Fallarás / Roncagliogo / Fabra | Barcelona negra | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 256 Seiten

Fallarás / Roncagliogo / Fabra Barcelona negra


1. Auflage 2013
ISBN: 978-84-350-4691-6
Verlag: EDHASA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, 256 Seiten

ISBN: 978-84-350-4691-6
Verlag: EDHASA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)



Su belleza solitaria, rodeada por montañas y con vistas al mar, sus alegres calles y sus elegantes monumentos convierten a Barcelona en una ciudad bonita y acogedora.Pero no nos equivoquemos: Barcelona, con todo su encanto y color, no ha podido siempre ocultar su lado oscuro. Represión, drogas o inmigración son sólo algunos de los temas que aparecen en catorce historias que nos transportan desde lo más típico, desde las Ramblas a Gaudí, a la parte más corrupta y deshonesta de la ciudad, a la Barcelona que nunca aparecerá en un recorrido turístico. En esta antología encontraremos, así, relatos históricos, como el de Andreu Martín; enloquecidos y disparatados, como el de David Barba; brevísimos, como el de Lolita Bosch; fantásticos, como el de Inma Monsó, o muy sexuales, como el de Valerie Miles. El resultado final: catorce nuevas y originales historias, cada una de ellas emplazada en uno de los barrios más característicos de Barcelona, con catorce puntos de vista completamente distintos, todas ellas escritas por los más destacados escritores españoles y catalanes del género negro.

Fallarás / Roncagliogo / Fabra Barcelona negra jetzt bestellen!

Weitere Infos & Material


LAS SOMBRAS DE BRAWNER


Antonia Cortijos


Hace tres días que me he convertido en su sombra. Duermo en el coche para no perderlo de vista. Lo hago a trompicones, siempre atento a la puerta de entrada del edificio. Sobre las siete sale a la calle y de inmediato abandono el vehículo. Lo sigo a varios metros de distancia para no despertar sospechas.

Las noches de mal dormir están empezando a pesarme y noto que me muevo con lentitud. Se está alejando demasiado, he de correr unos metros para rectificar la distancia. Parece tener prisa. Todavía es noche cerrada, acaban de regar las calles y la humedad se cuela a través de mis zapatos. Un escalofrío me recorre el cuerpo. Subo el cuello del abrigo y me froto las manos para intentar procurarme algo de calor.

Está llegando al Passeig del Born y, como cada día desde que lo conozco, entra en un pequeño bar que hace esquina con Calders. Está abierto desde las seis, los clientes acostumbran a ser taxistas a punto de acabar el turno de noche, y obreros de la construcción dedicados a restaurar muchas de las casas de un barrio que está empezando a reconstruirse, comenzando su transformación. Las paredes de establecimientos y viviendas son repicadas hasta que aparece la piedra, y el alma de los muros queda al descubierto.Tu cuerpo percibe su vibración, te habla de la historia de un barrio arrasado en 1714 por un rey vengativo, que mandó derribar mil doscientas de sus casas para levantar una ciudadela, una fortaleza militar que dominó la ciudad durante más de cien años. Ahora, en su lugar, se asienta el parque de la Ciudadela, hermoso, extenso, verde.

Espero unos segundos y, amparado por la penumbra exterior, me acerco para observar con sigilo cómo lee el periódico y bebe café. Los tres días se ha sentado en el mismo lugar, alejado del resto de parroquianos. No puedo apartar los ojos de él, estoy volviendo a contemplar, igual que lo hice ayer y también anteayer, la forma de dirigirse al camarero, sus gestos breves con los codos apenas separados del cuerpo, la espera hasta que el café adquiere la temperatura deseada, el placer con que se lo bebe de un tirón. Junto al café le prestan el periódico y vuelvo a preguntarme si será del día anterior.

Aspiro con deleite el aire fresco que me llega con olor a salitre, mientras la luz que anuncia el amanecer perfila la silueta del Born, el antiguo mercado de abastos, un edificio construido en acero, de estilo modernista, que ahora languidece vacío y solitario con la tristeza del que se siente inútil. Es fácil orientarse en este barrio, cualquier calle o plaza aún guarda el eco de los ruidos y los olores que diferenciaban el trabajo artesanal de cada oficio.Todas llevan sus nombres. Cuando están a punto de cumplirse los treinta minutos me escondo en una de las porterías cercanas. Sé que pasará frente a mí camino de Sombrerers, una estrecha calle que rodea parte de la iglesia de Santa María del Mar, y en la acera frontal, donde hoy se alinean galerías de arte, vinitecas y restaurantes, en la Edad Media, y hasta no hace mucho, se agrupaban los talleres donde confeccionaban sombreros de caballero. Luego subiremos por Argenteria, donde se trabajaba el argento o plata, el oro y otros metales finos. Saldremos a la Vía Layetana, el límite del barrio por el sur, hasta atravesarlo y adentrarnos en la plaza de la Catedral. Luego llegaremos a una calle angosta, donde a duras penas puede circular un coche y se acumulan las tiendas de antigüedades.Yo sé en cuál de ellas entrará.

Es el momento que aprovecho para comer algo y tomarme un café que despeje la niebla de mi cerebro.

Todo empezó hará una semana.

A mí me parece una eternidad.

La policía se presentó en mi casa para anunciarme, con cristales de escarcha en la voz, que mi madre había muerto.

Encontraron su cuerpo en el jardín botánico del parque de la Ciudadela sobre un parterre de flores blancas, envuelto en un suave camisón de seda roja que acentuaba aún más la lividez de la piel. La posición había sido minuciosamente recreada para simular un sueño placentero y sólo la cabeza, con marcas de abrasiones en el cuello y cubierta por una bolsa de plástico, contaminaba la escena. La autopsia demostró que Anna Brawner ya era cadáver cuando fue depositada allí, así que de inmediato se inició una investigación.

El inspector Gómez Triadó me interrogó una y otra vez, pero poco podía decirle. Ella había sido siempre una mujer extraña que no me permitió acceder a sus secretos, nunca supe dónde nació, decía de sí misma que era ciudadana del mundo. Sólo pude sonsacarle, ya en la adolescencia, que su madre había muerto al nacer ella. Pero nunca me dijo quién era mi padre y si aún estaba vivo.

Tuve que hacerme cargo de su cuerpo y trasladarlo hasta el tanatorio, donde la velé en solitario. Sentado frente a ella, sin poder apartar la vista de su rostro, sentí cómo detonaba en mi interior un cortocircuito que me dejaba en la más absoluta oscuridad. La conexión se había corroído y ahora sé, con absoluta seguridad, que las tinieblas nunca se alejarán de mí.

A la mañana siguiente se ofició el funeral.A él asistieron dos hombres y una mujer a los que no conocía, y el inspector Gómez Triadó.

Uno de ellos era un anciano que probablemente había superado los noventa años, pero que movía con agilidad un cuerpo insólitamente erguido. Esa particularidad, unida a un traje hecho a mano color gris marengo, un fino jersey de cuello alto que disimulaba los estragos de la edad y un cabello inmaculado, blanco y abundante, le otorgaban un aspecto aristocrático, seductor.

El otro era un hombre entrado en la cuarentena, vestía y se comportaba de forma anodina.

La mujer tendría la edad de mi madre, pero carecía de su vitalidad, de su amor por la vida. Unos ojos grises, envueltos en niebla, parecían pedir disculpas.

El inspector Gómez Triadó se apresuró a citarlos en la comisaría para un interrogatorio, pero yo era incapaz de reaccionar, ni se me pasó por la cabeza que aquella gente podía descubrirme rincones ocultos de mi madre que me ayudaran a comprenderla y a comprenderme. Me limité a recibir sus condolencias y seguí con la mirada fija en el lujoso ataúd donde descansaba.

Durante el breve funeral algo me inquietó. Cuando estaba a punto de acabar la ceremonia sentí un cosquilleo en la nuca, como cuando alguien te mira fijamente largo rato. Un gesto instintivo me hizo girar la cabeza, pero sólo tuve tiempo de ver una sombra que salía por la puerta.

Nadie me acompañó al pequeño cementerio situado junto al tanatorio, y, en soledad, esperé que tapiaran la tumba y finalizara el ritual del entierro. No había podido llorar, pero en el momento que los funcionarios se alejaron, me quedé mirando el enorme ramo de flores blancas depositado sobre la lápida y el llanto llegó a mí a borbotones, imparable, tuve que arrodillarme porque mis pies no aguantaban el peso de mi cuerpo y mi dolor.

Cuando levanté la vista, de nuevo aquella sombra. Esta vez desaparecía tras la escultura de un ángel protector de mármol blanco. No sé qué parte de mi cuerpo reaccionó, porque yo estaba ausente en un mundo de recuerdos, incapaz de vivir el presente. Sé que me alejé hacia la salida y esperé unos minutos para volver después con sigilo a la tumba de mi madre.Antes de llegar a ella, el instinto me desvió hacia el lugar donde se había escondido la persona que me observaba, como si el hecho de rodearme del mismo aire o pisar la misma tierra me conectara con él, me revelara su secreto. Asomé lentamente la cabeza bajo una de las alas extendidas y entonces lo vi.

Y el asombro me hizo apartar la mirada.

Mis ojos me estaban mintiendo, no podía ser de otra manera.

Incrédulo, volví a mirar de nuevo y él continuaba allí, erguido, como si fuera yo, como si un espejo me reflejara con los brazos cruzados sobre el pecho y la vista fija en la zona de la lápida donde el nombre de «Familia Brawner» está esculpido en letras doradas sobre mármol negro.

No podía apartar la mirada de aquel hombre alto, el pelo rubio brillando bajo el sol del mediodía, con una piel tan blanca que ningún color se reflejaba en ella, todos eran devueltos a la luz. Pero lo que me producía aquel miedo impreciso, borroso, indefinible, aquel sudor frío que resbalaba por mi espalda, era la expresión de su cara.

Desde entonces le sigo.

–Le agradezco que haya venido hoy mismo.

–Siempre he pensado, inspector, que los tragos amargos empeoran si no los bebes de inmediato.

–Pongo en marcha la grabadora, pero debo informarle de que puede usted negarse.

–No voy a hacerlo, en realidad me tiene sin cuidado. Mi nombre es Jacob Zimmerman, nací en Hamburgo,Alemania, hace noventa y dos años. Desde hace cincuenta y ocho vivo en Barcelona.

–¿Por qué fue al funeral de Anna Brawner?

–Porque era mi nuera.

–Entonces… ¿hay algún parentesco entre usted y Julián Brawner?

–Sí, es mi nieto.

–Me sorprende, yo hubiera jurado que no se conocían.

–Y así es, en parte. Nunca había hablado con él hasta hoy, y estoy casi seguro de que ella nunca le habló de mí. Es una vieja historia familiar. Decidí emigrar a Barcelona a finales de los años veinte, para huir de la crisis económica que sufría mi país. Mi mujer, Edith Keller, abrió una tienda de modas en la Rambla de Cataluña y yo, un negocio de antigüedades que aún conservo. El padre de Anna Brawner llegó a...



Ihre Fragen, Wünsche oder Anmerkungen
Vorname*
Nachname*
Ihre E-Mail-Adresse*
Kundennr.
Ihre Nachricht*
Lediglich mit * gekennzeichnete Felder sind Pflichtfelder.
Wenn Sie die im Kontaktformular eingegebenen Daten durch Klick auf den nachfolgenden Button übersenden, erklären Sie sich damit einverstanden, dass wir Ihr Angaben für die Beantwortung Ihrer Anfrage verwenden. Selbstverständlich werden Ihre Daten vertraulich behandelt und nicht an Dritte weitergegeben. Sie können der Verwendung Ihrer Daten jederzeit widersprechen. Das Datenhandling bei Sack Fachmedien erklären wir Ihnen in unserer Datenschutzerklärung.