E-Book, Spanisch, 416 Seiten
Frankl Logoterapia y análisis existencial
1. Auflage 2018
ISBN: 978-84-254-4200-1
Verlag: Herder Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: 0 - No protection
Textos de seis décadas
E-Book, Spanisch, 416 Seiten
ISBN: 978-84-254-4200-1
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Viktor Frankl (1905-1997) es uno de los referentes más destacados de la psicología del siglo XX. Doctorado en Medicina y Filosofía por la Universidad de Viena, fundó la logoterapia, también denominada 'Tercera Escuela Vienesa de Psicoterapia'. En 1942, en pleno apogeo de los nazis, él y su familia fueron hechos prisioneros e internados en los campos de concentración. Fue precisamente esta experiencia la que lo llevaría a confirmar vivencialmente su teoría psicológica (desarrollada en décadas anteriores) basada en el sentido de la vida y con raíces existencialistas. Tras sobrevivir al Holocausto, fue profesor de Neurología y Psiquiatría en la Universidad de Viena y obtuvo la cátedra de Logoterapia en la Universidad Internacional de San Diego, California. Impartió conferencias en universidades de todo el mundo y sus libros han sido traducidos en más de 40 idiomas.
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QUIEN TIENE UN PORQUÉ PARA VIVIR
SOPORTA CASI CUALQUIER CÓMO
PREFACIO A LA NUEVA EDICIÓN
Yo no soy solamente médico especialista en dos disciplinas, sino también superviviente de cuatro campos de concentración, y, por esa razón, tengo también conocimiento acerca de la libertad que tiene el hombre para elevarse por sobre toda su condicionalidad, para oponer resistencia incluso a los condicionamientos y a las circunstancias más terribles y duras en virtud de lo que suelo denominar el poder de obstinación del espíritu.1
Cuando Viktor Frankl escribió estas líneas, poco después de su liberación del campo de concentración, nadie hablaba todavía de «resiliencia». Este concepto llegó a constituirse como una categoría permanente del discurso médico solo a fines de la década de 1970, con el extenso estudio longitudinal de Emmy Werner titulado «Die Kinder von Kauai». Werner, psicóloga evolutiva estadounidense, había observado durante un período de cuarenta años a 698 niños nacidos en la mencionada isla del archipiélago de Hawái en 1955 y que habían crecido todos en circunstancias difíciles. Un tercio de ellos llegaron a gozar de estabilidad psíquica y a ser adultos exitosos a pesar de la pobreza, la desocupación o el alcoholismo con el que habían convivido en su casa paterna. Observando con más detalle el grupo, Werner se encontró con una serie de «factores de resiliencia», ante todo el vínculo seguro a una persona de referencia constante, pero también humor, disposición para aceptar ayuda y diferentes formas de espiritualidad.
Con la llegada de la psicología positiva, la investigación sobre la resiliencia ahondó en el estudio de estos y otros factores como momentos determinantes y reconoció pronto que estos deben tenerse en cuenta no solamente para la superación de circunstancias de vida difíciles, sino también, en general, como pautas para una vida lograda. Por eso, desde hace un tiempo se registra en la literatura psicológica tanto científica como popular un verdadero auge del concepto de resiliencia.
En esta literatura se hace frecuente referencia a Viktor Frankl —a su obra tanto como a su biografía, en especial con vistas a su supervivencia y al modo en que abordó sus experiencias como prisionero en cuatro campos de concentración durante la dictadura de Hitler—. Algunos autores llegan a describir a Frankl como uno de los pioneros de la investigación sobre la resiliencia, a pesar de que, en realidad, la palabra «resiliencia» no aparece ni una sola vez en la vasta obra de Frankl.
Esta ausencia es digna de mención ya por el solo hecho de que Frankl participó de forma muy activa y con mucho interés hasta su muerte, en 1997, en el discurso científico de actualidad de la psiquiatría, la psicoterapia y la psicología y entró una y otra vez en un diálogo crítico con nuevas tendencias y temas de investigación dentro de las ciencias de la conducta. Por este motivo es improbable que, en especial en el marco de su actividad docente en las universidades de Harvard, Dallas, Duquesne y San Diego, no haya entrado en contacto con el concepto y enfoque de la resiliencia.
Retrospectivamente no es posible reconstruir con seguridad las razones por las cuales Frankl no retomó nunca el concepto, dejándoselo a otros, a pesar de que, con el «poder de obstinación del espíritu», expuso un concepto prima facie semejante, que resuena también en la cita de Nietzsche que aparece reiteradamente en diversos textos de Viktor Frankl: «Quien tiene un porqué para vivir soporta casi cualquier cómo».2 Aunque Frankl transforma el «soportar» pasivo de Nietzsche en el activo «poder de obstinación del espíritu»:
Si uno se convertía en un detenido típico o si incluso en esta situación forzada, en esta situación límite, uno seguía siendo hombre. De esta decisión se trataba en cada caso. […] Si todavía hubiera necesitado una prueba de que el poder de obstinación del espíritu es una realidad, el campo de concentración era el experimentum crucis.3
¿Qué relación guardan entre sí la resiliencia y el «poder de obstinación del espíritu»? En lo que sigue se habrán de esbozar los contornos del concepto de resiliencia y los del trabajo de Frankl sobre la cuestión de la posibilidad de superar psíquicamente sano un sufrimiento irremediable a fin de mencionar las coincidencias y diferencias entre ambos enfoques.
¿Resiliencia avant la lettre?
Ahora bien, para entrar en un diálogo semejante entre la investigación sobre la resiliencia y la tradición investigativa fundada por Frankl hay que aclarar primeramente un malentendido histórico, sobre todo porque una elucidación racional de ese error allana también el camino hacia un tratamiento más informado sobre la relación entre la logoterapia de Frankl y la resiliencia. Se lee a veces que la propia supervivencia de Frankl a sus tres años de prisión en los campos de concentración de Theresienstadt, Auschwitz, Kaufering y Türkheim se debe a su resiliencia (o poder de obstinación),4 y que ese hecho es hasta un ejemplo clásico de los efectos del comportamiento resiliente —con lo cual se obtiene más conocimiento sobre la falta de realismo histórico y existencial que sobre la resiliencia o sobre el «poder de obstinación del espíritu».
En efecto, la cosa no es tan simple, por desgracia. El sufrimiento, la enfermedad, la injusticia y la muerte no se dejan engañar tan fácilmente ni someter a la factibilidad del hombre como si, por ejemplo, la mera actitud «correcta» o determinados factores de resiliencia pudiesen hacer posible de forma segura la superación de situaciones dolorosas (y, a la inversa, como si a quienes no sobreviven y superan dichas situaciones se les pudiese imputar una corresponsabilidad por su destino). El mismo Frankl enfatiza bastante a menudo en sus discursos conmemorativos que precisamente «los mejores» no sobrevivieron al Holocausto, y que la supervivencia en sí misma se debía con frecuencia a poco más que la mera casualidad o una gracia inmerecida:
Pues los supervivientes sabíamos perfectamente que los mejores que habían estado con nosotros no salieron de allí: ¡fueron los mejores los que no regresaron! De ese modo, no podíamos sentir nuestra supervivencia sino como una gracia inmerecida.5
Antes bien, Frankl enfatizó el papel del albur de morir y la gracia de sobrevivir, así como el nefasto papel de un sistema político que dejó que las cosas llegaran al punto de que la mera casualidad, por ejemplo, en la forma del momentáneo estado de ánimo de los supervisores y comandantes del campo, pudiesen determinar sobre el ser o no ser de los internos. Así pues, en ese sentido —y no solamente con relación al sufrimiento histórica y biográficamente único del Holocausto—, Frankl se sentía demasiado comprometido con una valoración realista del sufrimiento humano como para que pudiese agregar al sufrimiento otro fin o concepto que no fuese lo que el sufrimiento es, mal que nos pese: algo doloroso y que, en cuanto tal, no puede trivializarse intelectual o eufemísticamente con nada.
Por eso los intentos de reinterpretar de esa manera el sufrimiento le resultaban sospechosos —como deberían resultarles a todas las profesiones asistenciales—. Y ello por dos motivos: primero, porque no hacen justicia ni a la seriedad de la situación concreta ni a la proporcionalidad del sufrimiento con respecto a la situación; y segundo, porque corren el peligro de subestimar el carácter absoluto del sufrimiento mismo y, de ese modo, dejan de colocarse precisamente en la actitud mental a partir de la cual se puede reconocer el sufrimiento, afrontarlo con honestidad y, tal vez, también superarlo.
A pesar de todo, decir sí a la vida
Lo que a Frankl le importaba ante todo no era tanto la superación del sufrimiento concreto sino más bien una cuestión mucho más fundamental y absoluta que había que aclarar con anterioridad: si una vida que tarde o temprano se ve alcanzada por la trágica tríada de sufrimiento, culpabilidad y muerte —y, diciendo esto, se está hablando de toda vida humana— puede tener todavía sentido y merecer vivirse, absolutamente hablando. La reflexión de Frankl sobre esta pregunta se expresa en un pasaje clave de una de sus primeras conferencias tras la liberación del campo de concentración. En él formula al mismo tiempo uno de los motivos centrales de su obra de vida, de la logoterapia y el análisis existencial:
Señoras y señores, no creo cometer un error si en este punto asumo un lenguaje más personal. Antes bien, creo que, de alguna manera, se lo debo a ustedes a fin de facilitar su comprensión de aquello que quisiera exponerles. Pues bien: en el campo de concentración había muchos problemas, y problemas difíciles; pero, para los prisioneros, el problema rezaba, en última instancia: «¿Sobreviviremos? Pues solo entonces tendría sentido nuestro sufrimiento». Sin embargo, para mí el problema rezaba de forma diferente: mi problema era justo lo contrario: «¿Tiene sentido el sufrir, el morir?»
Pues solo entonces podría tener sentido sobrevivir. Con otras palabras, solo una vida con sentido —una vida que tenga sentido en cualquier caso— me parecía digna de ser vivida. Por el contrario, una vida cuyo sentido estuviese a merced del más crudo albur —a saber, del albur de si se sale o no con vida—, una vida así, con un sentido tan cuestionable, tenía que parecerme...




