G. | Te esperaré todas las noches | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 340 Seiten

G. Te esperaré todas las noches


1. Auflage 2021
ISBN: 978-84-18491-55-9
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, 340 Seiten

ISBN: 978-84-18491-55-9
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



'Por favor, deje su mensaje después de la señal...'. Penelope, sé que son las tres de la mañana, pero necesito quitarme este peso de encima. No puedo seguir dándote consejos sobre cómo conseguir a ese otro tipo, contarte más 'cosas sexis' que podrías hacer ni sugerirte más frases subidas de tono para enviarle por mensaje por la noche. Como tu mejor amigo, he alcanzado mi límite, y, sinceramente, debo decir que no te merece. No te estoy diciendo todo esto porque esté celoso ni porque tuvo la cara dura de decir que ganaba más dinero que yo (por cierto: sigo sin poder encontrar su nombre en la lista Forbes 500, y sé de buena tinta que ha alquilado el Ferrari, pero esa historia te la contaré otro día). No es quien tú crees que es. Creo firmemente que estarías mucho mejor con otra persona, y necesito que lo compruebes por ti misma. El hombre perfecto ha estado siempre delante de tus narices... Tienes todos los motivos para no darme nunca una oportunidad, porque me conoces mejor que nadie, y porque además opinas lo mismo que los titulares de prensa que me llaman 'el rey arrogante de Nueva York' o 'el playboy ingobernable de Manhattan'. No te estoy pidiendo demasiado... Solo quiero que rompas con él para estar conmigo.

Whitney G. (1988, Tennessee, Estados Unidos) es una optimista de la vida obsesionada con los viajes, el té y el buen café. Es autora de varias novelas best seller incluidas en las listas de The New York Times y de USA Today, y cofundadora de The Indie Tea, página que sirve de inspiración para autoras de indie romántico. Cuando no se encuentra hablando con sus lectores a través de su página de Facebook, la podremos encontrar en su web, en su Instagram, en Twitter... Pero si no la vemos en las redes, es porque está encerrada trabajando en una nueva y loca historia... Te esperaré todas las noches es la nueva novela de Whitney en nuestra colección Phoebe, después del éxito de Una noche y nada más y Turbulencias en 2017; Carter y Arizona en 2018; Mi jefe, Mi jefe otra vez y Dos semanas y una noche en 2019; Sexy, descarado, irresistible, Olvidar a Ethan y El rey de las mentiras en 2020 y Fue un martes, Entre tú y yo, Novio por treinta días, Besos a medianoche y Fiesta de empresa en 2021.
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Autoren/Hrsg.


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Ruptura número 1


La que echó a perder el día de San Valentín

Por aquel entonces

Penelope

Mi hermano me va a matar… Me va a secuestrar en cuanto salga de esta residencia de estudiantes, me llevará a un vertedero abandonado y me ahogará detrás de un montón de neumáticos en llamas. Incluso aunque eso es lo que me merezco por haberle mentido, dudo de que llegue siquiera a pestañear cuando lo manden a la cárcel.

Seguro que allí hasta prospera.

De hecho, estoy convencida de que mañana los titulares rezarán:

«Campeona internacional de patinaje sobre hielo,

encontrada muerta por posible estrangulamiento.

El hermano mayor confiesa: “Le dije que se centrara

en patinar, no en salir con chicos”».

Mierda. Mierda. ¡Mierda!

—Nena. Eh, nena. —Mi novio, Michael, me empuja contra la pared del fondo del ascensor y me saca de mis pensamientos—. Nena, me estás acojonando. ¿En qué estás pensando?

—En que me van a asesinar. —Lo miro a los ojos—. ¿Has notado que alguien nos siguiera cuando hemos salido del estadio? ¿Quien conducía el Honda gris era un tipo que parecía la versión humana de Hulk?

—Mmm, guau. Y no. —Tira de la medalla que me cuelga del cuello—. Llevas meses sin verme, has ganado al fin otra medalla, tal y como querías, ¿y estás pensando en que te van a asesinar?

Tú también lo harías si conocieras a mi hermano.

—Lo siento. Es solo que… —Trato de pensar en alguna mentira—. La competición de esta noche ha sido un poco más intensa de lo que pensaba.

—Lo único en lo que deberías estar pensando es en cómo tu querido novio, es decir, yo, está a punto de desenrollar su manguera de veinticinco centímetros en cuanto te meta en su cama.

Pestañeo unas cuantas veces.

Me he imaginado cómo podría perder la virginidad de cientos de maneras, pero que un chico me diga que va a «desenrollar su manguera» no entra en ninguna de ellas.

Además, ya lo he notado empalmado antes, y ni de coña llega a los veinticinco.

A diez, puede…

—Nena, presta atención.

Presiona sus labios contra los míos, besándome con tanta fuerza que pierdo el hilo de mis pensamientos. Cuando me ha dejado sin respiración, me coge de la mano, me saca del ascensor y me lleva hacia su habitación.

Mientras me besa en la mejilla, abre la puerta y me empuja hacia dentro.

A mi alrededor flotan los olores a pizza pasada, cerveza y velas de vainilla conforme caminamos hacia la cama.

—Te he echado tanto de menos… —Me mete una mano por debajo del vestido y me aparta las bragas a un lado.

Como si se hubiera dado cuenta de mis dudas, se separa de mí.

—Vamos a beber un poco para que te sientas más cómoda —me dice—. Tengo fresas, nata montada y un champán especial que he comprado para ti.

—La verdad es que creo que lo único que tengo que hacer es una llamada telefónica.

—¿A quién?

—A Travis.

—¿A tu hermano? —levanta una ceja.

—Sí —asiento yo—. Me ha llamado como unas diez veces esta noche, así que probablemente debería decirle que estoy bien.

—Tu hermano está a mil kilómetros de distancia —menea la cabeza—, y la última vez que supe de él fue cuando te dejó en Seattle para que te las apañaras tú sola. Puede esperar.

Ahí tiene razón.

Vuelve a pegarme a él, me pasa los dedos por el pelo y me besa por todas partes de nuevo. Le envuelvo el cuello con los brazos mientras susurra mi nombre. Me esfuerzo al máximo por centrarme en ese momento. En él.

—Quítate los zapatos —me dice, y yo me desprendo de los tacones de una sacudida.

Sin mediar más palabras, me tiende sobre el colchón y me deja un reguero de besos en el cuello.

Cuando le estoy acariciando el pelo con los dedos, suena un golpe fuerte en la puerta.

—¡Ya voy! —gruñe—. Me he olvidado de poner un calcetín en la puerta para mi compañero, nena. Espera un momento.

Camina hacia la puerta y se asoma por la mirilla.

—Me cago en la puta.

Vuelven a dar otro golpe, mucho más fuerte esta vez, y da un paso atrás.

Durante un instante me da por pensar en que mi presagio de muerte está a punto de hacerse realidad. Busco a mi alrededor alguna manera de escapar, pero las dos ventanas están bloqueadas con torres hechas de botes de cerveza, y no puedo poner en peligro mis piernas saltando desde cuatro pisos.

Pienso en ofrecerme voluntaria como tributo para morir la primera, pero la lógica interviene para calmar mis miedos.

Travis tardaría diecisiete horas en conducir hasta aquí, y aunque optara por volar, no se gastaría el dinero en un billete de avión de última hora.

También me llamaría un millón de veces antes para informarme.

—¿Quién hay tras la puerta? —le pregunto.

—Shhh… —Michael se pone un dedo contra los labios. Después me mira; parece estar decidiendo entre saltar por la ventana o esconderse debajo de la cama.

De repente, igual que en una escena de Misión imposible, corre hacia mí y me agarra de las piernas con los brazos. Me echa sobre su hombro, me lleva hasta el armario y me deja sobre un montón de ropa que huele a humedad.

—Quédate aquí y no hagas ruido, ¿vale? —susurra—. Te quiero mucho. —Cierra la puerta de un golpe, pero la abre otra vez.

—Toma, tus zapatos. —Casi me da un golpe con ellos.

¿Qué demonios? Me pongo de pie cuando empuja una cesta de la colada contra el armario.

A través de las rendijas, le observo realizar un espectáculo en solitario.

En el primer acto, hace y vuelve a rehacer la cama una y otra vez, ordenando las almohadas por color. En el segundo, se quita los vaqueros y se pone unos pantalones de chándal, todo ello mientras canturrea el estribillo desafinado de una canción conocida.

No hace caso a mis susurros exigiéndole una explicación durante todo el rato, y después de ponerse gomina en el pelo, da un par de tragos al Listerine y los escupe en el lavabo. Durante el último acto, rebusca en el primer cajón de su mesilla hasta encontrar la colonia y se echa un montón en el pecho.

—Puedes hacerlo, Michael. Tú puedes. —Respira hondo unas cuantas veces antes de acercarse a la puerta y abrirla.

—Eh, nena —dice.

¿Nena?

—Eh, chico sexy. —Una morena que parece mucho mayor que yo le rodea el cuello con los brazos. Sus pechos de copa D se escapan de un vestidito rosa ajustado, y tiene el maquillaje aplicado a la perfección—. Sé que quedamos en celebrar San Valentín mañana, pero no podía esperar hasta entonces.

Michael la agarra de la cintura igual que me había agarrado a mí y le estampa el mismo beso profundo, con la boca abierta, que me había dado minutos atrás. Incluso le susurra: «Te he echado tanto de menos…» en el mismo tono, palabra por palabra.

¿Pero qué mierda pasa aquí?

Durante un instante, me pregunto si yo parecía tan estúpida y trastornada como está la morena en estos momentos. Tan enamorada y tan inocente.

Cuando él se separa de su boca, da un largo suspiro.

—Tengo que contarte algo muy importante, Kylie.

—¿Sí? —Se quita los zapatos—. ¿Qué es?

«Soy un cabrón infiel y he estado saliendo con una chica que va al instituto». Espero a que diga esas palabras y me deje salir del armario para que pueda deslumbrarnos con sus mentiras.

—Sé que he estado un poco distraído estos últimos meses —le dice mientras la coge de las manos y la mira a los ojos—. Pero quiero que sepas que estoy preparado para que estemos juntos de verdad, y he pensado muchísimo en cómo hacer que nuestro San Valentín sea especial… Tengo fresas, nata montada y un champán especial que he comprado para ti.

No, en serio. ¿Qué mierda…?

—Oh, Dios mío, ¿de verdad? —Señala el monedero rojo que hay a los pies de su cama. Mi monedero rojo—. ¿Ese bolso Coach es para mí también?

—Sí, lo es. —Lo tira al suelo—. Te dejaré cogerlo después. Bésame primero.

Me pellizco unas cuantas veces para asegurarme de que no me estoy imaginando la escena. De que, en algún momento durante la narrativa lineal de hoy, el universo no ha decidido crear una subtrama de locos que está destrozando mi historia.

Sin embargo, los dolorosos pellizcos que me estoy dando en las muñecas son más reales que nunca, y cuanto más observo los gestos de Michael, cuanto más le escucho susurrar las palabras que me acaba de decir a mí, los últimos meses de nuestra relación pasan por delante de mis ojos a una esclarecedora cámara lenta.

Solo me llamaba por las noches, y casi nunca quería salir conmigo durante el día porque decía que me quería toda para él. Prefería presentarse durante mis prácticas en la pista en vez de que fuera yo a verlo.

Aunque había venido a alguno de mis campeonatos, nunca se hacía selfies conmigo en las ceremonias. Esperaba a que me reuniera con él en el aparcamiento, y siempre estaba aparcado en la fila más lejana.

Tonta, tonta, tonta.

Para cuando he...



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