E-Book, Spanisch, 216 Seiten
Reihe: Ensayo
Eltahawy El himen y el hiyab
1. Auflage 2020
ISBN: 978-84-121914-5-5
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Por qué el mundo árabe necesita una revolución sexual
E-Book, Spanisch, 216 Seiten
Reihe: Ensayo
ISBN: 978-84-121914-5-5
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Mona Eltahawy. Egipto. Columnista y oradora internacional sobre temas árabes, musulmanes y feminismo, Eltahawy es colaboradora en medios como New York Times y The Guardian y es invitada habitual en varios programas de televisión y radio. Es miembro del Grupo Asesor de Comunicaciones de Musawah, el movimiento por la justicia y la igualdad en la familia musulmana. En noviembre de 2011, la policía antidisturbios egipcia la golpeó hasta romperle el brazo izquierdo y la mano derecha, y la violó. Newsweek nombró a Eltahawy como una de sus '150 mujeres valientes de 2012', Time la presentó como 'persona del año' junto a otras activistas de todo el mundo y la revista Arabian Business la nombró una de las cien mujeres árabes más influyentes. Antes de mudarse a Estados Unidos, en 2000, Eltahawy fue corresponsal de Reuters en Oriente Medio durante seis años, y ha trabajado para medios de Egipto, Israel, Palestina, Libia, Siria y Arabia Saudí y China. Ha sido distinguida con numerosos premios y reonocimientos, como la Medalla de Honor de la Escuela de Periodismo de Misuri, el Premio Especial de Contribución Destacada al Periodismo de la Fundación Anna Lindh, el Premio Anvil of Freedom del Centro Internacional de Periodismo y Nuevos Medios de Estlow, el Premio Samir Kassir de Libertad de Prensa de la Unión Europea o el Premio Eliav-Sartawi por el Periodismo de Oriente Medio, otorgado por Search for Common Ground.
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Prólogo
a la edición española
Siete años después de que Túnez sirviera de detonante para las primeras protestas de la denominada «Primavera Árabe» y derrocase a su antiguo dictador, el país vuelve a ser fuente de inspiración, pero también de rabia. ¿Por qué? Por derribar algo aún más difícil de derrocar que los dictadores de por vida: las leyes islámicas y los tabús sobre el matrimonio y la herencia.
En agosto de 2018, el presidente tunecino, Beji Caid Essebsi, propuso equiparar por ley a las mujeres en materia de derechos de herencia a pesar de las protestas de miles de personas que se mostraban contrarias a cualquier modificación de la ley islámica. Si el Parlamento decide finalmente aprobar la ley para la igualdad de herencia, Túnez se convertiría en el primer país musulmán en garantizar que las mujeres y los hombres reciban la misma herencia. Según la ley de sucesión islámica, los hombres reciben el doble de herencia que las mujeres. El año pasado, Essebsi también levantó la prohibición que impedía que las tunecinas musulmanas se casaran con hombres de otras confesiones. En casi todos los países musulmanes, los hombres de esta mayoría pueden casarse con mujeres judías o cristianas, pero las musulmanas solo pueden casarse con hombres de su misma fe.
Al revocar la prohibición sobre el matrimonio interreligioso y su promesa de paridad en la ley de herencia, Essebsi ha desatado una polémica encendida. Los eruditos de la Universidad Al Azhar, la mayor autoridad del islam suní, afirmaron que la distribución equitativa de la herencia era «incuestionable» y «contravenía los edictos islámicos», y añadían que la regulación de los derechos sucesorios en el islam estaba recogida en la sharía y que «no había lugar para razonamientos independientes ni incertidumbres». Esos mismos eruditos advirtieron que permitir que las mujeres se casaran con hombres de otra confesión «obstruiría la estabilidad del matrimonio».
Como era de imaginar, los que se opusieron a la igualdad de las mujeres en materia de herencia y matrimonio en Túnez dijeron que había «temas más importantes» de los que ocuparse, y algunos llegaron a asegurar que las medidas que favorecían la igualdad de las mujeres eran parte de una «agenda política extranjera».
Otros han criticado la actitud progresista adoptada por el presidente tunecino como un «feminismo impuesto por el Estado». Los opositores han acusado a Essebsi de utilizar los derechos de las mujeres como un «arma arrojadiza» para desviar la atención pública de otros temas (a saber, una controvertida ley que garantiza la amnistía a los funcionarios de los antiguos regímenes condenados por corrupción). Otros dicen que solo estaba intentando captar el voto femenino para las elecciones municipales. ¿Acaso es algo malo intentar atraer el voto de las mujeres eliminando obstáculos para su igualdad?
La controversia desatada ante la perspectiva de garantizar una mayor igualdad para las mujeres en Túnez es un recordatorio necesario de hasta qué punto las mujeres musulmanas de la región —y también las cristianas— son prisioneras de unas leyes de estatuto familiar legitimadas por la religión que son profundamente misóginas. Valga también de recordatorio trágico de que, históricamente, las mujeres se unen a las revoluciones y a los movimientos de liberación solo para verse apartadas por los hombres. Reconozcámoslo, ninguna de las revoluciones de la región ha sido sobre la igualdad de género. A pesar de que las mujeres se manifestaron con los hombres en las protestas, el día después los hombres continúan en guerra con los hombres en su lucha por el poder (literal o políticamente), mientras que las mujeres cosechan escasos logros en las sociedades conservadoras de la región. Cuando hablo de la importancia de la igualdad de las mujeres, a menudo me dicen: «Este no es el momento». Las mujeres oyen que su lucha es una distracción. En otras palabras, las mujeres —que constituyen la mitad de nuestras sociedades— figuran de las últimas en la lista de nuestras prioridades; una lista concebida por los hombres. Es un hecho que nuestros dictadores oprimen a todo el mundo, ya sean hombres o mujeres. Pero mientras el Estado oprime a hombres y mujeres, el Estado, la calle y el hogar trabajan conjuntamente por oprimir a las mujeres, creando una tríada misógina.
Los críticos que aseguran que las acciones de Essebsi constituyen un «feminismo impuesto por el Estado» niegan el hecho de que Túnez haya sido históricamente progresista con los derechos de las mujeres. En 2017, cuando Essebsi levantó la prohibición contra el matrimonio interreligioso y prometió igualdad en materia de derechos de sucesión para las mujeres y los hombres musulmanes, muchos recordaron al presidente Habib Bourguiba, que impulsó las leyes de estatuto personal del país en 1957, un código que garantizaba más derechos a las tunecinas de los que existen en muchos otros países de la región aun a día de hoy. El código les concedía el derecho a iniciar el proceso de divorcio, abrir una cuenta bancaria, crear un negocio sin el consentimiento del cónyuge y acceder a medidas para el aborto. Con Bourguiba, Túnez también prohibió la poligamia.
Del mismo modo que Túnez fue el detonante de otras revoluciones contra los dictadores en otros países, también está liderando la marcha por los derechos de las mujeres en la revolución. Después de la revolución, decretó la igualdad de género en las listas electorales y ahora el país tiene una de las constituciones más progresistas de la zona. Cada vez que los contrarios a la igualdad de género utilizan el comodín del «feminismo impuesto por el Estado» o de la «distracción» contra los progresos en los derechos de las mujeres, ignoran que el Parlamento tunecino, donde las mujeres ocupan un tercio de los escaños —un porcentaje más alto que en Estados Unidos, Canadá y Gran Bretaña—, aprobó una ley contra la violencia de género en 2017 de amplio alcance que protege a las mujeres del acoso sexual y de la discriminación económica. La ley también supuso el fin de un vacío legal en el Código Penal que permitía que los violadores evitaran su condena si accedían a casarse con sus víctimas. Poco después, Jordania y Líbano terminaron con otros vacíos legales similares. En los tres países, las activistas pro derechos de la mujer han luchado largo y tendido para abolir las leyes que fomentan el matrimonio entre el violador y su víctima.
Las medidas de Túnez para proporcionar a las mujeres igualdad de derechos en el matrimonio y en la herencia son revolucionarias no solo para las mujeres de ese país, sino para todas las musulmanas. Así es como una revolución que comenzó contra el dictador en el palacio presidencial puede dar lugar a otras revoluciones contra los dictadores a quienes se enfrentan las mujeres en la calle y en el hogar. Las medidas de Túnez que permiten que las mujeres tengan los mismos derechos en el matrimonio y en la herencia son pasos importantes para desmantelar la tríada misógina que invade nuestra región.
Todavía queda mucho por hacer. Arabia Saudí —uno de los patriarcados más perniciosos de la región— llevó a cabo una campaña sin precedentes contra las feministas y las activistas pro derechos de las mujeres en mayo de 2018, justo unas semanas antes de levantar una prohibición única en todo el mundo que impedía conducir a las mujeres.
Fue un recordatorio de que el feminismo aterroriza a los autoritarios.
¿Por qué si no el príncipe saudí Mohammed bin Salman —el príncipe heredero de la monarquía absoluta que ha reinado desde 1932 en un país cuyo nombre se debe al patriarca— iba a mantener a Loujain al Hathloul, una estudiante de posgrado de veintiocho años, incomunicada durante semanas?
¿Por qué este príncipe, después de haber sido ensalzado en el programa 60 Minutes del canal de televisión norteamericano CBS por «emancipar a las mujeres» en vísperas de una visita a Estados Unidos en marzo de 2018, envió tropas en mayo para arrestar a diecisiete activistas pro derechos de las mujeres, entre ellas Al Hathloul, y también a Aisha al Mana, de setenta años, directora de varios hospitales y de una facultad de medicina, que sufrió un ictus el año pasado?
¿Qué amenaza representa una catedrática jubilada de sesenta años como Aziza al Yousef, con cinco hijos y ocho nietos, que también fue arrestada? ¿Se merece que un periódico afín al Gobierno coloque su fotografía en portada bajo el titular: «Tu traición y tú habéis fracasado»?
¿Y cómo hay que interpretar que ese mismo periódico incluya a toda plana las fotografías de siete de las diecisiete activistas arrestadas en mayo, acompañadas de la palabra «traidora» rotulada con tinta roja y editadas para que parezcan fotos policiales? Entre ellas figuraba Emam al Nafjan, catedrática de lingüística y madre de cuatro hijos, incluido un bebé.
La respuesta a estas preguntas es simple: al parecer, las autoridades supremas de Arabia Saudí quieren dejar claro que no fue la valiente lucha de estas feministas la que culminó en este momento, cuando por fin el reino levantó la prohibición que impedía conducir a las mujeres, sino que fue un príncipe embarcado en un ejercicio de revisionismo titánico quien les ha...




