E-Book, Spanisch, Band 47, 184 Seiten
Reihe: 100xUNO
Giussani La familiaridad con Cristo
1. Auflage 2022
ISBN: 978-84-1339-451-0
Verlag: Ediciones Encuentro
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Meditaciones sobre el Año Litúrgico
E-Book, Spanisch, Band 47, 184 Seiten
Reihe: 100xUNO
ISBN: 978-84-1339-451-0
Verlag: Ediciones Encuentro
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Luigi Giussani (1922-2005), sacerdote milanés, es el fundador del movimiento eclesial Comunión y Liberación. Cursa sus estudios en la Facultad de Teología de Venegono, donde será profesor durante algunos años. En los años cincuenta abandona la enseñanza en el seminario para dar clases en un instituto de enseñanza media de Milán, el Liceo Berchet, donde permanecerá hasta 1967. Desde 1964 hasta 1990 enseña Introducción a la Teología en la Universidad Católica del Sacro Cuore de Milán. Educador infatigable, Giussani publicó en el transcurso de su vida numerosos ensayos, pues como él mismo dijo, «sólo a través de la educación se construye un pueblo como conciencia unitaria y como civilización». En particular quiso mostrar «la razonabilidad y utilidad para el hombre moderno de esa respuesta al drama de la existencia que lleva por nombre 'acontecimiento cristiano'», ofreciendo dicha respuesta «como sincera contribución para una verdadera liberación de los jóvenes y de los adultos». Como reconocimiento a su labor, en 1995 recibió el Premio Nacional para la Cultura Católica y, en diciembre de 1997, su libro El sentido religioso fue presentado en la ONU. Falleció en Milán el 22 de febrero de 2005. Siete años después, el 22 de febrero de 2012, se presenta la petición de apertura de su causa de beatificación y canonización, que es aceptada por el Arzobispo de Milán. Encuentro ha publicado casi todas sus obras en español.
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I. ADVIENTO. LA INMINENCIA DE SU VENIDA
El primer domingo de Adviento nos introduce en un nuevo Año Litúrgico. Un año es algo muy importante para nuestra vida, porque a lo largo de la existencia, como mucho, contamos con ochenta o noventa años (en el mejor de los casos, ochenta; noventa si uno es excepcionalmente afortunado4). De estos ochenta o noventa, unos quince, cuando no veinte, se pierden más o menos inútilmente o transcurren sin que nos demos cuenta (para el que pertenece al Señor en una comunidad viva, a lo mejor, en lugar de veinte, pueden ser diecisiete…). Por tanto, un año tiene una importancia capital en la vida. Además, aunque puede parecer un tanto artificioso medir el tiempo en años, creo que valorar esta cadencia resulta mucho más inteligente que artificial. La Iglesia consolida esta valoración realizando una verdadera obra pedagógica al hilo del Año Litúrgico. Siguiendo los ritmos de la naturaleza –al menos para los que vivimos en Occidente– y comparando con ellos el pulso de la existencia cristiana, el Año Litúrgico se mueve al compás de la naturaleza que marca de manera tan inmediata y simbólica las etapas de la vida personal e histórica. Así la Iglesia realiza una verdadera y muy relevante obra pedagógica.
Creo que el comienzo del Adviento tiene una importancia extraordinaria. Y la tiene mucho más por el avivarse de la conciencia y el renovarse de la vigilancia –cuando reparamos en él– que por los sermones que podamos escuchar. Algunas reflexiones, sin embargo, pueden ayudarnos a tomar conciencia. Pero todo se juega allí, en la conciencia personal.
1. El Señor está a punto de llegar
La liturgia del primer domingo5 me parece decisiva en este sentido. Del libro del profeta Isaías: «Visión de Isaías, hijo de Amós, acerca de Judá y de Jerusalén [“visión”, por tanto intuición del designio divino, “acerca de Judá y de Jerusalén”, acerca del pueblo escogido y de su asentamiento, que tiene un significado imperecedero a diferencia de cualquier otro, porque el pueblo de Dios constituye el signo, el sacramento, de aquel último asentamiento humano que será el paraíso]: Al final de los días estará firme el monte de la casa del Señor, en la cima de los montes, encumbrado sobre las montañas. Hacia él confluirán los gentiles, caminarán pueblos numerosos. Dirán: Venid, subamos al monte del Señor, a la casa del Dios de Jacob. Él nos instruirá en sus caminos y marcharemos por sus sendas; porque de Sión saldrá la ley, de Jerusalén la palabra del Señor. Será el árbitro de las naciones, el juez de pueblos numerosos. De las espadas forjarán arados; de las lanzas podaderas. No alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra. Casa de Jacob, ven; caminemos a la luz del Señor».
El primer reclamo que ofrece el texto de Isaías nos provoca inmediatamente a tomar conciencia de la meta final. La conciencia de lo que es definitivo, al igual que la conciencia de nosotros mismos, nos acompaña permanentemente. Esto podría ser ya objeto de nuestro examen de conciencia para el día de hoy o un motivo de contrición para la misa de hoy. La conciencia de lo definitivo debe acompañarnos como conciencia estable de lo que somos, como autoconciencia. Ésta, en efecto, coincide con la consideración de algo que es definitivo, pues nuestro «yo» es un dato definitivo. Pero más definitivo aún es el «significado» de nuestro yo; y el significado de nuestro yo es Jesucristo y su Misterio. Por tanto lo definitivo tiene que ver con nuestra adhesión al Señor; adhesión según la forma que él establece para nuestra vida (porque no cabe duda: podemos adherirnos a él sólo a través de la forma que él mismo establece). La conciencia de la meta final es el síntoma más exacto de una verdadera autoconciencia cristiana, la de quien percibe la vida como vocación.
Existe una palabra que enseguida aviva la conciencia de la meta final. Sin ella, la definitividad no indica nada vivo, puede ser un automatismo adquirido. Nada más lejos de mi intención que hablar en abstracto. Observando la posición de algunos, digo que la conciencia de lo último puede resultar una obviedad. Al margen de lo que vamos a decir ahora, la conciencia de lo definitivo es un automatismo. Y como todo automatismo aplicado a la vida consciente –a la vida inteligente, sensible, a la vida de la libertad y de la voluntad– da lugar a una rigidez. Una rigidez que parece inocua porque nos impide cometer pecados mortales, pero que no aporta al mundo ninguna señal de Cristo. Y mucho menos a la «casa»6.
En otro caso, el automatismo, el dar todo por supuesto, provoca una rigidez que nos vuelve, de muchas maneras, fariseos. Esto es, nos predispone a considerar nuestra propia actitud personal como el paradigma para los demás. Con la vara de nuestra exigencia, que adquiere el rango de pretensión, medimos la bondad de los demás, el valor de los demás, la utilidad de la casa o de las relaciones. O bien nos lleva a un fariseísmo que, en el fondo, lo justifica todo. Ante las licencias y libertades que nos tomamos y que escandalizan a la casa o a los amigos, que nos aíslan de los demás, que nos hacen banales, frívolos, vanos, sin fecundidad en las relaciones, llegamos a pensar: «Bah, ¿qué hay de malo?», o: «¡Qué le vamos a hacer! No pasa nada». Lo cual, si bien no se dice en público para justificarse, sin embargo es el modo de justificarse ante uno mismo, sintiéndose molesto al sólo pensar que otros puedan plantear objeciones a nuestro comportamiento.
El automatismo lo vuelve todo rígido y resta gusto a la vida espiritual. Dar todo por supuesto hace que la vida espiritual carezca de sàpere, de sabor alguno7; o bien alienta un fariseísmo que hace de nuestra pretensión la medida de la convivencia (cuando tenemos ganas de charlar, los demás tienen que hablar; cuando queremos callar, nadie tiene que molestarnos; tenemos derecho a hablar o no, cuándo y cómo queramos); quedándose estancada en el hondón del alma esa pretensión característica, esa tirantez que (aunque no nos atrevamos a admitirlo) los demás advierten sensiblemente, lo mismo que cuando alguien nos mira a los ojos o nos toca en el hombro; o bien es un fariseísmo que justifica el propio comportamiento, si no de forma teórica, al menos ad usum delphini, para uno mismo.
Lo primero que nos indica el profeta Isaías es que Cristo viene, ya viene a nosotros. Cuando falta esta conciencia, nuestra llamada irrevocable decae inevitablemente en todo lo que acabo de decir, porque os estoy describiendo, me estoy describiendo. Su venida es inminente. Y nos incumbe: «Casa de Jacob, ven; caminemos a la luz del Señor».
Cristo está a las puertas y le tenemos que atender. Yo quiero destacar el primer aspecto, porque está claro que de éste deriva el otro. Un evento inminente, si no es igual a cero, nos dispone a esperarlo, a prestarle atención, a asumir nuestra responsabilidad, en cierto sentido, nuestro deber.
Su venida es inminente, está cerca. Y nos interpela. «Hermanos –escribe san Pablo en la Carta a los Romanos–, comportaos así, reconociendo el momento en que vivís, pues ya es hora de despertaros del sueño, porque ahora la salvación está más cerca que cuando empezamos a creer. La noche está avanzada, el día se echa encima»8. Ya es hora de despertaros del sueño. Dice el evangelio de Mateo: «En los días antes del diluvio, la gente comía y bebía, se casaban los hombres y las mujeres tomaban esposo, hasta el día en que Noé entró en el arca; y cuando menos lo esperaban llegó el diluvio y se los llevó a todos; lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del Hombre. Por tanto, estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora de la noche viene el ladrón, estaría en vela y no dejaría que abrieran un boquete en su casa. Por eso, estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del Hombre»9.
La noche está avanzada, el día se echa encima10. En su sentido literal, último, supremo, la llegada del Señor nos remite al momento final, a la hora de nuestra muerte; porque la muerte, entendida en todo su alcance, es el momento en que el Hijo del Hombre vendrá definitivamente a mi vida. No saber cuándo llegará ese momento, estar en vela, aguardar el tiempo en que «estará firme el monte de la casa del Señor» sin saber cuándo será, todo esto extrema la conciencia de nuestro obrar en el día a día; es más, es el único modo para orientar conscientemente nuestros actos hacia su significado definitivo.
Cada momento de nuestra vida supone un paso hacia el Señor. Él viene a nosotros en cada circunstancia. Y a la vez cualquier momento de nuestra vida puede ser el último. ¡Ojalá el deseo prevalezca sobre el miedo! ¡Ojalá la espera venza al temor! Aguardamos a Cristo que viene y que vendrá. Todos nuestros actos, incluso la muerte, literalmente encuentran su significado a la luz de Cristo que viene.
2. Vigilancia y contrición
Cuando Cristo venga, juzgará. Es el segundo paso, la segunda sugerencia para nuestra meditación. Cuando él venga, juzgará. Entonces, como dice san Mateo, «dos hombres estarán en el campo: a uno se lo llevarán y a otro lo dejarán; dos mujeres estarán moliendo: a una se la llevarán y a otra la dejarán»11. Cuando el Señor venga, juzgará. ¡Qué...




