Galeotti | Una historia breve de Rusia | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 184 Seiten

Reihe: Ensayo

Galeotti Una historia breve de Rusia

Cómo entender la nación más compleja del mundo
1. Auflage 2022
ISBN: 978-84-125285-6-5
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

Cómo entender la nación más compleja del mundo

E-Book, Spanisch, 184 Seiten

Reihe: Ensayo

ISBN: 978-84-125285-6-5
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



¿Puede alguien entender realmente a Rusia? Mark Galeotti, uno de los principales expertos del mundo en ese país, lo demuestra en este libro utilizando la fascinante historia de la nación para iluminar su futuro. Rusia es un país sin fronteras naturales, sin una etnia única, sin una verdadera identidad central. En la encrucijada de Europa y Asia, es el «otro» de todos. Pero, sin embargo, es también una de las naciones más poderosas de la tierra, una pieza clave en la escena mundial con una rica historia de guerra y paz, poetas y revolucionarios. En este recorrido esencial por la nación más incomprendida del mundo, Galeotti trasciende los mitos para llegar hasta el corazón de la historia rusa: desde la formación del país y sus primeras leyendas, como Iván el Terrible y Catalina la Grande, hasta el ascenso y la caída de los Romanov, la Revolución Rusa, la Guerra Fría, Chernóbil y el fin de la Unión Soviética, además de la llegada de un oscuro y frío político llamado Vladímir Putin.

Surrey (Inglaterra), 1965. Autor especializado en la historia y los asuntos de seguridad de la Rusia moderna y la delincuencia transnacional y organizada del pasado y del presente. Formado en el Robinson College de Cambridge y en la London School of Economics, fue jefe del departamento de Historia de Keele y profesor en el Centro de Asuntos Globales de la Escuela de Estudios Profesionales de la Universidad de Nueva York. Tras un tiempo en Moscú, se trasladó a la República Checa, donde fue investigador principal y jefe del Centro de Seguridad Europea en el Instituto de Relaciones Internacionales de Praga. En la actualidad es director de la consultora Mayak Intelligence y profesor honorario de UCL SSEES. Es miembro asociado sénior del Royal United Services Institute y miembro sénior del IIR y de la iniciativa Frontier Europe del Middle East Institute. Ha estado vinculado a la Foreign & Commonwealth Office como asesor de la política exterior y de seguridad rusa, y ha sido profesor de Seguridad Pública en la School of Criminal Justice (Rutgers-Newark, EE.UU.), profesor visitante habitual en el MGIMO (Moscú) y en la Universidad Carolina (Praga). Sus libros más recientes son Una historia breve de Rusia (2021), Tenemos que hablar de Putin (2019) y Russian Political War: Moving Beyond the Hybrid (2019). Editor fundador de la revista Global Crime, fue editor europeo de Low-Intensity Conflict & Law Enforcement, es miembro de los consejos editoriales de Crime & Justice International y The Journal of Power Institutions in Post-Soviet Societies, editor colaborador de IntelliNews Business New Europe y columnista habitual de Raam op Rusland.
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Introducción

El libro más antiguo de Rusia no habla con una única voz. Ruge y suspira, murmura y gime, ríe y susurra, reza y se ríe a carcajadas en tonos cada vez más quedos. En julio de 2000, unos arqueólogos que excavaban en uno de los barrios más antiguos de una de las ciudades más antiguas de Rusia —Nóvgorod, una vez conocida como la Señora Nóvgorod o Nóvgorod la Grande— descubrieron tres tablas de madera recubiertas de cera que en su día habían estado unidas formando un libro. Según la datación mediante carbono y otras estimaciones, se remontaban a algún momento entre el año 998 y el 1030 d. C. Inscritos en las tablas de cera aparecen dos salmos. Se trata, no obstante, de un palimpsesto, un documento que ha sido usado y reusado una y otra vez a lo largo de las décadas, y, no obstante, aún se pueden apreciar en él los escritos originales. El lingüista ruso Andréi Zaliznyak, mediante un trabajo meticuloso, descubrió un apabullante conjunto de distintos escritos inscritos en la cera, miles de ellos, desde una «Instrucción espiritual para el hijo de un padre y una madre» hasta el comienzo del Apocalipsis según san Juan, una lista del alfabeto de la Iglesia eslava o, incluso, un tratado «Sobre la virginidad».

Todo ello resulta de lo más apropiado.

El «pueblo palimpsesto»

Rusia es un país sin fronteras naturales, sin una única tribu o un único pueblo, y sin una verdadera identidad central. Su escala es sobrecogedora: se extiende a lo largo de once zonas horarias, desde la región-fortaleza europea de Kaliningrado, ahora aislada del resto de la madre patria, hasta el estrecho de Bering, a solo ochenta y dos kilómetros (cincuenta y una millas) de Alaska. Combinado con la inaccesibilidad de muchas de sus regiones y la naturaleza más bien dispersa de su población, todo ello ayuda a explicar por qué mantener un control centralizado ha sido un desafío tan extraordinario, y por qué perder el control de un país de estas características genera tanto terror en sus gobernantes. Una vez conocí a un oficial (jubilado) de la KGB que me confesó: «Siempre pensábamos que era todo o nada: o bien sujetábamos al país con un puño de hierro, o todo se iría al garete». Sospecho que sus predecesores, desde los funcionarios zaristas hasta los príncipes medievales, tenían en gran medida las mismas preocupaciones. Y los funcionarios de Putin, incluso con todos los avances de las comunicaciones modernas, ciertamente son del mismo parecer.

Su posición en la encrucijada de Europa y Asia también significa que Rusia es el perenne «otro» para todo el mundo; para los europeos es asiática, y viceversa. Su historia ha sido conformada desde fuera. Ha sido invadida por extranjeros, desde los vikingos a los mongoles, desde las órdenes cruzadas de los Caballeros Teutones a los polacos, desde los franceses de Napoleón a los alemanes de Hitler. Incluso cuando no ha sido asediada físicamente, ha sido moldeada por fuerzas culturales externas, siempre mirando más allá de sus fronteras y buscando de todo en ese mundo exterior, desde capital cultural a innovación tecnológica. También ha respondido a su carencia de fronteras claras mediante una expansión continua, añadiendo a su mezcla de pueblos nuevas identidades étnicas, culturales y religiosas.

Por tanto, los propios rusos son un pueblo palimpsesto, ciudadanos de una nación hecha de retales que, más que la mayoría de los países, muestra estas influencias externas en cada aspecto de la vida. Su idioma es un buen ejemplo de ello. Una estación de ferrocarril se denomina vokzal, por la estación de Vauxhall en Londres, resultado de un desafortunado error de traducción cuando una estupefacta delegación rusa estaba visitando la Inglaterra del siglo XIX. En esa época, no obstante, la elite rusa hablaba francés, y, por ello, cargaban su bagazh en su coche cama kushet. En Odesa, al sur, las calles tenían sus nombres en italiano, porque era el idioma comercial común del mar Negro; en Birobidzhan, en la frontera china, por el contrario, el idioma local es, hasta la actualidad, el yidis, desde que Stalin promovió el asentamiento de los judíos soviéticos en esa región en la década de 1930. En el kremlin fortificado de Kazán, hay tanto una catedral ortodoxa como una mezquita musulmana, y los chamanes bendicen las conducciones de petróleo en el lejano norte.

Por supuesto, todos los pueblos son, en mayor o menor medida, una mezcla de distintos credos, culturas e identidades. En una era en la que el curry es el plato favorito de Gran Bretaña, en la que la Académie française continúa con su batalla perdida para mantener el francés libre de términos extranjeros y en la que uno de cada ocho ciudadanos estadounidenses ha nacido en el extranjero, es este un hecho indiscutible. Pero hay tres cosas sorprendentes en la experiencia rusa. La primera es la increíble profundidad y variedad de esta apropiación de influencias extranjeras, como si de una urraca se tratase. La segunda es la forma específica en la que se han superpuesto capas sucesivas, una encima de otra, para crear este país y esta cultura. Todas las naciones son en cierto sentido mezclas de distintas cosas, pero los ingredientes y la manera de mezclarlos varían enormemente. La tercera es la respuesta rusa a todo este proceso.

Siempre conscientes —a menudo demasiado— de esta identidad fluida y mestiza, los rusos han respondido generando una serie de mitos nacionales que la niegan o la celebran. De hecho, el fundamento mismo de lo que ahora llamamos Rusia se ha visto envuelto en historias nacionales más bien míticas, como veremos en el primer capítulo, en el que nos referiremos a cómo la conquista por los vikingos fue reescrita de tal manera que pareciese que los conquistados habían invitado a los invasores. Desde entonces, ha habido todo un torrente de leyendas de este tipo: desde cómo Moscú se convirtió al mismo tiempo en cristiana y en la «Tercera Roma», la cuna de la verdadera cristiandad (después de que la primera cayese ante los bárbaros y que la «Segunda Roma», Bizancio, cayese ante el islam) hasta los actuales intentos del Kremlin de presentar a Rusia como el bastión de los valores sociales tradicionales y como un baluarte contra un mundo dominado por América.

Regreso al futuro

Los mongoles conquistaron Rusia en el siglo XIII, y cuando su poder se eclipsó, sus más eficientes colaboracionistas, los príncipes de Moscú, se reinventaron como los verdaderos campeones de su nación. Una y otra vez, los gobernantes de Rusia cambiarían el pasado para construir el futuro que deseaban, normalmente hurgando en los mitos culturales o políticos y en los símbolos que necesitaban. Los zares se apropiaron de los símbolos de la gloriosa Bizancio, pero, en este caso, el águila bicéfala del imperio miraba a occidente, además de al sur. A lo largo de los siglos, la compleja relación de Rusia con Occidente llegaría a ser cada vez más crucial. En muchas ocasiones, esto suponía adoptar ideas y adaptar valores al molde ruso: desde el zar Pedro el Grande ordenando a los rusos que se afeitasen la barbilla al estilo europeo (o que pagasen un «impuesto sobre las barbas» especial) hasta la construcción por los soviéticos de toda una sociedad nueva sobre su idea propia de una ideología que Karl Marx había concebido para Alemania y Gran Bretaña. En otras ocasiones, suponía una determinación consciente de rechazar las influencias occidentales, incluso aunque eso exigiese redefinir el pasado, por ejemplo ignorando toda la evidencia arqueológica sobre los orígenes vikingos de Rusia. Y, no obstante, eso nunca significó ignorar a Occidente.

Hoy, con la esperanza de poder encontrar una narrativa que les permita escoger solo aquellos aspectos del estilo de vida occidental que les gustan —iPhone y áticos en Londres, sí; impuestos progresivos e imperio de la ley, no—, una nueva elite ha comenzado de nuevo a definirse a sí misma y a su país como más le conviene. No siempre con éxito y no siempre a conveniencia de todo el mundo: al final han acabado cuestionando no tanto su lugar en el mundo como la forma en que el mundo les trata. Esto es central para explicar tanto el ascenso de Vladímir Putin como su evolución de un pragmático de mente esencialmente abierta al líder guerrero nacionalista que anexionó Crimea en 2014 y agitó un conflicto no declarado en el sudeste de Ucrania. Rusia se ha convertido en un país en el que reimaginar la historia no es solo un pasatiempo nacional, sino una industria. Hay exposiciones centradas en la estirpe de las políticas modernas, retrotrayéndolas a la época medieval como si proviniesen de una línea única e ininterrumpida. Las estanterías de las librerías crujen bajo el peso de historias revisionistas, y los libros de texto escolares se reescriben de acuerdo con las nuevas ortodoxias. Las estatuas de Lenin se codean con las de zares y santos, como si no hubiese ninguna contradicción en las visiones de Rusia que cada uno representa.

El tema básico de este libro es, por tanto, explorar la historia de este país fascinante, extraño,...



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