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Gaillot / Gombault | Un catecismo con sabor a libertad | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 192 Seiten

Reihe: Cruce

Gaillot / Gombault Un catecismo con sabor a libertad


1. Auflage 2014
ISBN: 978-84-288-2696-9
Verlag: PPC Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, 192 Seiten

Reihe: Cruce

ISBN: 978-84-288-2696-9
Verlag: PPC Editorial
Format: EPUB
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La aventura humana, que conduce a tomar conciencia y descubrir a Dios, parte en mayor medida de las realidades de todos los días. Todos podemos acceder a la belleza del Evangelio.

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ENTRAR EN RELACIÓN PARA EXISTIR


Las palabras «relación» y «religión» tienen una raíz común: el lazo o vínculo, religarse, estar en relación. La religión tiene como finalidad garantizar el contacto entre la humanidad y lo sagrado. En el cristianismo, relación con el otro y relación con Dios están estrechamente unidas. No hay relación con Dios que no pase por la relación con el otro. Esta es la primera; es primera porque es imprescindible para existir en sí. Yo consigo ser yo mismo en el encuentro con los demás. Llegar a convertirse en un hombre o en una mujer requiere un largo y difícil aprendizaje. Nunca viene dado de nacimiento.

La vida solo brota y cobra sentido en la comunicación con el otro, desde la cuna hasta la hora de la muerte. Precisamos hacernos conscientes de la densidad humana de esta experiencia primordial y de su aspecto creador y vivificante, tanto para uno mismo como para los demás.

Por este motivo, el primer texto de este catecismo, no siendo habitual en los catecismos clásicos, arranca más de experiencias y lugares como la calle, por ejemplo, donde convergen las realidades de hoy. ¿Por qué la calle? Porque es el lugar por excelencia de encuentros y de encrucijadas de toda índole. La calle significa salir de la propia casa, salir de uno mismo para encontrarse con los otros.

Todo lo que se opone a una auténtica relación empobrece al ser humano y acaba por destruirlo. Esto es lo que ocurre con el miedo al otro, tal como lo expresan el racismo o la intolerancia, que puede llevar hasta la exclusión. La tentación de quedarnos entre nosotros, entre personas que comparten las mismas ideas y hablan el mismo lenguaje es poderosa. Pero la lección del relato bíblico de la torre de Babel conduce a salir de esta reclusión. Por tanto, para favorecer y desarrollar la relación es indispensable establecer un ambiente de paz basado en la justicia, valorar la fidelidad en todas sus dimensiones, vivir felizmente la sexualidad, lugar de una íntima relación. ¿Acaso Dios mismo no es relación?

Surgen no pocas dificultades en el camino de la relación con el otro, que se sobrellevan mejor o peor gracias al perdón y al amor mutuo. Este camino solo se acaba con la muerte y, para algunos, cuando se pierden las ganas de vivir, a menudo debido a la soledad. En esta última aventura ya solo nos queda confiar como niños, ¿y tal vez entonces experimentemos una comunicación plena?

Bajar a la calle

La calle es un tambor en el que resuenan todas las alegrías, todos los infortunios del hombre. La calle, lugar de la igualdad por excelencia, que ninguna frontera deslinda y, sin embargo, donde se exhiben como en ningún otro sitio las desigualdades más escandalosas, las más desgarradoras. Es el lugar de la vida de verdad, el retrato vivo y trepidante de toda sociedad humana. Desde la calle suben los gritos de rabia y desesperanza, de sufrimiento y rebeldía. La calle es el lugar en el que gritar contra la injusticia, la incomprensión, en el que congregarse y unirse, y también donde resistir. En la calle, los débiles, los oprimidos, los excluidos y los marginados se encuentran, se juntan para clamar su miseria. ¿Tristeza y rencor? No solo... porque en este hervidero de todas las turbulencias también bullen las ideas de libertad, de justicia y fraternidad. Ahí, al aire libre de las ciudades, entre las murallas del confort, del egoísmo y del miedo, es donde encontramos a quienes se niegan a doblegarse ante la supuesta fatalidad socioeconómica, quienes no creen en los imperativos de un tiempo que, según dicen, tenía que ser por fuerza inhumano.

Porque lo humano está en la calle. El corazón del pueblo de Dios late a ras del asfalto, y el Evangelio nos empuja sin tregua a «salir fuera», nos invita permanentemente a afrontar los progresos caóticos de una sociedad en perpetua evolución. Ignorar esto, quedarse en el balcón, negarse a mezclarse con la vida que fluye y se arremolina bajo nuestros pies... es como mirarse en un espejo roto. Lo que vemos no es más que un retrato falseado, hecho pedazos, de la realidad y del futuro.

Afortunadamente hay cristianos que se arriesgan a mezclarse directamente, incluso brutalmente, con los sufrimientos y los gozos, las tragedias y las fiestas de este mundo. Bajan a la calle para atreverse a ser solidarios. Se alegran de que Dios se exprese desde la calle.

El miedo al otro: el racismo

El otro me da miedo, como si llevara puesta una máscara que me incomoda: eso es el racismo. No acepto el color de su piel, su manera de vivir, su religión, sus opciones. Estas diferencias son agresiones para mí. Las vivo como amenazas. El otro me devuelve una imagen que me cuesta soportar porque sacude mis certezas. Esa imagen cuestiona mi identidad, mis derechos. El miedo al otro conlleva su rechazo.

El racismo está latente en cada uno de nosotros. Nunca desaparece. ¡Ni se nos ocurra pensar que solo vive en los demás! Basta poca cosa para que se despierte y campe a sus anchas, dejándonos sorprendidos. Esto es lo que sucede cuando la sociedad genera mal vivir junto con exclusión económica y social.

Los extranjeros, en especial los magrebíes y los africanos, son objeto de discriminaciones. Conseguir papeles, un empleo o una vivienda es más difícil para ellos. Los controles de identidad son más frecuentes cuando uno se llama Mamadú o Mohamed. A los jóvenes con rasgos fácilmente identificables les niegan la entrada en las discotecas.

Los gitanos sufren discriminaciones que no paran de crecer en número y gravedad. Viven atemorizados, porque sienten amenazada su supervivencia. Vayan a donde vayan, son unos indeseables que sobran en todas partes. Quieren forzarlos a integrarse, cuando su vocación es no arraigarse en ninguna parte. Y no creamos que el rechazo a los gitanos no tiene nada que ver con nosotros. Cuando la ley criminaliza a los más débiles de la sociedad, mantengámonos alerta. ¡Mañana nos puede tocar a nosotros!

Asimismo observamos que el antisemitismo no ha muerto. Es un sentimiento que perdura y se despierta por diversas causas. La represión israelí en los territorios ocupados suscita antisemitismo en los pueblos árabes, y en parte en nuestros países.

La exclusión es un caldo de cultivo idóneo para el racismo. Cuando la gente ve sus derechos pisoteados, le cuesta más respetar a los demás. Este es el preciso momento en que comienza a funcionar la lógica del chivo expiatorio. Por ello, cuando arrecia el desempleo, con toda naturalidad les reprochamos a los inmigrantes que nos quitan nuestro puesto. De ahí la necesidad de vincular estrechamente la lucha contra el racismo a la lucha contra la exclusión. Nos peleamos contra el racismo y contra el sistema que lo engendra.

Hoy día, el racismo está trivializado. Ya nadie se disculpa por tener reacciones racistas, incluso no es difícil explicar por qué uno se ha vuelto racista.

Es hora entonces de recurrir a los centros educativos, a las asociaciones, a las religiones... para que desempeñen plenamente su papel educativo. Y no solo en su práctica de la convivencia, sino también para que seamos conscientes de que antes de pertenecer a un país, a una cultura o a una religión determinada somos ciudadanos del mundo. Antes de ser del Norte o del Sur somos habitantes del planeta. Antes que negros o blancos, hombres o mujeres, somos seres humanos. Antes que problemas somos personas. Existen muchos colores de piel, pero una única raza, la raza humana.

Todavía está por hacer esa toma de conciencia, y su importancia no es baladí en nuestra vida, ya que, cuando excluyo al otro, excluyo algo de mí mismo. ¿Cómo puedo aceptar al otro si no me acepto a mí mismo?

Abrirse a la tolerancia

La tolerancia es un valor en alza, casi unánimemente aceptado y considerado indispensable para la convivencia. Cerca del 80% de las personas preguntadas en los sondeos dice estar de acuerdo con la siguiente proposición: respetar a los demás, cualquiera que sea su origen.

Esto no impide que podamos mostrarnos intolerantes. Nos damos de bruces con gente intolerante que muestra una actitud dura e intransigente, revelando al mismo tiempo una gran fragilidad: la fragilidad de quien se ve condenado a la inexistencia si le permite al otro ser él mismo. Se encierra en una lógica exclusiva: o tú o yo, pero no los dos. Se evidencia cuando abordamos los temas que enojan, como la presencia de los extranjeros, la guerra, la pena de muerte... Se trata de una diferencia de valores y, sobre todo, de otra visión del mundo incompatible con la mía.

La imagen del mundo que cada uno se fabrica se elabora en el seno de una cultura, en función de las experiencias personales y colectivas. Da sentido y coherencia al mundo en el que vivimos. De ahí a confundir la imagen del mundo con su realidad no hay más que un paso, y suele darse con frecuencia. Cuando Colón descubrió América, daba por sentado que la civilización que él representaba era superior a las demás, y que el hombre blanco estaba hecho para dominar a los hombres negros.

Cuando las ideologías, en...



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