E-Book, Spanisch, Band 68, 204 Seiten
Reihe: 100XUNO
Giussani Mis lecturas
3. Auflage 2020
ISBN: 978-84-1339-345-2
Verlag: Ediciones Encuentro
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, Band 68, 204 Seiten
Reihe: 100XUNO
ISBN: 978-84-1339-345-2
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Luigi Giussani (1922-2005), sacerdote milanés, es el fundador del movimiento eclesial Comunión y Liberación. Cursa sus estudios en la Facultad de Teología de Venegono, donde será profesor durante algunos años. En los años cincuenta abandona la enseñanza en el seminario para dar clases en un instituto de enseñanza media de Milán, el Liceo Berchet, donde permanecerá hasta 1967. Desde 1964 hasta 1990 enseña Introducción a la Teología en la Universidad Católica del Sacro Cuore de Milán. Educador infatigable, Giussani publicó en el transcurso de su vida numerosos ensayos, pues como él mismo dijo, 'sólo a través de la educación se construye un pueblo como conciencia unitaria y como civilización'. En particular quiso mostrar 'la razonabilidad y utilidad para el hombre moderno de esa respuesta al drama de la existencia que lleva por nombre 'acontecimiento cristiano'', ofreciendo dicha respuesta 'como sincera contribución para una verdadera liberación de los jóvenes y de los adultos'. Como reconocimiento a su labor, en 1995 recibió el Premio Nacional para la Cultura Católica y, en diciembre de 1997, su libro El sentido religioso fue presentado en la ONU. Falleció en Milán el 22 de febrero de 2005. Siete años después, el 22 de febrero de 2012, se presenta la petición de apertura de su causa de beatificación y canonización, que es aceptada por el Arzobispo de Milán. Encuentro ha publicado casi todas sus obras en español.
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II. Una lectura de Pascoli acerca de los destinos últimos10
Lejos de mí la pretensión de profundizar en la poesía de Pascoli de un modo estrictamente exegético o literario, si bien, junto a la de Leopardi, ha constituido sin duda para mí un punto de referencia continuo. Quiero simplemente leeros, al igual que lo leo para mí mismo, su palabra que, si bien no es tan poderosa y clara como la de Leopardi, tiene sin embargo una insinuación cargada de emoción y, a mi entender, también de persuasión. De hecho, como a menudo afirmo, el genio tan solo puede expresarse —incluso en contra de su voluntad— con la profecía.
Ahora bien, he querido leer a Pascoli desde un determinado punto de vista, desde el punto de vista de su mensaje último. Por eso, no por casualidad, el tema que he brindado a mis amigos como inicio de la conversación ha sido este: «La metafísica de Pascoli». Yo creo que esta metafísica está recogida en sus Primeros poemas (Primi Poemetti) y me parece además que el identificarlo así no supone limitar la atención, sino que, objetivamente, el contenido de esos Primeros poemas delinea, o mejor, explicita la concepción, la imagen que Pascoli tenía de las cuestiones humanas definitivas. Pero como más que un comentario, como ya he indicado, lo mío pretende ser una lectura, empezaré sin más leyendo el poema que persigue definir al hombre en su esencia última: una gran aspiración, La gran aspiración que da título a este poema.
Un deseo sin palabras os apremia
entre las cepas de la tierra negra
y la radiante libertad del sol.
[se compara al hombre con el árbol. El árbol es como un ímpetu de deseo, sin palabras, y es ese deseo el que desarrolla la fisonomía del árbol que se eleva entre las cepas de negra tierra —ya que está atado al suelo— y la radiante libertad del sol.
La poesía de Pascoli es un río que rebosa de valiosos detalles, de delicadas antítesis como estas: «las cepas de la tierra negra / y la radiante libertad del sol» identifican ya el destino del hombre: ser limitado y, sin embargo, tender hacia un espacio sin fin]
Os retorcéis como el que ya no espera
¡Árboles esclavos! Derramando en el cielo
la sombra de las ramas lenta y prisionera,
y moviendo con inútiles pisadas el tronco
entrañado en la tierra, parece que os aflija
un deseo anhelante que no acaba.
¡Alas y no ramas! Pies y no errores
ciegos de cobardes raíces —
decís después
con la melodía improvisada de la flores.
Os veo a lo lejos llamar con apacible
surco oloroso; veo allá lejos
vuestra señal de pequeñas, infinitas llamas.
Y el hombre, árboles, el hombre, árbol extraño
que, sí, camina, otra cosa no puede, como quiere;
y tenemos por esclavas, en el sueño vano,
nosotros nuestras flores, vosotros las palabras.
La comparación con el árbol es ciertamente sugerente, pero también expresa una aspiración que ya Pascoli llama «vana». No obstante, este poema comunica la irreductible evidencia de que el hombre por naturaleza aspira, tiende hacia una meta. He aquí dos de los Primeros poemas en los que Pascoli delinea el destino de esta tensión en sus dos aspectos fundamentales. El hombre es deseo y tensión, en primer lugar, de conocimiento y, por tanto, de felicidad.
En primer lugar de conocimiento.
El libro es una composición bastante conocida. Pascoli se halla caminando por el jardín de un amigo. En un determinado lugar del parque hay un mirador; sobre un pequeño montículo resguardado está un patio con galerías abierto completamente y en el claustro, abandonado sobre un atril, un libro. De pronto, mientras Pascoli pasa junto al claustro, el viento se levanta y, soplando sobre las páginas del libro, las hace pasar nerviosamente, las levanta y luego vuelven a caer. Es un detalle banal, pero es justamente a través de algo banal que se transforma en signo como se descubre la infinitud del hombre. El poeta halla en esta pequeña trivialidad un símbolo cósmico: ¿Qué es el libro? El libro es la voz del cosmos y del mundo. ¿Y qué es ese viento que levanta las páginas que luego vuelven a caer? El viento es el pensamiento del hombre que escruta el mundo, es la indomable sed de conocimiento que empuja al hombre a leer en aquel libro. Y el continuo revolver las páginas, que se levantan y vuelven a caer, no denota lo irresoluble, sino la perennidad de este deseo de conocer. Es sin duda una de los poemas más hermosos de Pascoli.
Sobre el atril de encina está en el mirador,
abierto, un libro. Esta encina aún
movida por la tramontana,
vivía en su bosque sonoro;
y aquel libro era antiguo. Aquí está: abierto,
parece que escucha la carcoma que trabaja.
[la antigua encina en la gran selva es, por tanto, la realidad del mundo. El libro expresa, contiene o debería contener, la palabra que da voz a la selva sonora del mundo. Helo ahí abierto, parece que escuchase la carcoma trabajando. Cuando se está en la montaña, lejos de todo ruido, se da ese hondo silencio, casi absoluto, en el que incluso una carcoma trabajando a cien metros de distancia se oiría]
Y parece que alguien (¿desde dónde? No, ciertamente,
desde la trémula puerta, que agita el viento
de las montañas y el viento del desierto,
surgido de golpe...) ha venido, y lento
[parece que alguien viene... ¿pero por dónde? Por la trémula puerta seguro que no, por la frágil unidad de hombre y mujer seguro que no]
hojea —se escucha el ligero crepitar—
las páginas. Y no veo al hombre: lo siento,
invisible, allí, como el pensamiento...
II
Un hombre está allí, y hojea desde la primera
página hasta la última, rápido, y poco a poco
va, desde la última, a reencontrar la primera.
Y después airado en su vano buscar
vuelve las frágiles páginas de veinte en veinte, de treinta en treinta,
a centenares, con impaciente mano.
Y después las pasa una a una, lentamente,
dudando; pero cada vez más, más fuerte,
más deprisa, las hojas contra las hojas lanza.
Se para… ¿Encontró? No gimen más las puertas, todo oscila en un silencio austero.
¿Lee?
[es la pausa que se produce con la llegada de «un Einstein». ¿Lo hemos encontrado? ¿Lo tenemos? ¿Lo encontró? ¿Lee?]
Un instante, y mueve las dobladas páginas
y vuelve a perseguir la verdad.
III
Aún sigue hojeando, en el ocaso que tiñe
de rojo las negras nubes; entre erráticos truenos
y un aletear como de quimeras.
Aún hojea, mientras la sombra
despliega las tímidas cenefas
y torna con las desiertas constelaciones
la noche sagrada. Ahora y siempre: bien
escucho su árido chasquido entre los cantos
largos en un cielo azul como de sirenas.
Siempre. Yo lo escucho, entre las voces errantes,
invisibles, allí, como el pensamiento,
hojear, adelante y atrás, atrás y adelante,
bajo las estrellas, el libro del misterio.
«Bajo las estrellas»: es exactamente la misma posición que muestra el título de la novela de Cronin Las estrellas miran hacia abajo11. Como siempre, ante el dolor y drama humanos, allí donde el autor no tiene un nexo con lo último, con el misterio de Dios, la naturaleza aparece siempre como escenario mudo, impasible, no partícipe. De manera inversa, cuando la poesía nace de una intuición religiosa, la naturaleza participa del drama del hombre.
El viento que mueve las páginas es el pensamiento del hombre, algo que yo no puedo ver pero que percibo claramente. Existe, pues, una dimensión que no se puede reducir a lo mensurable o ponderable. En Pascoli esta dualidad innata al hombre se hace explícita de manera cordial y clamorosa. Sin embargo, es como si su reflexión acerca del hombre no lograra o no hubiera logrado traspasar la barrera de una cierta niebla.
Por tanto, el primer contenido de La gran aspiración es la sed de verdad; por ella la vida del hombre, como tal, es búsqueda. Una búsqueda sin descanso y sin resultado; sin fin cronológico, pero también interminable en lo tocante a su finalidad. Se podría decir que el hombre busca para ser, para existir.
He aquí, en cambio, el primer poema —La felicidad— en el que se subraya el segundo aspecto de esta gran aspiración que define al hombre: la felicidad, la sed de felicidad. El poema resulta sumamente curioso, es como un diálogo cerrado, rápido, con frases rotas, entre el hombre que busca la felicidad, el caballero errante, y la realidad en movimiento, es decir, el tiempo. El viejo es el tiempo y el hombre es el caballero en busca de su destino bueno.
«¿Esa, dices, que perseguiste, no era
ella?...» «No, era una sombra vana con el semblante
de esa que cada uno ama y espera
y pierde. Virtud de nigromante»
«¿Ella está aquí, en el arduo castillo en el que entraste?»
«Acaso la tocas, ¡oh errante caballero!»
«Acaso... ¿y no la veré?» «No la verás»
«¡Oh!» «Tal es el arte del oscuro atlas:
no es, la ves: es, no la ves». «¿Y, nunca ...?»
«Acaso sí: si lees en este libro...




