E-Book, Spanisch, Band 3, 264 Seiten
Reihe: Mujeres
Flecha García Las primeras universitarias en España
1. Auflage 2023
ISBN: 978-84-277-3011-3
Verlag: Narcea Ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, Band 3, 264 Seiten
Reihe: Mujeres
ISBN: 978-84-277-3011-3
Verlag: Narcea Ediciones
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Consuelo FLECHA GARCÍA es catedrática de la Universidad de Sevilla e investigadora en temas de feminismo, género y educación sobre los que ha publicado algunos estudios.
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Prólogo
Este libro tiene el acierto de abordar un momento crítico de la historia de la universidad española: el acceso de las mujeres a los estudios y profesiones universitarias. El arco de tiempo que abarca permite calibrar la «pertinencia histórica» que la educación de la mujer alcanzaba entonces. Es decir, la aceptación o reticencias del contexto socio-político en cuyo seno se desarrollaba el proceso estudiado.
El Libro Blanco sobre Estudios de las Mujeres en las Universidades Españolas (1995) cita a Consuelo Flecha entre el escaso profesorado de Universidad que más se ha señalado por dirigir trabajos sobre la mujer en el campo de Historia de la Educación. La nueva investigación de Consuelo Flecha, que ahora nos ocupa, aporta un punto de partida obligado para estudios sucesivos sobre la presencia y actuación de las mujeres en la universidad, como estudiantes y como profesoras. Libros como éste impulsan la búsqueda, descubrimiento y explotación de nuevas fuentes o sugieren una mirada diferente sobre las ya conocidas. La antropología de la diferencia ha abierto nuevas posibilidades en el progresivo ensanchamiento del campo histórico, logrado principalmente a partir de la ya lejana, pero fértil, escuela de los Annales. Dado que el ingreso en la universidad estaba supeditado al estudio del bachillerato, para el que las muchachas necesitaban autorización administrativa especial, y que la enseñanza primaria de las niñas tenía un carácter peculiar y más elemental que el de los niños, la perspectiva de género, adoptada por la autora, abre interrogantes urgentes para la Historia de la Educación. Cuestionamientos que atañen de modo directo a la historia de las instituciones docentes. ¿Dónde se educaban las niñas en la era que precede a la explosión escolar? ¿Quiénes las educaban? ¿Cómo? Por mucha importancia que tengan las obras clásicas sobre este tema, dicen poco sobre estas realidades propias de una historia de la educación interesada por la vida concreta y cotidiana. Los estudios monogréificos realizados sobre Escuelas Normales de Maestras, donde se habían «diferenciado» las enseñanzas respecto de las masculinas suprimiendo de sus exámenes las materias científicas, seguirán aportando nuevos datos iluminadores. Los centros de enseñanza para niñas que, a partir de las parroquias y de la beneficencia de la Iglesia, se desarrollan en número considerable a lo largo del siglo XIX en las ciudades y en el campo, ofrecerán contribuciones significativas junto a las ya conocidas. Aportará también nuevos datos sobre la educación de la mujer, el profundizar en la educación de adultos. Todo ello sin olvidar la historia oral. Aún podemos hoy dialogar con personas que no han accedido a la alfabetización. Si se exceptúan las estadísticas, la historia oral representa una posibilidad privilegiada de integrar en la memoria histórica a grupos numerosos de población. En ellos, la historia oral se hace realmente oral: «la oralidad de aquellos que no saben leer ni escribir, que sólo hablan». A esta población pertenecía el 66 % de las mujeres españolas durante el primer decenio de siglo, con grandes diferencias entre unas regiones y otras. Los interrogantes mencionados atañen también, a la historia social que descubre tantas veces el abismo entre la legalidad proclamada y la realidad cotidiana. Camina ésta a su paso, unas veces a remolqu y otras por delante de la normativa jurídico administrativa. El desfase es muy visible en lo que se refiere a la historia de la educación antes de las disposiciones legislativas de los gobiernos liberales. A las investigaciones que afronten el reto, se les puede predecir un amplío margen innovador para la explotación de fuentes y nuevas metodologías. Así mismo, están llamadas a continuarse e intensificarse las investigaciones a partir de las disposiciones que instauran la obligatoriedad escolar para las niñas. Es sabido que la Historia y la Sociología son las disciplinas que, hasta ahora, se han mostrado más capaces para contribuir con investigaciones y publicaciones a desvelar la presencia de las mujeres en el pasado y en el presente.
Pero quizá la aportación más relevante de una historia así concebida revierta en la historia política, porque revela de modo palmario una de las más fuertes contradicciones de la Edad Moderna. La proclamación de los Derechos del Hombre, como referencia para toda la Humanidad, excluía del derecho al voto a ciertas categorías de ciudadanos. Entre ellos, a las mujeres, única categoría que lo fue en razón del género. A partir de estas premisas, los gobiernos españoles ensancharon progresivamente, en distintas ocasiones, los círculos de votantes. Hasta el Sexenio Revolucionario, que lo extiende a todos los ciudadanos. Pero no a las ciudadanas, puesto que, lógicamente, subsiste la causa de la discriminación. Emílía Pardo Bazán dejaba constancia del hecho: «la distancia social entre los dos sexos es hoy mayor que era... porque el hombre ha ganado derechos y franquicias que la mujer no comparte». La Edad Moderna arrastrará esta contradicción hasta bien entrado nuestro siglo. En España, hasta la Segunda República.
En el cultivo de ese caldo surgirán los movimientos de los Derechos de las mujeres en el siglo XIX. Sí nos preguntamos por el motor principal que alimentó la escalada de las primeras, me inclino por una conciencia madura de los derechos que las asistían. Pero, sin duda, también el deseo de saber. Un saber, a ellas secularmente vedado. La investigación de Consuelo Flecha se centra en un argumento: la historia de un acceso al saber. O sea, al lagos, a la palabra. En. el Congreso Pedagógico de 1892 las mujeres que hacen uso de la palabra son conscientes de hablar en nombre de las que no tienen voz. Las primeras que alcanzaron la meta -sin omitir sus méritos personales- constituyen los afortunados eslabones de una cadena, que se venía forjando tiempo atrás en un lento proceso hacia otra fisonomía cultural, moral y jurídica.
La Historia de las mujeres tiene una trayectoria corta. Se ha desarrollado no hace mucho más de un cuarto de siglo. Una parte del impulso inicial se debe al hecho de que la antropología cultural y, sobre todo, la histórica repensaron la familia como célula fundamental y evolutiva de las sociedades. Lo que con ello puso en primer plano son las estructuras de parentesco y el sistema que establece las relaciones entre los sexos.
Importante, desde luego, la teología escrita por mujeres. Buena parte de esta bibliografía proviene de los Estados Unidos. A ella se le une la producción literaria del occidente europeo, de América Latina y, esporádicamente, de algunos otros países. Si nos atrevemos a sintetizar los distintos puntos de vista susceptibles de integrarse en esta corriente, se constata la exigencia de una relectura de los libros sagrados que descubra y, en su caso, libere de conexiones religiosas la inferioridad en que, acaso desde el neolítico, las sociedades tradicionales han mantenido a las mujeres. Al mismo tiempo, la necesidad de reescribir la historia esclareciendo las influencias discriminatorias que las sociedades patriarcales han proyectado sobre la interpretación y desarrollo de la vida religiosa.
Lo dicho hasta aquí aboga por la necesidad de reescribir la historia de la educación, incorporando la de las mujeres como categoría históricamente marginal, aunque emergente en la actualidad. Pero esta es una afirmación que lleva implícita la de dirigir también la atención a la historia de la educación de los hombres, en cuanto tales. En todas las épocas se encuentran grupos ahistóricos que, profundizando en sus caracteres diferenciales, descubren una nueva conciencia de sí. El estudio de tales procesos se ha revelado fecundo. Así se constata con los realizados por antropólogos y por historiadores acerca de las relaciones entre las culturas, las clases, las etnias, las naciones o las generaciones.
Desde esta perspectiva, al abordar una Historia de la Educación renovada, el quehacer historiográfico se interrogará en una primera etapa analítica acerca de las situaciones de las mujeres y las de los hombres; pero la visión total del proceso ha de llegar a la comprehensión del sistema que rige las relaciones entre los sexos. Un «modelo» de investigación que tenga en cuenta el conjunto de las relaciones humanas sin descuidar sus interacciones. Que, como el libro de Consuelo Flecha para los años de entre siglos, detecten aquellas construcciones culturales e históricas, que en un momento dado definen las tipologías masculina y femenina.
Utilizar la metodología de género no implica, de por sí, radicalizar las diferencias. La concibo apoyada en un terreno de encuentro común -la persona- sin el cual peligraría algo esencial, la posibilidad de entendimiento a todos los niveles entre hombres y mujeres. La igualdad óntica, a que me refiero, requiere la aceptación explícita de las diferencias. A esto debiera corresponder -y hago votos para que así sea- el correlato pedagógico, de educar en la paridad esencial que cimenta la igual dignidad de los sexos; en la diferencia originaria de donde arranca la riqueza de la mutua complementariedad; y en la categoría ética de la reciprocidad que ha de presidir toda relación creativa entre hombres y mujeres.
ÁNGELES...




