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Giussani / Carrón | La conveniencia humana de la fe | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, Band 53, 236 Seiten

Reihe: 100XUNO

Giussani / Carrón La conveniencia humana de la fe

Ejercicios Espirituales de Comunión y Liberación (1985-1987)
1. Auflage 2020
ISBN: 978-84-9055-895-9
Verlag: Ediciones Encuentro
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

Ejercicios Espirituales de Comunión y Liberación (1985-1987)

E-Book, Spanisch, Band 53, 236 Seiten

Reihe: 100XUNO

ISBN: 978-84-9055-895-9
Verlag: Ediciones Encuentro
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)



El presente volumen recoge las lecciones de don Luigi Giussani en los Ejercicios espirituales de la Fraternidad de Comunión y Liberación celebrados entre 1985 y 1987 y los diálogos que éstas suscitaron. En sus páginas, don Giussani lanza un desafío radical: a pesar de que llevamos grabado en nuestra carne el peso de la fragilidad absoluta, de nuestra incoherencia y falsedad, es posible comenzar de nuevo si percibimos la existencia de un destino. Sin embargo, en el contexto actual, para la mayoría de la gente, el destino, Dios, 'puede ser una palabra respetable, pero no tiene nexo alguno con la vida'. ¿Qué debe suceder para que esta conciencia del destino penetre en el tejido de nuestra existencia? A través del libro se va desplegando la descripción de un encuentro humano que hace posible la liberación y permite 'experimentar la gran novedad por la que todo, lenta, paciente, humilde pero inexorablemente, se organiza', poniéndose de manifiesto 'la conveniencia humana de la fe' para cualquiera que busque un camino con el que afrontar la inseguridad y el miedo que nos atenazan.

Luigi Giussani (1922-2005), sacerdote milanés, es el fundador del movimiento eclesial Comunión y Liberación. Cursa sus estudios en la Facultad de Teología de Venegono, donde será profesor durante algunos años. En los años cincuenta abandona la enseñanza en el seminario para dar clases en un instituto de enseñanza media de Milán, el Liceo Berchet, donde permanecerá hasta 1967. Desde 1964 hasta 1990 enseña Introducción a la Teología en la Universidad Católica del Sacro Cuore de Milán. Educador infatigable, Giussani publicó en el transcurso de su vida numerosos ensayos, pues como él mismo dijo, 'sólo a través de la educación se construye un pueblo como conciencia unitaria y como civilización'. En particular quiso mostrar 'la razonabilidad y utilidad para el hombre moderno de esa respuesta al drama de la existencia que lleva por nombre 'acontecimiento cristiano'', ofreciendo dicha respuesta 'como sincera contribución para una verdadera liberación de los jóvenes y de los adultos'. Como reconocimiento a su labor, en 1995 recibió el Premio Nacional para la Cultura Católica y, en diciembre de 1997, su libro El sentido religioso fue presentado en la ONU. Falleció en Milán el 22 de febrero de 2005. Siete años después, el 22 de febrero de 2012, se presenta la petición de apertura de su causa de beatificación y canonización, que es aceptada por el Arzobispo de Milán. Encuentro ha publicado casi todas sus obras en español.
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Prólogo: «Nació tu nombre de aquello a lo que mirabas»

La fugacidad de la vida, la caducidad del hombre, es uno de los temas recurrentes en la reflexión y en la poesía de todos los tiempos. «Cual la generación de las hojas, así la de los hombres. Esparce el viento las hojas por el suelo, y la selva, reverdeciendo, produce otras al llegar la primavera: de igual suerte, una generación humana nace y otra perece»1.

Es difícil que el hombre, cada uno de nosotros, aun dentro de la distracción en la que pueden acabar sus días, pueda escapar en algún momento de esta experiencia elemental de la vida. Israel no fue una excepción.

Dice Isaías: «Toda carne es hierba y su belleza como flor campestre: se agosta la hierba, se marchita la flor […]. Sí, el pueblo es como la hierba, que se agosta y se marchita»2. Y el Salmo 90 insiste en la misma idea: «Mil años en tu presencia son un ayer que pasó, una vela nocturna. […] Son como hierba que se renueva: que florece y se renueva por la mañana, y por la tarde la siegan y se seca»3. En el Salmo 8 el gran rey David grita: «¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él?»4, mientras que el Salmo 39 contiene esta súplica: «‘Señor, dame a conocer mi fin y cuál es la medida de mis años, para que comprenda lo caduco que soy’. Me concediste un palmo de vida, mis días son nada ante ti; el hombre no dura más que un soplo, el hombre pasa como una sombra, por un soplo se afana, atesora sin saber para quién»5.

Es tan común esta experiencia de nulidad y de fragilidad, observa Giussani, que representa, de hecho, «el primer sentimiento objetivo, el primer pensamiento reflejo que el hombre puede tener sobre sí mismo. Somos como hojas al viento» (ver aquí, p. 23). Ni siquiera las relaciones entre los hombres escapan a este sentido de inconsistencia última, pues, de hecho, «todas las relaciones llevan el sello de esta fragilidad inconmensurable: mientras las estrechas, se te escapan; todo te dice adiós» (p. 36).

Pero a un observador atento como don Giussani no se le escapa algo que es irreductible y que se sustrae a esta caducidad. Por ello abre un resquicio a la esperanza: «Y sin embargo, dentro de esta nulidad […], dentro de esta fragilidad inconmensurable, dentro de esta contingencia triste, melancólica, la quilla de nuestra nave, dice el poeta español Juan Ramón Jiménez, ‘ha tropezado, allá en el fondo, / con algo grande’». Este algo grande es el sentido del destino, más fuerte que nuestra fragilidad. En esta perspectiva, «el hombre es ese nivel de la naturaleza en el que esta percibe el destino, percibe que tiene un destino». Pero si esta conciencia, «si lo que hemos percibido no se despliega a modo de levadura que fermenta la masa; si no cobra vida y se desarrolla como un organismo, esta percepción del destino se queda por dentro como un plomo, [...] un cuerpo ajeno a nuestra vida que así pierde su baricentro, su centro de gravedad» (p. 36).

Por tanto, no basta con haber advertido el impacto de algo grande para que esto se convierta mecánicamente en el centro de gravedad del yo. Es necesario que nuestra vida «experimente el temblor del ideal, sea traspasada por él, se vea vencida en última instancia por el ideal y por tanto esté determinada por él». No es suficiente con lo que ya sabemos, y lo constatamos en cuanto observamos las consecuencias de esta actitud: «Damos por descontado que el ideal existe porque creemos en él, porque lo recordamos de vez en cuando, pero todo el tejido de nuestra existencia está como desprovisto de él. De este modo, el nivel dramático de la vida, que consiste en identificar una conveniencia humana en todos los campos y en todos los sentidos, tal como la percibimos de forma natural, no encuentra paz y, en última instancia, no tiene alegría». Para Giussani no se halla paz porque falta «la seguridad de aquello por lo que uno hace y vive todo». Y no existe alegría interior porque «la felicidad futura, la que nos aguarda al final, no se refleja, anticipadamente, sobre el presente» (p. 80).

Hemos de admitir que nos cuesta sobremanera «acoger el ideal en términos de conveniencia humana» por el miedo a perder algo. Para Giussani es todo lo contrario: «Y fijaos que este acoger, de por sí, no implica dejar nada de lo que compone nuestro atavío humano; es una revolución pacífica y gustosa que se produce dentro del sujeto mismo que actúa, desde su interior» (p. 80).

¿Qué debe suceder para que la conciencia del destino penetre en el tejido de nuestra existencia? Se trata de un desafío, pues en el contexto actual, «para la mayoría de la gente, Dios puede ser una palabra respetable, pero no tiene nexo alguno con la vida (como mucho, es una idea que da miedo). El clima cultural de hoy hace de todo por nublar este nexo, por eliminarlo, teniendo éxito en su intento».

Pero entonces, es necesario descubrir «cómo darle vida a este centro de gravedad que, en caso contrario, quedaría como plomo dentro de nosotros, como un cuerpo extraño y sin nexo con la vida; tenemos que ver cómo integrarlo orgánicamente para que nos sirva para una construcción humana» (p. 38).

Giussani no tiene ninguna duda sobre qué es lo que puede reavivar este centro de gravedad: «Cristo es el encuentro que puede hacer del sentido del destino una realidad orgánica» (p. 41). El destino, eso que los hombres de todos los tiempos han llamado «Dios», «es un Hecho que ha acontecido en la historia. Fijaos bien, es un Hecho, Alguien que ha entrado en el mundo y cuyo nombre es Jesucristo» (p. 105). Para que podamos comprender la gracia que supone para el hombre encontrarse con Cristo, Giussani nos invita a mirar a una figura evangélica que nos resulta familiar: «Zaqueo era el jefe de la mafia, era uno de los capos de la camorra, era un rey de la violencia, era uno de esos pocos ricos que había, era un hombre señalado por los escribas y por los fariseos como el emblema de la deshonestidad». A pesar de esto, continúa Giussani, «Zaqueo tenía gran curiosidad por ver quién era ese individuo del que tanto hablaba la gente. Entonces se sube a un sicomoro para poder verlo al pasar. Se acerca una muchedumbre. Cristo se halla en medio, y cuando se acerca a ese árbol se detiene y le mira: “Zaqueo, baja enseguida, quiero ir a tu casa”. Imaginad los pensamientos de los honestos que le rodeaban para pillarle en un renuncio. “Viendo aquello, todos murmuraban: ‘Ha entrado a comer en casa de un pecador’. Pero Zaqueo se levantó y dijo al Señor: ‘Señor, entrego la mitad de mis bienes a los pobres, y si he robado a alguien le devolveré cuatro veces más’. Jesús le respondió: ‘Hoy ha entrado la salvación en esta casa, porque también este es hijo de Abrahán; el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido’”» (p. 41).

El Evangelio no es un relato del pasado; de hecho, para Giussani es un relato que habla de nosotros: Cristo ha venido para nosotros, que somos «nada y pecadores»; ha venido para mí, que soy «soy nada y pecador. Me ha llamado por mi nombre, te ha llamado por tu nombre. [...] En el mundo que procede en la historia y discurre a lo largo del tiempo, existe una Presencia que nadie podrá extirpar jamás, que ningún poder conseguirá acallar, y que alcanza al hombre al que el Padre elige y entrega en sus manos. Cristo es el encuentro que puede hacer del sentido del destino una realidad orgánica, el que puede redimir el sentido de la nada y del pecado» (p. 41), como nos recuerda el Evangelio: «El Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido»6.

Es el encuentro lo que hace fácil la experiencia de una familiaridad con el destino, hasta llegar a impregnar toda la vida de una novedad única y cualquier relación de una densidad desconocida hasta entonces.

¿Por qué insiste tanto Giussani en la figura de Zaqueo? «Porque es mi nombre el que se significa en aquel nombre como partner de Dios, como persona concreta a la que Cristo se dirige; es tu nombre. ¡Qué natural, qué fácil me resulta entender qué representó ese instante para toda la vida de aquel hombre!» (p. 182). Como decía Kierkegaard en su Diario: «Haber visto una vez algo, haber experimentado algo tan grande y magnífico…»7, como cuando ese hombre escuchó decir: «Zaqueo, voy a tu casa». Y corrió a su casa para recibirle, cautivado por completo por este encuentro: «Era el rostro, era la mirada, era toda la persona de ese hombre [Jesús] lo que arrollaba la pobreza, la mezquindad de Zaqueo, ese olvido infinito de su dignidad que había descalificado toda su vida sumiéndola en lo inmediato, en la codicia; y en un instante, ante aquella palabra: ‘Zaqueo’, se sintió completamente liberado, ‘liberado del yugo del mal’. Oh, ciertamente no lo pensó en aquel momento: lo sintió, lo vivió. Pero, justo después, también lo pensó. Todos lo imaginamos corriendo de vuelta a casa; quién sabe cómo le vería su mujer, cómo le verían sus hijos, tan repentinamente, tan absolutamente distinto de antes; y, sin embargo, ¡era él mismo!» (p. 182).

Entonces el camino se vuelve fácil. No se necesitan dotes especiales o esfuerzos excepcionales. El camino es sencillo, como el de Zaqueo. «¿Qué debemos hacer entonces, más que mantener nuestra mirada fija en Jesús? ¡Esta es la conversión! [...] En latín, este darse la vuelta se dice justamente convertere. Esta es la conversión: «Prestar atención a…». Si te das la...



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