Flagg | Tomates verdes fritos | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 488 Seiten

Reihe: Ensayo

Flagg Tomates verdes fritos

en el café de Whistle Stop
1. Auflage 2024
ISBN: 978-84-128757-1-3
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

en el café de Whistle Stop

E-Book, Spanisch, 488 Seiten

Reihe: Ensayo

ISBN: 978-84-128757-1-3
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



Mezcla de tradición y frescura, la conmovedora Tomates verdes fritos trata sobre Evelyn Couch, una mujer de mediana edad que está pasando por una depresión, y la entrañable anciana Ninny Threadgoode. Evelyn vive una existencia gris, acomplejada y totalmente frustrada con todo lo que la rodea. En una visita al asilo donde reside su suegra conoce a la señora Threadgoode, que comienza a contarle historias de un pequeño pueblo llamado Whistle Stop, cuya vida giró un tiempo en torno a un café. De pronto, a Evelyn se le abre una luminosa ventana al pasado por la que entra un soplo de aire fresco. Remontándose a finales de la década de 1920, la anciana describe a Idgie y Ruth, dos espíritus sensibles, alegres y llenos de una admirable energía vital, que saben sobreponerse a las dificultades y saborear el gusto por la vida. La ternura y la solidez se mezclan sabiamente en las palabras de Ninny, que hace de Idgie y Ruth dos auténticas heroínas de la vida cotidiana. Tomates verdes fritos aborda temas como la discriminación de la mujer, el racismo, la homosexualidad femenina, la miseria o el alcoholismo y, a pesar de eso, es una de esas novelas optimistas en las que, como por arte de magia, todo encaja a la perfección. La novela fue llevada al cine en 1991.

Birmingham (EE:UU), 1944. Actriz, comediante y escritora estadounidense, conocida como panelista semirregular en el concurso Match Game (1973-1982) y por la novela que escribió en 1987, Tomates verdes fritos, adaptada al cine en 1991. La película obtuvo dos nominaciones a los Óscar, una de ellas por el guion adaptado por Flagg. Animada por su padre, Flagg se interesó en la escritura y la actuación a una edad temprana. Durante la década de 1960 Flagg comenzó a escribir parodias para el club nocturno de Nueva York Upstairs at the Downstairs. Al sustituir a uno de los artistas, que había enfermado, llamó la atención del creador de Candid Camera, Allen Funt. Poco después, invitaron a Flagg a escribir y actuar en el programa. En 1978, ganó un premio por un relato que había presentado en la Conferencia de Escritores de Santa Bárbara. El trabajo se convirtió en la base de la novela Daisy Fay y el hombre de los milagros, que se publicó en 1981 y permaneció en la lista de best sellers del New York Times durante diez semanas. Su novela más conocida, Tomates verdes fritos, se publicó en 1987 y permaneció en la lista de best sellers del New York Times durante treinta y seis semanas, aunque también ha escrito otros como Bienvenida a este mundo, pequeña (1998), Standing in the Rainbow (2002), A Redbird Christmas (2004), Me muero por ir al cielo (2006), Todavía sueño contigo (2010) y The All-Girl Filling Station's Last Reunion (2013).
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El mundo está lleno de mujeres con historias tristes. Que no pueden con la vida. Que arrastran maridos apestosos, violentos y machistas. Que tienen hijos desagradecidos o de los que se han distanciado. Cuyos trabajos, si los tienen, no les satisfacen, no les realizan ni les dan el suficiente dinero para independizarse. Mujeres tristes que siguen con sus vidas, que van al médico, que piden ayuda y toman antidepresivos, que se toman su vino diario para soportar el día a día. Mujeres que no son felices, que no lo han sido y que no saben cómo podrían serlo. Son nuestras madres, tías, abuelas, nuestras maestras, nuestras tenderas, las vecinas, las que te cruzas en el súper, son nuestras amigas y, también, somos nosotras.

Esas mujeres normales, que temen ganar peso, que tienen hijos pero a veces se arrepienten, que se sienten solas, aunque siempre estén acompañadas, a las que les cuesta crear amistades y que no saben romper con todo lo tóxico que les rodea. Mujeres así hemos sido todas alguna vez en la vida. No porque sea algo biológico e inherente al constructo que tiene que ver con ser mujer, ni mucho menos. Simplemente, porque nuestra querida sociedad, ese heteropatriarcado capitalista, marca un esquema fijo de lo que es ser mujer, basado en unas cuotas de éxito y de perfección imposibles de conseguir, ni siquiera durante unos minutos por la más perfecta de las criaturas. Es entonces cuando todo se desmorona, cuando surgen traumas, enfermedades, dolores y problemas de autoestima y convivencia. Eso que todas las mujeres hemos vivido, que también viven quienes no se identifican con ningún género, y que empiezan a vivir muchos hombres, recorre las páginas de una de las novelas feministas de los años ochenta, que tuvo un éxito imprevisto, Tomates verdes fritos. Es fácil que todos los seres que habitamos el mundo capitalista empaticemos y nos emocionemos con las dichas y desdichas de Idgie y Ruth, dos mujeres que lo tuvieron todavía más difícil, que en tiempos de la Gran Depresión americana supieron romper los roles de género y poner en su sitio a esos estamentos sociales —Iglesia, Estado y marido— que encorsetaban a las mujeres. Solo así pudieron llevar la vida que quisieron, desde la revolución amable o desde la inconsciencia de estar haciendo un acto revolucionario.

Tomates verdes fritos ha sido una novela y una película sobre la que se han lanzado bastantes prejuicios que, en este momento de revisión, también disfórico en palabras de Preciado, y feminista, conviene romper. Prejuicios que tienen que ver con que las protagonistas del filme sean mujeres normales y corrientes, como nuestras madres, nuestras abuelas y como nosotras. Que hablen a veces con tópicos o frases hechas, lo cual no significa que eso las convierta en ñoñas o edulcoradas.

Quizá a esos prejuicios contribuyó, en parte, el éxito que en 1991 tuvo la adaptación cinematográfica de esta novela, con guion de la propia escritora, Fannie Flagg. Nadie daba un duro por ella, y sin embargo, la película se convirtió en todo un fenómeno en la taquilla, logrando una recaudación de 119 millones de dólares en todo el mundo. También fue un pequeño fenómeno en la temporada de premios. El guion de Flagg fue nominado al Oscar de la Academia de Hollywood y al premio Writers Guild of America, del sindicato de guionistas, además de ganar el prestigioso Scripter Award. Por cierto que la autora, como tantas creadores mujeres, recibió negativas a su historia. «Nadie está interesado en una anciana y un hogar de ancianos», cuenta que le decían los editores sobre una novela que, finalmente, ganó el Pulitzer.

Prejuicios que pasan también por cómo se consideraba a las escritoras mujeres. Siempre un peldaño por debajo, para empezar, y cuidado con que no cumplieran con lo establecido. A la premio nobel Annie Ernaux la llamaron ñoña por hablar de supermercados, la tienda de sus padres o su infancia. Hacia Fannie Flagg había cierto paternalismo, pues era una autora atípica. No provenía de ningún círculo intelectual, más bien de Birmingham, un pueblo de Alabama, y había trabajado como actriz e intentado hacerse un hueco en el mundo de la belleza presentándose hasta siete veces al concurso de Miss Alabama. Fue entonces cuando cambió su nombre (había sido registrada al nacer como Patricia Neal), ya que coincidía con el de una famosa intérprete americana. Si hay algún lector friki puede buscarla en la mítica Grease o en Locos en Alabama, la película de Antonio Banderas.

No fue hasta 1983 cuando esta mujer, disléxica e incapaz de deletrear, publicó su primera novela, Daisy Fay y el hombre de los milagros, a la que seguirían Bienvenida a este mundo, pequeña y Me muero por ir al cielo, con gran éxito de ventas. Y, finalmente, su obra más conocida, Tomates verdes fritos, gracias también a esa adaptación cinematográfica que supo colarse en la taquilla en tiempos donde dominaban hombres fuertes como Arnold Schwarzenegger o Sylvester Stallone.

¿Cómo fue posible tal éxito? ¿Si por entonces todo ejecutivo de Hollywood juraba y perjuraba que las historias de mujeres no vendían, si por aquel entonces solo los rostros bellos tenían cabida en la gran pantalla? ¿Qué tiene esta novela que pudo convertir a su película en un éxito? Básicamente, que las mujeres que en ella salen podrían ser nuestras amigas. Y eso no tiene rival.

En ese año, por cierto, se estrenó también otra película sobre amistad femenina, Thelma y Louise, de Ridley Scott, donde Susan Sarandon y Geena Davis huyen tras disparar al marido maltratador de una de ellas en un Thunderbird ’66. Una huida donde la violencia parece inevitable y donde desde el inicio se vislumbra el triste y atropellado final. La película marcó escuela y sigue marcando y dejó en la sombra a Tomates verdes fritos que, injustamente, fue acusada de edulcorada, quizá por el motivo de que a diferencia del retrato de la violencia que emerge en la película de Scott, en la esencia de la historia de Flagg la reflexión sobre el asesinato o la eutanasia es mucho más optimista y naif.

Sí podemos decir que la película es más blanda y blanca que la novela. La escritora no pudo convencer a los productores de desarrollar la historia de amor de dos mujeres, que no mencionaban la palabra lesbiana, pero que vivían felices construyendo su nuevo modelo de familia, con un niño adoptado ante las circunstancias, con amigos a los que cuidar y proteger, como los afroamericanos que trabajan en el lugar. Eso es lo que hace la novela mucho más profunda y en la que la autora creó a dos lesbianas felices, algo poco habitual en la literatura y en el cine, donde el lesbianismo es siempre vivido como una desgracia, como algo triste y una condena. En Tomates verdes fritos Flagg, que fue pareja de la escritora Rita Mae Brown, proyectó lo que hubiera sido su familia ideal.

Sin embargo, Flagg no pudo hacer que en el guion se ahondara en la trama queer de la historia. No era un momento donde las tramas de diversidad sexual explícitas estuvieran en los guiones de Hollywood y esta adaptación no fue una excepción. Una pena, pues hubiera hecho mucho más rica e interesante la historia. Lo bueno es que en su novela queda todo eso que la escritora quería contar.

La autora supo darle a figuras que, a priori, no estaban politizadas una dimensión política, sin aspavientos ni grandes discursos. Lo que enseña Flagg hoy es que no solo hay feminismo en la teoría, también en el día a día de un restaurante que cocina menús para los que no pueden pagarlos, que trata en igualdad a todos y que rechaza la violencia machista, como sea y cueste lo que cueste. Todavía hoy, varias olas feministas después, cuesta ver el potencial político que hay en las amas de casa, en las mujeres que no están politizadas, que no conocen o debaten en términos feministas pero que toman las riendas de su vida y ejecutan muchas de esas teorías del feminismo, por ejemplo, aquellas que tienen que ver con la sororidad, el gran tema de la obra que tenemos aquí.

»Las mujeres ponen mayor empeño en mejorar sus relaciones con los hombres. Pero lo más importante es cambiar las relaciones entre mujeres». Esta frase de Kate Millett es quizá el mejor resumen de Tomates verdes fritos, novela sobre la que se ha dicho y escrito mucho y que tiene como tema y defensa la sororidad. Si ahondamos en ese término, que muchos detestan, ya hasta Unamuno mencionaba algo similar. El autor de La tía Tula hablaba de que fraternal y fraternidad vienen de frater, hermano, y Antígona era soror, hermana, por lo que convendría hablar de sororidad y de sororal, de hermandad femenina. Aunque es un neologismo inglés, sorortiy, o un sinónimo de sisterhood (hermandad), el término también tiene una raíz latina, soror, que quiere decir hermana de sangre.

La idea de hermandad entre mujeres, de cooperación y solidaridad es una manera de luchar contra una idea que el patriarcado ha infundado en el imaginario colectivo, la...



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