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E-Book, Spanisch, Band 80, 272 Seiten
Reihe: GS
Jesucristo, horizonte de esperanza (I)
1. Auflage 2013
ISBN: 978-84-288-2492-7
Verlag: PPC Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, Band 80, 272 Seiten
Reihe: GS
ISBN: 978-84-288-2492-7
Verlag: PPC Editorial
Format: EPUB
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Primer volumen de la cristología del profesor Gesteira. En esta obra se realiza una aproximación al Jesús histórico hecha desde la fe de la Iglesia y la fe del autor y orientada a alimentar, más que la curiosidad sobre las peripecias históricas de la vida de Jesús, la fe de sus lectores en el misterio de Dios que en él se nos revela. Dirigida a estudiosos de la figura de Jesús y de la teología.
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JESÚS DE NAZARET,
PERSONAJE HISTÓRICO
1. Jesús y la «esencia del cristianismo»
A la pregunta de dónde radica la esencia del cristianismo podrían darse diversas respuestas. Bien insistiendo en la figura de un Jesús legislador que, a semejanza de Moisés, trae o comunica de parte de Dios una ley nueva que supera y completa la legislación antigua. O en la línea del profeta que aporta un nuevo capítulo de la revelación divina formulada por el profetismo antiguo. O en la dimensión del libertador, cuya función es liberar al pueblo de la servidumbre social o política a la que se encuentra sometido. O en la del sabio, cuya sabiduría ilumina el caminar de Israel. O, finalmente, en la figura eximia del santo, cuya palabra y vida singular irradian una luz capaz de iluminar y guiar el camino de la humanidad.
El propio Jesús planteó a sus discípulos esta pregunta: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?». Y ante la respuesta de estos: «Unos que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas», él insiste: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». A lo que Pedro responde: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo». Una respuesta que Jesús alaba.
Se ha dicho, con razón, que Jesús es el único fundador de religiones que no solo proclama con fuerza la presencia y la actuación de la divinidad a la que remite, sino que él mismo aparece participando de forma singular del misterio de la divinidad que anuncia, aunque sin perder por ello un ápice de su dimensión humana. Lo que hace de él algo singular en el ámbito de las religiones.
Pero sin duda el rasgo que mejor caracteriza la singularidad de Jesús es la clave de lo «último» (o escatológico) y lo definitivo. Lo que significa que en él se anticipa ya –y se «hace carne»– la plenitud de la actuación salvífica de Dios: y no ya como juez, sino sobre todo como salvador del mundo. Lo que conlleva una valoración de su figura histórica como realidad central del cristianismo.
2. Principales datos sobre la existencia histórica de Jesús
No cabe duda alguna de la existencia histórica de Jesús de Nazaret. Pues, aunque él personalmente no nos haya dejado prueba o información directa –visual o escrita– de sus palabras o de su actuación, conservamos importantes documentos escritos por sus discípulos inmediatos: en buena parte testigos visuales «acerca de lo que Jesús hizo y enseñó desde el principio» (Hch 1,1). Testimonios próximos a su figura y su obra que integran el Nuevo Testamento. Hasta el punto de que sobre la vida y la actuación de pocos personajes de la época poseemos tantas referencias escritas como las tenemos de Jesús.
Otra cuestión radica en si Jesús fue consciente de su dimensión singular divina como Hijo de Dios o si esta afirmación fue obra de sus discípulos o interpretación posterior de estos. Es la pregunta sobre el «Jesús histórico y el Cristo de la fe», es decir, sobre la persona de Jesús presuntamente aureolada y amplificada por la fe posterior de la Iglesia y explicitada en los escritos del Nuevo Testamento1. Sin embargo, este intento de contraponer la palabra y la vida «real» del Jesús histórico frente a una amplificación por parte de los primeros testigos ha quedado superada hoy por las siguientes razones. En primer lugar, porque estos relatos (o «formas») sobre la vida de Jesús surgen en el seno de una comunidad relativamente numerosa de discípulos que, en su conjunto, siguió a Jesús muy de cerca. Por otra parte, se trata de una comunidad no anónima, sino estructurada por el propio Jesús: lo que permitía ejercer un mutuo control de su mensaje y su evangelio. De tal manera que si la comunidad atribuyese a Jesús palabras o hechos no auténticos, los apóstoles corregirían a la comunidad2 (o viceversa: la comunidad de los discípulos –también testigos directos– corregiría a los apóstoles). En segundo lugar, fue escaso el tiempo que transcurrió entre los hechos narrados y su puesta por escrito; por lo que es difícil hablar de una invención o fabulación de esos hechos3. En tercer lugar, porque, aun siéndonos transmitidos los hechos y las palabras de Jesús por autores distintos (y en parte independientes), estos escritos mantienen una configuración fundamentalmente idéntica, demostrando así una coherencia y una estrecha conexión entre la persona misma de Jesús y su vida y su palabra4. Aunque a la vez salvando la perspectiva teológica aportada por los diversos autores del Nuevo Testamento acerca de la vida y la muerte de Jesús.
3. Testimonios acerca de Jesús desde el ámbito judío
a) Testimonios bíblicos
La fuente principal acerca de la vida y la actuación de Jesús de la que disponemos es, en primer lugar, el conjunto de los 27 libros que integran el Nuevo Testamento, especialmente los cuatro evangelios –y sobre todo los sinópticos–, que coinciden fundamentalmente en la narración de la vida, la muerte y la resurrección de Jesús: su palabra y sus obras. A lo que se añaden otros escritos, como los Hechos de los Apóstoles y las cartas, en especial las de Pablo5.
b) Testimonios extrabíblicos
Pero junto a estas referencias bíblicas cabe recordar además otros testimonios extrabíblicos; aunque provenientes también del ámbito judío y que remiten de forma más o menos explícita a Jesús. Dejando a un lado algunas referencias del Talmud6, los pasajes más importantes a este respecto son los del historiador judío Flavio Josefo (que vivió entre los años 37-100 d. C.), quien, en su obra Antigüedades judías conserva dos textos acerca de Jesús de Nazaret que –en su tenor fundamental– son considerados como auténticos7. El primer pasaje dice así:
Por esta época vivió Jesús, un hombre sabio, si es que se le puede llamar hombre. Realizó obras extraordinarias. Fue maestro de aquellos que acogían con agrado la verdad. Atrajo a muchos judíos y también a muchos griegos. Era el Cristo. Cuando, denunciado por nuestros jefes, Pilato lo condenó a la cruz, los que al principio le habían otorgado su afecto no dejaron de hacerlo, pues se les apareció de nuevo vivo, al tercer día, tal como lo habían vaticinado los profetas, enviados por Dios, que habían anunciado otras muchas maravillas acerca de él. Y todavía hoy no se ha extinguido el linaje de los que, por su causa, se denominan cristianos» (Antigüedades judías 18,3,3)8.
Un segundo pasaje de cuya autenticidad tampoco parece caber duda está tomado del mismo libro. Allí, en referencia a las medidas que tomó el sanedrín judío contra Santiago (discípulo y pariente de Jesús), condenándolo a muerte por lapidación, dice lo siguiente:
[Anán constituyó] un consejo de jueces; y, tras presentar ante él al hermano de Jesús, llamado Cristo, de nombre Santiago, y a algunos otros, adujo en contra de estos la falsa acusación de que habían transgredido la Ley [judía]. Y así los entregó a la plebe para que fueran lapidados (Antigüedades judías 20,9,1)9.
Pues bien, si exceptuamos estos dos textos de Flavio Josefo, podemos afirmar –siguiendo a J. P. Meier– que algunos otros textos de «las primitivas fuentes rabínicas (que solían aducirse como relacionados con Jesús) no contienen una referencia clara –ni siquiera probable– a Jesús de Nazaret»10.
4. Testimonios desde el ámbito pagano (siglo II)
Aunque de época posterior, se nos conservan algunos otros ecos de la persona de Jesús, reflejados ahora en ciertas actitudes o comportamientos de sus seguidores, los «cristianos» (ya en el ámbito del Imperio romano y en confrontación con este).
El primer testimonio que hay que tener en cuenta es el del historiador romano Tácito (56-120 d. C.), el cual, en el libro de los Anales, y reflejando (hacia el año 116) la historia de Roma en esa época, menciona el incendio de la ciudad provocado por el emperador Nerón, quien echó la culpa a la «secta» de los cristianos, y cuyo origen explica así:
Para acallar este rumor, Nerón tachó de culpables y castigó con refinados tormentos a los que eran detestables por sus abominables crímenes: aquellos a los que la gente llamaba «cristianos»....




