emitir juicios, tanto en términos generales como sobre ámbitos concretos de la vida.

Orlando Patterson

¿Qué sucedió?

El mes de julio de 2014 fue testigo de la debacle del equipo de fútbol de Brasil durante las semifinales del Mundial. En su propio terreno, los brasileños perdieron ante Alemania por un increíble resultado de siete goles a uno. Los alemanes no dejaron de marcar, superando con facilidad a la defensa brasileña. Aun teniendo en cuenta la ausencia en ese partido de dos de sus jugadores estrella, el brillante delantero Neymar (lesionado) y el capitán del equipo, Thiago Silva (suspendido), el equipo brasileño no recordó en absoluto a los brillantes artistas del “fútbol samba” que el mundo había llegado a admirar. El partido fue uno de los encuentros deportivos más debatidos de toda la historia, incluyendo unos 32 570 000 tuits durante los meses posteriores al encuentro. Para su seguridad, los fans de Brasil fueron escoltados por la policía cuando salieron del Mineirão Stadium de Belo Horizonte.

Durante los días posteriores a la derrota, la culpa se atribuyó a muchos factores. El entrenador Luiz Felipe Scolari, que dimitió, fue carnaza para la prensa. Yendo un paso más allá, el ministro de Deportes brasileño, Aldo Rebelo, declaró: “Ya he denunciado esto”. ¿Qué quiso decir? Que él ya había detectado algunos problemas antes de la catástrofe de 2014, y denunció lo que consideraba el debilitamiento del deporte brasileño al atractivo del dinero del Primer Mundo. Acusó a los jugadores jóvenes de marcharse a Europa en un momento demasiado temprano de sus vidas. “Este es un tipo de colonialismo futbolístico que perpetran los clubes europeos adinerados”, dijo. Pero, profundizando incluso más, los críticos más reflexivos decidieron que era necesario repensar por completo el fútbol brasileño. Un periodista sudamericano especializado en fútbol, Tim Vickery, expresó la opinión de muchos cuando sugirió que el club de futbol brasileño se había vuelto comodón, complaciente, y que necesitaba con urgencia una renovación. Lo interpretaba como la oportunidad para “rescatar segmentos de su identidad histórica y replantearlos dentro de un contexto moderno y global”.1 Cierto número de comentaristas estuvieron de acuerdo y pidieron un cambio dentro de la cultura futbolística brasileña. ¿Qué supondría eso? En el Mundial de Fútbol, Brasil no evidenció su tradicional “Jogo bonito”, o “juego bonito”. ¿Cómo podrían insuflarle nueva vida?

Un miembro del equipo, Dani Alves, dijo: “El fútbol brasileño tiene que evolucionar en general. No podemos desacreditar el trabajo que ha realizado este equipo, pero sí encontrar una manera de empezar a reestructurar nuestro fútbol desde los niveles juveniles para arriba”. Empieza a detectarse un consenso. El entrenador brasileño Paulo Autuori, que llevó al Sao Paulo al título de la Copa Mundial de Clubes de 2005, comentó: “Tenemos que pensar en el fútbol de una forma distinta. Necesitamos una confederación brasileña en manos de personas procedentes del fútbol. Necesitamos directivos que piensen en fútbol”.2

Un poco de historia. Tras las gloriosas victorias de Brasil en los años 1970, 1994 y 2002, los europeos rediseñaron la cultura de su fútbol. Abrieron academias de fútbol que eran básicamente fábricas de talentos. Según una conclusión reflexiva, Brasil se había convertido en una selección nacional aburrida mucho antes de los Mundiales de 2014. Olvidaron sus raíces atacantes, creativas, que convirtieron a Brasil en la nación más destacada del mundo en el terreno futbolístico. Cualquier equipo puede contratar a geniales defensas centrales, buenos jugadores traseros y enérgicos mediocampistas. Pero Brasil solía ser el único lugar donde crecían los llamados fantasistas como Garrincha, Pelé, Rivaldo, Sócrates y tantos otros. ¡Ya era hora de volver a ser especiales!3 En resumen, la agenda debe incluir el cambio cultural. Esto supone trabajar la base local: partidos informales en la playa, campamentos para jóvenes, canteras de futbolistas, localizadores de talentos… en breve, todos los ámbitos en los que se propaga el fútbol en Brasil.

¡Cultura! El fútbol es el deporte más popular del mundo. Los diversos países presentarán variantes de este deporte en función de sus propios compromisos culturales. Así es como funciona la cultura. Históricamente, el fútbol ha sido un deporte propio de la clase trabajadora. Hace menos tiempo ha ido atrayendo cada vez más a la clase media. En muchos estadios predomina la presencia masculina, aunque ahora las mujeres también empiezan a llenar las graderías, incluso en los países latinos. El fútbol femenino ha dado un paso de gigante y el equipo de Estados Unidos se ha convertido en todo un fenómeno. Muchos países tienen periódicos diarios sobre fútbol. El árbitro juega un papel esencial, como también lo hacen los debates posteriores a los partidos. Hay diversos reglamentos, como la normativa sobre el fuera de banda o el contacto del balón con la mano, que se podrían controlar electrónicamente; sin embargo, esto acabaría con los tan necesarios debates pospartido sobre los árbitros, los porteros y las intenciones de los jugadores. Muchos seguidores respaldan a sus equipos con canciones compuestas para el fútbol, y algunas de ellas (lo cual puede parecer extraño a los no iniciados) se basan en himnos como “Guide Me O Thou Great Jehovah” (“Oh Pastor divino, escucha” en español) o “Cuando los santos marcharán”. En algunos países, el fútbol tiene un estatus casi religioso.

Como sucede, sin duda, en Brasil, la cultura futbolística en muchos países nace con los más jóvenes. Los niños llevan camisetas con los nombres y el número de sus jugadores favoritos. Sus videojuegos son de temática futbolística. Mientras que en países como Estados Unidos o República Dominicana los niños juegan con pelotas de béisbol o tiran a la canasta con pelotas de baloncesto en los aparcamientos, en la mayoría de países chutan el balón de fútbol y aprenden muy pronto a driblar y a rematar de cabeza. En muchas partes del mundo se desarrollan variantes de estilos de fútbol, técnicas que los niños aprenden pronto. En Sudamérica, el control del balón se considera lo más importante. En África, el elemento decisivo es la velocidad. Los equipos europeos se asocian con la potencia y la precisión. Debido a la globalización, se contrata a jugadores de diversos países para jugar en equipos en un territorio extranjero, llevando consigo sus tradiciones. En algunos países, los jugadores extranjeros superan con creces a los nacionales, lo cual genera cierto grado de confusión. El fútbol es un fenómeno cultural muy importante.4

La cultura y la educación

Vamos a ver otro ejemplo. Asistí a una escuela francesa de primaria en París, donde vivió nuestra familia después de la Segunda Guerra Mundial. En contraste con la mayoría de escuelas estadounidenses, aprendíamos muchas cosas de memoria. A los diez años de edad había memorizado muchos poemas y extractos de prosa de los escritores franceses más destacados. Podía dibujar la mayor parte de los órganos del cuerpo humano con bastante precisión, y además en color. Aprendíamos a sumar y a multiplicar mediante canciones, de modo que incluso hoy día sigo haciendo mis cuentas al ritmo de operaciones aritméticas musicales. Los boletines de notas eran concisos y directos: “Buen alumno”, “muy educado” o “debe esforzarse más”. Prácticamente no había deportes organizados. Era aceptable que se ridiculizase a un alumno en público cuando no había entendido algo.

Luego me mandaron a un internado estadounidense. Aunque era más estricto que la mayoría de escuelas públicas, en este centro la forma de aprender y de evaluar era muy distinta a lo que había vivido en Francia. Teníamos que saber por qué un problema matemático se resolvía de determinada manera. Nos pedían una evaluación crítica de un texto de literatura inglesa. ¿Podría haber funcionado de otra manera la Revolución Americana y, de ser así, cuáles hubieran sido sus resultados? Los informes para los padres eran largos y bastante psicológicos: “William se siente mejor consigo mismo este curso que el anterior”, “A Edgar se le dan mejor los cálculos que la expresión oral”, etc. Nos pasábamos hora en el terreno de juego, sobre todo, en mi caso, el campo de fútbol, que me encantaba. El Día de los Padres permitía que mis familiares tuvieran mucho contacto personal con los docentes, mientras que no estoy seguro de que allá en Francia mis padres conociesen ni uno solo de mis profesores. En Estados Unidos a un maestro lo podían echar, e incluso llevarlo a juicio, por humillar a un alumno. Un alumno se equivoca raras veces: solo necesita otra manera de enfocar el problema.

Es obvio que los modelos educativos caen dentro del ámbito de la cultura. Aunque no cabe duda de que las cosas se han relajado desde mi infancia, las escuelas francesas siguen basándose en la memorización y en la...



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