García Hernán | Delfines de plata | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, Band 150, 376 Seiten

Reihe: Narrativa

García Hernán Delfines de plata


1. Auflage 2023
ISBN: 978-84-19615-05-3
Verlag: Editorial Alrevés
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, Band 150, 376 Seiten

Reihe: Narrativa

ISBN: 978-84-19615-05-3
Verlag: Editorial Alrevés
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



Hay amores que no entienden de razas ni religiones, clases ni edades. Hay pasiones prohibidas que temen al murmullo y al qué dirán. Y todos se ocultan a los ojos de los demás y hallan su razón de ser en los pasillos y habitaciones de un céntrico hotel de lujo entre cuyas paredes se ocultan anhelos, deseos y secretos que es, también, el objetivo de una organización criminal que busca dar un golpe sangriento que asombre al mundo. Así, sin quererlo, las muchas vidas que giran en torno al hotel, las públicas y las privadas, las de sus clientes y empleados, las de políticos y artistas, policías y toreros, porteros y camareras, botones, divas y padres de familia, se verán implicadas en un complot que pondrá en peligro su propia existencia e incluso el rumbo del país. Delfines de plata es una novela vertiginosa, adictiva y ajustada al milímetro, que nos quitará el sueño, que no nos soltará hasta que lleguemos a su última página, que habla de pasión, de solidaridad y de entrega y que ha sido adaptada al cine, una película dirigida por Javier Elorrieta y protagonizada por Rodolfo Sancho que recoge a la perfección el audaz ritmo narrativo característico de Félix García Hernán, un autor tan eficaz como siempre sorprendente.

Félix García Hernán (Madrid, 1955), hotelero por vocación y ganador en 2020 del Premio Estandarte.com al autor revelación del año por su «espectacular potencia narrativa, que brinda una trama adictiva donde las páginas parecen fotogramas y los capítulos secuencias», es ya, por pleno derecho, un novelista consagrado dentro del género negro tras la publicación de Cava dos fosas (2020), finalista al Premio Negra y Mortal a la mejor novela negra en español, Pastores del mal (2021), cuyos derechos audiovisuales han sido adquiridos por Atlantia Media para una próxima producción cinematográfica, y Días sin sol (2022), que, al igual que sus obras anteriores, ha recibido una entusiasta acogida por parte de público y crítica. Delfines de Plata, novela que ahora reedita Alrevés, ha sido adaptada al cine en una película dirigida por Javier Elorrieta con guion coescrito por este y el propio Félix García Hernán, y protagonizada por Rodolfo Sancho en el papel del comisario Javier Gallardo.
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I


A pesar de que aún quedaban varias semanas para que entrase oficialmente el invierno, el termómetro digital de la plaza marcaba tres grados bajo cero. A las siete de la mañana, el tráfico era tan denso en la calzada como en las aceras, por donde los abrigados peatones caminaban con paso vivo, con miedo a empezar la semana llegando tarde al trabajo, y con el deseo de que llegasen pronto las vacaciones de Navidad y del nuevo año 2012. Solo la pareja de leones de bronce se mostraba indiferente al brusco cambio de temperatura de las últimas horas.

En el recoleto jardín de la plaza, la figura de Cervantes semejaba desde su alto pedestal al jefe de pista de un circo americano poniendo orden en todo ese bullicio. Enfrente, el anciano e imponente edificio del Congreso de los Diputados se mostraba ajeno a todo ese fragor, indiferente a los problemas cotidianos de los ciudadanos a los que legislaba.

A muy pocos metros, el ajetreo se había apoderado también de los tres hoteles que escoltaban al Congreso. La mole majestuosa del Palace miraba por encima del hombro a sus dos colegas, el Don Quijote y el Atheneum, sabiéndose más alto, más veterano y creyéndose más exclusivo que ellos. Pero el día empezaba de la misma forma en los tres. En el Atheneum, una brigada de limpiadoras se afanaba en adelantarse a los primeros clientes dejando impoluto el que rodea la recepción. Los camareros terminaban de montar la sala de desayunos, que en pocos minutos estaría repleta de huéspedes demandado con urgencia el café con el que acompañarían al zumo de rigor y las provisiones que se habían servido en los repletos bufés.

El personal de recepción estaba efectuando el cambio de turno. El recepcionista de noche, que debido a la alta ocupación apenas había tenido tiempo de dar una cabezada durante su turno, estaba deseando llegar a casa para acostarse. Pero sabía que cuando lo hiciera no tardaría mucho en despertarse. Llevaba más de veinte años haciendo ese turno en diferentes hoteles y no recordaba haber dormido seguidas más de tres horas. «Puta noche, no me voy a acostumbrar nunca», pensó, recordando que cuando no eran los ruidos de la calle eran los de dentro de su casa los que terminaban desvelándole. Pero aunque había tenido ocasión varias veces de cambiar a los turnos de día, no lo había hecho. Por la noche no había jefes y tenía la impresión de ser el del hotel a esas horas. El trabajo era mucho menor y las ocasiones en que se presentaba el director general o alguno de los propietarios eran escasísimas, y él ya había desarrollado un sexto sentido para adivinar su llegada antes incluso de que hubieran traspasado la puerta automática.

El Atheneum era un recién llegado a la hostelería madrileña, pero en los apenas cinco años que llevaba abierto se había labrado ya reputación de hotel vanguardista y rompedor. A la apuesta de sus propietarios por una decoración audaz se unía la calidad de los materiales empleados en su construcción y la gran cantidad de piezas de arte que, sabiamente diseminadas entre sus ciento cincuenta habitaciones y salones, otorgaban a los huéspedes la impresión de ser propietarios de ellas, aunque solo fuera por unas horas. Pero el reto había ido mucho más allá del empleado en su construcción. Salvador Cano, su director, se había sabido rodear de un equipo de colaboradores de primer orden, entre los que destacaban el jefe de cocina, que había pasado de ser una promesa para consolidarse como uno de los príncipes de los fogones de la restauración madrileña, y que hacía un tándem perfecto con la directora de comida y bebida, una de las primeras mujeres galardonadas con el Premio Nacional de Gastronomía. Esta última había recorrido todos los peldaños de su profesión y estaba pendiente del más mínimo detalle para conseguir de sus camareros un servicio eficiente y servicial, nunca servil. Entre todos habían logrado que el Atheneum se convirtiera en el nuevo faro del madrileño, así como el punto de referencia de la «gente guapa» nocturna que vagaba de local en local, pero que tenía el bar del hotel como parada obligatoria.

La noche anterior, el hotel había cerrado con sus ciento cincuenta habitaciones ocupadas. Para ese día se esperaban cuarenta y ocho reservas, lo cual implicaba que al menos otras cuarenta y ocho habitaciones deberían quedar libres antes de las doce de la mañana. Carlos del Valle, el jefe de recepción que ya se había incorporado a su puesto, sabía que muchas de esas cuarenta y ocho reservas llegarían en el transcurso de la mañana, por lo que no podrían darles la habitación hasta que las camareras las hubieran limpiado. En definitiva, tendría que luchar con las malas caras que con seguridad le pondrían los clientes que no pudieran acceder de inmediato a su habitación.

El principal ya empezaba a adquirir su habitual actividad matutina cuando Akín Okafor abrió la puerta de servicio de comunicación y lo atravesó para llegar a la entrada principal. Según caminaba, iba saludando a los huéspedes y empleados con los que se cruzaba, mientras comprobaba que su uniforme se encontraba en orden. Golpeó con la mano algunas arrugas que quedaban en su levita de lana blanca y se aseguró de que la gorra de plato encajara a la perfección en su cabeza. No necesitó revisar sus zapatos de charol; les acababa de dedicar cinco minutos para dejarlos impecables.

Al llegar a la entrada, abrió ceremoniosamente la pequeña alacena donde guardaba un intercomunicador que encajó en su oreja izquierda y que le serviría para recibir las instrucciones que le vendrían dadas desde la recepción. Salió a la calle para comprobar si ya había taxis en la parada situada a pocos metros del hotel. Más de veinte esperaban, con la esperanza de conseguir una buena carrera al aeropuerto. El frío de la mañana le azotó en el rostro. Se estremeció. Qué diferente de la agradable temperatura matutina de su Nigeria natal, donde no recordaba que bajara nunca de los doce grados.

No tuvo mucho tiempo de pararse a pensar. Ya tenía un huésped que le pedía un taxi. Sacó su silbato y lo hizo sonar, abriendo la puerta del vehículo al cliente mientras lo obsequiaba con una sonrisa, que fue correspondida con una moneda de dos euros.

Según regresaba a su puesto, observó, treinta metros más a su derecha, cómo el personal del hotel entraba por la puerta de servicio. Saludó con la cabeza a su paisano Abdul, miembro del equipo de mantenimiento. Abdul, nigeriano también, provenía de la capital, Abuya. En realidad, el puesto de trabajo que tenía en el hotel se lo debía a este, que había intercedido por él cuando quedó libre una de las plazas de portero. Aunque también había ayudado mucho a conseguirla el impactante físico de Akín, que, a sus veintiocho años, lucía imponente desde su metro noventa de estatura y su bien proporcionada musculatura, como su dominio del inglés y el francés. Abdul y Akín se veían a menudo fuera de las horas de trabajo, aunque no podría definirse como amistad íntima lo que había entre ellos. Abdul, musulmán, llevaba mal el cristianismo de Akín, e intentaba por todos los medios convencerlo para que acudiera con él a la mezquita de la M-30 con la idea de que cambiara de religión.

Una vez Abdul hubo desaparecido por la puerta de servicio, en la lejanía creyó ver cómo Amelia Bermejo, la gobernanta general del hotel, doblaba la esquina de la plaza y se dirigía también hacia la puerta de servicio. Sin embargo, no se detuvo y siguió su camino hasta la puerta principal. Cuando llegó a la altura de Akín, en vez de saludarlo, reclamó la atención del mozo que estaba limpiando una de las cristaleras exteriores del . Habló con él un par de minutos y, obviando de nuevo a Akín, regresó hacia la puerta de servicio. A pesar de no hablarle, pasó por su lado casi rozándolo.

Akín sintió que le flaqueaban las piernas. El aroma que desprendía Amelia era el mismo que había olido una hora y media antes, cuando, después de ducharse, ella se había acercado a él en la cama para besarlo en la boca.

Amelia, uno de los activos más importantes del hotel Atheneum, transmitía a sus jefes y subalternos una profesionalidad excepcional en el desempeño de su trabajo. Acababa de cumplir cuarenta y tres años y seguía teniendo el cuerpo de una veinteañera. A pesar de no ser en absoluto lo que se denominaría como una mujer despampanante, poseía algo indefinible que llamaba la atención de todos los hombres. Akín se olvidó por un instante de su trabajo mientras la admiraba por detrás, disfrutando del recuerdo de desnudarla la noche anterior.

El nigeriano sentía una atracción irresistible por ella. Habían empezado a verse a escondidas hacía dos meses, pero ya estaban durmiendo juntos casi todas las noches. Amelia se derretía en sus brazos, y a él le pasaba lo mismo. Tenía que acallar como podía tanto sus gritos como los de ella cada vez que llegaban al orgasmo, para que Faith y Patience, las hijas mellizas de Akín, que dormían en la habitación de al lado, no se despertasen.

La noche había dado paso a la luz de un día gris y plomizo se había adueñado de la plaza. Eran las ocho y media cuando Salvador Cano llegó caminando a la puerta principal. Debido a la proximidad de su vivienda, el director del Atheneum no necesitaba utilizar el coche para acercarse al establecimiento.

Sonrió a Akín y lo saludó por su nombre. El botones de guardia en el se cuadró casi militarmente cuando Salvador pasó a su lado. A cinco metros de la recepción, saludó al jefe de esta, inquiriéndole a través de un lenguaje de señas solo conocido por ellos si todo estaba en orden. El...



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