E-Book, Spanisch, Band 20, 190 Seiten
Reihe: Caja Baja
García Maldonado El final de la aventura
1. Auflage 2020
ISBN: 978-84-17496-40-1
Verlag: La Caja Books
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, Band 20, 190 Seiten
Reihe: Caja Baja
ISBN: 978-84-17496-40-1
Verlag: La Caja Books
Format: EPUB
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Antonio García Maldonado (Málaga, 1983) es ensayista y consultor de asuntos públicos, experto en discursos y riesgo político. En La Caja Books ha publicado El final de la aventura (2020). Ha traducido a autores como H.D. Thoreau, Norman Mailer, Francis Fukuyama o Jonathan Haidt, entre otros. Es colaborador habitual de medios y publicaciones culturales, como El Cultural o Ethic. Ha sido asesor en los gabinetes de la Presidencia del Gobierno y del Senado, así como en los Ministerios de Asuntos Exteriores y Economía en distintas etapas. Antes de todo eso fue librero y se licenció en Economía.
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Prólogo
La aventura de pensar
Si usted ha empezado a leer este prólogo, eso significa, con casi absoluta seguridad, que ha decidido correr la aventura de leer el libro que tiene entre manos. Déjeme, entonces, que le diga una cosa antes de que continúe: ha tomado una magnífica decisión. Yo ya pasé por eso y le puedo asegurar que no solo me resultó una aventura provechosa, sino extremadamente estimulante. Y, en el caso de que alguien interpretara que son estos elogios poco menos que de oficio, inevitables en un prólogo, puedo aportar un testimonio, a mi juicio, concluyente. Me refiero al del propio Antonio García Maldonado.
El lector podrá comprobar, al final de estas páginas, en los agradecimientos que las concluyen, que el autor hace referencia a las personas que de una u otra manera le ayudamos durante la etapa de elaboración del libro, y tiene la amabilidad de aludirme. Pues bien, tómense este detalle de lo que dice como un indicador inequívoco de cuánto me atrapaba la lectura de su texto. Efectivamente, sin la menor consideración por el descanso semanal y en un alarde de descortesía, era yo capaz de llamarle un domingo a las cuatro de la tarde para comentarle el capítulo que acababa de leer. Esas cosas no se hacen –que en general no se deben hacer está más que claro– si uno no está genuinamente entusiasmado con un texto.
Déjenme decirlo de una manera que me permita empezar a hacer alguna referencia al contenido del libro: su lectura constituye ya, en sí misma, una aventura. Y si algún sentido tiene en este caso un prólogo es el de ayudar al lector a prepararse para ella. Doy por descontado que no faltará quien, entre escéptico y receloso, se pregunte qué aventura puede contener un libro. Obviamente, depende del tipo de libro del que se trate. En el caso de este en el que el lector se apresta a adentrarse, la respuesta es clara: la aventura de pensar. Porque pensar puede –debería, en realidad– ser una aventura y, por añadidura, una aventura grata, rasgos ambos que cumple sobradamente el texto de Antonio García Maldonado.
Si la aventura resulta grata en este caso, es debido a las cualidades que como escritor atesora el autor, capaz de llevarnos de la mano, de manera ágil y fluida, a través de un territorio discursivo y narrativo complejo y del mayor interés, sirviéndose no solo de referencias ensayísticas (históricas, filosóficas, económicas, políticas…), sino también literarias y cinematográficas. El resultado, como les decía, es un libro que, más que leerse, se devora, de atrapado como queda el lector en su prosa. Ahora bien, se confundiría severamente quien confundiera esta ligereza –en el mejor sentido, fronterizo con el nietzscheano– expositiva con escasa importancia de los asuntos tratados. Es rigurosamente al contrario. Por eso decía que la lectura podrá resultar grata, claro está, pero que lo importante es que constituye una aventura, porque el pensar mismo, si se lleva a cabo con veracidad, lo es sin la menor duda, en la medida en que se atreve a poner en cuestión los supuestos básicos mismos sobre los que funcionamos.
A este respecto, en el libro se plantea una cuestión de extrema importancia para entender el preciso lugar en el que nos encontramos, también en relación con la posibilidad de la aventura. Una posibilidad que, a qué ocultarlo, se nos ha puesto muy cuesta arriba. El autor la plantea de forma tan clara como rotunda: por la propia lógica del conocimiento, el futuro, la aventura, tiende a ser coto de hiperespecialistas, y, si bien es cierto que de alguna manera siempre había sido así, dicho proceso se ha acelerado exponencialmente en los últimos años. A ese pequeño grupo, siempre por la lógica del sistema, se han incorporado ricos y millonarios. ¿Resultado? La épica de nuestro tiempo no nos necesita, lo que es casi como decir que estamos de más en el presente. O, por darle una vuelta de tuerca más a la formulación, sería la deriva misma del conocimiento la que nos habría expulsado de la posibilidad de una vida más intensa.
Pero si es la lógica misma del conocimiento la que ha contribuido de manera determinante a que estemos en este lugar (y a que estemos de la forma en la que estamos), la cuestión que ineludiblemente se desprende de ello es la de si semejante proceso no ha hecho caducar la premisa ilustrada de que el saber nos libera. Porque ha sido precisamente la mencionada deriva la que ha terminado por provocar un efecto de alienación. Objetiva, como acabamos de señalar, pero también subjetiva, en la medida en que, por su propia naturaleza, el conocimiento exhaustivo y especializado ha generado finalmente el efecto de un extrañamiento progresivo entre lo que nos dicen que sabemos y lo que realmente podemos asimilar como sabido.
Ya no cabría entonces seguir planteando la aspiración a saber como una determinación personal, a la que nos deberíamos atrever, de acuerdo con el viejo lema (sapere aude). La cosa ya no dependería del atrevimiento del sujeto, sino de la materialidad misma del objeto, el saber. Y, valorada la cosa desde aquí, no resultaría muy aventurado afirmar que, en relación con el volumen de saber disponible y a la velocidad a la que este se incrementa, vamos cada vez más rezagados; esto es, somos cada vez más ignorantes. Aunque no con la ignorancia de antaño, sino, por así decirlo, con una ignorancia de nuevo cuño.
Sin embargo, hay una determinación que se mantiene, un nexo que vincula a los viejos y a los nuevos ignorantes, y es que el ignorante, en cualquiera de sus variantes, vive en el convencimiento de que los tópicos, las obviedades o, por qué no decirlo, los dogmas a través de los cuales se relaciona con el mundo, suplen con ventaja la más elaborada de las reflexiones. Más aún, al estudiar la cuestión desde el punto de vista científico, ha habido autores que han concluido que «cuanto menos capacitada está una persona, más tiende a sobreestimar sus conocimientos y habilidades». La conclusión aparece en un estudio publicado en 1999 por el psicólogo social David Dunning y uno de sus alumnos, Justin Kruger (en el Journal of Personality and Social Psychology). Dicho estudio, realizado a partir de centenares de entrevistas, ha pasado a ser considerado clásico, y al fenómeno descrito se le conoce como «efecto Dunning-Kruger». Se percibirá que no estamos hablando de un pasado remoto, sino del presente más inmediato. Y, si alguien renuente a aceptar tales afirmaciones solicitara que se le ejemplificaran, nada resultaría más fácil. ¿Acaso no es este el perfil de persona, incapaz de reconocer su abrumadora ignorancia, que aparece de manera no solo abundante, sino también creciente, en las redes sociales? ¿Acaso no transmiten estas, en muchos momentos, la sensación de constituir una gran fiesta de ignorancia ensoberbecida?
Frente a esto, lo que define precisamente al sabio, como quedamos advertidos desde que Sócrates pusiera en circulación la máxima «solo sé que no sé nada», es precisamente la clara conciencia de lo escaso de su sabiduría, de lo insuficiente de cuanto pueda conocer. De ahí las afirmaciones del párrafo anterior: antes del conocimiento no está la nada, el vacío, el silencio o la página en blanco. Está, por el contrario, ese entramado de nociones heredadas, de convicciones sin justificación que son los lugares comunes o los convencimientos no cuestionados, cuando no las supersticiones de todo tipo, que hacen cierta la tópica afirmación de que no hay mayor necio que aquel que ignora que no sabe.
Pero la crítica emprendida por Antonio García Maldonado en este libro no se conforma con esto, sino que, yendo a la raíz (como corresponde a un radical en materia de pensamiento), señala en qué medida el propio conocimiento no debe entenderse como un proceso a salvo de cualquier contaminación exterior. También en su seno, señala agudamente, habita la ignorancia; solo que ahora no bajo la forma explícita de ausencia de conocimiento, sino revestida de los ropajes del mito. Ello sucede, por ejemplo, cuando sigue funcionando, tanto entre científicos como en la sociedad en general, el convencimiento de que el conocimiento es acumulativo y de que la ampliación del territorio de lo conocido implica de manera automática la reducción del territorio de la ignorancia. Así, continuar considerando válidas e inamovibles las respuestas heredadas, a pesar de que puedan haber cambiado las preguntas (como, según el esquema kuhniano, ocurre en las revoluciones científicas), no deja de ser una forma de continuar atribuyendo valor de conocimiento efectivo a lo que ha sido puesto en cuestión por el nuevo paradigma, perseverancia que, a su vez, puede constituir en un momento dado una forma de producción de ignorancia. El mito que en este caso estaría funcionando sin someterlo a la menor crítica sería, claro está, el mito del progreso.
Baste con lo dicho para que el lector se haga una idea del enorme calado de las cuestiones planteadas aquí. Quien acompañe al autor a lo largo de todo su recorrido se encontrará al final con un regalo suplementario que añadir al de la propia lectura. Como prueba inequívoca de la veracidad de su pensamiento, Antonio García Maldonado cierra el libro con unas páginas brillantes, en las que se pone en juego reconociendo la clave personal, casi íntima, en la que ha escrito lo precedente. Aunque quienes lo conocemos percibiéramos al trasluz, a lo largo de todas las páginas anteriores, su silueta, es a la hora de despedirse cuando decide incumplir de manera rotunda,...




