Endo | Escándalo | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 288 Seiten

Endo Escándalo


1. Auflage 2022
ISBN: 978-84-350-4876-7
Verlag: EDHASA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, 288 Seiten

ISBN: 978-84-350-4876-7
Verlag: EDHASA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)



'Escándalo' se ha convertido con justicia en una de las novelas de mayor éxito internacional de Shusaku Endo, y ello no sólo por la fascinante imagen que ofrece de los barrios de placer de Tokyo, sino sobre todo por la profundidad con que planeta la cuestión de la identidad individual, así como por la alusión al gato negro de Edgar Allan Poe o la presencia de llamadas telefónicas anónimas, que han hecho correr ríos de tinta y que se han señalado como antecedentes de ciertos motivos de la narrativa japonesa más actual. Mediante la historia de Suguro, un escritor católico (como el propio Endo), y de su encuentro con Naruse, una viuda de mediana edad que solía excitarse sexualmente con los relatos que su esposo le hacía de las brutalidades durante su etapa como soldado en china. Shusaku Endo enfrenta al lector a una concepción asombrosa del sadomasoquismo y de la vida sexual en un sentido muy amplio. El relato de cómo un escrito prestigioso y de éxito se enfrenta a un escándalo sexual (intentando que su sufrida esposa no llegue a enterarse), a nadie dejará indiferente y lleva hasta el límite las cuestiones morales que se planeta.

Shûsaku Endô es uno de los grandes contemporáneos de la literatura japonesa. Después de graduarse en literatura francesa en la Universidad de Kio, estudió durante tres años en Lyon, becado por el gobierno japonés. Peteneciente a la llamada 'tercera generación', su obra se singulariza por recrear las experiencias y reflejar la vida de la minoría católica en Japón, con particular sensibilidad para explorar los grandes dilemas morales a que se enfrentan sus personajes. Sus novelas han sido traducidas al inglés, francés, ruso y sueco, entre otras lenguas, y le han hecho merecedor de algunos de los premios más importantes de su país (el Akutagawa, el Mainichi, el Sincho, el Tanizaki). Su vida y obra son las protagonistas del Museo Literario Shûsaku Endô (en Sotome, Nagasaki). Entre sus obras publicadas en Edhasa, podemos encontrar: 'Silencio', en la que Scorsese basó su película titulada con el mismo nombre, 'El samurai' y 'Escándalo'.
Endo Escándalo jetzt bestellen!

Weitere Infos & Material


Dos

Suguro se hallaba conversando de su próxima obra con Kurimoto, que vestía como un banquero, con una elegante corbata. Aun cuando no hubiera proyectos de trabajo que tratar, Kurimoto, que no bebía ni fumaba, acudía invariablemente a visitar a Suguro. Parecía considerarlo un deber más de un director literario, y cada vez que Suguro veía aquel rostro serio y honesto pensaba cuánto mejor habría sido para Kurimoto dedicarse a dar clases en algún instituto.

De pronto, un aspirador se puso en marcha en la habitación contigua.

–¿Está aquí su esposa?

Evidentemente, a Kurimoto le había sobresaltado el ruido, pues creía que él y Suguro estaban solos en el estudio.

–No es mi esposa. Es una estudiante de instituto que hemos contratado. Está en segundo grado.

–¿Segundo grado?

Suguro le explicó con pormenores las circunstancias por las que Mitsu había entrado a trabajar allí, hablando en voz baja pese a que era imposible que Mitsu pudiera oírles desde la estancia de al lado con el estruendo del aspirador.

–Es más inocente de lo que parece. Dice que en Harajuku hay hombres que seducen a sus compañeras de curso.

Kurimoto permaneció en silencio unos instantes. Después, de pronto, preguntó:

–¿Qué hizo usted con la postal?

–¿La postal?

–La que le envié... Ya sabe, esa postal.

–¡Ah! Me deshice de ella, naturalmente. –Suguro había dado por supuesto que Kurimoto habría olvidado el incidente y, cuando el director literario le interrogó al respecto con aire solemne, la pregunta le pilló desprevenido–. No vi ninguna razón para acudir a la exposición.

–Casualmente, yo estuve allí. –Kurimoto volvió la mirada hacia los ojos de Suguro–. Creí mi deber descubrir qué clase de mujer era. Por si intentaba crearle más problemas.

–¿Y?

–Era cierto que inauguraban una exposición. Muy cerca de la calle Takeshita.

Kurimoto parecía haber visitado la galería de arte en un esfuerzo por proteger la reputación del escritor con el que trabajaba, pero Suguro no lo consideró un favor. Deseaba librarse del recuerdo del incidente en la recepción lo antes posible, y no tenía el menor deseo de que el tema surgiera de nuevo.

–¿Estaba allí la mujer?

–No. Había otra mujer con gafas al cuidado de la galería. Según dijo, ella también era pintora.

–¿Qué tipo de cuadros eran?

–Todos estaban cargados de sonido y de furia, y todos estimulaban al público. Había uno de un feto en el útero... En realidad, los cuadros tenían un aire grotesco, espectral. Algo inestables, indigestos...

–Así los imaginaba –asintió Suguro, a quien las descripciones de Kurimoto resultaban fáciles de concebir–. No era muy difícil de imaginar, a la vista del tipo de mujer que los ha pintado.

–Había un retrato de usted.

–¿Mío... ?

–Ella lo mencionó en la recepción, ¿recuerda? Dijo que usted se había dejado retratar por ella y una amiga en Shinjuku.

–¡Esto es absurdo! Nunca he hecho algo así.

–Sólo estoy repitiendo lo que ella dijo. Creo que debieron transformar un apunte en un cuadro al óleo.

Suguro no dijo nada y parpadeó varias veces. Mitsu debía de haber terminado de limpiar la habitación contigua, pues acababa de desconectar el aspirador.

–¿Ese cuadro... se parecía realmente a mí? –preguntó en voz baja.

–A primer golpe de vista, sí. Y perdóneme que lo diga, pero era un rostro vulgar.

–¿Vulgar?

–Las facciones se le parecían, pero no era usted en absoluto. Era de esperar, naturalmente...

–Entonces, ¿cree usted que otra persona está haciéndose pasar por mí?

–Eso pienso. El cuadro se titulaba El rostro del señor S.

–¿Así que también han utilizado la inicial de mi apellido?

–Yo no me preocuparía por ello –dijo Kurimoto, tratando de consolarle–. Nadie creerá que es usted. Yo quise presentar una enérgica protesta, pero la mujer no estaba allí, así que me marché sin decir nada.

Incluso después de que Kurimoto se marchara, Suguro permaneció hundido en el sofá, mirando por la ventana. Se abrió el cielo gris plomizo de la tarde y asomó un pálido sol.

Mitsu salió del baño y contempló a Suguro con preocupación.

–¿Te sientes bien, sensei?

Como bien había dicho la esposa de Suguro, la muchacha era sensible a las desdichas de los demás. Aquella cualidad coexistía con su afabilidad y sus escasas luces.

–Sí, me encuentro bien. –Suguro se colocó la máscara destinada al consumo doméstico y devolvió la sonrisa a Mitsu. Era la expresión que despertaba la confianza de su esposa y, al mismo tiempo, la que sus lectores conocían y admiraban–. Voy a salir. –Se incorporó del sofá y pidió un favor a Mitsu–: Mi esposa llegará pronto. ¿Te importaría quedarte hasta que venga?

–Desde luego que no.

* * *

Siguió las instrucciones de Kurimoto. Era la primera vez que iba a la calle Takeshita. Había oído contar que era la calle de Harajuku más concurrida por gente joven, y la información parecía cierta: entre los viandantes había niñas de instituto con faldas largas que les rozaban los dedos de los pies, hombres ancianos como Suguro, mujeres jóvenes cargadas de bolsas idénticas a las de los mendigos, y muchachos con el cabello teñido de colores pastel.

Tal como le había indicado Kurimoto, recorrió una calleja estrecha dedicada a Brahms y llegó frente a un cartel que rezaba Galería Art Nouveau. En la planta baja había una tienda de bisutería; la galería quedaba en el primer piso.

Subió la escalera, que olía a cemento. Tras el mostrador de recepción, una mujer leía una revista, sentada con las piernas cruzadas. Al ver a Suguro, soltó una pequeña exclamación de sorpresa, reconociéndole sin duda. Sin soltar la revista, le siguió inquisitivamente con la vista mientras él deambulaba por la desierta galería.

Más de veinte cuadros llenaban las cuatro paredes en una sola hilera, como una banda continua de celofán. Un vistazo a tres o cuatro de ellos bastó a Suguro para llegar a la conclusión de que tras una serie de motivos excéntricos, se camuflaba un talento de mero aficionado. Tanto los cuadros realistas como los abstractos eran flagrantes imitaciones de las obras de vanguardia europeas o americanas: dos mujeres abrazadas; serpientes venenosas y mariposas con las alas muy abiertas, el dibujo de un chico con una cabeza enorme; un bebé asomando con miedo del interior del útero, con los ojos abiertos como platos, aterrados. Mientras contemplaba las obras, que sólo eran notables por su triste ostentación, Suguro buscó con interés un cuadro en concreto.

El retrato que Kurimoto había identificado como El rostro del señor S. se encontraba junto al rincón de la sala. Consciente de que la mujer tenía los ojos clavados en él, Suguro intentó fingir desinterés al aproximarse al cuadro. Aparecía mirando de frente con una sonrisa burlona en el rostro y producía el efecto de haber salido de un reino de colores lúgubres. Aunque sin duda el rostro era el suyo, en la expresión del cuadro había algo..., no exactamente la vulgaridad que Kurimoto había descrito, sino algo lascivo e inmoderado.

Mientras desviaba la mirada en una mezcla de cólera y vergüenza, Suguro recordó haber visto aquel rostro con anterioridad. Exacto: era el rostro que le había estado mirando desde detrás de Kurimoto y la directora literaria en la entrega de premios. Desalentado, permaneció inmóvil ante el retrato. Recordaba otro rostro que se parecía a aquél. Lo había visto en su visita a la catedral medieval de la ciudad francesa de Bourges. Había ascendido la escalera de caracol detrás del sacerdote que le había hecho de guía y había salido a un balcón batido por el viento en lo alto del campanario. Desde el balcón, una profusión de rostros humanos y de animales se asomaba a los extensos campos que quedaban a sus pies. Uno de aquellos rostros de piedra, el de una loca, poseía la misma sonrisa burlona que el cuadro. «¿Qué es ese rostro?», había preguntado Suguro, pero el sacerdote francés se había limitado a encogerse de hombros.

Al advertir que la recepcionista seguía observándole, Suguro se acercó a ella.

–¿Está la señorita Ishiguro? –preguntó, haciendo lo posible por reprimir cualquier emoción mientras formulaba la pregunta.

La mujer se apresuró a aplastar la colilla de su cigarrillo.

–La espero dentro de poco.

–¿Es la autora de ese retrato?

–No, ese cuadro es de la señorita Itoi.

–Puede haber problemas si un artista hace un retrato sin pedir permiso –murmuró. Al pronunciar la frase, la recepcionista hizo una mueca como si acabara de recibir un bofetón–. Si el pintor no tiene el permiso del retratado...

–Ella dijo que tenía permiso.

–¿Quién lo dijo?

–La señorita Itoi, la pintora. Según tengo entendido, usted le pidió a ella y a la señorita Ishiguro que le hicieran un apunte en Shinjuku.

La recepcionista desvió la mirada. Suguro se disponía a contradecirla cuando percibió una sombra que se movía a su espalda y advirtió que los ojos de la recepcionista se iluminaban de...



Ihre Fragen, Wünsche oder Anmerkungen
Vorname*
Nachname*
Ihre E-Mail-Adresse*
Kundennr.
Ihre Nachricht*
Lediglich mit * gekennzeichnete Felder sind Pflichtfelder.
Wenn Sie die im Kontaktformular eingegebenen Daten durch Klick auf den nachfolgenden Button übersenden, erklären Sie sich damit einverstanden, dass wir Ihr Angaben für die Beantwortung Ihrer Anfrage verwenden. Selbstverständlich werden Ihre Daten vertraulich behandelt und nicht an Dritte weitergegeben. Sie können der Verwendung Ihrer Daten jederzeit widersprechen. Das Datenhandling bei Sack Fachmedien erklären wir Ihnen in unserer Datenschutzerklärung.