E-Book, Spanisch, Band 88, 194 Seiten
Reihe: 100xUNO
Giussani A través de la compañía de los creyentes
1. Auflage 2021
ISBN: 978-84-1339-410-7
Verlag: Ediciones Encuentro
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Ejercicios Espirituales de Comunión y Liberación (1994-1996)
E-Book, Spanisch, Band 88, 194 Seiten
Reihe: 100xUNO
ISBN: 978-84-1339-410-7
Verlag: Ediciones Encuentro
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Luigi Giussani (1922-2005), sacerdote milanés, es el fundador del movimiento eclesial Comunión y Liberación. Cursa sus estudios en la Facultad de Teología de Venegono, donde será profesor durante algunos años. En los años cincuenta abandona la enseñanza en el seminario para dar clases en un instituto de enseñanza media de Milán, el Liceo Berchet, donde permanecerá hasta 1967. Desde 1964 hasta 1990 enseña Introducción a la Teología en la Universidad Católica del Sacro Cuore de Milán. Educador infatigable, Giussani publicó en el transcurso de su vida numerosos ensayos, pues como él mismo dijo, «sólo a través de la educación se construye un pueblo como conciencia unitaria y como civilización». En particular quiso mostrar «la razonabilidad y utilidad para el hombre moderno de esa respuesta al drama de la existencia que lleva por nombre 'acontecimiento cristiano'», ofreciendo dicha respuesta «como sincera contribución para una verdadera liberación de los jóvenes y de los adultos». Como reconocimiento a su labor, en 1995 recibió el Premio Nacional para la Cultura Católica y, en diciembre de 1997, su libro El sentido religioso fue presentado en la ONU. Falleció en Milán el 22 de febrero de 2005. Siete años después, el 22 de febrero de 2012, se presenta la petición de apertura de su causa de beatificación y canonización, que es aceptada por el Arzobispo de Milán. Encuentro ha publicado casi todas sus obras en español.
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PRÓLOGO. EL CRUCE ENTRE EL SER Y LA NADA
Hay palabras que de repente se cargan de significado. Provocados por una experiencia vivida, adquieren para nosotros una densidad sin igual. Ya no somos capaces de pronunciarlas sin sentir todo su espesor, vibran en nosotros con una potencia antes desconocida.
Pensemos en la palabra «miedo», que frente a la COVID se ha impuesto ante la atención de todos como una amenaza que se cierne sobre nosotros o sobre nuestros seres queridos. Era tan solo un atisbo de ese miedo profundo que se ha asomado en el horizonte de nuestra existencia y que ni siquiera sabíamos que teníamos. ¿Y qué decir de otra palabra como «vacío»? Esta describe la percepción que mucha gente tiene de su propio yo, como si nada lograra llenarlo por lo inconmensurable que es.
Sin embargo, en este tiempo tan vertiginoso, nos sorprendemos por cosas que hasta hace poco tiempo dábamos por descontado o creíamos imposibles. Por ejemplo, nos quedamos con la boca abierta cuando vemos vibrar la vida en una u otra persona, mientras alrededor todos se lamentan. Nos sorprende así ver brillar una positividad y una alegría en el rostro de un amigo, que inunda la vida entera con una intensidad única; nos invade una gratitud infinita por el hecho de que existan personas así, por ser tan afortunados por toparnos con ellas en nuestro camino. Ellas desmienten la opinión generalizada de que todo acaba en la nada y que no haya esperanza para el futuro.
Es a través de la vida como somos introducidos en el significado de las palabras y de las cosas que, si no, nos dejarían indiferentes. En la experiencia, palabras como «ser» o como «nada» dejan de ser entidades abstractas, lejanas de nuestra vida diaria y empiezan a adquirir un cierto peso: tienen algo que ver con nosotros. Constituyen la trama de nuestra existencia, pero hace falta que tomemos conciencia de ello.
En las páginas de este libro podemos ver a don Giussani siempre atento a tomar conciencia de la realidad, hasta llegar a identificar en la lucha entre el ser y la nada el desafío más decisivo con el que debe medirse el hombre contemporáneo. ¿Dónde se libra esta lucha? «El yo, nuestro yo, es la encrucijada entre el ser y la nada». En esta encrucijada, la vida emerge con todo su dramatismo, puesto que no se puede renunciar a afrontar una cuestión de tal calibre: «Si la existencia termina en el polvo del tiempo que pasa, y lo que construimos no es más que una tumba o una prisión donde acabaremos ahogados (¡y moriremos inútilmente!), o bien si el tiempo está preñado de futuro» (ver aquí, p. 19).
El genio poético ha fijado con palabras vertiginosas esta alternativa. Escribe Pavese: «El premio de tanto sufrimiento es que después uno se muere como un perro»1. Y Ada Negri: «No hay instante / que no pese sobre nosotros con la potencia / de los siglos; y la vida tiene en cada latido / la tremenda medida de lo eterno»2.
Para Giussani, «ambas hipótesis aparecen como sin límites: la nada absoluta, la nada de la nada —y dado que es polvo, y por tanto al menos palpable, podemos llamarla un desierto interminable— o bien la responsabilidad frente a lo eterno, a lo perdurable» (p. 19). Se trata de dos hipótesis que asoman a nuestro horizonte en cada despertar. Queramos o no, «estamos obligados a elegir de nuevo cada mañana: para aceptar a la mujer o al marido, a los hijos, a la situación de paro que nos toca y a lo que pasa a nuestro alrededor, así como para aceptar que aquello por lo que se afana la sociedad sea tan poco reconfortante, y a duras penas nos deje entrever algo bueno a pesar de la evidente buena voluntad de algunos. Todas las mañanas estamos obligados a elegir entre una vida que acaba en la nada (…) o una vida que tiene una finalidad» (p. 29), entre morir «como» perros o vivir según la «medida de lo eterno».
«¿Por qué entonces me habrías dado la vida, madre mía? ¿Por qué debería retomarla en mis manos esta mañana, con su peso o su vacío, su frivolidad y vanidad?» (p. 20). La urgencia de estas preguntas es lo que nos constituye como seres razonables. Son de tal importancia que no dejan escapatoria. Estamos llamados a responder. Si nuestros gestos y palabras carecen de significado, de dignidad, consumimos nuestro tiempo para morir, nuestro obrar está vacío. La Biblia considera esta manera de vivir sin significado como una especie de alianza con la muerte. Sin embargo, este planteamiento de vida no puede eliminar del todo un dato, una primera evidencia: no estamos hechos para la muerte. Lo podemos reconocer más fácilmente cuando no pensamos en nosotros ni en nuestro final, sino cuando perdemos a una persona realmente querida. Por el desgarro que sentimos ante su ausencia, en el momento de la pérdida nos damos cuenta plenamente de su valor, del bien que su presencia representaba para nosotros. Lo constatamos por el vacío insuperable que deja dentro de nosotros.
¿Pero qué puede desafiar a la muerte? Nuestros razonamientos, discusiones y rebeliones no logran menoscabar en lo más mínimo su dominio. Solo una vida desbordante puede batallar con la muerte de manera eficaz. Sobre todo en este momento, no bastan los argumentos lógicos, que ya no convencen a nadie, no son capaces de persuadir. Ningún discurso —por verdadero que sea— ni llamamiento moral —por justo que sea— tiene la fuerza de atraer el centro del yo y sustraerlo a esa falta de significado en la que es tan fácil caer casi sin darse cuenta.
Al enviar a su Hijo, Dios introduce en el mundo el único método eficaz para desafiar a la nada. Lo observa agudamente Péguy, poniendo de relieve Su diversidad con respecto a todos los intentos del hombre: «Pero vino Jesús. Tenía tres años para trabajar. Trabajó sus tres años. Pero no perdió sus tres años, no los empleó en gemir y en invocar los sufrimientos del tiempo presente. Él atajó el problema (en seco). ¡De una manera bien simple! Haciendo el cristianismo. No incriminó al mundo. Salvó al mundo»3. ¿Cómo lo salvó? Desafiando a la nada con la vida. «Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante»4. La misión del Hijo, en efecto, es «dar vida»5. «Quien tiene al Hijo tiene la vida, quien no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida»6. Nadie jamás ha osado desafiar a la nada en el terreno de la experiencia con la sobreabundancia de una vida. Al hacerlo, Cristo tenía una gran ventaja: su conocimiento único de la espera del hombre. De hecho, decía: «¿Pues de qué le servirá a un hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma? ¿O qué podrá dar para recobrarla?»7. Sabía muy bien que solo una experiencia de vida sobreabundante podía convencer al hombre ante una propuesta como la que había venido a traer. Lo comprendió la mujer de Samaria, cuando se sintió desafiada por Aquel que le ofrecía la única agua capaz de satisfacer su sed profunda, que había tratado de saciar con sus intentos siempre fallidos. Para mostrar la seriedad de su apuesta, Jesucristo ha indicado a todos incluso el criterio para identificar en la propia experiencia el acierto o no de su desafío: «Quien me sigue tendrá el ciento por uno aquí en la tierra»8.
Solo una presencia desbordante de vida, en efecto, puede hacer frente a la nada, al vacío y al miedo. ¿Pero cómo reconocerla? «En realidad, solo podemos reconocer aquello por lo que en nosotros se da una correspondencia»9, decía el cardenal Ratzinger. Para don Giussani, «tenemos la prueba de que se da una correspondencia sin parangón: acontece el encuentro con alguien, con una presencia (‘presencia’, por tanto, que te alcanza allí donde estás tú, que te toca tal y como eres, sea cual sea tu situación en ese momento) que se corresponde con tu corazón», es decir, con la naturaleza constitutiva del ser humano, hecha de las exigencias de verdad, belleza, justicia, amor y felicidad. Por tanto, «se trata del encuentro con una presencia que se corresponde con tu naturaleza original, con esa exigencia original de felicidad y de verdad. Y una presencia que corresponde a tu corazón de un modo sorprendente, ¡hasta tal punto sorprendente que nada de lo que pueda ocurrir consigue borrar esa sorpresa y nada es comparable a ella!». En este sentido, «la imagen de Juan y Andrés aquel día con Jesús es el retrato más impresionante de esta novedad, es el cuadro más llamativo porque es el más normal, obvio y espontáneo» (pp. 44, 58).
Para don Giussani, es sencillo reconocerlo. «Si Jesús es Dios hecho hombre, nacido de las entrañas de una joven mujer de quince o diecisiete años, si Jesús es Dios hecho hombre, debe ser sencillo, a la fuerza, el modo como el hombre, errabundo en medio de sus necesidades, puede reconocerle» (p. 76). Es, ante todo, mediante un acontecimiento como esta Presencia se hace encontrable, es decir, algo que puede interceptarse con los sentidos, que se puede ver, oír y tocar.
Durante una asamblea, le preguntan a don Giussani: «Si es sencillo, ¿por qué la experiencia cotidiana indica más bien que cuesta reconocerle, que en vez de ser sencillo nos cuesta afrontar las circunstancias de cada día?». Y él contesta: «El camino del Señor hacia mí, su camino hacia mí, es sencillo. Para él es sencillo. El Señor lo que quiere lo hace. Pero también es sencillo para mí percibirlo, presentirlo, reconocerlo. Las gradaciones de nuestro ojo abierto de par en par a su Presencia pueden ser distintas,...




