E-Book, Spanisch, 160 Seiten
Reihe: Ensayo
Entrialgo Malismo
1. Auflage 2024
ISBN: 978-84-128757-4-4
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 160 Seiten
Reihe: Ensayo
ISBN: 978-84-128757-4-4
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Entrialgo ha trabajado como humorista gráfico para multitud de periódicos como El País, Diario 16, Diario Vasco, Egin, Gaceta del Norte o Público; y revistas como El Salto, El Víbora, Makoki, El Gran Musical, Interviú, Primera Línea o Cinemanía. La mayoría de su obra se caracteriza por la presencia del sentido del humor con una crítica contundente y directa de la realidad social. Lleva más de una década comentando la actualidad sociopolítica y cultural en la radio. Ha publicado medio centenar de libros de historietas y ha escrito un exitoso largometraje, cuatro obras de teatro y algunos episodios de dibujos animados. También ha ilustrado portadas de discos, carteles, videoclips, álbumes de cromos, conciertos en directo, posavasos, ensayos, calcetines o recopilatorios de poesía. Desde hace un cuarto de siglo mantiene una página semanal en El Jueves y es socio fundador de la longeva revista satírica vasca TMEO. Con sus grupos Fat Esteban, Esteban Light y Tyrexitone ha grabado un puñado de discos que recogen muchas de sus propias canciones. 'Trocitos de mi vida' es el título de su más conocida serie de videoarte doméstico.
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03
La Agenda 2030
Un montón de buenos propósitos que suscitan odio
La Asamblea General de las Naciones Unidas estableció en 2015 un conjunto de diecisiete objetivos de desarrollo sostenible denominado «la Agenda 2030» con la intención de lograr un futuro mejor para los habitantes de este planeta. En esencia, se trata de una plétora de buenos deseos que se pueden calificar de utópicos, sobre todo si tenemos en cuenta que, tal y como apunta su propio nombre, la intención es lograrlos en el año 2030, que está a la vuelta de la esquina. Todos ellos son aspiraciones tan de mínimos y han sido redactados buscando un consenso internacional tan amplio que rozan lo naíf: el fin de la pobreza, hambre cero, educación de calidad, agua limpia, igualdad de género, trabajo decente…
Quizás se podría debatir si determinada corporación o Gobierno ha utilizado la Agenda 2030 para justificar acciones concretas con fines distintos a los revelados. O acusar de buenista su creación debido a lo poco realista que resulta llegar a alcanzar alguno de sus puntos para la fecha prevista. También es esperable que a las teocracias que discriminan a las mujeres o a las plutocracias que exprimen a los pobres la idea de la igualdad les parezca una carga de profundidad contra un pilar fundamental de sus regímenes. Pero, de entrada, es difícil pensar que algún ser humano que no padezca un trastorno antisocial de la personalidad pueda oponerse con saña a la integridad de este concepto benévolo.
O, al menos, eso debía de creer José Manuel García-Margallo, político de larguísima carrera en la derecha conservadora española, cuando en marzo de 2023, en una calmada intervención en un programa de radio en el que se abordaban las supuestas diferencias del Partido Popular con Vox, se le ocurrió asegurar que «la Agenda 2030 es el evangelio». Le cayeron hostias por todas partes. Lo más florido de los influencers de la ultraderecha conspiranoica, en compañía de la habitual horda cavernícola de troles anónimos, se lanzó en tromba en las redes a por su cabeza descargando sobre él su recurrente surtido de consignas deshumanizadoras, memes hirientes, extensas homilías en streaming y amenazas varias. «Genocida», «liberticida», «comunista», «bolivariano», «transhumanista», «eugenista», «esclavista» o el castizo «masón» de regusto franquista son solo algunos de los calificativos concretos que recibió. El pobre hombre estaba completamente desconcertado. Se le notaba convencido de que debía haber sido víctima de alguna extraña confusión. Incluso intentó razonar con aquella turba que procedía de lo que él entendía como su propio bando ideológico. «La Agenda 2030 persigue erradicar la pobreza y el hambre, proteger el planeta, garantizar el progreso, la paz y la solidaridad» fue uno de los mensajes conciliadores que acertó a tuitear. La lluvia de descalificaciones se incrementó, marcándolo ya para siempre en ese entorno como otro «lacayo de Soros». Por si fuera poco, con unas formas un poco menos hirientes, pero con un fondo desquiciado semejante, también recibió críticas del sector más ultra de su partido, como por ejemplo de Esperanza Aguirre, que en un medio digital regre perteneciente a unos millonarios venezolanos aprovechó para manifestarse contraria a la Agenda 2030 sin entrar en detalles y bajo la siguiente argumentación gruesa: «Es un disparate que nos está arruinando a todos y está hundiendo la agricultura y la ganadería españolas».
Visto el espectáculo desde fuera, el exministro de Rajoy parecía una ingenua participante en un concurso de mises que hubiera manifestado su deseo de paz mundial y, solo por ese motivo, hubiera cosechado una inesperada lluvia de escupitajos, cacas de perro semiblandas y pedradas a mala idea. Hasta ese momento, debido a que no había sufrido en sus propias carnes nada parecido, García-Margallo no había sido consciente de la fortaleza e intensidad del colectivo de los nazis del misterio y sus engranajes asilvestrados de persecución y acoso. Pero, sobre todo, no podía comprender qué era aquella interpretación de la realidad tan rara que desafiaba violentamente un marco racional democrático en el que los grandes objetivos en política se declaraban compartidos por todo el arco ideológico —la paz, el trabajo, el estado de bienestar, etc.— y en el que solo se discutían ya las estrategias para alcanzarlos. De pronto, el simple hecho de sugerir buenos deseos para toda la población era ya un atrevimiento izquierdista muy controvertido. Había faltado a la clase de ultraderechización irracional, no solo de la sociedad, sino de su propio partido.
En junio de 2023, el partido de extrema derecha Vox coloca una lona de varios pisos de altura en la confluencia de las calles Goya y Alcalá de Madrid. Solo llega a estar instalada en esa localización algo más de una semana, ya que, tras diversas denuncias, la Junta Electoral Central, pese a no manifestarse sobre su contenido, ordena su retirada por incumplir los plazos designados por la ley para realizar acciones en la campaña electoral, que todavía no había comenzado. En el fotomontaje de la lona, una mano con una pulserita con la bandera española en la muñeca tiraba a la basura a muchas personas y conceptos representados por distintos símbolos. Entre ellos, además de los tradicionales enemigos de la regresía española como el feminismo, los catalanes, los okupas, los comunistas o el colectivo LGTBI, destacaba uno acompañado con una leyenda explicativa de lo que representaba: la Agenda 2030. Es decir: un partido político que, antes de gastar mucho dinero en esta propaganda, había tenido que encargar un estudio de opinión sobre su conveniencia, consideró beneficioso electoralmente proclamarse contrario al fin de la pobreza, el hambre cero, la educación de calidad, el agua limpia, la igualdad de género o el trabajo decente. Hoy en día, presentarse como partidario del mal puede dar votos. Es una propaganda cimentada en un conocimiento profundo de los mecanismos que se desencadenan en el fenómeno del malismo.
En febrero de 2024, se producen movilizaciones y tractoradas de los trabajadores del campo que se desarrollan, para un espectador externo al sector, de una forma muy confusa. En los medios de comunicación aparecen representantes de asociaciones agrarias de importante implantación exponiendo reivindicaciones más que respetables y justas, pero también desquiciados nazis del misterio de una plataforma de reciente creación llamada 6F Sector Primario Español, cuyos autonombrados dirigentes claman contra los chemtrails, las «élites pedófilas», el Nuevo Orden Mundial y, por supuesto, la «agenda globalista 2030». Su lideresa Lola Guzmán, cuyos adeptos comparan con Agustina de Aragón, preguntada por el periódico digital El Plural acerca de su postura antivacunas, declara: «¿A ti qué te importa si yo me he vacunado? ¡Gilipollas! […]. Pilla un cactus sin vaselina y métetelo por el culo. ¡Y otro para el Marlaska!».
El 18 de febrero de ese año, justo en mitad de esas protestas, se celebran las elecciones autonómicas gallegas, en las que el PP obtiene, una vez más en ese feudo, la mayoría absoluta. Como es habitual, los representantes de los partidos comparecen después del recuento para dar sus impresiones sobre los resultados obtenidos. Los de aquellas fuerzas que no han conseguido representación y reconocen su fracaso producen penica; los que echan balones fuera, mucha vergüenza ajena. Entre estos últimos destaca por grotesca la valoración de Santiago Abascal tras el 2,18 por ciento de votos obtenido por su partido: «Ha perdido el separatismo y su cómplice socialista, pero no mucho. Porque ha ganado la estafa política, que aplica las políticas separatistas de imposición lingüística y la que condena a muerte a través de la Agenda 2030 al campo, la pesca y la industria».
Habría estado bien que de verdad hubieran ganado aquellas elecciones los partidarios de garantizar una vida sana, promover el bienestar para todos en todas las edades, poner fin al hambre y la pobreza, luchar contra la desertización, garantizar la disponibilidad de agua para todos o lograr la igualdad entre los géneros y empoderar a todas las mujeres y las niñas, por mencionar solo algunos de los objetivos de la Agenda 2030. Lamentablemente, no fue ese el caso.
Con finalidades experimentales de sondeo social directo, desde hace años exhibo un pin de la Agenda 2030 en la solapa de mi americana como el que suelen portar los principales dirigentes del planeta. Su símbolo es un rosco con proporciones similares a las de un caramelo Chimos dividido en diecisiete secciones de vivos colores, cada una de las cuales representa un objetivo de desarrollo. Debido a que el entretiempo no se extiende durante una temporada muy larga en la comunidad en la que vivo, no son muchas las oportunidades que tengo de lucirla, pero aun así he sido interpelado en varias ocasiones por desconocidos que solicitan explicaciones.
O no tan desconocidos, porque, en septiembre de 2022, a la salida del restaurante El Rana Verde de Aranjuez, el padre de los hijos de Ana Iris Simón, cuyo nombre no me apetece ahora googlear, en compañía de un amigo suyo igual de desenvuelto, sin saber quién era yo, se dirigió a mí simulando ignorar el significado del símbolo y con la evidente intención de vacilarme. No recuerdo haber sido nunca abordado en los 70 por la chapita pacifista que exhibía con una flor saliendo de un casco de guerra, un emblema que conocí gracias a las historietas antimilitaristas...




