E-Book, Spanisch, 376 Seiten
Reihe: Ensayo
Giberson / Artigas Mayayo Oráculos de la ciencia
1. Auflage 2012
ISBN: 978-84-9920-992-0
Verlag: Ediciones Encuentro
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Científicos famosos contra Dios y la religión
E-Book, Spanisch, 376 Seiten
Reihe: Ensayo
ISBN: 978-84-9920-992-0
Verlag: Ediciones Encuentro
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Mariano Artigas (Zaragoza 1938 - Pamplona 2006) fue sacerdote del Opus Dei, doctor en Ciencias Físicas y en Filosofía, y el primer decano de la Facultad Eclesiástica de Filosofía del campus de Pamplona (1988-1998), donde impartía clases de Filosofía de la Naturaleza y de la Ciencia. En 1995 recibió el Premio de la Fundación Templeton y desde 2000 fue miembro ordinario de la Academia Pontificia de Santo Tomás (Vaticano) y de la Sociedad Internacional para Ciencia y Religión (con sede en la Universidad de Cambridge). Es autor de numerosas publicaciones, muchas de ellas sobre la relación entre fe y razón. Destacan entre sus libros: Filosofía de la naturaleza, Las fronteras del evolucionismo, Galileo y el Vaticano, Ciencia, razón y fe, o El desafío de la racionalidad.
Autoren/Hrsg.
Weitere Infos & Material
Prólogo
CIENCIA Y FE DESDE UNA PERSPECTIVA GLOBAL: LOS ORÁCULOS DE LA CIENCIA CONTEMPORÁNEA
El libro que el lector tiene en sus manos constituye una aportación de primer nivel al campo de las relaciones entre ciencia y religión, y no sólo ni principalmente por la cuidada, completa y ajustada presentación de los seis científicos cuyo pensamiento expone, sino porque los autores han conseguido dar con una fórmula novedosa para discutir las connotaciones religiosas de la ciencia. En este sentido creo que su trabajo es modélico. Artigas y Giberson, en efecto, han conseguido replantear algo que había quedado obsoleto y desacreditado con el correr de los tiempos, a saber: el género apologético. La misma idea de defender un ideario se ha ido impregnando de resonancias peyorativas, porque se asocia al mundo de la propaganda, el proselitismo y el adoctrinamiento, nociones antaño respetables, pero hoy objeto de rechazo por culpa de algunas instrumentalizaciones abusivas al servicio de intereses económicos, políticos e ideológicos inconfesables. Desconfiamos casi instintivamente de todo lo que se nos presenta como bueno, verdadero y digno de compromiso. Enseguida nos aprestamos a contraatacar apoyándonos en los recursos de la filosofía de la sospecha, y se da la paradoja de que sólo estamos dispuestos a aceptar los mensajes que promueven actitudes contrarias a nuestras más íntimas esperanzas y a los más nobles objetivos. Cualquiera que hoy en día intente comunicar al prójimo un mensaje religioso corre el riesgo de ser confundido y tratado como un político en campaña electoral o un comerciante en periodo de rebajas. La gente está aburrida de ver los anuncios de la televisión y alerta frente al peligro de ser embaucada por quienes promocionan remedios maravillosos, de manera que a todo aplican la misma mirada distraída e idéntica pose evasiva. Los únicos valores considerados «seguros» son los susceptibles de comprobación directa y aplicación inmediata. De ahí que en el mundo de hoy la ciencia siga siendo la única instancia respetada por casi todos, a pesar de sus evidentes limitaciones y los terribles abusos que ha propiciado y propicia. Ya no es tan frecuente como antes encontrar ejemplos de amor desinteresado al saber y consagración altruista a la investigación pura, pero se sigue considerando que la ciencia es la piedra de toque para cualquiera que quiera hablar de la verdad, no importa el tipo de verdad que se trate.
Como resultado de todo ello, Artigas y Giberson detectan y afrontan en Oráculos de la ciencia una curiosa disimetría en la relación entre ciencia y religión: cuando alguien pretende atacar la fe en Dios o la legitimidad de la religión en nombre de la ciencia, sus tesis se juzgan con criterios muy distintos que cuando intenta abogar en pro de una y otra. Reina en este campo el prejuicio de que hay una hostilidad congénita entre la instancia científica y la religiosa, de modo que no se emplea el mismo rigor crítico con quienes quieren confirmar y extender el cliché y con los que tratan de averiguar hasta qué punto está fundado. En ningún momento esconden los autores del libro su postura favorable a una convivencia armoniosa entre ciencia y religión. A lo largo de él examinan la postura de los más destacados representantes contemporáneos de la tesis opuesta. Tienen que pechar por consiguiente con la desventaja que para ellos supone el prejuicio dominante y resulta más que notable el modo en que lo hacen.
A priori hay dos respuestas extremas a la pregunta por las relaciones entre ciencia y religión: la primera se resume en la tesis de que poco o nada tienen en común una y otra; la segunda admite en cambio que existen amplias zonas de solapamiento. En el primer caso no habría posible enfrentamiento ni prácticamente ninguna relación; en el segundo se daría obviamente armonía o conflicto, pero nunca indiferencia. Artigas y Giberson se sitúan en la zona intermedia del espectro, puesto que detectan diferencias netas y al mismo tiempo descubren zonas de encuentro: «...ciencia y religión son dos empresas humanas muy diferentes y, aunque ciertamente hay puntos de contacto, cada una tiene una autonomía considerable que debe ser respetada por la otra. Nuestro principal objetivo en este libro es simplemente presentar seis importantes voces científicas a nuestros lectores».
Importantes y adversas, puesto que Dawkins, Gould, Hawking, Sagan, Weinberg y Wilson son al mismo tiempo destacadas figuras de la ciencia o la divulgación científica y decididos oponentes a aceptar la existencia de Dios y a juzgar favorablemente el papel de la religión. Aquí hay que registrar un rasgo de originalidad: en lugar de recensionar las figuras más «favorables» a la postura que sustentan, Artigas y Giberson buscan las más discrepantes y, lejos de adoptar frente a ellas un tono intransigente e hipercrítico, no regatean los elogios que sus aportaciones merecen. Siguen pues una estrategia diametralmente opuesta a la vieja apologética. Ningún argumento de autoridad, ningún argumento ad hominem. Brillan por su ausencia los trucos retóricos, las pequeñas zancadillas para que el adversario resulte odioso o al menos antipático. Casi se podría decir que procuran buscar sus mejores ángulos, de manera que el lector acaba naturalmente admirando la epopeya personal de cada uno de estos «oráculos». Y no sólo salvan a las personas, sino que procuran reproducir toda la fuerza de sus argumentos para negar o poner en duda la existencia de Dios y la legitimidad de la religión. Todo ello, por otro lado, sin el menor atisbo de «síndrome de Estocolmo», sin ninguna fascinación por la fuerza y talentos del oponente. Lo que distingue la aproximación de Artigas y Giberson es que lleva la polémica al terreno idóneo, que no es otro que la valoración objetiva de pruebas y evidencias. Asumen sin titubeos que el que cree en Dios y practica una religión ha de comportarse cuando discute con sus adversarios menos como abogado que como detective y juez. Al primero que ha de convencer es a sí mismo, absteniéndose de aprovechar cualquier ventaja coyuntural y de tender tipo alguno de trampas para incautos. Si es hombre de fe, no es su fe misma la que está en juego, pues pobre fe es la que necesita apoyarse en argumentos que en ningún caso resultarán incontrovertibles. Lo que se cuestiona son los argumentos mismos, y respecto a ellos el que tiene fe será tan crítico, si no más, que el que carece de ella.
Sucede entonces algo sorprende: el desarme retórico practicado con tanto rigor por el profesor Artigas en el que habría de ser su último libro le otorga una singular fuerza dialéctica. El lector comprende que no se le está vendiendo una «doctrina», sino que se le exponen los resultados de una encuesta perfectamente honesta. Honesta frente a la verdad que se busca y honesta respecto al adversario que la niega. Quien se entretiene en pequeñeces no muestra otra cosa que la pequeñez de su alma. El hombre grande ve ante todo la grandeza, incluso la de aquellos a quienes se enfrenta. En las páginas de Oráculos de la ciencia uno descubre puntos flacos en los autores estudiados que bien podrían haber sido aprovechados en su contra: la fascinación de Sagan por los extraterrestres, el descarado culto a su propia imagen promovido por Hawking, el resentimiento de Weinberg por el holocausto de sus parientes judíos, los resabios marxistas de Gould, el odio antiteológico de Dawkins... Artigas y Giberson detectan con lucidez estas debilidades, pero no basan en ellas sus réplicas. Los que las padecen han adquirido notoriedad por otros motivos y son éstos los que deben ser atendidos.
Sería espléndido que los grandes hombres de ciencia analizados por Artigas y Giberson tuvieran el mismo fair play cuando hablan de Dios y el hecho religioso. Desgraciadamente no ocurre así la mayor parte de las veces. El conocimiento superficial de los hechos, la simplificación histórica, los argumentos sesgados, la ignorancia de algunos presupuestos elementales de la discusión filosófica y teológica, la pura y simple mala fe están a la orden del día cuando abandonan el campo de su especialidad e realizan incursiones en terrenos que lindan con la religión. Artigas y Giberson diagnostican con lucidez estos lamentables extremos y además prevén que su mesurada respuesta difícilmente contrarrestará a corto plazo el efecto producido por los descuidados argumentos que rebaten, a menudo construidos sobre datos erróneos y rematados con sentencias inapelables: «Estas declaraciones oraculares, prominentemente localizadas en libros escritos por eminentes científicos, son más efectivas que cien páginas de densa argumentación, y su tono misterioso y gran ubicuidad les dan un aire de importancia».
Si a pesar de ello Artigas y Giberson no pierden la serenidad ni el equilibrio es porque la suya es una obra de reflexión donde importa menos acallar al adversario que iluminar un paraje donde muchos se extravían. La mayor parte de los filósofos y tal vez de los teólogos no alcanzan a calibrar toda la importancia del asunto. En el siglo XIX una parte significativa de la humanidad, la más dinámica e inquieta, había puesto sus esperanzas en la ciencia, porque veían en ella una promesa de redención para los males del mundo y las limitaciones humanas. De sobra sabemos que el siglo XX ha puesto un final abrupto y macabro a tales esperanzas: lejos de curar los males de la humanidad, la ciencia ha servido para incrementar exponencialmente nuestra capacidad de destrucción. Ya nadie ve en ella una nueva religión. Sin embargo algunos de sus usos e interpretaciones siguen siendo la tumba donde...




