E-Book, Spanisch, 290 Seiten
G. Sexy, descarado, irresistible
1. Auflage 2020
ISBN: 978-84-17683-53-5
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 290 Seiten
ISBN: 978-84-17683-53-5
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Whitney G. (1988, Tennessee, Estados Unidos) es una optimista de la vida obsesionada con los viajes, el té y el buen café. Es autora de varias novelas best seller incluidas en las listas de The New York Times y de USA Today, y cofundadora de The Indie Tea, página que sirve de inspiración para autoras de indie romántico. Cuando no se encuentra hablando con sus lectores a través de su página de Facebook, la podremos encontrar en su web, en su Instagram, en Twitter... Pero si no la vemos en las redes, es porque está encerrada trabajando en una nueva y loca historia... Sexy, descarado, irresistible es la séptima novela de Whitney que publicamos en nuestra colección Phoebe, después del éxito de Una noche y nada más (2017), Turbulencias (2017), Carter y Arizona (2018), Mi jefe (2019), Mi jefe otra vez (2019) y Dos semanas y una noche (2019).
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3
La residente
Natalie
Me sonrojé al releer los últimos mensajes de D-Doctor al día siguiente, y puse los ojos en blanco al ver su oferta de enviarme una foto de su polla, a pesar de que casi le había dicho que sí.
«¿Por qué no has aceptado, tonta?».
Sonriendo, decidí que trataría el tema con él más tarde. Tenía una reunión de emergencia y una cita a la que llegar a tiempo.
Cuando el taxi se detuvo en la acera delante del Manhattan Medical, le entregué al conductor un billete de diez dólares y me puse la capucha del impermeable sobre la cabeza. Me apresuré a cruzar la acera y la puerta rotatoria, entusiasmada por lo que la reunión de hoy significaba para mi carrera. Durante toda la semana, no había podido evitar escuchar cómo mis compañeros hablaba de que el jefe estaba ofreciendo bonificaciones a algunos internos y residentes. Y por lo mucho que trabajaba, sabía que también merecía uno.
Fui en el ascensor hasta el piso correspondiente, respiré hondo y llamé a la puerta del jefe.
—¡Adelante, adelante! —dijo, con la misma voz tranquila y acogedora de siempre.
—Buenos días, jefe Tomlin.
—Buenos días, doctora Madison. —Sonrió—. Gracias por venir a reunirse conmigo en su día libre, y avisándola con tan poco tiempo.
—El placer es mío, señor.
Me indicó que tomara asiento, e hice todo lo posible para no parecer demasiado agitada.
«Sí, estoy encantada de aceptar la bonificación de mil dólares… Sí, estoy encantada de aceptar la bonificación de mil dólares…».
—Doctora Madison, la he llamado hoy porque tengo buenas noticias y malas noticias. —Su repentino cambio de tono me cogió por sorpresa—. ¿Cuáles quiere que le diga antes?
—Las buenas…
—Vale. Bueno, la buena noticia es que es una interna estupenda, y quiero decir realmente estupenda. Su profesionalismo, puntualidad y entusiasmo con los pacientes del centro la hacen formar parte de los mejores internos. Ha demostrado una gran habilidad para los diagnósticos, y no tengo dudas de que será una médica fantástica en su especialidad después de que complete su residencia.
—Agradezco los cumplidos, jefe Tomlin. —Estaba a punto de seguir dándole las gracias, pero primero tenía que escuchar las «malas noticias».
—Las malas noticias son que… —se quitó las gafas de presbicia y se pasó la mano por el cabello gris—, por desgracia, tenemos que rescindir la oferta para que continúe en el programa de residencia del centro.
—¿Qué?
—Por accidente hemos aceptado diez solicitudes de más para nuestro presupuesto, así que decidimos sacar nombres al azar para elegir qué contratos tenemos que rescindir. Le ha tocado, lo siento.
Me mordí la lengua para evitar gritar «¿Qué coño…?». Estábamos hablando de mi futuro, y él estaba allí sentado limpiándose las gafas, como si la conversación versara sobre algo tan simple como la nueva política de uniformes. Como si no hubiera estado planeando pasarme los próximos años de mi vida completando allí mi residencia, en el Manhattan Medical.
—Doctora Madison, entiendo que este momento puede parecerle terrible…
—¿Terrible? Si hace unas semanas que empecé —balbucí—. Esto tiene que ser ilegal.
—No, lo que sería ilegal es permitir que continúen su residencia diez personas cuando no podemos pagarles. —Y tuvo el descaro de sonreír.
Lo fulminé con la mirada.
—Vale, eso ha sido un chiste de mal gusto. Lo siento. —Negó con la cabeza—. De todos modos, aunque no podamos permitir que siga formando parte del personal durante el curso actual, el departamento de Recursos Humanos ha estado trabajando horas extra a lo largo de los últimos meses llamando a todos los hospitales del estado para encontrar la solución a nuestro vergonzoso problema. —Sacó una carpeta y hojeó las páginas—. Hemos enviado las puntuaciones que ha obtenido, el registro de asistencia y, por supuesto, cartas de recomendación de cada médico, pues todos han quedado impresionados con su trabajo en las rotaciones.
Sonriendo, deslizó la carpeta sobre el escritorio hacia mí, pero no me atreví a abrirla. Lo único que podía ver ahora era que el sueño de toda mi vida se desvanecía a cada segundo que pasaba.
—Recursos Humanos ha decidido que el Centro Médico Avanzado Park Avenue es la mejor opción para usted, por su especialidad y por su amor por la terapia. El equipo de la clínica mencionada está encantado de ofrecerle un trabajo, y su oferta salarial es bastante elevada, la más alta que he visto para ese puesto.
—¿En serio? —Ya no pude aguantar más—. ¿Me está pidiendo que realice mi residencia en una clínica privada? ¿Es una broma?
—El Centro Médico Avanzado Park Avenue es, en realidad, la mejor clínica privada del estado, y se encuentra entre las diez mejores del país. Poseen un equipo de médicos de fama mundial reconocidos en sus… Desconecté. No podía soportar escuchar otra palabra. Durante los años que llevaba aspirando a ser médica, siempre me había imaginado corriendo por los pasillos del mejor hospital del estado. El hospital en el que estaba ahora mismo, el mismo en el que trabajaba como residente. Nunca, jamás en mi vida se me había ocurrido pedir residencia en una clínica privada, y mucho menos trabajar en una, porque siempre había pensado que las relaciones médico-paciente eran demasiado vagas y que había muy poca variedad de casos para que resultara un desafío.
—¿Me está escuchando, doctora Madison? —La voz del jefe interrumpió mis pensamientos.
—No, señor —admití—. En absoluto.
—Lo imaginaba. —Se puso de pie y se acercó a mí para ponerme las manos en los hombros—. Recursos Humanos se ha esmerado mucho en encontrar la mejor solución, y esa es la que está en el dosier que le acabo de dar. Es todo lo que necesita saber sobre el Centro Médico Avanzado Park Avenue y sobre por qué creemos que este cambio radical en su carrera será para mejor. Estas cosas suceden por una razón, ¿sabe?
«Estas cosas ocurren cuando se contrata a personas que no saben contar…».
Me obligué a sonreír y le tendí la mano.
—Gracias por ser un gran mentor, jefe Tomlin.
—No, gracias a usted por ser una de las mejores estudiantes a las que he tenido el placer de enseñar. —Le estreché la mano—. Y mire, esto es solo un pequeño revés. En cuanto complete la residencia, llámeme. Voy a mover tierra y cielo para contratarla.
No tuve la energía para responder ese último comentario en ese momento.
Me limité a recoger el archivo que me daba, expresarle las gracias por última vez y salir de su despacho. No quería prolongar mi cruel cambio de destino más tiempo, así que fui en el ascensor hasta la planta baja para pasar por el vestuario de los internos. Recogí mi bata blanca y el resto de mis pertenencias y guardé con rapidez todos los libros de texto y carpetas en la mochila.
Ignoré todos los «¿Qué te pasa, Natalie?» y los «¿Por qué lloras?» de mis colegas mientras salía del hospital, y luego tiré el archivo sobre el Centro Médico Avanzado Park Avenue a la primera papelera que vi.
Esa noche, sentada delante del hombre al que había conocido a través de la aplicación de citas NewYorkMinute.com, Charles Landon, estaba decidida a darle la vuelta al día, y tenía muchas ganas de restregarle a D-Doctor en las narices las muchas maneras en las que Charles me había follado.
«¿Por qué me excita tanto contarle a un extraño los detalles de mi inexistente vida sexual y mis fantasías?».
—Mmm, ¿vas a pedir algo de beber, Natalie? —Charles movió la mano delante de mi cara, y me di cuenta de que el camarero me estaba mirando con el bloc de notas en la mano.
—¡Oh, sí! —Eché un vistazo a la carta de vinos—. Tomaré una copa de Château Guiraud.
—Una excelente elección, señorita. —El camarero sonrió—. También podría sugerirle…
—Una copa de ese vino cuesta setenta dólares —intervino Charles, frunciendo el ceño—. Así que no. ¿Puedes elegir otro, por favor?
—Oh, lo siento —dije—. No me había dado cuenta de que era tan caro. —Eché un vistazo de nuevo a la carta de vinos—. ¿Puede ser entonces una copa de Château Piedmont?
—Son trece dólares la copa. —Charles negó con la cabeza—. ¿Qué tal una copa de Shirley Temple?
—Señor —dijo el camarero, tan extrañado como yo—. Shirley Temple no es un vino. Es una forma elegante de conseguir que los adolescentes pidan tónica con una pizca de zumo de frutas acompañada de una cereza.
—Además tiene el precio perfecto: cuatro dólares. —Charles me arrancó de los dedos la carta de bebidas y se la entregó al camarero—. Hemos venido aquí a beber algo y por el ambiente. Después iremos al Burger King, gracias.
—Vale. —El camarero me lanzó una mirada de «¿De qué coño va esto?», y me obligué a sonreír—. Un Shirley Temple y agua.
—Sin limón —añadió Charles moviendo el dedo—. Lo cobran aparte.
El camarero negó con la cabeza.
—Vengo ahora mismo.
—Dime, ¿qué tal te ha ido hoy el día, Natalie? —Charles no permitió que el tema de su cutrez siguiera flotando en el aire ni un segundo más.
—Ha sido… —Hice una pausa, sin saber si debía decirle que me habían despedido y reasignado a otra clínica en el último minuto, pero todavía no se lo había dicho a...




