E-Book, Spanisch, 232 Seiten
Reihe: Ensayo
Ehrenreich Por cuatro duros
1. Auflage 2021
ISBN: 978-84-123903-2-2
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Cómo (no) apañarselas en Estados Unidos
E-Book, Spanisch, 232 Seiten
Reihe: Ensayo
ISBN: 978-84-123903-2-2
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Butte (EEUU), 1941. La reconocida ensayista y activista social estadounidense, estudió en el Reed College de Portland (Oregón), obteniendo un doctorado en biología por la Universidad Rockefeller de Nueva York. Tras finalizarlo decidió abandonar la investigación científica y comenzó a involucrarse en política, como activista por el cambio social. Pertenece a la cúpula del Partido socialdemócrata de América, y desde 1991 hasta 1997 ha sido columnista habitual en la revista Time y ha escrito para publicaciones como The New York Times, Mother Jones, The Atlantic Monthly, Ms, The New Republic, Z Magazine, In These Times y Salon.com. Desde agosto de 2005 escribe para el periódico The Progressive. Su libro Por cuatro duros: Cómo (no) apañárselas en Estados Unidos (Nickel and Dimed, 2002), que ahora presentamos, se convirtió en todo un éxito de ventas a lo largo y ancho de los Estados Unidos. En él, Ehrenreich recoge su penosa experiencia desempeñando trabajos poco y mal remunerados, como parte de un proyecto de investigación acerca de las condiciones laborales de las clases pobres estadounidenses.
Weitere Infos & Material
Prólogo a la décima edición
Completé el manuscrito de este libro en una época de prosperidad aparentemente ilimitada. Los innovadores de la tecnología y los capitalistas que decidían arriesgarse amasaban fortunas rápidamente, y compraban ostentosas supermansiones como las que yo misma había limpiado en Maine y mucho mayores. Incluso las secretarias de algunas empresas de alta tecnología conseguían enriquecerse con sus stock options. Abundaba la cháchara sobre una conquista permanente del ciclo de los negocios, y parecía que el capitalismo norteamericano estaba imbuido por un nuevo espíritu de descaro. En San Francisco, una valla publicitaria de una empresa por internet proclamaba «Haz el amor y no la guerra», y después, más abajo, «Al demonio, basta con hacer dinero».
Cuando Por cuatro duros: cómo (no) apañárselas en Estados Unidos se publicó en mayo de 2001, empezaban a aparecer grietas en la burbuja de internet y la bolsa parecía flaquear, pero el libro supuso evidentemente una sorpresa, incluso una revelación para muchos. Una y otra vez, durante los años siguientes a la publicación, se me acercaban personas y empezaban la conversación con un «nunca pensé…» o «no me había dado cuenta»… Ante mi propio asombro, Por cuatro duros: cómo (no) apañárselas en Estados Unidos ascendió rápidamente en la lista de los libros más vendidos y empezó a ganar premios; de todos ellos, me siento particularmente orgullosa del Christopher Award, concedido por un grupo católico a libros que «reafirman los más altos valores del espíritu humano». Inspiró un documental de A&He llamado «Wage Slaves» y se adaptó en una obra dinámica y divertida que se ha representado en los principales teatros así como en salas más pequeñas por todo el país. En docenas de comunidades se consideró un «texto comunista», incluidas Rochester Minnesota, Appleton Wisconsin, Hanover New Hampshire, y Peoria Illinois.
Me había preparado para las críticas cuando el libro salió, pero hubo muy pocas que tuvieran cierto fundamento y llamaran mi atención, y la única controversia que levantó el libro era ridícula y no tuvo repercusión. En 2003, la Universidad de Carolina del Norte de Chapel Hill estableció como obligatoria la lectura de Por cuatro duros: cómo (no) apañárselas en Estados Unidos para todos los nuevos estudiantes, cosa que promovió que un grupo de estudiantes conservadores y legisladores del estado dieron una conferencia de prensa en la que denunciaba que mi libro no era más que el «típico desvarío marxista» y un trabajo de «pornografía intelectual sin ninguna característica que pudiera redimirlo». El mismo grupo publicó un anuncio de una página completa en el Raleigh News y en el Observer, que no hablaba apenas del libro, pero donde se me acusaba de ser marxista, atea y una declarada enemiga de la familia americana, lo que se demostraba por mi perdurable convicción de que las familias de madres solteras merecen el mismo apoyo que las de parejas casadas. En programas de radio de Carolina del Norte, los entrevistadores me recibían preguntándome: «¿Qué tal sienta ser el Anticristo de Carolina del Norte?» y cuestiones igualmente desafiantes.
Sin embargo, mientras yo disfrutaba de la publicidad gratuita, el personal de limpieza del campus de la UNC-CH usó todo el ruido mediático en beneficio propio al presentarse en el trabajo con camisetas y placas en las que se leía «Pregúntame cómo vivo con cuatro duros». Resultó que el personal de limpieza llevaba años luchando para que se reconocieran sus derechos sindicales, y precisamente quien se oponía era la misma administración que aparentemente había aprobado mi libro como material de lectura para los alumnos de primer año. Mi implicación tuvo un broche de oro cuando el personal de limpieza y los estudiantes de postgrado que trabajaban allí me invitaron —con mi propio dinero, por supuesto— a dar mítines a los trabajadores del campus, aunque, desgraciadamente, no consiguieron el reconocimiento de su sindicato.
En los años posteriores a la publicación del libro, me han planteado cientos de veces la misma pregunta: ¿a qué creía que se debía mi éxito? Siempre concedo todo el mérito al tique de reembolso de cien dólares que mi editor da a todas las personas que compran el libro, que es lo mismo que decir que no tengo ni idea. No obstante, en este caso, creo que en parte comprendo la popularidad del libro entre las personas de clase media, al menos en comparación con la de cualquier otro texto que hubiera podido escribir sobre el tema de la pobreza. En Por cuatro duros: cómo (no) apañárselas en Estados Unidos, el lector más acaudalado puede identificarse con el personaje principal, que soy yo, e imaginarse que soy bastante parecida a él, esto es, una persona con derechos, acostumbrada a que la traten con cierto respeto. Podían sufrir con mis errores, estremecerse con las humillaciones e, indirectamente, compartir mi cansancio.
No cabe duda de que el libro ha cambiado la opinión de algunas personas de las clases más acomodadas. Una mujer de Florida me escribió para decirme que, antes de leer el libro, siempre había culpado a los pobres de su propia obesidad. Ahora comprendía que no todo el mundo tenía posibilidad de seguir un dieta saludable. Otra mujer me dijo que siempre había supuesto que los trabajadores «no cualificados» ganaban al menos 15 dólares por hora, que es lo que ella pagaba a su limpiadora. A mi hermana, que vive en Colorado y que no se puede considerar alguien con mucho dinero, le impresionó tanto el caso de los trabajadores sin hogar sobre los que escribí que organizó una división local de Habitat for Humanity. Y si me dieran veinticinco centavos por cada persona que me ha dicho que ahora da propinas más generosas, podría iniciar mi propia fundación.
Lo que me resulta todavía más gratificante es que muchos trabajadores con salarios bajos han leído el libro. En los últimos años, cientos de personas me han escrito para contarme sus historias: la madre de un niño recién nacido a quien acababan de cortarle la electricidad, la mujer a quien acababan de diagnosticar un cáncer y no tenía seguro médico, o el hombre que acababa de quedarse sin casa y que escribe desde el ordenador de una biblioteca. A continuación, cito algunos correos electrónicos que he recibido recientemente:
Su libro no tiene nada de ficción. Básicamente describe mi vida. Con dos carreras universitarias, he tenido que luchar mucho y, al carecer de seguro médico, he acumulado muchas deudas. No me ha ido tan bien como a mis padres, que consiguieron salir de la depresión. Nuestro gobierno dice que hay trabajos, pero son trabajos mal pagados y sin beneficios, con sueldos con los que no se puede vivir. No son trabajos que te permitan tener una casa y ahorrar para la jubilación. Nada brilla en esta tierra.
Hola, Barbara, soy un antiguo empleado del gobierno federal víctima de los recortes, no ocupaba un puesto alto, sino que era un obrero más [cuyos] ingresos eran inferiores a 20.000 dólares… Después de pasar 20 años en el departamento de datos de la I.R.S., cobrando 10 dólares la hora, y con 6.000 dólares en el plan de ahorros 401K, no conseguía un empleo. Acepté un trabajo como terapeuta de cuidados directos, parecido al puesto de auxiliar de enfermería del que hablabas en tu libro. Bueno, después de 4 meses en ese trabajo horrible y físicamente degradante, que consistía básicamente en limpiar lo que ensuciaban las personas con trastornos mentales o discapacitadas, mientras hacíamos una «contención» de un cliente violento, que es el nombre que se da a esa acción, me herí la rodilla; después de tres operaciones necesité un reemplazo de rodilla, de modo que ahora llevo sin trabajar casi cinco años, recibo 65,75 dólares a la semana de mi seguro de trabajo, que originalmente eran 256 dólares a la semana, tras la primera cirugía. Ahora tengo que encontrar un trabajo que pueda hacer con la rodilla en mal estado, porque ya no puedo sobrevivir así.
Acabo de terminar de leer su libro titulado Por cuatro duros: cómo (no) apañárselas en Estados Unidos. Valoro que estuviera dispuesta a experimentar de primera mano lo que muchos de nosotros vivimos a diario… Fue testigo del síndrome del «paria» que los trabajadores pobres sufren a diario. Muy pocas personas tienen la posibilidad de profundizar en ese otro mundo en el que te sientes inferior sólo por existir.
Cuando escribí Por cuatro duros: cómo (no) apañárselas en Estados Unidos, no estaba segura de a cuántas personas podía aplicarse directamente, debido a que la definición oficial de pobreza estaba lejos de la marca, ya que se consideraba que alguien que ganaba 7 dólares la hora, lo que yo ganaba de promedio, estaba por encima del umbral de la pobreza. Pero tres meses después de que se publicara el libro, el Economic Policy Institute de Washington DC publicó un informe titulado «Las adversidades de América: La historia real de las familias trabajadoras», que determinó que había un asombroso 29 por ciento de familias americanas que vivían en lo que podía definirse razonablemente como pobreza. Al menos, este porcentaje incluía a las personas con un presupuesto muy limitado, sólo suficiente para cubrir la vivienda, la guardería, el seguro médico, la comida, el transporte y los impuestos, aunque no incluía, y debe apuntarse, ninguna diversión, comidas fuera, televisión por cable, servicio de Internet, vacaciones o regalos de Navidad. El 29 por ciento es una minoría, pero no...




