E-Book, Spanisch, 112 Seiten
Fowles El árbol
1. Auflage 2017
ISBN: 978-84-17115-10-4
Verlag: Editorial Impedimenta SL
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, 112 Seiten
ISBN: 978-84-17115-10-4
Verlag: Editorial Impedimenta SL
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Fowles nació en Leigh-on-Sea. Después de estudiar en el Bedford School, estudió francés y alemán en la universidad de Edimburgo y en el New College de Oxford. Tras licenciarse, comenzó a trabajar como profesor en Francia, Grecia e Inglaterra. El éxito de su primera novela, El coleccionista, en 1963, hizo que dejara la docencia para dedicarse a la literatura. La obra de no ficción más conocida de Fowles es El árbol, un alegato por la conservación de la naturaleza escrito en 1979. Falleció en su casa de Dorset el 5 de noviembre de 2005.
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Los primeros árboles que recuerdo haber conocido bien fueron los manzanos y los perales que había en el jardín de la casa en que crecí. Dicho así, puede parecer que pasé mi primera juventud en un paraje rural y bucólico, pero nada más lejos de la realidad: la casa de la que hablo era un adosado de la década de 1920 situado en un suburbio de la desembocadura del Támesis, a unos sesenta kilómetros de Londres. El jardín trasero era bastante pequeño, menos de la cuadragésima parte de una hectárea, pero mi padre se había encargado de ir cubriendo uno de los extremos y toda una valla lateral con rejillas para podar y guiar los árboles en forma de espaldera y en cordón. Y hasta el trozo de césped más insignificante se convirtió en un pequeño huerto de árboles frutales que contaba con cinco manzanos, manejables solo porque mi padre se dedicaba a desramarlos y a podarlos constantemente, todo lo cual resultaba de una excentricidad considerable en medio de los terrenos mucho más convencionales de nuestros vecinos. Incluso un poco absurdo. Era como si quisiéramos tener nuestro trocito de huerta en medio de una gran casa de campo. Sin embargo, la gran cantidad de fruta que nos proporcionaban nuestros árboles disuadía a cualquiera de afirmar que mantenerlos fuera un disparate.
Los nombres que reciben las manzanas y las peras son bastante similares a los de los vinos: no hay manera de saber si la etiqueta que les damos se va a corresponder cada año con la calidad esperada. Podemos llamar a dos árboles por el mismo nombre, pero esos dos árboles pueden luego dar una fruta tan distinta entre sí como el vino de una viña de medio pelo comparado con el de un gran viñedo, aunque ambos estén situados en la misma colina. Incluso el fruto de un mismo árbol puede variar de un año a otro. Al igual que con la vid, el suelo, la situación, el clima son factores determinantes… Pero tras estos elementos de carácter más bien accidental, resulta esencial el cuidado humano. Y los árboles de mi padre, ya muy afortunados de poder crecer en el suelo arcilloso de aluvión propio de la zona, debían de ser de los más cuidadosamente podados y mimados de toda Inglaterra, y por los que más se rezaba cada día. Le hicieron ganar casi todos los premios de las exposiciones locales, y todas sus variedades (muchas de ellas cada vez más infrecuentes en estos días de supermercados en los que la carne tierna o la misteriosa necesidad de querer comer la fruta directamente del árbol se han convertido en desventajas comerciales) eran las mejores de su clase. Mucho más suculentas que cualquiera de las que yo haya probado desde entonces. Todavía me persiguen los recuerdos de sus nombres y el sabor de cada una de ellas: la Charles Ross y la Lady Sudeley, la Peasgood’s Nonsuch 1 y la Rey de las Reinetas. Incluso las más comunes que también cultivaba, como la Comice, 2 o las Mozart y Beethoven de la pomología inglesa, la James Grieve y la Cox Orange, adquirían en sus árboles tan astutamente dirigidos una riqueza y una sutileza que no he vuelto a probar salvo en muy contadas ocasiones. El que él conociera el momento exacto en que debían comerse también influía en tanta perfección. Una pera Comice puede tardar varias semanas en madurar una vez almacenada, pero su punto de sazón dura un solo día. Y la exquisitez de la Grieve es casi igual de fugaz.
Estos árboles tuvieron una influencia enorme en nuestras vidas. Mucho mayor de lo que jamás pude imaginar en mi juventud. Simplemente los contemplaba del mismo modo en que mi padre se los presentaba al mundo: el resultado de un pasatiempo tan anodino como cualquier otro. Tan poco original, o inevitable, como sus constantes preocupaciones financieras, como el hecho de que desapareciera todos los días para ir a Londres, como su úlcera duodenal o, para hablar de aspectos más gratos de su vida, como su golf de los fines de semana, su tenis y su afición por ir a ver los partidos de cricket que se celebraban en nuestro condado. En cualquier caso, eran más que árboles, y sus nombres, sus costumbres y sus peculiaridades estaban para él al mismo nivel emocional que los de su propia familia.
Ya existía por entonces una clara diferencia entre mi padre y yo, pero el niño que yo era no lo notaba. Quizá lo achacara a una mera cuestión de gustos, distintos tal vez por nuestras distintas edades, o, de nuevo, al simple hecho de que mi padre hubiera ido a elegir aquel pasatiempo precisamente. En cualquier caso, semejante diferencia entre nosotros se vio alentada y, a mis ojos, santificada, por varios parientes. Uno de mis tíos fue un entusiasta entomólogo que me llevó alguna que otra vez de excursión al campo (para poner redes, espolvorear azúcar, cazar orugas) y que me enseñó el delicado arte del «montaje» de lo que fuera que hubiéramos atrapado. También tenía dos primos mucho mayores que yo. El primero, plantador de té en Kenia, un entusiasta de la pesca con mosca y de la caza mayor, fue para mí, durante aquellas esporádicas ocasiones en que abandonaba su hogar y venía a visitarnos, el hombre más afortunado del mundo. El otro cargó con el papel de ese miembro indispensable en toda familia inglesa decente de clase media que se precie de serlo: un excéntrico vocacional que encajaba menos en la vida suburbana (con todas sus peculiaridades) que un erizo en un sofá. Se las arregló para armonizar una desconcertante serie de intereses privados y ejecutarlos con dignidad: sentía devoción por el clarete con solera, por las carreras de larga distancia (llegó a competir a nivel internacional), por la topografía y por las hormigas, tema en el que era toda una autoridad. Yo le envidiaba enormemente aquella libertad para hacer todas esas expediciones a pie, su interminable colección de fotografías de lugares exóticos, sus sólidos y amplios conocimientos de campo de la naturaleza, y me desconcertaba por completo que mi padre pensara que semejante ser humano, para mí tan fascinante, estaba medio loco.
Estos parientes fueron los responsables de que se despertase muy pronto en mí la pasión por la historia natural y por el campo. Es decir, el deseo de escapar de los árboles que tan artificialmente crecían en nuestro jardín trasero, y de todo lo que representaban. De esta manera, sin apenas darme cuenta, empezaba a pisotear el alma de mi padre. En secreto, anhelaba cada vez más todo aquello de lo que carecía nuestro entorno: el espacio abierto, lo salvaje, las colinas, los bosques… Creo que principalmente echaba de menos los árboles «reales» del bosque. Con una o dos excepciones (las marismas de Essex, la tundra ártica) siempre he odiado la visión de un campo llano y sin árboles extendiéndose ante mí. Semejantes espacios parecen dominados por el paso del tiempo, que va marcando su pauta de forma implacable, como un reloj. Pero los árboles distorsionan el tiempo o, más bien, lo que hacen es crear una variedad de tiempos: aquí denso y abrupto, allí calmado y sinuoso. Nunca lento y pesado, nunca mecánico ni ineludiblemente monótono. Todavía experimento todas estas impresiones cuando me aventuro por alguno de los innumerables y secretos bosquecillos de la zona fronteriza que se abre entre Devon y Dorset, donde ahora vivo. Es casi como dejar la tierra firme y poder entrar en el agua, en otro medio, en otra dimensión. Cuando era más joven, vivía estas sensaciones con mucha intensidad. Escabullirme entre los árboles era como desaparecer en el mismo cielo.
Jamás llegaré a saber si la brecha que se abrió entre mi padre y yo habría sido menor de no haber nacido Hitler. Pero tal como se desarrollaron los acontecimientos, los avatares de la Segunda Guerra Mundial hicieron que tal distanciamiento se produjera de manera inevitable. Tuvimos que dejar nuestro barrio de Essex e irnos a vivir a un remoto pueblo de Devonshire, donde todos mis secretos anhelos se iban a ver inmensamente satisfechos. Mucho más de lo que nunca me habría atrevido a soñar. Allí, en mi nuevo mundo particular, en mi tierra prometida de árboles reales situada en Devon, pude olvidarme por fin de su pequeña colección de frutales retorcidos y apretujados. Más tarde me centraré en lo que significaron para mí entonces, y siguen significando, mis propios árboles, pero primero quiero tratar de expresar lo que solo ahora adivino que fueron para él. Y por qué ese gusto se desarrolló en la manera en que lo hizo. A medida que envejezco veo que la profunda diferencia que había entre nuestras distintas actitudes hacia la naturaleza, sobre todo en lo que se refiere a la forma de los árboles, y que todos advertíamos, poseía una extraña identidad en cuanto a los objetivos, una especie de raigambre conjunta, entrelazada: un paradójico espécimen.
Mi padre perteneció a esa generación que quedó marcada para siempre por la guerra de 1914 a 1918. En casi todas sus manifestaciones externas era un hombre convencional que ponía especial cuidado en no contrariar las buenas costumbres de los dos mundos en que vivía, el de la vida suburbana y el de los negocios en Londres. Antes de la guerra había estudiado para ser abogado, pero la muerte de un hermano en Ypres, y a continuación la de su padre, un hombre prototípico de la época victoriana tardía, que se había casado dos veces y que dejaba una infinitud de hijos que alimentar, le obligó a entrar en el negocio del tabaco. La empresa familiar no era una gran industria. Nada del otro mundo. Estaba especializada en la venta de puros habanos, de pipas de brezo hechas a mano, contaba con su propia línea de auténticos cigarrillos rubios (otro sabor perdido), y tenía dos o tres tiendas, una de ellas en...




