E-Book, Spanisch, 200 Seiten
Freixedo Teovnilogía
1. Auflage 2014
ISBN: 978-84-942484-6-7
Verlag: Diversa Ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
El origen del mal en el mundo
E-Book, Spanisch, 200 Seiten
ISBN: 978-84-942484-6-7
Verlag: Diversa Ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Salvador Freixedo. El autor comenzó a interesarse por el fenómeno de los ovnis en la década de los años cincuenta y desde entonces ha investigado su infinita casuística desde Canadá hasta Argentina. Fruto de sus viajes e indagaciones son los muchos libros que ha escrito sobre el tema, como La granja humana o Defendámonos de los dioses, en los que se ve cómo poco a poco ha ido profundizando en el conocimiento de estos misteriosos visitantes. El tema de este libro, aunque aparentemente tiene poco que ver con la mayoría de los otros, es, sin embargo, la culminación de todos sus hallazgos. El haber pertenecido durante treinta años a la orden de los jesuitas le capacita específicamente para tratar el tema de la relación de las religiones con el fenómeno ovni. Un tema que a unos les sonará como un disparate antiufológico y a otros como un acto de fanatismo religioso, pero que está respaldado por muchos hechos. Los científicos e intelectuales seguirán muy soberbios contemplando su propio ombligo e ignorando el hecho más importante de la historia del género humano.
Autoren/Hrsg.
Weitere Infos & Material
I.
REFLEXIONES SOBRE EL MAL (parte 1)
Decía el vidente Parravicini que la Tierra es «un planeta de castigo». Él tenía la impresión de que nuestro mundo es el lugar donde envían a los que se han portado mal en vidas anteriores o en otros lugares del Cosmos. Viendo el estado caótico y suicida de la sociedad humana de todos los tiempos y su manera salvaje y semirracional de actuar, cada vez me convenzo más de que lo que parecía la fantasmada de un iluminado tiene mucho de realidad.
Por otro lado, vemos que entre los humanos, en todos los países y razas, hay muchos individuos evolucionados que no están aquejados de la inmunodeficiencia genética ante el poder y el dinero que padece la mayor parte de los mortales, porque han caído en la cuenta de que la transitoria estancia en este planeta es para evolucionar en todos los niveles y para ayudar a otros seres humanos en esa evolución. Pero el problema es que evolucionados y no evolucionados vivimos todos mezclados, y en una misma familia puede haber individuos de los dos bandos.
Otra cosa desgraciada es que los evolucionados suelen ser más pacíficos y dedicarse con preferencia a cumplir responsablemente sus tareas y obligaciones sin interferir en las vidas de los demás, mientras que los no evolucionados son más audaces y suelen causar problemas en la convivencia con sus semejantes.
Esta es una de las causas de que haya tantos conflictos entre los humanos; conflictos personales y conflictos globales en los que intervienen sociedades enteras, frecuentemente con consecuencias mortales para muchas personas. Las grandes preguntas que yacen en el fondo de todos estos conflictos son las siguientes: ¿por qué hay tantas guerras en nuestro planeta?, ¿por qué los humanos nos comportamos tan irracionalmente?, ¿por qué somos tan belicosos?, ¿por qué hay tantos individuos malvados que no respetan los derechos de los demás?, ¿de dónde procede esa maldad?, ¿es algo que depende de la libre voluntad de cada individuo o es algo que traemos en los genes y a lo que no tenemos más remedio que obedecer?
En el fondo, esa es la gran cuestión que por siglos se han planteado los filósofos y los que se rebelan ante la existencia de un Dios providente: ¿por qué permite que en la Tierra haya tanto dolor y tanta injusticia? En definitiva, ¿por qué existe el mal? Ese es el tema que estudia la moderna ponerología1.
Los teólogos tienen que hacer mil malabarismos mentales para tratar de contestar a esta pregunta, pero no lo logran. Les echan la culpa a la desobediencia y a la rebelión del ser humano contra los mandamientos de Dios, pero no nos dicen por qué los humanos somos tan rebeldes. Los agnósticos, con toda razón, siguen sin saber de dónde procede toda la maldad, toda la corrupción y todo el dolor que siempre han acompañado al ser humano. Y los ateos, más cegatos, no saben, no contestan. Cuando les llega la hora de irse, se van resignadamente a su Nada.
Y aquí es donde nuestra manera de pensar se aparta radicalmente de las insatisfactorias explicaciones que hasta ahora nos habían dado tanto los filósofos y teólogos del pasado como los científicos de nuestros días que están queriendo explicarlo todo con mecanismos cerebrales. Resulta que las sinapsis neuronales son las que tienen la culpa de todo, porque a fin de cuentas el alma es un conglomerado de neuronas, tal como nos dice Eduardo Punset en su libro , y allí es donde se cocinan toda la bondad y la maldad. El bueno de Punset se perdió en un bosque de dendritas y no encontró la salida (y nunca mejor dicho porque «dendritas» viene de «, que en griego es «árbol»). Pero ante respuestas tan facilonas, seguiremos preguntando: ¿y quién es el responsable de que esos mecanismos cerebrales funcionen de una manera tan negativa para el individuo y para la sociedad? Y aun suponiendo que tengamos en realidad un libre albedrío, ¿por qué usamos ese libre albedrío contra nosotros mismos?
Olvidémonos por tanto de las explicaciones de filósofos y teólogos sobre el Mal y olvidémonos así mismo de las sinapsis neuronales de los científicos y busquemos audazmente otras explicaciones para esta mentalidad tramposa y beligerante que anida en el alma de tantos millones de seres humanos.
Cuando echamos una primera mirada a las grandes autoridades que se supone dirigen el mundo, lo primero que nos llama poderosamente la atención es la canalla gobernante. ¡Qué gentuza! Ladrones, mafiosos, buscones, chulos, rijosos, criminales, mentirosos, psicópatas, prevaricadores, visionarios, traidores con sus propios conciudadanos y fantoches de toda ralea son los que en estos momentos —y creo que así ha sido siempre— tienen las riendas de este enorme rebaño humano extendido por toda la superficie del planeta. Muchas veces, cuando he visto la «foto de familia» publicada con gran despliegue en todos los periódicos tras alguna de las cumbres en las que cada cierto tiempo se divierten, me he parado detenidamente a identificar cada una de las caras y en voz alta he ido diciendo: «Este tendría que estar en la cárcel por prevaricador, este por estafador, este por haber ganado las elecciones haciendo trampa, este por borrachín, este por tener a su país en la miseria cuando dedica la mitad del presupuesto al ejército, este por haberse llevado a Suiza el dinero que robó, este por no haber cumplido nada de lo que prometió antes de las elecciones, este por haber comprado la presidencia con dinero del erario público, este por haber ayudado a sus amigos banqueros a blanquear ingentes cantidades de dinero, este por haber asesinado a sus enemigos políticos, este por indecente pues usaba a sus secretarias debajo de la mesa presidencial, este por tener tratos con la mafia, y a este habría que bajarlo de la presidencia sencillamente por incompetente o por haberse sentado a pactar con una banda de asesinos, contra el parecer de la mayoría de los ciudadanos de su país».
Se me dirá que exagero, porque no todos los presidentes de las naciones merecen estas descalificaciones, y es cierto. Pero lo triste es que un gran número de ellos sí las merecen, cuando lo lógico sería que por estar colocados en puestos de tanta responsabilidad fuesen unos ciudadanos ejemplares. Como también es cierto que la lista de expresidentes que han sido condenados por los tribunales —y si no lo han sido es porque previamente habían amordazado al poder judicial— es abundantísima: desde monstruos como Stalin, Mao, Hitler, Idi Amín, Bocassa, Pol Pot, Hafez al Assad y su hijo Bashir, pasando por trápalas, visionarios, borrachos, locos y dictadores de medio pelo más o menos sanguinarios y ladrones como Fidel Castro, Yeltsin, Milosevic, Pérez Jiménez, Batista, Chávez, Somoza, Ortega, Pinochet, Than Shwe, Ríos Montt, Ceauchescu, Duvalier, Perón, Sheid Arhmed, Hassan II y su hijo, Mubarak, Hugo Banzer, Trujillo, Niyazov, Hamad Bin Hamdan, Macías, Kim Il Sung y su hijo, Gadafi, Stroessner, Sukarno, Suharto, Mobutu, Mugabe, Videla, Ben Alí, Obiang o Jacob Zuma, hasta personajes tan «honorables» y «demócratas» como Andreotti, Putin, Craxi, Clinton, Nixon, Carlos Andrés Pérez, Mitterrand, Berlusconi, Bush padre e hijo, Menem, el irresponsable Zapatero, Kirchner y señora, Echeverría, López Portillo y todos los presidentes del PRI, etc. La lista de buscones, aprovechados, incompetentes, listillos o indeseables que han llegado a presidentes de sus respectivos países podría hacerse larguísima. Y todos los citados son ¡contemporáneos míos! Con esta gentuza al frente de los destinos de la humanidad, es totalmente lógico que esta esté como está.
Pero una vez más nos asalta una pregunta: ¿cómo es posible que individuos de esta calaña lleguen a esos puestos? Porque la realidad es que muchos de ellos son presidentes de países que aparentemente tienen regímenes democráticos y donde las elecciones se celebran limpiamente. Efectivamente, se celebran elecciones, y en la mayor parte de los casos aparentemente limpias, pero la manipulación de las masas por parte de los medios de comunicación, la escasez de políticos honestos y evolucionados y el atontamiento y borreguismo de nuestra sociedad son tales que es como un cáncer sistémico que ha invadido ya la esencia de muchas de las instituciones que constituyen el meollo de una verdadera democracia y en las que se basa nuestra convivencia. La independencia de los tres poderes es una pura utopía. La democracia de muchos países, y por supuesto la de España, es en estos momentos una farsa y una total mentira.
El Cuarto Poder (la prensa y los masivos medios de comunicación), que debería ser un gran instrumento para que los ciudadanos estuviesen bien informados, ha sido siempre un medio de manipulación de las masas en manos de los políticos y de los poderosos.
Una noche de 1880 John Swinton, el más prestigioso periodista de Nueva York, asistió a una cena en su honor, organizada por periodistas, y alguien propuso hacer un brindis por la prensa libre. Swinton se levantó y ante el asombro de sus camaradas dijo:
No hay tal cosa como una prensa libre. Ustedes lo saben tan bien como yo. Ninguno de ustedes se atreve a escribir su honesta opinión, y si lo hiciese, saben perfectamente que no saldría impresa. A mí me pagan para que no escriba en el periódico en el que trabajo mi sincera opinión. A ustedes les pagan por lo mismo que a mí, y si alguno estuviese tan loco como para decir sinceramente lo que piensa, pronto estaría buscando trabajo. Si yo me permitiese escribir lo que pienso de muchas cosas, en veinticuatro horas estaría...




