G. Parente / Pascual | Sueños de piedra | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, Band 1, 573 Seiten

Reihe: Marabilia

G. Parente / Pascual Sueños de piedra


1. Auflage 2015
ISBN: 978-84-944243-9-7
Verlag: NOCTURNA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, Band 1, 573 Seiten

Reihe: Marabilia

ISBN: 978-84-944243-9-7
Verlag: NOCTURNA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)



Érase una vez un reino muy, muy lejano donde un príncipe premió a un mago por ayudar a rescatar a una joven en apuros. Encantador. Lástima que nada de esto sea verdad. En realidad, el príncipe sueña con gloria y venganza; el mago, con que sus hechizos no sean siempre un desastre y la joven en apuros, con huir de un pasado que la atormenta... y del recuerdo del hombre al que ha matado. Érase una vez...

Iria G. Parente (1993) y Selene M. Pascual (1989) son dos jóvenes autoras de Madrid y Vigo respectivamente. Entre sus libros destacan Sueños de piedra (Nocturna, 2015), Alianzas (La Galera, 2016), Títeres de la magia (Nocturna, 2016), Rojo y oro (Alfaguara, 2017), Encuentros (La Galera, 2017), Ladrones de libertad (Nocturna, 2017) y Antihéroes (Nocturna, 2018). Jaulas de seda (Nocturna, 2018) es su nueva novela, una historia independiente ambientada en el mundo de Marabilia.
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Lynne

Lord Kenan se derrumba sobre mi cuerpo desnudo con un último gruñido de placer. Siento su sudor pegándose a la piel de mi espalda y sus manos aún me agarran con fuerza de las caderas. Yo sólo puedo mirar las sábanas, esperando el momento en que se retire de una vez por todas y me deje volver a moverme.

Que me deje apartarme de su lado.

Que me deje ser libre, esta vez para siempre.

Esta noche ha sido mi última noche. Esta será mi última vez.

O de eso quiero convencerme.

Siento su beso en mi espalda. No se aparta. Sigue dentro, haciéndome sentirlo con cada centímetro de mi cuerpo. Que me deje. Ya. Que se aparte. Me repugna la manera en que sus labios suben por mi piel; su lengua me toca, llenándome de saliva. Sus manos ascienden de mi cadera a mis pechos, asiéndose a ellos, estrujándolos. Aprieto los dientes, pero cojo aire. Estoy acostumbrada. Lord Kenan no es el hombre más repugnante que ha pasado por mi cama a cambio de unas monedas. Los ha habido peores. Hombres asquerosos que me han obligado a hacer las cosas más denigrantes por menos dinero del que costaban sus galantes ropajes. Kenan sólo se acuesta conmigo. En ocasiones, si cree que no estoy lo suficientemente centrada, si no queda satisfecho con lo que le hago, me pega. Sus golpes tampoco han sido los más fuertes que he recibido. Él, al menos, nunca me ha dejado inconsciente.

Su aliento choca contra mi oreja. Puedo olerlo. Nauseabundo, a licor y a sexo, a todas las órdenes y a toda su brusquedad. Me afectaría más si no estuviera habituada a esa peste desde hace más de tres años.

Ha sido suficiente.

—¿Qué ocurre, mi florecilla…? —Sus caderas se presionan más contra mi cuerpo, pegándose a mí hasta lo indecible. Más adentro, pese a que ya ha acabado. Sus dientes muerden mi cuello. Entrecierro los ojos, mirando las sábanas. Estoy apretándolas con fuerza. Echo un vistazo a la ventana sin que él se dé cuenta, en un mudo deseo de traspasarla y marcharme para siempre de este lugar—. Pareces distante… Hoy no estás tan entregada como otras noches…

Pienso que tengo que lograr que se separe, antes que nada. Que deje de agarrarme como lo está haciendo, que deje de besarme de una maldita vez. Hoy no voy a permitir que repita.

Por eso giro la cabeza y aprovecho su cercanía para besarlo. Para contentarlo. Mis labios tientan los suyos como sé que a él le gusta: suave, provocadora, pero aparentemente inocente. Como si siguiese siendo una niña inexperta. Como si él me hubiera dejado ser una chiquilla de verdad.

Catorce años. Con catorce años me trajo a este maldito lugar.

En noches como esta, me pregunto cómo he aguantado tanto.

—Estoy incómoda en esta posición, lord Kenan… —Muerdo un poco su labio con aparente ternura. En este negocio todo es fingir. Adoptar el papel que el cliente quiere. A Kenan le gustan débiles, sumisas y dulces. Llenas de atenciones para él. Yo hace mucho que dejé de ser dulce, aunque quizá no haya dejado nunca de ser débil. A lo mejor por eso no he huido todavía. Porque tengo miedo de que lo que haya fuera sea peor que lo que hay aquí.

Pero eso se acabó.

Lord Kenan aún mueve sus caderas un poco más antes de retirarse, al fin, con sus manos tocándome todo el cuerpo. Coge mi trasero, agarrándolo bien, y luego le da un azote con una risita entre los labios. Aprieto los puños, pero me apresuro a girarme y a sentarme en la cama. Lord Kenan se arregla las calzas. Él nunca se desviste del todo, sólo lo justo. A veces ni siquiera se quita la camisa, aunque hoy su pecho está al descubierto. Prefiero cuando no prescinde ni de una prenda más de las necesarias. Cuanto menos contacto entre nuestras pieles, mejor.

Su mirada de gravedad hace que me tense en mi asiento mientras se adecenta. Sus ojos azules siempre han sido helados, aunque intente derretirlos a menudo con la falsa calidez con la que nos trata a todas las prostitutas, para hacernos sentir que estamos en un buen lugar aunque vivamos en el infierno.

—Espero que no estés aburriendo a nuestros clientes, florecilla. Sabes que muchos aquí te valoran… Te estimamos. Eres una de nuestras joyas más preciadas. Mi joya más preciada. —Sus dedos cogen mi barbilla, apretándola, obligándome a alzar el rostro hacia él. Contengo las ganas de escupirle a la cara, pero quizá vea el desafío en mis ojos, porque sonríe de medio lado y me vuelve a besar. Brusco. Violento. Reclamando lo que es suyo.

Pero yo no soy de nadie.

Aguardo a que se canse y se separe y, cuando lo hace, no espero ni un segundo más. Es hora de dejar las cosas claras de una vez por todas.

—Voy a marcharme, lord Kenan.

Él me observa. Se pasa los dedos de manera pensativa por la barba que puebla su mentón. Nunca me he parado a pensar cuántos años me saca. Más de quince, seguro. Quizá veinte. Los mismos que cuando me recogió de la calle para meterme en una habitación y quitarme lo poco que me quedaba.

—¿Otros clientes que atender? —murmura, como si no hubiera entendido bien mi frase—. Soy el propietario de este sitio, nadie tiene por qué interrumpirnos si yo no…

—Me voy del prostíbulo. Me marcho de este lugar. Hoy. Ahora.

Lord Kenan parece sorprendido de que me atreva a cortarle a mitad de la frase. Cuando alzo la cabeza, casi pienso que esto será suficiente y por fin comprenderá que no puede seguir reteniéndome y me dejará marchar.

Sonríe, y sé que no será tan fácil.

Su mano me vuelve a tomar el rostro antes de que pueda hacer nada por evitarlo. Sólo que esta vez no es brusco. Es dulce, tierno. Y eso es casi peor que la violencia que a menudo emplea. Cuando hace esto, cuando sonríe, cuando me acaricia como si de verdad me tuviera algún cariño, más peligroso resulta. Siempre parece seguro de sí mismo. Siempre está seguro de sí mismo. Su caricia toca mi mejilla, repasando la marca roja de la bofetada que el primer hombre de la noche me propinó. Luego roza mi labio, donde aún siento una pequeña herida ocasionada por el tercero, que mordió demasiado fuerte. Si me paso la lengua por la zona, aún puedo saborear la sangre.

Lo mismo noche tras noche. Estoy harta. Harta. Harta de cuerpos desconocidos, de ser una muñeca, de que me usen para tirarme, de que me tiren para usarme. Estoy harta de no poder soñar con la luz del sol ni el mundo más allá de esta cama. Estoy harta de desgastar mis manos y mi piel al frotar mi cuerpo con jabón en un intento de sentirme menos sucia. En un intento de borrar el tacto de todas esas personas, el sabor de todos esos cuerpos.

No quiero seguir aquí.

No puedo seguir aquí.

No voy a seguir aquí.

—Te vas a ir… —repite Kenan con tranquilidad. Sigue teniendo esa sonrisa en los labios que me hace enfurecer. Me llena de rabia porque se ríe de mí y de mis aspiraciones. Del hecho de que quiera una vida más allá de… esto—. Juraría que ya lo hemos hablado, ¿verdad, florecilla?

Odio que me llame así. No soy ninguna florecilla. No soy, mucho menos, su florecilla. Soy una mujer. Soy una persona. No soy su juguete ni una planta que observar y regar para poder contemplarla a todas horas y luego deshojarla. Aunque a mí ya me han quitado todos los pétalos.

—¿Dónde vas a ir, mi pequeña? Aquí te cuidamos. Te damos un techo, te alimentamos, te salvamos de la calle y del frío… ¿Cuál es la alternativa para una chica como tú ahí fuera? Sin propiedades, sin familia, sin dinero… Harás lo mismo, cobrando menos y en cualquier callejón. Además, eso sería tan desagradecido, Lynne… ¿Quién te sacó de la necesidad cuando eras una niña huesuda y perdida, una ladrona que ni siquiera podía llevarse a la boca más que un par de migajas al día? ¿Quién te ha convertido en la muchacha brillante y hermosa que eres? ¿Y todo a cambio de qué? ¿Unas horas dejando que todos disfrutemos de tu belleza?

Intento que mi voluntad no se quiebre esta vez. Es cierto: ya lo hemos hablado. Ya he querido salir de aquí antes. Pero ese discurso siempre me ha mantenido atada a este sitio. Me llena de miedo volver a la vida que tenía. Al hambre, a la oscuridad, al frío, a la inanición. Estuve a punto de morir muchas veces vagando sola por las calles.

Y más allá de eso, me da miedo descubrir que no puedo ser más que un par de piernas abiertas.

Pero no voy a dejar que esta vez me amedrente. No. Puedo hacer grandes cosas. Si me esfuerzo, puedo ser la dueña de mi vida. Puedo montar mi propio negocio, igual que en su día lo tuvo mi padre, antes de morir. Quizá no en Silfos, donde las mujeres no tenemos opciones, y mucho menos las tendré yo, habiendo sido una prostituta. Pero Marabilia es un continente grande: las buscaré en otros países y, si no las encuentro, viajaré hasta otros continentes de ser necesario. He leído que más allá de nuestros mares una mujer puede ser todo lo que desee ser.

Voy a luchar. Tengo que luchar.

—Quiero vivir mi vida, lord Kenan. —Aparto la cara de su mano. Él entrecierra los ojos—. Agradezco que me sacarais de la calle, pero no quiero pudrirme en este lugar el resto de mi existencia.

—Muchacha, ¿qué vida esperas tener? ¿Qué quieres? ¿Algún caballero que se enamore perdidamente de ti y te dé una hermosa familia? —Mi jefe ríe, burlándose, como si no hubiera idea más absurda—. ¿No has conocido hombres suficientes entre estas paredes para saber qué es lo que te espera? —Abro la boca, pero él me vuelve a coger la cara, y esta vez no tiene nada de delicado. Lo hace con tanta fuerza que me duele—. A las...



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