Ferber | ¡Así de grande! | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 304 Seiten

Reihe: Otras Latitudes

Ferber ¡Así de grande!


1. Auflage 2015
ISBN: 978-84-16112-60-9
Verlag: Nórdica Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, 304 Seiten

Reihe: Otras Latitudes

ISBN: 978-84-16112-60-9
Verlag: Nórdica Libros
Format: EPUB
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So Big, ¡Así de grande!, es el apodo cariñoso que Selina Peake DeJong le puso a su hijo, Dirk, al que, como toda madre orgullosa, preguntaba: '¿Cómo de grande es mi niño?'. Esta mujer tenaz y luchadora es la verdadera protagonista de la novela. Siendo muy joven, tras la muerte de su padre, se instalará en una comunidad agrícola de origen holandés, cercana a Chicago, en la que el papel de las mujeres estaba alejado del trabajo del campo, al que sin embargo ella dedicará su vida al quedarse viuda. Selina sacrificará sus sueños para que su hijo pueda tener la vida que ella anhelaba, una vida plena dedicada a la creación. Selina DeJong encaja perfectamente en el perfil feminista de las obras de Edna Ferber, que se manifiesta en el deseo de afirmación y autonomía de los personajes femeninos que creó, y refleja los ideales que compartió la propia autora durante toda su vida. Esta maravillosa novela recibió el premio Pulitzer en 1925 y ha sido llevada al cine en varias ocasiones.

Edna Ferber (Kalamazoo, 1887 - Nueva York, 1968). Escritora y dramaturga estadounidense. Independiente y enérgica figura feminista 'avant la lettre', es autora de novelas y obras teatrales de tono sentimental y romántico muy apreciadas por el gran público. Después de una breve experiencia periodística, de la que extrajo valiosos motivos de inspiración para sus historias sobre la pequeña y media burguesía estadounidense, debutó en 1908 con la publicación de una serie de relatos centrados en Mrs. McChesney, una ambiciosa mujer de negocios, que le valió una gran popularidad. Sus raíces profundas en el Medio Oeste y el amor por su gente y por su tierra, son algunos de los elementos inspiradores de su narrativa, caracterizada por un lúcido análisis de las tensiones sociales y dominada por un aliento épico. Es autora de obras tan conocidas como Cimarron (1930), Gigante (1950) o ¡Así de grande!, con la que obtuvo el Pulitzer.
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2

Selina se consideró afortunada por recalar en el colegio holandés de High Prairie, a quince kilómetros de Chicago. ¡Treinta dólares al mes! Iba a hospedarse en casa de Klaas Pool, el granjero. August Hempel había sido el artífice de todo aquello, o Julie, al insistirle. Por entonces, con cuarenta años, August Hempel, el carnicero de la calle Clark, conocía a todos los granjeros y ganaderos en varios kilómetros a la redonda, y a unos cuantos centenares más repartidos por todo el condado de Cook y el estado de Illinois.

Conseguir un puesto a Selina Peake en el colegio holandés era algo sencillo para él. Hasta entonces, todos los profesores en la escuela del distrito de High Prairie habían sido hombres. Al presentársele un puesto más ventajoso, el profesor que esperaban ese año se había retirado antes de empezar las clases. Esto fue en septiembre. La escuela de High Prairie no abría hasta la primera semana de noviembre. En esa región de granjas hortícolas, todos los niños y niñas mayores de seis años trabajaban en el campo durante los primeros meses de otoño. Dos años allí, y Selina estaría cualificada para enseñar en la ciudad. August Hempel le dijo que él podía arreglarlo cuando llegara el momento. Selina pensó que aquel astuto carnicero de cara colorada era un hombre maravilloso. Y lo era.

A los cuarenta y siete años, sin ayuda de nadie, August Hempel fundaría la famosa compañía cárnica Hempel. A los cincuenta controlaba los corrales, y había sucursales Hempel en Kansas City, Omaha y Denver. A los sesenta, el nombre de Hempel aparecía en almacenes de embalaje, fábricas y plantas envasadoras desde Honolulu a Portland, donde se leía:

No digas jamón. Di Hempel.

La gama de productos Hempel era increíblemente variada, desde cerdo a piña, de grasa a zumo de uva. Una denuncia era para Hempel lo que una demanda por exceso de velocidad para el resto. Algo de su carácter se refleja en el hecho de que los granjeros que habían conocido al carnicero con cuarenta años seguían llamando «Aug» al millonario de sesenta. A los sesenta y cinco, empezó a jugar al golf y ganaba a su yerno, Michael Arnold. Un magnífico y viejo pirata, que surcaba los peligrosos mares comerciales de la Norteamérica de los años noventa antes de que las comisiones, investigaciones y un senado inquisidor se empeñaran en blanquear la bandera negra del comercio.

Selina hizo sus preparativos con sorprendente lucidez teniendo en cuenta su juventud e inexperiencia. Vendió uno de los diamantes azulados y se quedó con el otro. Metió en el banco toda su herencia de cuatrocientos dólares y noventa y siete dólares. Compró unas cómodas botas de campo y dos vestidos, uno de sarga marrón que se hizo ella misma, con el cuello y los puños blancos, muy bonito (naturalmente, los puños irían protegidos con manguitos negros durante la clase), y otro de cachemir color burdeos (una locura a la que no se pudo resistir) para ocasiones especiales.

Aprendió afanosamente cuanto pudo sobre la región antes conocida como Nueva Holanda. Todos sus habitantes eran granjeros y tan holandeses como los Países Bajos de los que ellos o sus padres provenían. Oyó historias de zuecos de madera utilizados en las húmedas llanuras, de un tal Cornelius Van der Bilt, de andar pesado y cara colorada, que vivía plácidamente ignorante de la existencia de su distinguido tocayo neoyorkino; de granjeros robustos, flemáticos y laboriosos que vivían en casas con muchas ventanas, al estilo de las que recordaban en Europa. Muchos de ellos habían llegado de la ciudad de Schoorl o de sus alrededores. Otros, de las tierras bajas a las afueras de Ámsterdam. Selina se imaginaba aquello como otro Sleepy Hollow, una réplica de la pintoresca aldea del maravilloso cuento de Washington Irving. El maestro desertor era un segundo Ichabold Crane, naturalmente. El granjero que iba a hospedarla, un moderno Mynheer van Tassel, con pipa, risas y todo. Ella y Julie Hempel habían leído juntas el cuento una tarde en que Julie consiguió eludir el edicto materno. Selina, imaginando campos de trigo dorado, buñuelos crujientes, rosquillas desmigándose, sabrosos patos salvajes, lonchas de ternera ahumada, pasteles de calabaza, bailes rurales y jóvenes granjeras de mejillas sonrosadas, sintió lástima de que la pobre Julie tuviera que quedarse en el manido, gris y anodino Chicago.

La última semana de octubre Selina iba camino de High Prairie, sentada junto a Klaas Pool en el carro de dos caballos donde este llevaba el género al mercado de Chicago. Selina se sentó junto a él en el elevado asiento como un atrevido pajarillo al lado de una vaca frisona. Así fueron traqueteando por el largo camino de Halsted en un atardecer de finales de octubre. Las praderas a las afueras de Chicago todavía no se habían convertido en un espectáculo épico y aterrador de escombreras, chimeneas y altos hornos, como en un dibujo de Pennell. Aún se extendían a lo lejos bañadas por los últimos rayos de sol de otoño, que la niebla del lago empezaba a envolver, como la gasa cubre el oro. Kilómetros y kilómetros de campos de repollos de un verde jade que resaltaba contra la tierra. Kilómetros y kilómetros de repollos rojos, de un intenso color burdeos entreverado de negro. Entre ellos, pilas de maíz amontonadas al sol. En el horizonte, franjas esporádicas de bosque mostraban los últimos tonos rojizos y ocres de robles y arces. Todo esto lo vio Selina con sus ojos amantes de la belleza y apretó fuertemente las manos enfundadas en sus negros guantes de algodón.

—¡Oh, señor Pool! —exclamó—. ¡Señor Pool! ¡Qué bonito es esto!

Klaas Pool, mientras guiaba sus caballos por el embarrado camino de Halsted, miraba hacia delante con los ojos aparentemente fijos en un punto invisible situado entre las orejas de uno de sus caballos. Su mente no era muy rápida, ni su cuerpo un mecanismo que respondiese inmediatamente al mensaje enviado por su cerebro. Sus ojos eran azules cobalto, en una cara redonda y cubierta de una hirsuta barba dorada. Aquella cara de luna estaba sólidamente encajada entre unos anchos hombros, así que, cuando empezaba a girarla lentamente, uno se maravillaba de aquel proceso y temía oír un crujido. Klaas Pool estaba volviendo el rostro hacia Selina, pero manteniendo la vista fija en el punto situado entre las orejas de su caballo. Evidentemente, la cabeza y los ojos se movían en virtud de procesos diferentes. Klaas ya casi estaba cara a cara con Selina. Luego giró los ojos lentamente hasta enfocar el rostro de camafeo de la joven, iluminado de gozo por el paisaje que la rodeaba, de euforia por la nueva aventura que emprendía, y de una excitación como la que sentía cuando el telón rojo se alzaba lentamente en el primer acto de una obra de teatro que viera con su padre. Iba bien abrigada contra el aire frío de octubre con su capa, su bufanda y un chal alrededor de las rodillas y la cintura. La habitual palidez lechosa de su piel fina y clara mostraba un rubor inusitado, y sus ojos, oscuros y muy abiertos, brillaban. Al lado de aquel rostro radiante y delicado, las toscas facciones de Klaas Pool parecían talladas en otro barro y en otra raza. Sus ojos azules parecían no comprender.

—¿Bonito? —preguntó, desconcertado—. ¿Qué es bonito?

Selina sacó los delgados brazos de las envolturas de la capa, chal y bufanda y los abrió en un gesto que abarcaba el paisaje, sobre el que el sol del atardecer arrojaba un resplandor típico de aquella región lacustre, rosáceo, dorado y titilante.

—¡Esto! Los… los repollos.

Un velo burlón cubrió lentamente la mirada fija y azul de Klaas Pool. Ese velo se extendió casi imperceptiblemente hasta arrugar sus grandes fosas nasales, ensanchar sus labios carnosos, agitar sus anchos hombros y producirle un cosquilleo en la barriga. Un lento, grave y pesado regocijo holandés retorcía y sacudía a Klaas Pool de los ojos a la cintura.

—¡Que los repollos son bonitos! —dijo, mirándola alborozado y con los ojos muy abiertos—. ¡Que los repollos son bonitos!

Entonces su risa silenciosa fue aumentando hasta convertirse en una ronca carcajada. Estaba claro que, para Klaas Pool, la risa, una vez empezada, no era algo que se desechaba sin más.

—¡Que los repollos…! —dijo, ahogándose ligeramente.

Resopló, vencido.

Luego volvió la mirada a los caballos y al camino, mediante el mismo proceso de girar primero la cabeza y después los ojos. Selina pensó que la jocosa mirada de su ojo derecho y su redonda mejilla le daban un aire increíblemente pícaro de duende.

Selina también se echó a reír mientras protestaba por la risas de Klaas Pool.

—¡Pues claro que lo son! —insistió—. Son bonitos. Como el jade y el burdeos. No, como… como… ¿Qué es lo que hay en…? Como el crisoprasio y el pórfido. Todos esos campos de repollos y el maíz y las remolachas juntos parecen alfombras persas.

Desde luego, no era así como la nueva maestra debía hablar a un granjero holandés que conducía su carro por el sucio camino hacia High Prairie. Pero Selina, hay que recordarlo, había leído a Byron a los diecisiete años.

Klaas Pool no sabía nada del crisoprasio ni del pórfido. Tampoco de Byron. Ni, ya puestos, de jades ni burdeos. Pero sabía de repollos, verdes y rojos. Lo sabía todo de repollos, desde la semilla al chucrut; conocía y cultivaba variedades que iban del robusto repollo chato al temprano Wakefield. Pero que fueran bonitos, que parecieran joyas, que se extendieran como alfombras persas, era algo que nunca se le había pasado por la cabeza, y con razón. ¿Qué...



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